La mítica torre de Babel, como se sabe, es una metáfora y no un hecho histórico. “Claro que no fue un hecho real. Es una metáfora, efectivamente, y representa la aspiración del hombre de demostrar su poder. Alude a hombres que se creyeron omnipotentes; tanto, que iniciaron la construcción de una torre para llegar al cielo. Las Escrituras dicen que Dios los castigó confundiendo su lenguaje, de modo que no pudieron entenderse. Por supuesto, no quiere decir que unos empezaron a hablar en japonés y otros en sánscrito. Simplemente, dejaron de escuchar a los otros y creyeron que la única verdad era la de ellos”.
–Bueno, Labaké, eso ocurre hoy en día…
–Sí, es lo que nos pasa en estos días. Babel es la metáfora de la soberbia en estado de pureza, un castigo. De otro modo, ¿cómo puede ser que la tercera parte de la humanidad, más de dos mil millones de personas, vivan debajo de la línea de pobreza y los niños mueran de desnutrición? ¿Cómo es posible que haya familias desunidas? Hablan el mismo idioma, usan las mismas palabras, pero cada uno les da un sentido diferente y, entonces, no se ponen de acuerdo. Les ocurre a las familias, a las personas en sus trabajos y también a las naciones. No hay diálogo entre ellos porque cada uno sólo sigue la línea de su pensamiento y no escucha al otro.
–Pero… ¿no ha sido así desde el principio de los tiempos?
–Siempre fue así, pero en estos días es peor. Nunca, como ahora, los valores han sido ignorados.
–¿Y de qué modo se puede corregir esa mala costumbre? ¿Existe un método?
–Por supuesto, la idea de mi último libro, Regresar de la torre de Babel, es contestar esa pregunta.
¿Qué son los valores?
Tiempo atrás, el doctor Labaké publicó un libro llamado El hombre, la libertad y los valores. Es –dice– el intento de encontrar un lenguaje común que fuera compartido por distintas generaciones. Aun entre personas que tuvieran diferentes ciencias y distintas actitudes ante la vida. Labaké insiste en la importancia de los valores, es decir, ideales realizables como honestidad, lealtad, justicia y verdad, sobre los cuales todo el mundo parece estar de acuerdo, pero por alguna razón, no abundan tanto como se proclama. “Es que la bondad y el amor, por ejemplo, son valores que, para ser practicados, requieren importantes esfuerzos. Hace un tiempo escribí que nadie inventa que amar es bueno o malo, es una idea preexistente; nadie inventa que la justicia es buena, la honestidad es buena. Todo el mundo parece saberlo y estar de acuerdo, de modo que, sin duda, el hombre existe en clave de valores. Luego, un año después, leí un libro del intelectual francés Luc Ferry, llamado Familia y amor, en el que hay sorprendentes coincidencias con mi libro. Y ocurre que Ferry es ateo y yo soy católico, pese a lo cual las coincidencias son evidentes. Los puntos de partida son idénticos. Y no es que hayamos buscado punto de partida común, sino que surgió sin que nos propusiéramos ponernos de acuerdo. Ambos sabemos que el mundo vive en una situación caótica, crítica, y también, que hemos perdido un lenguaje común. De ahí mi propuesta de regresar a Babel, de volver al momento en el que la humanidad se entendía y, no solamente proclamaba los mismos valores, sino que los ponía en práctica”.
–Doctor Labaké, la práctica de ciertos valores es casi imposible. Tomemos la generosidad, por ejemplo, que puede consistir en dar. Pero si lo que se da es algo material, dinero, por caso, tendremos menos dinero nosotros y eso es muy difícil de poner en práctica. Digamos que aquello de “la caridad bien entendida empieza por casa” es un axioma aceptado universalmente.
–Es un razonamiento práctico, pero egoísta. El gran tema del ser humano es que para ser “humano” debe ser un “buen” ser humano. No hay más razones para la razón. La presencia de la generosidad, entre otros valores, da sentido a la vida, un buen sentido. Todos descubrimos, en nosotros mismos, la existencia de los valores, y los ponemos en práctica. De modo que el planteo es que la gran condición humana es vivir los valores que nos permitirían ser humanos. Yo comprendo que ser generoso, en algunos casos, me cuesta mi dinero, pero la generosidad me humaniza, crea condiciones para que los hombres podamos acercarnos los unos a los otros.
–Pero, doctor, en el modo de entender un valor determinado puede haber desacuerdo. Lo que es bueno para algunos no lo es para otros, y pueden surgir diferencias insalvables.
–No digo que estar de acuerdo sea sencillo. No lo es en absoluto.
Lo que digo y lo que hago
Como siempre, la cuestión suele ser quién le pone el cascabel al gato. Quién es, dicho de otro modo, el que señala cuáles son los valores superiores y cómo se los aplica. “Nunca –dice el doctor Labaké– la humanidad ha ascendido en forma masiva y horizontal. Siempre ha habido personas o grupos que han abierto el camino hacia arriba. Esto que digo no es elitista ni es mesianismo, es la verdad. Luther King fue uno, Mahatma Gandhi, Teresa de Calcuta fueron otros. Pero después de ellos, millones de negros siguieron las enseñanzas de Luther King, que creía en los valores superiores. Y toda la India siguió a Gandhi, y miles o decenas de miles de personas siguieron el ejemplo de Teresa de Calcuta.
–Le recuerdo que tanto King como Gandhi fueron asesinados por proclamar la igualdad, la no violencia… el amor, en definitiva.
–Sí, ocurrió, pero su ejemplo siguió vivo y, cada día, surgen personas que siguen sus enseñanzas. El ascenso de la humanidad siempre se ha producido cuando una persona o un grupo tomaron la iniciativa, y después fueron cientos de miles de personas las que estuvieron detrás de sus huellas. Algunos se animan a vivir los valores y muestran con su palabra y con su vida, con sus hechos, que respetar los valores es bueno para vivir como seres humanos. El ascenso horizontal, masivo, cuesta mucho. Pero para poder vivir los valores hay que estar convencidos de ellos y querer ejercerlos. Se necesita educarse en ellos. Hoy vivimos en un mundo en el cual los valores están bastante pisoteados. Entonces, lo que se ve alrededor no es favorable.
–Aparte de señalar esa anomalía, ¿qué se puede hacer?
–Primero, lograr el proceso educativo desde la base, que es la familia. Que los padres ayuden a sus hijos a vivir en ambientes de paz, de amor y de justicia en el propio hogar. Que ese ambiente se traslade a la escuela sería lo ideal, pero no es solamente experiencia existencial. Tiene que estar provisto de tres elementos. El primero es la palabra clarificadora. Si hablo con claridad sobre los valores, estoy haciendo posible que el otro lo comprenda. En segundo lugar, hay que predicar con afecto y con respeto por el otro, sin autoritarismo. Y tercero, este valor que se ha mostrado querible y razonable tiene que ser puesto en práctica con conductas concretas, para que no se quede en palabras. Creo que las instituciones que, básicamente, han tenido siempre el cultivo de los valores, han sido las religiones, las llamadas religiones superiores. Como católico puedo decir que, a pesar de todas las miserias humanas que hay dentro de la Iglesia, la religión siempre ha tenido como objetivo central el cultivo de los valores. Cuando Cristo dice que Dios es amor, que es justicia, es la verdad. La imagen de Dios está dada por los valores. No es el viejito de barba larga sentado en un trono.
–¿Usted cree que profesar y practicar los valores da felicidad?
–Definitivamente, sí. |