En una tertulia imaginaria, el filósofo Aristóteles diría que “sin amistad, el hombre no puede ser feliz”. El poeta Miguel De Cervantes agregaría que “amistades que son ciertas nadie las puede turbar” y el escritor Pedro Calderón De La Barca cerraría con que “es parentesco sin sangre, una amistad verdadera”.
El estadista y científico Benjamin Franklin acotaría que “un padre es un tesoro, un hermano es un consuelo: un amigo es ambos”, y el político romano Marco Tulio Cicerón se sumaría argumentando: “No sé si, con excepción de la sabiduría, los dioses inmortales han otorgado al hombre algo mejor que la amistad”. La voz de Martin Luther King también se haría oír: “Al final, no nos acordaremos tanto de las palabras de nuestros enemigos, sino de los silencios de nuestros amigos”.
Para amenizar la solemnidad de la reunión, el Nano Serrat empuñaría su guitarra y cantaría: “Decir amigo es decir lejos, y antes fue decir adiós. Y ayer y siempre, lo tuyo, nuestro, y lo mío de los dos”. Lo seguiría Alberto Cortez entonando “Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Y, claro, no faltarían los Enanitos Verdes con su clásico: “Que un amigo es una luz, brillando en la oscuridad, siempre serás mi amigo, no importa nada más”.
La amistad. Divino tesoro. Aseguran que un auténtico amigo es quien sabe todo sobre uno… y sigue siendo amigo. O aquel que no tiene el temor de marcar los errores. Durante siglos y siglos, este tipo de relación atravesó a la humanidad entera. Los antiguos griegos consideraban a este vínculo como una virtud y lo encaraban como un verdadero ideal.
Hay amistades que marcaron hitos, ya sea por la mera relevancia de sus protagonistas o por los frutos que arrojaron esas “sociedades”. De tan intensas, están hasta las que terminaron de la peor manera. Aquí, repasamos algunas muy significativas y otras… quizá no tanto, pero que seguro, le robarán un par de sonrisas y suspiros. Pase y lea.
El agua
y el aceite sí congenian
Uno era pura ebullición. El otro, es un canto a la mesura. No obstante, la fórmula Gato Dumas + Ramiro Rodríguez Pardo obtuvo dividendos como para tirar manteca al techo.
Los presentó Benito Serrano, maître de La Chimère, y se convirtieron en carne y uña (amén que al chef de ascendencia española, ciertas bromas del Gato le parecían un tanto imprudentes o subidas de tono).
Juntos, se propusieron hacer “algo distinto” y lo consiguieron: encabezaron catorce restaurantes, dieron la vuelta al globo terráqueo una decena de veces y, durante veintidós años, se divirtieron en la pantalla chica –su envío emblema: El Gato Pardo.
Palabras más, palabras menos, revolucionaron la cocina argentina y le dieron brillo y estatus a la profesión de cocinero. Les abrieron las puertas de par en par a las Dolli Irigoyen, las Mausi Sebess o a los Guillermo Calabrese. ¡Ah! También compartían su gusto por los tiradores. Sí, dos personajes.
Analistas celosos
Sin dudas, marcaron un antes y un después en el psicoanálisis. Si el austríaco Sigmund Freud llevó a su máxima expresión el enfoque personal y biográfico a los problemas de la psiquis, el suizo Carl Jung hizo lo propio con la búsqueda del significado de la existencia.
Freud y Jung se conocieron en 1907, y el afecto entre ellos no tardó en aparecer, a tal punto que uno se convirtió en la sombra del otro. Durante largo tiempo, mantuvieron una “relación epistolar”, ya que intercambiaban cartas en las que compartían inquietudes sobre los asuntos que los desvelaban.
Pero hacia 1913, el vínculo se resquebrajó después de que Freud se disgustara por ciertos descubrimientos de quien había sido su más fiel colaborador. Fue así como la correspondencia tomó un cariz inesperado y los roces entre ellos se hicieron presentes como nunca.
Debido a la ruptura definitiva con su gran amigo, Jung entró en un pozo depresivo que lo hizo renunciar a su puesto en la Universidad de Zúrich. En medio de la crisis que los afectaba, Freud le escribió a Jung: “Su alegato de que trato a mis seguidores como pacientes es, evidentemente, falso. Pero uno (Ndr: refiriéndose a Jung), que mientras se comporta anormalmente sigue gritando que es normal, da sustento a la sospecha de que le falta asumir su enfermedad. En consecuencia, propongo que abandonemos nuestras relaciones personales enteramente”. Y no hubo más palabras.
Alta sociedad
“En mi vida solo he tenido dos amigos: Yoko y Paul”. Para llegar a esta frase de John Lennon habrá que remontarse a julio de 1957, cuando Paul McCartney asistió a un recital de The Quarrymen, la banda que, por aquel entonces, John conformaba junto a sus compañeros de escuela. El impacto entre ambos fue instantáneo. John pisaba los diecisiete años, Paul tenía quince. Seguramente, en ese momento no pensaron que conformarían una de las duplas más prolíferas de la historia de la música. Tres años después, salieron a escena con The Beetles (luego mutó a The Beatles).
“Paul y yo éramos The Beatles, ya que éramos nosotros quienes componíamos las canciones. Él era muy competente con la guitarra”, solía definirlo John a Paul, en contraposición de quienes describen que Lennon era despectivo con los restantes integrantes de la banda (en especial con McCartney).
“No nos llevábamos mal con John. Lo que sucedía es que, a veces, decía cosas de las que luego se arrepentía. Tenía una personalidad un tanto brusca, pero no tanto como la gente cree. Él era tan capaz de dedicarte una bravuconada, como de bajarse las gafas hasta la nariz y lanzarte un ‘Te quiero’”, reconoció Paul, quien fue uno de los que se mostró más abatido por el asesinato de su amigo, en 1980.
Que se pelearon y nunca se reconciliaron, que las idas y vueltas eran una constante… sea como fuera, el binomio funcionó a la perfección. Here Today, el tema que le escribió Paul a John, a dos años de su muerte, habla por sí sola: “¿Y si dijera que realmente te amé? ¿Y que me alegraba que te aparecieras por ahí? Para ti, mi canción”.
Ya sé que estoy piantao…
Cuenta la leyenda que Eugène Henri Paul Gauguin, pintor francés posimpresionista, conoció a los holandeses Vincent y Theo van Gogh, allá por 1886 en París, y que quedó impresionado con el mayor de los hermanos.
Hicieron tan buenas migas que Vincent, en aras de forjar una comunidad de artistas, invitó a vivir a Gauguin a su morada en Arlés, al sur de Francia, en donde se había instalado para despuntar su debilidad por la cultura oriental (“Aquí no me hace falta para nada el arte japonés, porque me imagino estar en el Japón y nada más necesito abrir los ojos y ver lo que tengo delante”, le escribió a su hermana).
En lo que se refiere a lo laboral, la unión fue por demás fructífera: crearon la serie de vistas de Alyscamps y hasta se retrataron mutuamente –Gauguin pintó de perfil a van Gogh y este pintó a Gauguin de espaldas–. Pero sus caracteres temperamentales hicieron que la convivencia fuera tan fugaz como un abrir y cerrar de ojos (se extendió tan solo un par de meses de 1888). Para colmo, concluyó con la peor de las versiones (aunque, según los historiadores, no es la única): que la pérdida de la oreja de van Gogh fue producto de un altercado con Gauguin. Mito o realidad, lo cierto es que Gauguin regresó a París y solo volvió a contactarse con Vincent a través de cartas.
La amistad más productiva
de la literatura universal
Victoria Ocampo los presentó en el calor de su hogar, en los albores de la década de los treinta. De allí en adelante, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares nunca más se separaron. “Bioy ha sido muy bueno y muy indulgente conmigo. Él es una persona para la cual mi vida no tiene secretos”, aseguró el genial Borges. Ambos mantuvieron una estrechísima amistad, a veces, hasta con tintes de “susceptibilidad extrema, casi femenina”, como la definió, jocosamente, Bioy.
Juntos, pergeñaron a Honorio Bustos Domecq, el autor ficticio de la colección de relatos detectivescos como Seis problemas para don Isidro Parodi y Crónicas de Bustos Domecq. El origen del pseudónimo respondía a los apellidos de los bisabuelos de Borges (Bustos) y de Bioy (Domecq). Es que entre ellos primaba la empatía, el buen humor, las chanzas y las críticas despiadadas a las figuras del universo literario.
Su amistad full time, que se fogoneó en las cenas que compartían y durante la época en que coincidían en la editorial Emecé y la revista Sur, solo se vio interrumpida físicamente cuando, en 1986, Borges fijó su residencia en una de sus patrias: la suiza Ginebra. La suerte para Georgie estaba echada. Ya le había confesado a su entrañable amigo que “para morir da lo mismo un sitio que otro”.
De una piedrita a un imperio
La pasión que profesaban por la electrónica fue la piedra fundacional de su amistad. Los avances en materia de programación eran su tópico obligado en las largas sobremesas de café. Un buen día, dejaron el palabrerío de lado y decidieron trasladar a la práctica las ideas innovadoras que merodeaban por sus privilegiados cerebros. Llegaron lejos: fundaron una de las mayores corporaciones de la historia.
Los estadounidenses Bill Gates y Paul Allen son nada más y nada menos que los padres de Microsoft. “En esos días, con Paul solo jugábamos, o eso creíamos. Realizábamos programas que luego vendíamos en empresas o administraciones públicas”, destacó Gates, quien estudió en instituciones de elite, como la escuela de Lakeside y la universidad de Harvard.
Micro-Soft (el guión luego se eliminó), o MS, nació en Nuevo México, en 1975, y dio sus primeros pasos suministrando el sistema operativo para los ordenadores de la empresa IBM.
En 1983, Allen renunció a Microsoft cuando le diagnosticaron la enfermedad de Hodgkin. El mal trago se extendió durante siete años. En 1990, terminó de sortearlo y retornó a las huestes de su querida compañía. Gates, su gran aliado, lo esperó con los brazos abiertos.
Tres hermanos
Fue ella la que lo bautizó como el Rey del Pop. Es ella misma la que hoy lo llora: “Nadie puede darse una idea de lo mucho que nos queríamos. Mi corazón y mi mente están rotos. Lo amé con toda mi alma y no puedo imaginarme la vida sin él. Teníamos muchísimo en común y nos divertíamos juntos. Tengo una fotografía que me regaló y me la autografió con la frase: ‘A mi auténtico amor Elizabeth, te querré para siempre’. Y yo también a él”. Firmado: Elizabeth Taylor.
Michael Jackson y la legendaria actriz británica eran compinches en serio. Mientras Liz lo defendió a capa y espada de las acusaciones de abuso infantil que pesaban en su contra, el intérprete de Thriller le dedicó melodías como Elizabeth I Love You o Liberian Girl.
Asimismo, MJ experimentó devoción por Diana Ross. A tal punto, que la designó, testamento mediante, como la eventual tutora de sus tres hijos en caso de que la madre de los pequeños, Katherine Jackson, falleciera o quedara incapacitada para asumir la responsabilidad. Las malas lenguas aseveran que las constantes cirugías de Jackson descansaban en que aspiraba a parecerse físicamente a ella (creer o reventar). Ni Taylor ni Ross asistieron al pomposo funeral del Rey del Pop, lo consideraron un negocio.
El mejor amigo de Superman
Un buen día, el superhéroe sucumbió. El fatídico 22 de mayo de 1995, Christopher Reeve, inmortalizado en la retina de propios y extraños por su papel en Superman, cayó de su caballo mientras
disputaba una competencia hípica. La fractura que sufrió en sus dos primeras vértebras cervicales fueron un mazazo: solo pudo recuperar la movilidad de los dedos de su mano izquierda.
Pinta, fama, dinero. Reeve lo tenía todo y, a su vez, lo había perdido todo. El suicidio rondó por su cabeza hasta que su esposa Diana le dijo: “Te diré esto una sola vez: te apoyaré en cualquier cosa que quieras hacer, porque es tu vida y tu decisión. Pero quiero que sepas que estaré contigo, no importa lo que pase. Sigues siendo tú y te amo”.
A partir de allí, se convirtió en un orador motivacional y en un ejemplo de cómo el hombre puede sobreponerse a la adversidad. Colaboró con asociaciones como la UNESCO y respaldó a todos aquellos que atravesaban su mismo vía crucis. Esa meta no la hubiese podido alcanzar sin la valiosa presencia de Diana, pero menos aún sin la de un amigo que costeó, económica y emocionalmente, su tratamiento, hasta el final de sus días: el actor Robin Williams.
La pelota lo puede todo
Eran rivales acérrimos. Los unía el odio y el espanto. Cada uno representaba los grandes colores de La Plata: los de Estudiantes y Gimnasia. Y se sabe cómo se llevan Pincharratas y Triperos, pese a compartir la ciudad de las diagonales.
La génesis de la mala onda se dio en la escuela primaria y se extendió hasta las divisiones inferiores. Ningún platense se perdía los duelos entre Guillermo Barros Schelotto y Martín Palermo. “En un clásico, los dos fuimos capitanes. Cuando fuimos al sorteo, ni nos miramos”, aceptó El Mellizo.
Pero en 1997, los dos se pararon en la misma vereda, ya que Boca los había contratado para que fueran los nuevos delanteros xeneizes. Para que la comunión aflorara, a Héctor Veira, técnico en aquel entonces de la institución de la Ribera, se le ocurrió hacerlos concentrar en la misma habitación. “No había afinidad. Si yo charlaba por teléfono o dormía, Guillermo se ponía a escuchar música o a leer. Todo al revés”, reconoció El Loco.
Pero el hielo se rompió. Una noche, los dos miraban un programa de televisión en el que apareció un muchachito con el pelo teñido de verde (en esa época, Palermo estaba platinado). Guillermo no se contuvo y le comentó a Martín: “Hay que ser tonto para tener el pelo pintado así”. Ambos estallaron en risas.
Lo que vino después (las hazañas vestidos de azul y amarillo) es historia conocida. Hoy, hasta suelen compartir sus vacaciones. Y Palermo no duda en afirmar que Guillermo es su mejor amigo. Y viceversa. Quién lo iba a decir…
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