…para perder tiempo derivé hasta la isla Saint Louis y me puse a andar por el Quai d'Anjou, miré un rato el hotel de Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando de golpe cesó el viento y el sol se puso por lo menos dos veces más grande (quiero decir más tibio, pero en realidad es lo mismo), me senté en el parapeto y me sentí terriblemente feliz en la mañana del domingo...”.
Así comienza el cuento de Julio Cortazar “Las babas del diablo”, y quién mejor que este escritor argentino, residente en París, para describir esta islita preciosa que permanece románticamente congelada en el siglo XVIII. Saint Louis es una de las dos islas (la otra es la Isla de la Cité) que se encuentran al paso del río Sena, en el IV Distrito de París, Francia. Fue bautizada por el rey Luis IX de Francia (Saint Louis) y está conectada al resto de la ciudad por puentes en ambos lados del río. Sólo tiene calles angostas, de sentido único, dos paradas de autobús y ninguna estación de metro. Los edificios, donde habitan artistas, escritores y gente con dinero, glamour y poder, comparten terreno con tiendas selectas y locales gourmet. Recorrerla es un festival para los sentidos. La fromagerie tiene casi sesenta variedades de quesos; el aroma de la boulangerie, con baguettes recién salidas del horno, se anuncia desde el mismo instante en que ponemos un pie en la isla. Y hay más, como el local que sólo se especializa en aceites de olivas traídas del mediterráneo, y el que ofrece infinidad de variedades de patés. Pero sin duda, sus habitantes VIP son los helados Berthillon. Es imposible no tentarse: son cremosos, con sabores intensos y gustos sofisticados.
Un paseo por la calle principal, Rue Saint-Louis-en Île, permite descubrir pequeñas boutiques con productos que no se encuentran en las grandes tiendas, como los objetos Pylones para la casa y para los chicos, o las lámparas de papel de arroz de la diseñadora Céline Wright.
También hay arte y cultura selectiva, como la Iglesia, el Hotel Lauzun, que aunque no se puede visitar, vale detenerse a mirarlo porque fue construido por Gautier en 1657 para el duque Lauzun, amante de Ana María Luisa de Orleans. El Museo Adam-Mickiewics, de la Sociedad histórica y literaria polonesa acaba de ser renovado y alberga la sala Chopin y varias obras de arte.
La isla es, sobre todo, una zona residencial histórica. Allí vivieron, por ejemplo, el presidente Georges Pompidou, los Rothschild, Michèle Morgan y Camille Claudel, entre otros. Caminar por los Quai D´Orleans, D´Anjou, Bourbon y sus calles antiguas permite admirar los palacetes construidos en el siglo XVII, con sus enormes y sólidas puertas de madera, así como espiar, a través de los ventanales, las obras de arte de incalculable valor que decoran los salones.
Para cerrar el paseo, conviene atravesar el puente peatonal y llegar a la plaza de la iglesia Notre Dame, en la Île de la Cité. Una delicia para los ojos que sólo habla francés. |