Como a cualquier chico, le apasiona el mar y pasarse, de cara al sol, una tarde completa en un bote. Prefiere matar su tiempo libre echado en el sofá de su casa, jugando con sus perros, contemplando una buena película de suspenso en el cine o dirimiendo una partida de pool o de bowling con sus amigos. Como cualquier chico. No es fanático de las corbatas, pero sí de los jeans, las zapatillas de algodón, los jackets con capucha y de los pantalones militares o los de camuflaje multipockets. Como cualquier chico.
El problema, si es que lo hay, es que Enrique Iglesias no es cualquier chico. De hecho, el mote de “chico” es un tanto generoso, si se considera que, a esta altura del partido, ya es un hombre hecho y derecho de treinta y cinco años, dueño de una prolífica carrera musical que, en el 2010, alcanza sus quince primaveras. Y qué mejor que celebrarlo con su primer disco bilingüe, bautizado Euphoria, que será presentado los próximos días y en el que el hijo de Julio Iglesias comparte cartel con Juan Luis Guerra (en la canción Cuando me enamoro), Akon, Nicole Scherzinger, Pitbull y el dúo puertorriqueño Wisin y Yandel.
“Este álbum es único en mi trayectoria. Hace una década que quería hacer algo mitad en inglés y mitad en español, pero no encontraba el momento. Ahora, estoy más creativo que nunca. Euphoria es ecléctico, romántico y muy divertido”, confiesa el cantautor y productor que siempre tiene una sonrisa a mano y una declaración picante, en el límite entre lo naif y el doble sentido (sobre todo, cuando se refiere a lo que sucede entre las cuatro paredes de su habitación).
Este madrilense, fruto del amor entre uno de los popes de la balada y la filipina Isabel Preysler, tiene los bolsillos llenos de millones de copias vendidas y el alma colmada de mimos, ya que, desde su debut, recolectó infinidad de premios y reconocimientos, y viajó, con su repertorio a cuestas, por destinos que se extendieron desde Sudáfrica hasta Australia y la India. “Creo que fui un chaval con mucha suerte –descuenta Enrique–. No soy de mirar al pasado, sino de pensar en lo que viene, pero hice lo que tenía que hacer. De cualquier manera, no me deja de sorprender el éxito en diferentes mercados. Es una mezcla de fortuna con un buen trabajo de equipo. Hay que escuchar, saber crecer y reinventarse, pero sin perder la esencia. En esto de cumplir los sueños, hay que luchar por tus convicciones, ser auténtico y perseverante. ¿Y sabes qué? Tampoco creérsela mucho… yo sigo siendo aquel adolescente inmaduro de 1995 al que no le gustaba tomarse las cosas demasiado en serio”.
La elección del año no es al azar. Después de estudiar Negocios en una universidad de Miami, a Enrique le tiró la sangre y, después de descubrir una facilidad para componer melodías –bajo el seudónimo “Enrique Martínez” y a escondidas de su familia–, dio sus primeros pasos en la música hasta que consiguió, en 1995, firmar el tan ansiado contrato discográfico. Enrique Iglesias fue su primer CD, que incluyó los hits Si tú te vas, Experiencia religiosa, Trapecista y Por amarte. El furor que causó su aparición hizo que tuviera que regrabar esta placa en italiano y en portugués. “Si volviera a empezar, lo haría todo igual”, afirma convencido. “Desde mis inicios, mi vida fue como una montaña rusa a máxima velocidad. Con el paso del tiempo, lo único que entiendes es que hay que dedicarse más a uno mismo. Pero yo soy hiperactivo, no puedo estar muy tranquilo porque me aburro”.
–Hasta 1999 experimentaste un crecimiento a ritmo vertiginoso. Editaste cuatro discos, hiciste un dueto con Whitney Houston y conquistaste al público anglosajón al son de Bailamos. ¿La fama te hizo pagar algún precio?
–Sí, el no poder dormir (risas). De tanto viaje, tu reloj biológico se altera, pero, sinceramente, no me puedo quejar. Los precios que pago son pequeños en comparación con los beneficios que gozo.
–¿Hiciste un balance acerca de estos quince años que pasaron? ¿Cuáles son las reminiscencias que te afloran con más asiduidad?
–Sí, fueron como un carrusel de vivencias, muchas de ellas plagadas de sacrificios. Pero yo no cambiaría nada de lo que viví. No me olvido más de ese miedillo que me invadió cuando presenté mis primeros demos, o cuando viajé a México para firmar un contrato y al día siguiente estaba cantando con Marco Antonio Solís. ¡O la primera vez que me escuché en la radio o que pasaron mi primer video en MTV! ¡Eso sí fue lo más! Luego, me monté como en un cohete a la luna: gente, países, aviones… Uf, se pasó todo muy rápido.
–¿Cuánto significó ser el hijo de Julio e Isabel? ¿Te allanó el camino?
–No voy a negar sus influencias, pero yo no fui un muchacho popular ni en el colegio. Las chicas no me hacían mucho caso (risas). En cuanto al apellido... la mayoría puede pensar que fue una garantía, pero más que eso, fue un peso que llevé sobre mis espaldas y al que debí sobreponerme con mis propios méritos. El ser un “Iglesias” fue un reto para superar, un incentivo para hacer las cosas por mí mismo y para que los demás perciban que uno tiene contenido y que vale por sí solo.
–Te fue necesario despegarte…
–Sí, pero no me tomes a mal, tengo el mejor padre del mundo y de mi madre ni hablar, es increíble, la más guapa, mi gran amiga... pero en mi familia, cada uno trató de moldear su propio planeta. Están quienes sienten mucho morbo por mi vínculo con ellos, pero no es tan complejo. ¡Somos gente normal! Por otro lado, yo siempre fui complicado, retraído, metido en mi mundo. Pero en la vida, cada cual escoge su camino y yo elegí el mío.
–Bueno, pero imagino que no se te pasan por alto los comentarios de que estás distanciado de tu padre o de que todavía no limaron sus asperezas…
–Eso de las asperezas es un mito provocado por los medios. Los hijos crecen, se casan, se van de sus casas. ¡Así es la vida! En nuestro caso, aunque no nos veamos frecuentemente, el cariño y el respeto están intactos. Igual con mi madre y mis hermanos. ¡No creas todo lo que escuchas, eh!
–Tus fans quieren saber: ¿será posible escuchar un dúo entre vos y Julio?
–¿Los fans o tu? Con él no hablamos de nuestras carreras. Cada cual tiene su estilo y su trayectoria. A la fecha, no fue ni es necesario, y creo que es un asunto que hay que dejar descansar. Es mejor así.
Por dentro
“The Supernova”, apodo con el que también es conocido, donó la canción It Must Be Love para recaudar fondos para las víctimas del terremoto que azotó a Haití en enero de este año. El mismo fin tuvo su participación en la remake del clásico We Are The World. “Me preocupan temas como el Sida, el calentamiento global o el hambre que padecen los niños en los países latinoamericanos –admite–. Pero en lugar de sufrir, debemos asumir una actitud más activa. Hay que ser responsable y no hacerle al prójimo lo que no te gusta que te hagan a ti. Respetar el derecho ajeno y luchar, diariamente, por la libertad y el derecho a expresarse. Me encanta apoyar causas como las de Haití. Es lo menos que puedo hacer”.
Es probable que se haya nutrido de esa sensibilidad durante sus épocas en las que no todo fue color de rosa, debido al divorcio de sus padres cuando él apenas tenía tres años, a la ausencia de la figura paterna por las obligaciones de Julio, o al secuestro que sufrió su amado abuelo, Julio Iglesias Papuchi Puga, en manos de la organización terrorista ETA (lo que le significó a un Enrique de siete años, separarse de su madre y mudarse a Miami). “Mi abuelo era un tipazo, un cascabel, siempre alegre, positivo y uniendo a la familia –evoca–. Cuando murió, en el 2005, a todos nos pegó muy duro; me impactó ver llorar a mi padre. Mudarnos a Miami fue un choque: dejamos atrás amigos, recuerdos y empezamos de cero. Imagínate, otro idioma y otra cultura, pero nos adaptamos. Mi infancia, más allá de todo, no pudo ser mejor”.
Ni los malos tragos le roban la sonrisa. Es que Enrique anda de parabienes, tanto en el plano laboral como en el íntimo. No se ilusionen chicas, desde hace ocho años, este seductor innato que coqueteó con bellezas como Christina Aguilera o Jennifer Love Hewitt, tiene dueña: la sensual ex tenista rusa Anna Kournikova, a quien enamoró durante el rodaje de su video Escape. “Aunque se empeñen en demostrar lo contrario, no me casé con Anna. ¡Tienen una fijación con ese tema!”, se ofusca. “No me opongo al matrimonio, pero pertenezco a una generación con otro punto de vista. Un papel no me va a asegurar la felicidad. La única garantía en una relación es dar con la persona ideal y confiar mutuamente. Y en Anna encontré a un ser fuerte, independiente y seguro. Es la mujer perfecta para ser la madre de mis hijos”.
–Me la dejas picando, Enrique… ¿Para cuándo los niños?
–No, no, no (risas). Que tenga todo para serlo, no significa que nos hayamos planteado el asunto. Estamos prefecto así. Tener un hijo es una responsabilidad muy grande y yo aún estoy muy inmaduro para ser papá. ¿Volvemos a lo musical?
–Volvamos… Apuntás a distintos públicos. ¿Cuál es el que más te moviliza?
–Los latinos son los mejores, lo más leales. Los mexicanos, lo portorriqueños y los argentinos. Los franceses y los ingleses son bastante selectivos, pero con insistencia, se cosechan los frutos.
–¿A qué colegas admirás?
–Antes que a nadie, a mi padre. Él nos abrió las puertas a los que vinimos después. Lo mismo me pasa con Solís, Guerra o Juan Gabriel, que mantuvieron un altísimo nivel. Después, destaco a Ricky Martin, a Shakira… creo que somos una generación de chicos muy luchadores.
–¿Es cierto que dentro de quince años te vas a retirar?
–Me falta todo por aprender y hacer: escribir el mejor tema, hacer más cine, llegar a más gente. Lo que dije una vez es que me gustaría irme a una isla, a pescar y a tomar cerveza… pero ¿a quién no? (risas). No me figuro dentro de veinte años cantando Bailamos, pero si los Rolling Stones siguen de gira… pues, tal vez, me verán a mi también (risas).
–¿Qué te falta para sentirte realizado?
–Nada, ya que sería muy ingrato pedir algo más. Me siento muy realizado. Dios me bendijo con el hecho de trabajar en lo que me apasiona. ¡Soy muy feliz!
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