El siglo XXI encuentra a los ciudadanos de los países desarrollados sin demasiado tiempo para disfrutar de la vida al aire libre. Esta situación se complica durante el invierno, cuando los días son más cortos, las noches más largas y las temperaturas más bajas. Al amanecer tarde, la gente se levanta antes de que salga el sol, pasa casi todo el día en el trabajo –en un lugar cerrado adonde no suele entrar la luz solar– y regresa a su casa al anochecer. El día transcurre sin que hayan pasado, siquiera, algunos minutos bajo la vital exposición a la luz natural. A raíz de esto, la salud se ve afectada y la gente siente cansancio, desánimo, y suele aumentar de peso. Estos son algunos de los síntomas de la depresión invernal, conocida como Trastorno Afectivo Estacional (TAE).
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La luz solar es necesaria para la vida de la naturaleza y de los seres humanos. Claro que para estos últimos, es precisa en su medida justa y en la época del año adecuada. No es lo mismo exponerse al sol en pleno verano y en horarios no permitidos, que hacerlo durante el invierno y como forma de estimular los efectos fisiológicos del organismo. Según explica la médica general de la Unidad Sanitaria San Carlos de Moreno, Noelia Geranio, “la luz solar estimula la formación de vitamina D, responsable de la mineralización adecuada del esqueleto. Por eso, una exposición solar insuficiente, en conjunto con un aporte escaso de lácteos enriquecidos con vitamina D y la carente ingesta de suplementos de esta vitamina en épocas invernales, genera déficit de calcio en sangre y pérdidas de fosfatos por el riñón, con alteraciones en el esqueleto y malformaciones óseas”. Además, la luz solar favorece la circulación sanguínea, actúa en el tratamiento de algunas dermatosis y estimula la síntesis de los neurotransmisores cerebrales responsables del estado anímico (quizás, por eso, se relaciona a los países cálidos con la alegría y la juerga, y a los países fríos con la seriedad y la depresión).
Por otra parte, la luz solar actúa sobre los ciclos biológicos del organismo (dormir, comer, despertarse). Según la incidencia del sol que tengan estos ciclos, estimularán en mayor o menor medida la formación de sustancias que pueden tener diversos efectos sobre la salud. “Si la liberación de melatonina se altera –explica la doctora Geranio– puede generar trastornos del ciclo sueño-vigilia produciendo insomnio, y la gama de alteraciones del sueño que van desde despertar en la madrugada, sueño fragmentado o dificultad para dormir”. Los síntomas que acarrean estos cambios generan trastornos del humor, menor calidad de vida, menor capacidad para concentrarse, pérdida de memoria, déficit cognitivos (poca atención, agudeza mental y concentración), irritabilidad, deterioro de relaciones, cansancio, somnolencia diurna y aumento de accidentes. En caso de que la secreción de serotonina se altere, se pueden generar cambios de ánimo, con estados de ansiedad y depresión. “Esto se engloba dentro de los trastornos afectivos estacionales, más frecuentes en personas que viven cerca de los polos, mientras que en otras latitudes, y durante el otoño e invierno, se observa cansancio habitual, aumento de peso y desánimo, además de letargia, disminución del apetito sexual, ideas suicidas y retiro social”, comenta Geranio.
La luz y los estados de ánimo
Según los doctores Jayant Vaidya y Michael Douek, profesores del University College de Londres, es muy posible que los estados de ánimo dependan, en parte, de la exposición a la luz solar. A raíz de esto, se sabe que entre el 5% y el 10% de los argentinos sentirá cansancio y desánimo, y aumentará de peso durante el otoño y el invierno, a medida que los días se acorten y haya menos luz solar. Estos son algunos de los síntomas de la depresión invernal, definida en 1981 por el psiquiatra Norman Rosenthal, quien la denominó Trastorno Afectivo Estacional (TAE). Pero recién en 1987, la Asociación Americana de Psiquiatría la reconoció como un tipo de depresión mayor que ocurre en períodos específicos del año. La doctora Paula Contarini, médica especialista en Medicina Interna y Psiquiatría de Swiss Medical Center, confirma que “el Trastorno Afectivo Estacional, o depresión invernal, está definido como una depresión recurrente que inicia en otoño y culmina en invierno, y se caracteriza por la aparición de síntomas atípicos de la depresión”. Por su parte, la psiquiatra sostiene que la disminución de luz disponible en esta época del año ocasiona un episodio de depresión en personas predispuestas a desarrollar el trastorno, pero aclara: “Ningún estudio científico estableció una relación causal entre la disminución de la luz del día y el desarrollo de la depresión invernal”. Por su parte, la psicóloga y licenciada en Filosofía Isabel Larraburu, nacida en Uruguay y nacionalizada española, argumenta que “en invierno, la actividad se reduce a los espacios cerrados, aumenta la atracción por estar en casa, y levantarse de la cama es una proeza. La vida invernal afecta a casi el 9% de la población mundial y a tres mujeres por cada hombre”.
Este trastorno suele tener una duración más prolongada y una intensidad más severa en el hemisferio norte, en regiones que se encuentran a mayores latitudes. “Probablemente –agrega Contarini–, la disminución de la luz del día en otoño e invierno, en esas latitudes desencadenen este trastorno con más frecuencia y mayor intensidad en individuos predispuestos genéticamente”.
Según explica el arquitecto interiorista español Carlos Requejo, especializado en arquitectura biológica, “en invierno se observa un aumento de la depresión por la escasez de luz natural. El TAE se relaciona con la entrada del otoño, la reducción de horas de luz solar y el cambio de hábitos. Es como una hibernación que nos lleva a escondernos en espacios seguros y calientes, pero cerrados y oscuros. Como cuadro depresivo, afecta al rendimiento físico y mental, y al estado de ánimo, y lleva a una disminución de la capacidad física e intelectual, con alteración de las relaciones socio-laborales, pérdida de defensas y merma de rendimiento laboral…”.
En efecto, la luz y el color tienen una importancia decisiva en la salud humana. Por tal motivo, la “Domobiótica” considerada la medicina del hábitat, procura conseguir una mejor calidad ambiental cuidando los criterios ecológicos y biológicos de la construcción, fomentando el aprovechamiento de la luz solar, la ventilación natural y la correcta iluminación artificial. “Al implementar la arquitectura biológica –cuenta Requejo– se previenen o corrigen los síntomas del TAE. El 90% de las personas que la implementan encuentran rápidas mejorías. Por ejemplo, las empresas que adoptan el sistema, observan que sus empleados incrementan la atención y concentración, y optimizan la toma de decisiones. Con la iluminación biológica se crea un ambiente que imita la luz natural. Tiene que ser brillante e intensa para que estimule y despierte el ánimo y proporcione serotonina al cerebro, la hormona de la actividad y el buen humor”.
También es importante el color de la luz. Hay que usar luminarias que reproduzcan los colores del sol, con alta temperatura del color para conseguir más y mejor luz. “El correcto uso del color y la iluminación en el hogar puede incrementar hasta el 85% la energía personal, levantar el ánimo de la familia y hacer que la depresión desaparezca”, concluye Requejo.
Para combatir los trastornos invernales, Paula Contarini recomienda realizar caminatas al aire libre de más de 30 minutos, 3 veces por semana, como una alternativa sana para los argentinos. “El ejercicio aeróbico regular constituye un hábito saludable relacionado con la prevención de múltiples enfermedades, incluida la depresión”, resume la psiquiatra. Por su parte, la médica Noelia Geranio concuerda con Contarini al sostener que “las actividades físicas al aire libre estimulan la liberación de endorfinas, encargadas de levantar el ánimo. Además, se mejora la salud al incrementar la movilidad articular con menos dolores y pérdida de peso, estimular la circulación y ayudar a normalizar la tensión arterial”. |