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arte
“Helmut Ditsch El argentino que triunfa en el mundo”
 
Quién es Helmut Ditsch
Nacido en Villa Ballester, provincia de Buenos Aires, en 1962, es uno de los artistas plásticos argentinos contemporáneos más cotizados. Sus obras se inspiran en la naturaleza, y antes de pintar, visita cada uno de los lugares elegidos, durante el tiempo que sea necesario, para observarlos hasta en sus mínimos detalles.
En sus años de adolescente practicó el montañismo, actividad que califica como "espiritual" y que le sirvió para mejorar como ser humano. A fines de los ochenta, ingresó a la Academia de Bellas Artes de Viena. Su consagración llegó con la venta de su obra La Cordillera, al Banco Central de Austria, en 300 000 dólares, que lo convirtió en uno de los artistas plásticos argentinos mejor cotizado a nivel mundial. Por su Los Diez Mandamientos II se pagaron 420 000 euros. Su primera presentación ante el público argentino fue en el 2001, cuando reunió 100 000 personas en una exposición que tuvo lugar en el Museo Nacional de Bellas Artes. En el 2006, superó todas las expectativas de público en la Feria Internacional del Libro, en Buenos Aires.
Según él, lo suyo no es fotorrealismo ni hiperrealismo.
Su objetivo es llegar a todas las emociones que puede provocar el perfeccionismo de una técnica.
 
 

Detrás del pintor de obras que cuestan fortunas y lo convierten en uno de los pintores argentinos vivos mejor cotizados, hay una personalidad que avasalla a fuerza de talento y creatividad.

Cuenta que hubo un tiempo que fue hermoso y él se sintió libre de verdad y que casi se lo arrebatan cuando el temporal de la muerte se llevó a su madre. Helmut Ditsch tenía sólo siete años y una tristeza enorme que enterró en aquellos jardines llenos de flores donde su padre le decía que se encontraba mamá. Aquella creencia lo hizo hombre de chico y lo inspiró para descubrir, en tiempos de adolescente, que su mundo era la naturaleza y que allí estaba su destino. Los años le mostraron otras cosas. Aprendió que la libertad y los sueños no se regalan, sino que hay que ir a buscarlos, y se subió a un avión, con casi nada de dinero, rumbo a Europa. Quería ser pintor y en la Argentina, su país, no encontraba ese lugar que, en cambio, sí halló en el viejo mundo. Se consagró como artista y se convirtió en uno de los argentinos mejor remunerados. Tuvo su Ferrari, vivió en un castillo, se enamoró de Marion –la mujer de su vida–, vivió adentro de sus propias pinturas y se metió en lo profundo de sí mismo con días y días de encierro y ayuno. Hace algunos meses, aquel temporal de la infancia volvió y lo desarmó al llevarse a su esposa hacia ese lugar desde el que ya no se vuelve.
Dolido, Helmut Ditsch intenta rehacerse, reinventarse. Empezar de nuevo. Por eso, prepara su vuelta a la Argentina.

–¿Tiene idea de cómo se vuelve del dolor?
–Siempre fui optimista. Tuve golpes muy fuertes en la vida, como la muerte de mi madre y hace poco, la de mi esposa, Marion, algo que me sacude por todos lados. Mis cimientos emocionales y racionales están flojos. Sin embargo, no pierdo la esperanza ni mi postura positiva. La vida tiene momentos muy ricos y eso me seduce. Y si mirás alrededor, por más tragedias que haya, la vida sigue, la naturaleza sigue, todo sigue su curso.

–¿La pintura es una forma de escapar a las tragedias?
–El arte puede salvar. De hecho, con la muerte de mi esposa, lo único que puedo hacer es pintar. Lo otro parece no tener sentido. Se me fueron muy rápido las ganas de vivir. Soy como un avión que sólo se sostiene por la actividad creativa.

–Es pintor, vivió cosas que no cualquiera vive. ¿Su vida es la de un excéntrico?
–No, mi vida es muy normal: trabajo y tengo rutinas como cualquier persona. Tal vez, lo raro es que a veces le dedico a mi trabajo muchísimas horas, días enteros. Pero después, vuelvo a la típica rutina.

–Pero no todos pueden vivir en diferentes lugares, tener un castillo, viajar…
–Es cierto eso, pero mis cambios de atelier o de países, por ejemplo, son para variar de aires y seguir trabajando. Mis cambios son nada más que de paredes. A mí eso me permite mantener mi propio proceso de creatividad continua. Hoy, por el contrario, necesito otros tipos de cambios para no cansarme.

–¿Cuáles?
–Hacer música. El piano me salva, me hace bien en todo sentido.

–¿Disfruta de los períodos de trabajo?
–Muchísimo. Tanto como de los tiempos de descanso. Al subordinar mi biorritmo, mi cuerpo sabe que cuando llegue al objetivo tendrá mucha satisfacción por la recuperación. Entonces, me tomo días para no hacer nada o ir a correr o hacer otra actividad física. Cuando trabajo, me concentro sólo en el trabajo. Pero mi cuerpo y mi alma saben que luego vendrá el placer del descanso.

La risa como salvación
–Por lo general se tiene la imagen de que el pintor es una persona seria, tal vez adusta. ¿Cómo se lleva con la risa?
–Reírse es una necesidad en determinados momentos. Yo lo necesito, al menos. Uno se concentra en la actividad que realiza y después de unas cuantas horas de trabajo, ingresa en una instancia de felicidad donde no hay dolor y el cerebro se divierte. Una técnica de salud mental que tengo para no volverme loco durante aquellos períodos de trabajo excesivo es hacerme chistes a mí mismo.

–Ha pasado largos períodos sin dejar de pintar. ¿Cuál fue la experiencia?
–Cuatro meses. Cuatro meses de pura pintura. Fue demasiado tiempo y me hizo daño. Ahora le temo a un claustro tan largo. Por eso, intento hacer períodos de no más de tres semanas. Me impongo un cambio y tengo en claro que el trabajo no me domina, sino que soy yo quien domina las situaciones.

–De chico, la naturaleza fue una de las primeras cosas a las que se aferró. ¿Sigue creyendo en ella?
–No sólo creo en la energía de la naturaleza, sino que te aseguro que existe. Al morir mi madre, cuando yo era muy pequeño, mi padre me dijo que la buscara en las flores, en la naturaleza.

–¿Y qué lugares recuerda?
–Mendoza, a donde habré ido por primera vez a mis diez años, cuando ví la cordillera de los Andes, un lugar maravilloso que me fascinó. Fuimos con mis hermanos, y mi padre instaló una quintita en la que hicimos nuestros propios vinos. Eran los años setenta. Hoy puedo decir que soy porteño, pero estoy muy allegado a Mendoza.

–¿Qué es una obra de arte?
–Un ente complejo que cuando se concreta, se independiza del artista y se hace universal. Llega un punto en el que todo está en equilibrio. Es entonces cuando me doy cuenta de que la obra esta lista: si hago sólo una pincelada más, se pierde. Algo te dice que ya tiene vida propia, que no hay que sacarle ni ponerle nada.

–¿Por qué tienen vida las pinturas?
–Porque transmiten la emoción de lo que vivió el artista mientras la hacía. Sin emoción, no tienen vida y no hay obra de arte. La pintura es algo así como un transportador de emociones de lo que sintió el artista al momento de darle forma. En mi caso, tienen un mensaje universal. No importa el lugar que pinte, sino la emoción que hay en esa pintura. La mayoría de la gente no pregunta cuál es el lugar pintado, sino que se reconoce en esa misma pintura.

–Puede decirse entonces que el artista está vivo en cada uno de sus trabajos.
–Sin dudas. En cada pintura hay emociones, sentimientos, pensamientos, distintas sensaciones.

–Hasta cuándo piensa seguir pintando?
–Actualmente atravieso un período de duelo y es inevitable que me dé tiempo para que se me curen las heridas. Estoy en un período de búsqueda.

–¿Está preparando su regreso a la ciudad de Buenos Aires?
-Necesito tomar “nuevos aires”. Por eso vengo a “Buenos Aires”, a intentar cargar mis baterías. Argentina es mi lugar preferido para hacer cable a tierra y Mendoza es el más importante. El desierto mendocino es un lugar que conozco desde mi niñez. Y sí, ya es hora de pensar en la vuelta.

–Usted es ciudadano del mundo, artista consagrado en Europa, tiene éxito y lo admiran. ¿Por qué quiere volver a la Argentina?
–Porque quiero trabajar en mi país, lugar en el que nunca pude crear y en el que nunca logré nada. Y porque, fundamentalmente, soy artista, y como tal, necesito crear arte. Y siento que este es mi momento de estar en Buenos Aires.