El miedo de quienes no saben decir que no es caer antipáticos, sonar maleducados, decepcionar a alguien, aparentar ser egoístas o transformarse en alguna especie de ser desamorado. Se sienten incapaces de dar una negativa cara a cara, de evadir una propuesta sin dar excusas sustanciales, de poner el propio deseo por encima del ajeno o de negarse a un pedido sin pedir disculpas de toda índole.
Lo cierto, sea uno u otro el caso, es que entre ustedes, nosotros, los de al lado y los de más allá, hay muchas personas que no saben decir que no. El que esté libre de cargo y culpa que tire la primera piedra y, el que no, que empiece por leer esta nota.
La importancia del NO
Puede pasar inadvertido en medio de las infinitas situaciones cotidianas, pero siempre está presente. El “no” nunca se ausenta, salvo cuando es sinónimo de “no quiero”. Es allí cuando cuesta un poco más sacarlo a la luz. ¿Quién es el perjudicado? Por supuesto, el que se lo guarda o, peor aún, el que –ante la duda– lo reemplaza por un sí.
“El ‘no’ tiene que ver con nuestra capacidad de poner límites. Define el respeto que nos tenemos a nosotros mismos y el que vamos a exigir que los demás tengan por nosotros. Decir ‘no’ es una de las declaraciones más importantes que podemos hacer como individuos, ya que a través de ella nos legitimamos como personas y mostramos a los demás nuestra autonomía”, introduce Patricia Hashuel, licenciada en Administración de Empresas y directora del Instituto de Capacitación del Coach.
“Es fundamental tener el permiso interno de decir ‘no quiero’, ‘no puedo’, ‘no tengo ganas’, o simplemente, ‘no’. Esto refleja el límite que necesitamos tener para que los terceros que se vinculen con nosotros sepan, verdaderamente, cómo dirigirse, qué hacer, qué pedirnos y que no”, agrega la licenciada María Silvina Fernández Toribio, psicóloga y directora del Centro Calidad Humana. Y añade: “El riesgo más grave de no poder decir que ‘no’ es que puede forjar un mal vínculo tanto intra como interpersonal. Es como un vicio en el que la persona se desconecta auténticamente de sus necesidades para priorizar las de los demás. Esa incondicionalidad hace que, aquellos que dicen siempre que sí, no siempre sean tratados con respeto”.
NO me quiero a mí mismo
Ese parece ser el único no contundente en la vida de quienes no saben cómo usarlo. O, al menos, eso dicen los especialistas, quienes encuentran en la baja autoestima la principal causa de este mal de muchos.
“Si la valuación que generamos sobre nuestra persona es inferior a la que le damos a los otros, tendremos la particularidad de borrar los límites que nos dignifican como personas”, asegura Fernández Toribio. “Uno de los tantos paradigmas que gestan las personas con autoestima baja es el querer encantar a un costo elevadísimo, con la incondicionalidad que expresa el ‘sí, claro’, el ‘sí, por supuesto’ o el ‘sí, lo hago’. Esto hace que la persona siga alimentando la baja valuación sobre sí misma y se coloque por debajo de quienes tiene alrededor, aumentando su inseguridad”, agrega la especialista, que, a su vez, asegura que el trabajo de la autoaceptación y el autorespeto es uno de los principales pasos para revertir esta cualidad.
Para Jorge Daniel Moreno, médico psiquiatra especializado en terapia de familia y de pareja, a la baja autoestima se le suma otro condimento, que la hace aun más peligrosa: la necesidad de obtener cariño a cualquier precio. “Esto se relaciona con la búsqueda del afecto a través de la sobreadaptación, sin medir que asentir permanentemente, la mayoría de las veces muestra una dificultad para saber, buscar, discutir y hasta pelear por lo que se necesita. No dimensionar lo que deseamos y no buscarlo, nos empobrece”.
En aquellos tiempos
Como sucede con casi todos los rasgos de una personalidad –los buenos y los malos–, esta condescendencia vincular también se gesta desde pequeños.
“El gran porcentaje de nuestras manifestaciones son producto de los aprendizajes que se van inscribiendo en nuestros patrones de conducta. Los primeros modelos de los cuales copiamos sus expresiones son los miembros de nuestra familia, y luego se suman otros externos a ella. El no saber decir ‘no’ tiene, entre tantas otras raíces, la falta de modelos que enseñen cómo expresarlo, cuándo y para qué. La ausencia del ‘no’ en nuestra educación genera dificultades futuras”, afirma Fernández Toribio.
Por su parte, Moreno agrega: “El haber crecido lo más saludablemente posible entre límites nutritivos, no restrictivos, puestos por nuestra familia en primera instancia y por los sucesivos contextos sociales en los que nos desarrollamos es uno de los elementos más importantes para que sepamos poner límites en la adultez”.
El NO en la pareja
Si en varios ámbitos de la vida la imposibilidad de negarse a algo genera trastornos, más aún lo hace cuando se entromete en el terreno del amor y la convivencia. Es muy usual, principalmente en los comienzos de una relación, que uno o los dos miembros asientan frente a todo, para generar agrado y empatía. Sin embargo, solo se generan problemas.
“Saber decir que no es, en extremo, defender la identidad. Y, en la pareja, defender la identidad es importante porque no hay pareja si no hay dos personas”, asevera Moreno, quien percibe en la falta de límites un costo elevado. “Lo peor que uno puede hacer es desdibujar la identidad para ganar el afecto del otro, porque, ¿para qué sirve ese afecto si no sabemos bien quiénes somos y qué deseamos?”, concluye.
En el momento de gestar una relación, la pareja establece un código implícito en el que los límites, aun los no dichos, son fundamentales. Así lo explica el especialista: “Gran parte del contrato se teje en la cotidianidad de las conductas y, en ellas, aparece el ‘no’. Un ‘no’ que se expresa en el acto, sin palabra. Un ‘no’ que nos resguarda como personas, que cuida nuestra identidad y nuestros deseos. Sin esos ‘no’, nos sobreadaptamos, dejamos a un lado lo que queremos para acomodarnos al deseo del otro. Nos ensombrecemos, nos diluimos como personas en una relación que se va haciendo complementaria, asimétrica. Básicamente, resignar lo que somos por el otro no nos enriquece, sino que nos desdibuja”.
Ejercer el SÍ
Para quienes se hayan sentido aludidos con cualquier fragmento de esta nota, tal vez les sea de utilidad encontrarse con algunos consejos o soluciones. En definitiva: ¿Cómo se aprende a decir que no sin sentirse culpable?
“Evitando el prejuicio de asociar el ‘no’ auténtico con la maldad. Entendiendo que decir ‘no quiero’, ‘no tengo ganas, por ahora’, ‘no puedo’ o ‘en este tema, no cuentes conmigo’, no significa ser perverso. Es importante que nos demos el permiso de registrar, sentir y expresar, verdaderamente, lo que pensamos, creémos y sentimos, aprendiendo a decir que no cuando deseamos poner límites certeros y efectivos”, propone Fernández Toribio.
Por último, Patricia Hashuel concluye: “Lo importante es conectarnos con nosotros mismos y con lo que realmente queremos y podemos. Cuando hacemos algo indeseado, nos conectamos con una emoción que nos deja mal con nosotros mismos, porque nos inundamos de pensamientos negativos sobre nuestra forma de interactuar con los demás. Siempre tenemos que pensar que, en esos casos, un ‘sí’ que le decimos al otro, es un ‘no’ a nosotros mismos, y viceversa”.
|