Un adolescente es un ser que siente que la arena del mundo, más movediza que nunca, se escurre bajo sus pies. En esa transición que protagoniza, no está parado sobre ninguna orilla. Ya no es el chiquito que correteaba por las plazas, ni tiene, aún, las responsabilidades del adulto, aunque quiera gozar de sus derechos como si lo fuese.
La adolescencia, por consiguiente, es un período de crisis vital. Una etapa de acción, cambio y movimiento continuo de la que parece imposible escapar. “Durante este ciclo, los seres humanos desarrollan y afirman su identidad. No pisan sobre tierra firme y tienen dificultades para darse cuenta de quiénes son. Verdad e identidad caminan de la mano”, sostiene Beatriz Goldberg, licenciada en psicología clínica, especializada en crisis individuales, de pareja y familiares, y autora de libros como Tengo un adolescente en casa, ¿qué hago? y Cómo estimular al adolescente de hoy. “Cada uno vive la adolescencia de acuerdo con su historia y sus padres. Hay quienes la atraviesan con más equilibrio, ya que gozan de una autoestima alta –léase seguridad–. Y para otros, la adolescencia es un todo, un peso, una fase que se quieren sacar rápido de encima, lo que no es muy conveniente”, aclara Goldberg.
Y aquí, el quid de la cuestión. ¿Cómo arrancarlos de la apatía, de la abulia? “Estimulándolos –responde Goldberg, con claridad y sencillez–. La estimulación genera un entorno de confianza en el que el joven se siente respaldado. Esto consiste, en gran parte, en acompañarlos, en no oprimirlos, en no eludir los temas conflictivos, en transmitir valores positivos –como la solidaridad– y en resguardar sus afectos cruciales –como la familia, el hogar y los amigos–. Es preciso ser muy transparente con un adolescente. La transparencia es una condición sine qua non de la estimulación. En definitiva, estimularlo significa ofrecerse como su ancla”.
La estimulación es la palabra de moda en la adolescencia del siglo XXI (adolescencia que, según los expertos, se extendió hasta bien entrados los veinticinco años… y más). Pero para hacer de un individuo alguien responsable, consciente y con motivaciones propias, hay que echar mano a ciertas técnicas, tácticas y estrategias. “Desde que nacen hasta el último minuto de su vida, las personas necesitan de un combustible para poner primera, encarar hacia adelante y reconciliarse consigo mismos”, aporta Goldberg.
–Licenciada, no pido recetas mágicas, pero ¿hay pasos que se puedan seguir en esto de la estimulación?
–Por supuesto. Por ejemplo, haciendo hincapié en palabras que no descansen en la crítica, sino que incentiven. Que esas mismas palabras no emitan dobles mensajes y que motiven, con optimismo, la concreción de proyectos. El adolescente suele ser un huraño que se encierra en sus cosas, no atiende a las voces del mundo exterior y contesta mal a sus padres. Pero, asimismo, pide a gritos que le presten atención y hasta que lo encaucen. Todo esto, inconscientemente, porque ellos asumen la postura del “yo sé todo, estoy de vuelta, a mí nunca me va a pasar nada y sé perfectamente lo que quiero”. Y no es así. No son autosuficientes. Necesitan límites que los estimulen.
–Los límites tienen mala prensa, Beatriz.
–Los límites, aunque parezcan lo contrario, son una de las formas que adopta el amor. Y el amor es el mejor estímulo. Poner un límite es esbozar, a través de otro lenguaje y cuando uno está convencido de que está haciendo un bien, algo así como “me importas tanto que soy capaz de plantarme frente a vos para decirte NO”. Esa negativa requiere un monto de energía y un compromiso mucho mayor que dejar hacer. El compromiso es otra expresión de amor. Los límites son necesarios para que el chico no crezca desamparado y librado a su suerte, y para encarrilar la rebeldía adolescente, que no debe ser consentida, pero tampoco aplacada, ya que ese ímpetu y esa vivacidad deben preservarse porque son manifestaciones vitales.
–Da la sensación de que los padres se encuentran sobrepasados. ¡Y encima, ahora, los cargamos con los estímulos!
–Ser padres de adolescentes siempre fue difícil, pero en la actualidad, bastante más, ya que estos chicos cuentan con mayores válvulas de escape donde desenvolverse e imponer sus ideas. Hoy cuesta mucho manejarlos. No solo retrucan al adulto, sino que, quizás, ni lo quieren oír. Pero, ojo con esto, ya que ellos, aun con el mp3 puesto, escuchan, tienen un filtro por el que incorporan los conceptos. Parece que estuvieran aislados o que no les importara nada, pero tienen una hipersensibilidad especial. Son como una esponja que absorbe y absorbe. La clave es alentar, abrirse y dialogar sin agobiar. Estar cerca de ellos, pero no a la par. Se puede tener una maravillosa relación con un hijo, sin pretender entablar una relación igualitaria o de amistad. Yo describo la figura del “padre creativo” como aquel que puede explicar sin ser autoritario, sin educar con frases del estilo: “Es así porque lo digo yo”. Hay que establecer reglas, sí, pero también ahondar en el porqué de las decisiones. De cualquier manera, los padres no son los responsables de todo.
–¿Cuáles son las consultas más comunes que recibe de parte de los adolescentes?
–Un pedido recurrente en ellos es que los atiendan más, que se les pregunte sobre sus preocupaciones. No quieren que les batan la leche, pero sí que comprendan lo que les pasa. “Mis cosas no son de adolescentes, ¡son importantes!”, me exclaman en el consultorio. Algunos se angustian hasta el extremo. En ciertas oportunidades, esa congoja es como una gripe que se va con los días. En otras, es el pasaje a una leve tristeza o depresión. Es allí cuando los padres deben parar las antenas y percibir las señales de alarma. La disponibilidad de los padres hacia los hijos debe ser total. Es primordial que el chico sienta que los adultos no desvalorizan, ni menosprecian, ni minimizan sus inquietudes o sueños. El apoyo debe ser full time e incondicional.
–¿Hay una crisis existencial en los adolescentes?
–¡Claro! Pero ¿sabés que? También la noto en los padres que viajan en el túnel del tiempo, repasan su propia adolescencia y constatan los cambios que acontecieron con el devenir de las décadas. Paralelamente, las complicaciones con el trabajo, con el dinero y con la pareja los hacen ser culposos. Todo eso los moviliza y, directa o indirectamente, repercute en los hijos. Recordemos que estos padres –que tienen entre 35 y 60 años– transitan una etapa de reelección y reproyección de sus vidas. Ante la mirada de sus hijos, ellos tienen que desarmarse, dejar de ver que les pasaron cosas, que son humanos, que sintieron y que tuvieron dudas, pero que pudieron madurar y llegar a buen puerto.
Mandatos “frenadores” y “propulsores”
¿Se es padre bastante antes de concebir al hijo, e incluso, cuando no se está preparado para ello? “Por más extremo que sea el planteo, cuando lo imaginamos, ya lo estamos estimulando –detalla Goldberg–. ¿Por qué? Porque el primer estímulo es el hecho de recibirlo en un hogar que lo deseó fervientemente. Después, podemos mencionar la mirada (aun cuando el bebé está durmiendo), el contacto físico (la caricia, insustituible) y los cuidados (alimentarlo, bañarlo, cambiarle los pañales)”.
Para Goldberg, aunque suene contradictorio, el niño solo alcanza su independencia, cuando entabló un contacto íntimo y estrecho con sus padres. “Aun con hijos independientes, la presencia de los padres debe ser contundente. Ya sea si tratamos el tema del despertar sexual (informándolos sobre los riesgos y cuidados que tienen que tener en cuenta) o las adicciones (un chico del siglo XXI no puede desconocer los efectos nocivos de las drogas en su cuerpo, en su mente y en su espíritu)”.
–Hablamos de adolescentes independientes, Beatriz. ¿Qué ocurre cuando eso colisiona con las expectativas que los padres tienen sobre ellos?
–Los padres suelen arrastrar los mandatos de sus antepasados. Y a su vez, les trasmiten los propios a sus hijos, que, de por sí, ya soportan la presión de tener que hacer todo correctamente. ¿Pero qué pasa con los mandatos? Yo los denomino “frenadores” y “propulsores”. Los primeros ponen trabas en el progreso del joven; los segundos estimulan el crecimiento, permitiendo que desarrolle sus aptitudes.
–Volvemos a los estímulos…
–¡Es que son fundamentales! Y deben ser positivos. ¿Qué quiero decir? Que no hay que imponerles lo que nos gustaría que hicieran, sino lo que les gustaría hacer a ellos. Es preferible que hagan bien lo que le gusta hacer, a que hagan, mediocremente, lo que quieren sus padres.
–¿Qué no se puede pasar por alto a la hora de estimular?
–El generar autoconfianza. Al adolescente el acto de entender algo que consideraba incomprensible le genera la sensación de estar a las puertas de un universo nuevo en el que puede seguir investigando. Pero para eso, antes, se debe ganar la confianza del joven, algo que no se edifica de un día para el otro.
–¿Cómo se logra?
–Preguntándoles sobre sus asuntos, pero sin pedirles los detalles de cada cuestión. Percibiendo cuándo acercarse, cuándo ellos quieren conversar. Y allí, aplicar lo que no es ninguna novedad, pero que olvidamos con frecuencia: un ejemplo vale más que mil palabras. Los padres deben encarnar los valores que quieren transferir. Si los dejamos en un plano abstracto, no se asimilan. El amor no es un discurso, es una acción. No hay que estigmatizar a los adolescentes. Siempre promueven un cambio favorable cuando se les demuestra que se esperan de ellos actitudes positivas.
“Palabras llaves” versus “palabras desvalorizadoras”
Las “palabras llave” son formas de estímulo afectivo que le ayudan al adolescente a confiar en sí mismo y en los demás. Por sobre todo, fortalecen la autoestima y la autoconfianza.
“Palabras desvalorizadoras”
“Sos un vago, fijate en las buenas notas
que trae tu hermana”.
“¿Te podés callar? Quiero ver y escuchar la televisión en paz”.
“¿Problemas? ¿Qué problemas se
pueden tener a tu edad? Yo soy la/el que tiene problemas”.
“Estás en la edad del pavo y hacés pavadas”.
“No me hagas pasar vergüenza,
te lo pido por favor”.
“No me vengas con la pavada de que
estás enamorado/a”.
“Palabras llave”
“Sé que sos inteligente y podés dar mucho más. Me gustaría saber qué te pasa”.
“¿Y si apagamos la televisión? Me gustaría que me contaras cómo te fue hoy”.
“Si tenés un problema que te hace
sufrir, no dudes en compartirlo con nosotros y con la gente que te quiere.
Sabés que contás con nuestro respaldo”.
“Estás atravesando una etapa difícil.
Yo también fui adolescente y te comprendo”.
“Nos sentimos orgullosos de vos”.
“Si estás enamorada/o, disfrutalo, es uno
de los estados más bellos de la vida”. |