Decisión, responsabilidad, fe y esperanza fueron solo algunos de los tantos motores que se encendieron en el alma de Adrián Dall´Asta, un quijote. Lo definimos así (con ayuda de la Real Academia Española) porque solo un quijote antepone sus ideales a su conveniencia y obra, desinteresadamente, en defensa de causas que considera justas… más aún cuando un país arde en llamas, como era el caso de la Argentina, allá por el 2001.
Perplejo por la crisis que azotaba al país, Dall´Asta llegó a la conclusión de que el pánico que provocaban los vaivenes económicos desencadenaba una problemática todavía mayor: la ausencia de proyectos a largo plazo. Fue por aquel entonces que le encontró el gustito a la lucha contra viento y marea, y decidió despertar en los padres argentinos la motivación por el proyecto más preciado con el que cuentan, el de sus hijos. Descontó que, como un efecto dominó, eso, a su vez, impactaría de lleno en el devenir de la Nación. Y adoptó un lema: “Mejores padres. Mejores hijos. Mejores argentinos”. Acaso, la misión de Proyecto Padres, la fundación que, junto a Jorge Prinz y Leandro Cuccioli, ideó para apoyar a los padres en la ardua faena de liderar la educación de sus hijos.
“Preocupados por la situación imperante, nos preguntamos qué podíamos hacer. Y nos dimos cuenta de que, al ser padres, estábamos destinados a pensar en el largo plazo porque la vida de nuestros hijos exige nuestra obligación permanente. Nuestros hijos fueron el agente disparador para no salir corriendo a Ezeiza a buscar las soluciones afuera del país. La posibilidad de cambio estaba en nosotros mismos, no en otro lado”, evoca ahora Dall’Asta, mate de por medio, sentado en una de las oficinas de la fundación que ya cumplió ocho años de existencia. “Apenas comenzamos, dejé mi puesto como docente y me dediqué full time a la organización, que, por entonces, era muy chiquita”.
Para Dall’Asta, Lic. en Humanidades y Ciencias Sociales y diplomado en Orientación Familiar, el leitmotiv de la fundación es que los padres recuperen su capacidad de liderar. “En rigor, los padres perdieron la conciencia del liderazgo”, aclara el especialista. “Se perdió la conciencia del poder que tiene un grupo de padres comprometidos y jugados en una cruzada. ¡Esto mueve montañas! Analicemos los hechos sociológicos más relevantes de los últimos tiempos. ¿Quién puso sobre el tapete la conducta vial en la Argentina? Un grupo de padres (caso colegio Ecos). ¿Quién colocó en la primera plana de los medios el tema de la seguridad? Un solo padre que reunió a miles y miles de personas en las plazas. Olvidémonos de todo lo que lo circundaba. La gente le creyó al padre, no al ingeniero o a lo que fuera. La población se solidarizó con el discurso de un padre desgarrado que les dijo a sus compatriotas: ‘Estamos desamparados’. Todos estos mensajes fueron impresionantes, de un compromiso social fortísimo. Lo importante es entender que los padres, cuando nos involucramos con algo, podemos transformar el mundo. Ahora bien, estos acontecimientos tuvieron un denominador común: el dolor por una o varias pérdidas. Con Proyecto Padres nos proponemos llegar antes. Si toda esta fuerza movilizadora la utilizáramos para la prevención, nos ahorraríamos muchas muertes”.
–Volvamos al debate sobre el liderazgo. ¿Cómo reestablecerlo?
–Disfrutando de la tarea. Últimamente, se transmite que ser padre es un agobio o un camino sin retorno hacia el estrés. Entonces, es lógico que las generaciones modernas no quieran tener chicos. Si ser padres abre una puerta a la esclavitud y no hacia la libertad… ¿quién va a querer serlo? Tenemos que empezar a demostrar que estamos felices con nuestro rol. ¡Y comunicárselo a nuestras caras! Porque si en nuestras casas somos puro insulto por los problemas que nos suceden y pretendemos que los chicos no absorban eso… es un absurdo.
–Ok, pero ¿cómo hacer?
–El primer paso es revelarles a nuestros hijos que haberlos tenido es un motivo de orgullo y satisfacción. El segundo, salir del ámbito individual: la vida no son solo los cuatro metros cuadrados que nos rodean. Hay que emprender desafíos que nos lleven a ver al prójimo como si fuera nuestro propio hijo. Si reflexionamos que lo que le pasa a un chico cualquiera, mañana le puede ocurrir a uno de nuestros hijos, discerniremos lo que es vivir en comunidad. Yo soy padre de mi hijo, pero también soy padre de los hijos de la sociedad.
–Un tanto utópico, ¿no?
–¿Sabés qué pasa? Vivimos en comunidades virtuales donde nadie se compromete a nada, donde cada uno juega un papel actoral. Abandonamos la comunidad real, en la que uno se mira a los ojos, tiene tiempo y puede conversar tranquilo. Esto no significa que haya que rechazar a la comunidad virtual, ya que es un elemento que llegó para quedarse. Lo que aún no descifré es por qué cada novedad hace que abandonemos las cuestiones esenciales.
–Dall’Asta, ¿ser padre es un trabajo?
–Sin ningún lugar a dudas. Lo que ocurre es que la palabra “trabajo”, no sé por qué, no goza de buena prensa. Trabajar realiza a una persona, algo que no se logra estando todo el día en la cama. Producto de la mediación de la pantalla, tenemos una visión idealista y falsa de los ricos que ganan mucha plata con poco esfuerzo, y una mirada tremenda del hombre común que se toma, diariamente, el tren o el colectivo para ir a trabajar como si fuera un pobre esclavo de la sociedad. ¿Que trabajar implica esfuerzos y pesares? Claro que sí, pero eso es parte de la vida. Realizarnos nos hace, cada día, mejores personas. Es ilusorio que ahora todos queramos andar en Rolls-Royce. Son modelos que hacen mucho daño. Nos hacen contemplar una realidad que no existe, que será muy entretenida para las cámaras de televisión, pero que no tiene nada que ver con la vida real.
Mundo adulto en crisis
Según Dall’Asta, el “trabajo de padre” implica planificar para fortalecer las aptitudes tanto de los hijos como de sus progenitores. “Como en cualquier otro ámbito, hay que pensar de antemano qué es lo que uno quiere alcanzar ¡y hacerlo! –explica–. Si hace falta, podemos escribir en un cuaderno las metas y las estrategias para llegar a ellas. Por ejemplo, si deseo compartir con mi hijo más espacios de esparcimiento, puedo levantarme los sábados a la mañana y acompañarlo a hacer algún deporte. ¿Quiero que lea más? Le compro buenos textos y leo junto a él. ¿Quiero que use menos la computadora? Establezco horarios de uso. Esto requiere dedicación y, después, una evaluación de los resultados”.
–Aun con el mejor de los planes, ¿no opina que lidiar con los jóvenes se tornó una misión un tanto cuesta arriba?
–Los chicos son el producto de la educación familiar y comunitaria, aquella que obtienen a través de los mensajes provenientes de las escuelas, los medios o los clubes. En definitiva, los adolescentes son el producto del mundo adulto, y es este el que está en crisis. Los chicos no hacen más que reflejar nuestra propia crisis.
–¿A qué tipo de crisis se refiere?
–A una crisis de valores. Perdimos el rumbo de la verdad de la vida. Malgastamos el tiempo corriendo detrás de pequeñas tonteras y no asimilamos que los afectos y la familia son de esas cosas que se sustentan para siempre y son irrenunciables. Esta confusión adulta, junto a la crisis de valores, generaron chicos en crisis. Pero la cadena nace en los padres.
–Que se hayan redefinido conceptos como “límites” o “autoridad”, ¿también se lo atribuye a los adultos?
–Y… En cuanto a los límites, los que cedimos, mayormente, esa figura que los aplicaba somos los padres varones. En la actualidad, se lo valora al varón desde su rol de proveedor económico o desde su costado femenino (cuando sus quehaceres se parecen más a los de la mujer, mejor). Los varones abandonamos el lugar masculino de la pareja educativa. Eso, en materia de límites, confundió a los chicos. Lo que el hombre aporta psicológicamente a la educación es la ley, la norma. Cuando hay vínculos sanos, sustentados sobre la claridad sobre lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, los chicos también se desarrollan socialmente sanos. Ojo, a mí me encantó cambiarle los pañales y darles de comer a mis cuatro hijos. La complementariedad entre el hombre y la mujer me parece un avance maravilloso; pero el varón, en complicidad con la sociedad por el avance de lo femenino –no de la mujer–, renunció a algo a lo que nunca debió renunciar.
–¿Por qué lo dice, Dall’Asta?
–Porque complementariedad no es sinónimo de que los integrantes de una pareja aporten exactamente lo mismo. Si así fuese, como señala Sigmund Freud desde la Psicología, lo único que generaríamos es una gigantesca confusión. Hombre y mujer generan un complemento esencial en la educación de los chicos. Esto excede cualquier discurso idealista, ideológico o religioso, o las decisiones de los adultos con respecto a lo que harán con su sexualidad entre las cuatro paredes de su habitación.
Vínculos siglo XXI
Le proponemos a Dall’Asta que se aventure a esgrimir una radiografía sobre las relaciones “padres e hijos” que acontecen en el seno íntimo de los hogares argentinos. Y se anima a contestar: “Se están dando aspectos muy positivos, como dialogar con mucha más soltura que décadas atrás. Los adolescentes se animan a decir cosas que antes no se atrevían, ¡y los padres también! El adulto desnuda más sus sentimientos, es menos pétreo. Y los jóvenes contrarían a sus mayores, a veces, más de la cuenta (risas). Sin contar al padre que se viste o habla igual que sus hijos, que sería la versión negativa de la posmodernidad, la vida más longeva permite una mayor cercanía en cuanto a gustos e intereses. Con mi papá, no compartía la pasión por un grupo de rock. Hoy, mis hijos escuchan la misma música de la que era o soy fanático”.
–¿Las preocupaciones también mutaron?
–¡Considerablemente! El reto educativo que plantea el vínculo con las tres pantallas (Internet, celulares y TV) es muy difícil de comprender para los adultos, ya que son contemporáneos a este cambio, lo atraviesan junto a los jóvenes. La noche, el alcohol y las drogas son otras de las inquietudes que tienen los padres, pero saben de qué se trata o tienen una idea más acabada sobre lo que hay que hacer. La brecha generacional en cuanto al saber tecnológico es demasiado grande. En la mayoría de los casos, a los padres les faltan herramientas. Grandes y chicos hablan dos idiomas totalmente diferentes. Pero habrá que aggionarse, ya que esta manera de comunicarse no es reversible. A esta catarata de información no hay que prohibirla ni quedarse afuera de ella –ya que avanza segundo a segundo–, sino aprender a manejarla y ordenarla.
–Sigamos con la radiografía. ¿Cómo afecta a los jóvenes la realidad argentina?
–Sienten una enorme indiferencia. Pero no por desamor hacia la Argentina, sino por una gran ignorancia. Los chicos conocen mucho más sobre los jugadores de fútbol que sobre sus próceres. Además, como en los últimos años entramos en una crítica constante sobre el pasado, lo acontecido hasta el momento pasó a no ser rescatable. Como hablamos poco de ello, provoca indiferencia. Y, admitámoslo, el presente tampoco es muy alentador, ya que las personas que deberían despertar un interés cívico no son, justamente, referentes que los adolescentes quieran emular. La política y sus representantes están mal vistos, por ende, quedan los héroes de la tevé o los deportivos. Y muchos de ellos están ligados con el éxito a corto plazo.
–¿Qué saco le corresponde ponerse al Estado con respecto a la familia?
–Creo que tiene una asignatura pendiente en cuanto a la educación para formar familias y protegerlas. Un Estado que descuida, no cumple con su función de padre en el sentido social. Por eso, muchas veces nos sentimos huérfanos, lo que se manifiesta en impunidad, anarquía y descontrol. Pero nosotros, como ciudadanos, tenemos que devolverle el rol paterno al Estado. El Bicentenario nos ofreció una oportunidad. Me parece que todos sentimos un movimiento interno de argentinidad; descubrimos un poquito el amor por nuestro país. ¿Pero qué significa “patria”? El vocablo viene de “patris”; en latín, “la tierra de los padres”. No es casual que los próceres sean llamados “los padres de la patria”. El Estado se olvidó de su rol de padre de la patria y de su pilar más relevante: la familia. No hay posibilidad de construir un país sin este agente económico, cultural y educativo. Si la Argentina quiere llegar al tricentenario como una poderosa nación, tendrá que ubicar a la familia en el puesto número uno de desarrollo. Si eso no se hace, seguiremos viviendo de los recuerdos.
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