Buscar
 
Cocina Investigacion Moda Personajes Turismo Contactenos
 
 
 
 
entrevista

“Esteban Meloni
Camino a la fama”

 

Un poco de historia
• Esteban Meloni protagoniza Todos eran mis hijos, junto a Lito Cruz, Ana María Picchio, Vanesa González y Federico D´Elía, bajo lo dirección de Claudio Tolcachir. La obra de Arthur Miller fue estrenada, originalmente, en 1947 en el Teatro Coronet de Nueva York, bajo la dirección de Elia Kazan, y en aquella oportunidad, ganó el premio Tony a la Mejor Obra y a la Mejor Dirección. La pieza de Miller pone en escena los conflictos de una familia norteamericana golpeada por la Segunda Guerra Mundial. Para Tolcachir, “la obra despliega, en su asombrosa trama, una actualidad abrumadora. Es una de esas maravillas de Miller que nos hace volver a cuestionar los valores más básicos de una sociedad que parece haberlos olvidado hace mucho. El núcleo de la obra se centra en los vínculos de los personajes, sus secretos y sus omisiones”. Todos eran mis hijos se presenta en el Teatro Apolo de Buenos Aires.

Camino se hace al andar
Luego de recorrer varios kilómetros en el circuito teatral off de Buenos
Aires, Esteban llegó a la calle Corrientes de la mano de Norma Leandro y Mercedes Morán con la obra Agosto. Allí, él era un joven con un leve retraso, enamorado del personaje de Andrea Pietra. Ese papel le valió una nominación a los Premios ACE, como Revelación. En cine, trabajó en Toda la gen-
te sola, Motivos para no enamorarse y El viento, la última película que dirigió Eduardo Mignogna. En la pantalla chica, participó de Floricienta, El tiempo no para y Por amor a vos, hasta que le tocó interpretar a Martín, el secretario del fiscal Pascale (Jorge D’Elía), en la novela Vidas robadas. Este año, su cara volvió con fuerza a la televisión en la piel de Víctor, el malvado enamorado de Niní (Florencia Bertotti).
 

Es mucho más que una promesa por cumplirse. A los 33 años, el actor tiene en su haber un premio como Revelación por su papel en la novela Vidas robadas y una nominación por la obra teatral Agosto. Acaba de terminar la exitosa tira Niní y ahora se sube a escena con una pieza de Arthur Miller.

Cuando terminó la escuela secundaria, Esteban Meloni dejó Bahía Blanca y llegó a Buenos Aires. Su claro y sincero deseo de ponerles el cuerpo a diferentes personajes y de dejarse atravesar por sus historias le sirvió de guía para marcar un camino en constante ascenso. Estudió con grandes maestros, como Helena Tritek, Julio Chávez, Javier Daulte, Raúl Serrano y Luis Romero. El teatro fue su principal lugar de expansión profesional hasta que le llegó el gran reconocimiento por su rol en la novela Vidas robadas, por el que se ganó el Premio Clarín como Revelación. El año pasado, fue parte del gran éxito teatral Agosto, y en el 2010, coprotagonizó Niní, en televisión, junto a Florencia Bertotti y Federico Amador. Por estos días, sube a escena con Ana María Picchio y Lito Cruz en Todos eran mis hijos, una obra de Arthur Miller.

–¿Cuándo supiste que querías ser actor?
–El disparador fue a mis 4 o 5 años cuando, en el jardín de infantes, empezamos a hacer títeres. También me acuerdo que una vez mi mamá estaba viendo una novela y me explicó que esas personas que estaban ahí, en la televisión, estaban trabajando y hacían de otras personas. Ahí dije que yo quería ser actor. Además, mi mamá era preceptora en la Escuela Municipal de Danza de Bahía Blanca y nos llevaba a mi hermano Pablo y a mí a las muestras de fin de año, y yo flasheaba con el teatro. Siempre recuerdo la primera vez que entramos por la parte de atrás del escenario y vi todo ese mundo oculto.

–¿Qué otros recuerdos tenés de tu infancia en Bahía?
–Muchos juegos en la vereda con amigos y mucha vida al aire libre en el campo de mi familia materna. Pero también me gustaba encerrarme a leer libros de aventuras. Recuerdo una vez que pasamos por un quiosco de revistas con mi papá y le pedí que me comprara una revista de arte. Era sobre la vida de Leonardo Da Vinci, me fascinó.

–¿También hacías cursos de teatro?
–Todos los años me anotaba, pero a la hora de empezar me daba mucha vergüenza. Era muy tímido. Después, llegó el secundario y me distraje un poco, pero internamente yo sabía que al terminar 5.o año me vendría a Buenos Aires a estudiar teatro. Mis padres fueron increíbles porque siempre me dieron mucha libertad para elegir.

–¿En qué momento aquellas ganas de niño comenzaron a tomar forma de profesión?
–Al comienzo fue inevitable atravesar algunos momentos de incertidumbre, porque poner el alma en lo que a uno le gusta es una decisión muy fuerte. Después, con el tiempo, me fui asentando; comencé a estudiar, a hacer teatro, publicidad, algo de tele y apareció el orgullo de poder llevar a cabo y ser fiel a mi verdadera vocación.

–¿Llegar a la televisión era uno de tus objetivos?
–En realidad nunca me obsesioné con eso. Fue algo que se fue dando. Está buenísimo hacer televisión, es muy disfrutable… Me costó un poco encontrar mi lugar, tener cierta continuidad, pero ahora lo disfruto mucho.

–¿Hubo un antes y un después del premio Revelación por tu trabajo en Vidas robadas?
–Sin dudas mi trabajo salió a la luz con más fuerza, pero lo que pasaba con esa novela es que la veía mucha gente de este medio y eso hizo que otros productores y colegas actores me conocieran. El premio fue como la frutilla del postre… Una alegría enorme para mí, y para mis padres ¡ni te cuento! Estaban desbordados de felicidad.

–¿Es cierto que, grabando Vidas robadas, Soledad Silveyra te dijo: “En dos años, vos vas a explotar”?
–Sí, fue algo así, pero la verdad es que me da mucho pudor hablar de eso. Ella fue siempre muy alentadora con mi trabajo, al igual que mi gran maestra Helena Tritek.

–¿Hubo también quienes te dijeron: “No, esto no es lo tuyo”?
–Nadie me lo dijo directamente, pero cuando te rechazan en un casting o en una audición, siempre se te juega algo de eso. La del actor es una profesión donde todo el tiempo estás dando pruebas y aunque con los años vas ganando una seguridad interna que te dice por dónde ir, siempre hay eso de volver a empezar. Nuevos compañeros, nuevos directores, nuevos personajes…

–¿Podrías poner en palabras el porqué sos actor?
–Yo siento que esto es mucho más que mi trabajo. Cuando podés dejar de lado el ego personal, no hay duda de que los actores somos meros canales para transmitir lo que un autor o un escritor quiere contar. Obviamente, que quiero hacer bien mi trabajo y que guste, pero si me quedo sólo con eso, me parece poca cosa.

–¿De qué se habla cuando se habla de “la magia del teatro”?
–El teatro es fascinante, tiene algo de ritual, de ceremonial. La gente se prepara, se arregla, se perfuma… Hay como mucho amor y dedicación en una ida al teatro. No tengo dudas de que el teatro tiene una fuerza que supera cualquier avance tecnológico, cualquier película en 3D. Es una especie de remanso en estos tiempos de inmediatez y vértigo constantes.

–Tanto en Agosto como en Todos eran mis hijos, los vínculos familiares son protagonistas. El año pasado, en la televisión, Trátame bien también hacía foco en una familia particular. ¿Por qué creés que se nos vuelve tan atractivo este tema?
–Todo el tiempo estamos tratando de entender de qué se trata ser familia, ¿no? Mis padres se separaron cuando yo tenía 6 años y, para mí, eso es la normalidad. Cada uno tiene su propia historia y pienso que sentarse a ver qué les pasa a otros con este tema es también una forma de tratar de entender lo de cada uno.

–En la obra de Miller, uno de los personajes dice: “Por momentos, me cuesta recordar el hombre que yo quise ser”.
–Yo creo que esa es una frase que muchos se hacen en algún momento u otro de la vida. En mi caso, yo tenía muy bajas expectativas con respecto a mí mismo… (Risas). Mi presente supera ampliamente todo lo que yo pude imaginar, me voy redescubriendo todo el tiempo y voy encontrando cada vez más profundidad en lo que hago, en mi ideología como persona y como actor. Con respecto a esa frase en concreto, creo que tengo una edad en la que aún no puedo desilusionarme del camino recorrido porque tengo todo por hacer.

–¿Cuál es el camino que querés recorrer como actor?
–Nunca dejar de crecer, poder hablar del amor, del ser humano, de la vocación… En el día a día y en un campo más terrenal, seguir trabajando y vivir de esto, de lo que realmente amo.

–¿Tenés un modelo para seguir?
–Creo que hay algo de cliché en esta respuesta, pero admiro a Ricardo Darín. Es un actor muy valioso, muy interesante, que supo evolucionar, que logró conjugar dos cosas que para muchos no siempre se llevan bien: popularidad y prestigio. Es un actor genial, tanto en cine como en teatro; y fuera de su trabajo, se muestra muy fresco, cero acartonado. Me gusta eso.

–Hablaste recién de poder seguir trabajando siempre de la actuación, ¿es un tema que te preocupa?
–Esta es una profesión que tiene muchos vaivenes y es algo casi inevitable, ¿no? Yo siempre trabajo y el teatro es un lugar que me rescata, que me salva, más allá de estar o no en televisión. Me parece que si uno gana lo mínimo e indispensable para comer, tener un techo y vestirse, y tiene el alma depositada en lo que le da alegría, está todo más que bien… Obviamente, si estamos hablando de no tener para comer, a quién no le aterra eso… Pero yo me tengo fe. (Risas).

–¿Te debatís entre ser o no ser galán?
–¡Qué tema ese! Lo más loco es que durante mucho tiempo ser el galán de una novela era un lugar de privilegio, un rol importante. Después, se empezó a desvalorizar. Yo creo que ahora el público volvió a comprar la novela, el culebrón, y se enganchó nuevamente con el trío clásico “galán-heroína-malvada”. Igualmente, a mí como espectador me gusta más cuando todo está más mixturado, cuando el galán tiene algo de maldad y la buena no es tan buena. Como actor, estoy convencido de que ser el galán de una telenovela, el protagonista, es muy difícil de sostener.

–¿A qué te referís?
–El galán o la heroína tienen el peso y la obligación de gustar, de ganarse al público. Hay que sostener ser el objeto de deseo de millones de televidentes durante 130 capítulos. No me parece nada sencillo.

–Y ser protagonista, ¿es un tema que te ocupa?
–A ver… Pienso que ser protagonista es un lindo lugar porque te suelen atravesar los conflictos más atractivos y los demás personajes están puestos al servicio de. Además, si te convocan para protagonizar, significa que te está yendo bien. Pero no estoy ansioso por alcanzar ese lugar. Cuando era más chico, creía que había un momento para cada cosa, pero ahora y por suerte, todo el tiempo veo a mi alrededor ejemplos de actores y actrices que llegan a buen lugar a diferentes edades. La verdad es que estoy disfrutando mucho de mi presente, me ocupo y estoy atento al ahora… Entonces, el futuro desaparece.

 
Por Sebastián Fernández Zini.
Fotos: Macarena Otero.
Agradecemos a Hotel Boutique Bonito Buenos Aires (www.bonitobuenosaires.com)