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reflexión
“Revolución de mayo el
mito de los orígenes”
 
El autor
Vicente Massot es Dr. en Ciencia Política y profesor titular
de Doctorado de esa especialidad en la Universidad Católica Argentina. Es, asimismo, director del diario La Nueva Provincia desde el año pasado y fue Secretario de Defensa de la Nación en 1993. Viene de escribir una trilogía sobre nuestra historia comenzada en el 2003 con Matar y morir. La violencia po lítica en la Argentina 1806-1980, continuada dos años más tarde, en el 2005, con La excepcionalidad Argentina. Auge y ocaso
de una Nación y terminada en el 2007 con Las ideas de esos hombres. De Moreno a
Perón. El que acaba de publicarse y sobre el cual versa este reportaje es su cuarto ensayo sobre el pasado que nos es común.
 
 
 

Dentro de pocos días, se festejan los 200 años del 25 de mayo de 1810. En esta nota, Vicente Massot, autor del libro Revolución, Mayo 1810, da una nueva mirada sobre esta fecha polémica.

Una de las primeras preguntas que a uno se le ocurren respecto del tema es: ¿tiene sentido escribir, después de todo lo publicado, otro libro sobre la Revolución de Mayo?
–Hay una frase que he creído pertinente poner en mi ensayo a modo de epígrafe, del famoso historiador Peter Geyl, que dice así: “La historia es un argumento sin final”. Por eso precisamente, hurgando en el pasado, siempre se puede o bien redescubrir una idea olvidada o bien plantear nuevas hipótesis concernientes al tema. Además, déjeme decirle, son tantos los aspectos sobre los cuales poco o nada conocemos de lo que sucedió en 1810 en la capital del virreinato, que revisitarlos siempre tendrá sentido.

–¿Por ejemplo?
–Creo que, de los muchos que podrían señalarse, hay uno que siempre me ha parecido increíble: nadie sabe cómo se conformó la Junta de Gobierno presidida por Saavedra, al extremo de que tanto Mariano Moreno como Manuel Belgrano ni siquiera eran conscientes de que habían sido elegidos para integrarla el mismo día 25.

–¿Por qué el 25 de mayo ha suscitado tanta polémica? Uno piensa que si entonces nació la Nación Argentina, debería existir algo así como un consenso mínimo acerca de su significado.
–Vayamos por partes. Lo primero que conviene dejar en claro es que ese día ninguno de todos los protagonistas pensó en fundar lo que, andando los años, sería nuestro país. Eso hoy esta claro. Pero sucede que mayo ha quedado atado a lo que cabría definir como el mito de los orígenes. Me explico: No hay ningún país que en su nacimiento no arrastre alguna fantasía. Cuando Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López publicaron las primeras historias de la Argentina, asociaron el 25 de mayo a la idea de la nacionalidad. Esa versión canónica fue puesta durante décadas al amparo de cualquier crítica y, lógicamente, hizo escuela. A mediados del siglo pasado, poco más o menos, comenzaron las impugnaciones y hoy, como ha dicho el investigador Jorge Myers, es más lo que ignoramos que lo que sabemos de mayo. Conclusión: todo vuelve a discutirse.

–¿Hasta la misma idea de la revolución?
–En efecto, no habían pasado cuatro décadas del estallido que dio por tierra con Cisneros cuando uno de los testigos y protagonistas más lúcidos de su generación, Tomas Manuel de Anchorena, le escribía una larga carta a su primo, Juan Manuel de Rosas, diciéndole, en pocas palabras, que atentar contra la autoridad del rey de España no había sido el propósito de quienes crearon la Junta en reemplazo del Virrey. Por lo menos, no en ese momento. La tesis de Anchorena la llevaría a sus extremos un estudioso del tema muy polémico, Enrique De Gandía, que se cansó de sostener, en decenas de libros, que en realidad, en 1810 había estallado una guerra civil y no una revolución.

–¿Quiere usted decir que no hubo patriotas por un lado, y españoles por el otro?
–De manera tan tajante como sucedió después, no. Lo de patriotas resulta disparatado mencionarlo por la sencilla razón de que la nacionalidad argentina no entró en juego. Por otra parte, hubo españoles y americanos en ambos bandos.

–Si lo que usted dice se sostiene, ¿quienes se enfrentaron y por qué?
–A mi juicio, lo que motiva la revolución no es el anhelo de crear una Nación distinta, sino la necesidad de llenar el vacío que produjo la ausencia del Rey (vacatio regis). Dicho en otros términos, tanto en la península como en todos los dominios del rey de España, cuando se conoce el cautiverio de Fernando VII y la asunción al trono del hermano de Napoleón, José Bonaparte, la pregunta que gana los espíritus y se esparce como reguero de pólvora es la siguiente: a quién obedecer si el monarca no está presente y nadie sabe si alguna vez recuperará el trono.

–¿En España se da el mismo fenómeno que en América?
–Idéntico, le diría. Allá, la divisoria de aguas se estableció entre una minoría, la de los llamados “afrancesados”, que pensaban que correspondía obedecer a la flamante dinastía napoleónica, y una gran mayoría que creyó que la soberanía retrovertía, en tal caso, a los pueblos, y, por lo tanto, sin pedirle autorización a nadie, decidió formar juntas de gobierno a lo largo y ancho de la península ibérica. En América no hubo afrancesados, salvo casos excepcionales. Pero se planteó una guerra a muerte entre quienes consideraban que los virreyes tenían derechos adquiridos, precisamente porque habían sido nombrados por el monarca legítimo, y quienes sostenían, como buena parte de los peninsulares, que hasta conocer la suerte de Fernando y dando por sentado que España había caído en manos francesas, lo más justo era que los pueblos se diesen su propia autoridad, esto es, que constituyesen Juntas.

–Si no entiendo mal, de sus palabras podría concluirse que si Napoleón no hubiese obligado a renunciar a los Borbones –Carlos IV y Fernando VII– el 25 de mayo de 1810 no hubiese tenido lugar.
–Ni más ni menos. Eso no quiere decir que todavía formaríamos parte de España. Sí apunta al hecho de que sin vacatio regis la autoridad del soberano no hubiese sido rozada. Al fin y al cabo, si usted analiza cuál fue la reacción de Buenos Aires en las invasiones inglesas y el espíritu que primó en sus gentes inmediatamente después, llegará a la conclusión de que la fidelidad a Carlos IV y a Fernando VII era indiscutible.

–¿No hubo ningún grupo que deseara la independencia?
–Si, uno muy bullicioso, formado por unas personalidades que descollarían en nuestra historia –los Rodríguez Peña, Castelli, Belgrano– pero que carecían de todo poder en ese entonces y, aunque no cejaron en su esfuerzo, fracasaron tanto en 1806-1807, cuando trataron de convencer a los ingleses de liberarlos de España, como cuando se plegaron a los planes que en el Río de la Plata desarrolló la Princesa Carlota Joaquina.

–¿Qué pensar entonces de la “mascara de Fernando VII”, que nos enseñan desde el colegio primario?
–Pongámoslo así: varios historiadores sostienen que la revolución tuvo carácter independentista respecto de la Corona de Castilla y, más concretamente de Fernando VII. Este grupo sostiene la tesis según la cual, la junta creada el 25 de mayo, para no herir susceptibilidades, asegurarse el apoyo de Inglaterra y no echarse encima a la gran mayoría de los pueblos del virreinato que seguían siendo fieles al rey, juró defender los derechos de este último, solo para no aparecer como rebelde. Pero, en realidad, ninguno de sus integrantes, en su fuero íntimo, creía en esos derechos. Por eso, decidieron enmascarar sus verdaderos móviles. Opuestamente, quienes consideramos que la revolución en sus comienzos no arrastraba un sesgo independentista, consideramos que nunca hubo tal máscara ni cosa parecida. Inicialmente, al menos, la palabra que mejor define el norte del gobierno instalado en el Fuerte de Buenos Aires en lugar de Cisneros, es autonomía. La autonomía de las autoridades instaladas en la península, sin que ello implicara una ruptura con Fernando VII y la corona castellana. Esto circunscripto a 1810. Dos años después, poco más o menos, la relación era otra y claramente comenzaron a delinearse proyectos independentistas.

–Por fin, ¿ese proceso revolucionario arroja alguna enseñanza que pueda servirnos a quienes festejamos este año el Bicentenario?
–Aunque suene políticamente incorrecto, no hay enseñanza alguna que recoger. La Revolución de Mayo tuvo consecuencias decisorias sobre el desenvolvimiento de lo que serían las Provincias Unidas, y su trascendencia en términos históricos está fuera de duda. Pero un abismo nos separa de aquel mundo. Es conveniente entender el proceso que se inicia entonces y va a desembocar en Tucumán, en julio de 1816. No tiene sentido, en cambio, desandar el tiempo para hallar en aquellos hechos alguna pista que nos permita lidiar mejor con nuestras presentes desventuras.