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entrevista
“Tiempos modernos”
 
Amor a las tablas
“El teatro tiene mucho de ritual y de ese encanto que se produce cada vez que los actores pisan un escenario. La obra es exactamente la misma, pero nosotros nunca estamos igual y el público siempre es diferente, y eso lo vuelve un momento único”, responde Carola cuando se le pregunta qué significa para ella la magia del teatro. “Uno sabe lo que tiene que hacer cada noche, pero nunca cómo. El teatro es un imán y tiene algo de celebración de la vida”, remata Oscar. Ellos, que tienen varios kilómetros recorridos sobre las tablas, coinciden en que, de chicos, jugaban a actuar en la casa de sus abuelos, y que el ropero del que salían era el más maravilloso de los camarines y esa familia que esperaba ansiosa al pequeño actor se volvía el más ávido de los públicos. Magia pura, la misma que siguen experimentando después de muchos años. La obra puede verse en el teatro Metropolitan 2, de Buenos Aires.

 

 

 

Carola Reyna y Oscar Martínez son dos actores consagrados. Sus carreras profesionales acumulan premios, distinciones y obras a sala llena. Ahora, le ponen el cuerpo a El descenso del monte Morgan, una obra de Arthur Miller que toca temas siempre controvertidos como la pareja y la infidelidad. En esta charla, se le animan a las inquietudes de los tiempos que corren.

La madurez no es sólo una etapa cronológica de la vida, es un estado mental, una actitud y una coherencia interna a la hora de pensar, sentir y decir. Lograr esa coincidencia entre el adentro y el afuera permite protagonizar la vida sin apuntador. Carola Reyna y Oscar Martínez lo saben y, por eso, no dudan en dejar en claro sus opiniones a la hora de hablar del amor, el éxito, el fracaso, la televisión actual y el paso de los años.

–Hablemos un poco del vínculo que cada uno tiene con la televisión.
Carola. –Bueno, yo soy prima segunda por parte de padre. (Risas).
Oscar. –Yo hace 9 años que no hago televisión…
Carola. –¿En serio? ¡Mirá vos!
–¿Fue un distanciamiento elegido?
Oscar. –Totalmente elegido. En 40 años que llevo en esta profesión, siempre he visto que las carreras actorales más privilegiadas no son las llevadas a cabo en la televisión. Uno piensa en Norma Aleandro o Alfredo Alcón y no piensa directamente en la tevé. Si bien yo hice mucha tele, siempre he tenido una relación muy cautelosa con ella. Te da una enorme masividad, pero te quema la cara con un soplete. Por eso, me gusta el toco y me voy, pero esta última vez me fui demasiado lejos.
Carola. –Hay directores y productores muy talentosos que hacen algunas cosas muy buenas en televisión, pero que te tocan de vez en cuando. A mí me gusta la tele cuando hay algo rico para ponerle el cuerpo. Igualmente, eso no sólo tiene que ver con la televisión porque yo podría estar haciendo un mamarracho en teatro, con un personaje poco agradecido y sería tan frustrante como estar haciéndolo en la tele.
Oscar. –Es cierto que en la década de los setenta y de los ochenta había muchos más y mejores ciclos de ficción que en la actualidad. Antes, todos los canales tenían dos o tres ficciones en horario central por semana. Ahora, te cubren toda la programación con dos tiras costumbristas y chau.
Carola. –O con el bailando por no sé qué.

–¿Cómo se llevan con el ser famosos?
Oscar. –Después de muchos años de profesión, si nadie te reconoce es una macana. A mí no me gusta y me pongo de mal humor cuando soy tratado como si recién empezara. Primero, porque tengo un ego grande como una casa y segundo, porque nuestra profesión tiene que ver con exponerse, con ser vistos. La gente se relaciona con los actores de acuerdo con el vínculo que cada uno tiene con su trabajo. A mí nadie me grita: “¡Chau, loco!”, ni se me acercan para faltarme al respeto. Al contrario, me dicen cosas hermosas y no puedo quejarme de eso.
Carola. –A mí me pasa lo mismo. Reconozco que después hay variables, como situaciones particulares o el humor con el que te levantaste, donde no siempre estás al 100% para que te paren y te pidan una foto. Pero, por lo general, la gente me habla desde un lugar de mucho respeto y con un afecto increíble. De vez en cuando, te tenés que aguantar a algún adolescente que te grita: “¡Ey, actriz!”, pero es hasta gracioso.

–Éxitos y fracasos, ¿se metabolizan de la misma manera? ¿Se aprende más de uno que de otro?
Oscar. –Si tenés voluntad de aprender, siempre aprendés. Por ejemplo, de una pareja que se rompe y que te produce un dolor tremendo, uno puede aprender, aunque nadie hubiera querido que eso sucediera. El año pasado, a mí me fue muy mal con una obra escrita, dirigida y actuada por mí y tuve que atravesarlo. Yo no estaba acostumbrado a que me fuera tan mal y, seguramente, tenía que aprender.
Carola. –Cuando yo empecé a trabajar como actriz, veía mucho a Norma Aleandro y una vez ella me dijo: “Uno puede hacer un éxito o un fracaso, pero uno nunca es ese éxito o ese fracaso”. Eso es lo más difícil de aprender en esta profesión. El éxito te puede dar muchas cosas buenas, pero si lo encarás mal, se te puede ir la vida en eso. Si el ego te toma por completo, fuiste. Frente a un fracaso, creo que es más obvio o más evidente lo que hay que aprender, ¿no?
Oscar. –No es nada sencillo mantenerse en estado zen frente a este tema porque podés tener 30 años de éxitos y si te va mal dos veces seguidas, empiezan a decir: “Che, mirá que Oscar no vende más”. Entonces, ser exitoso se te vuelve como una obligación y, en realidad, el éxito tiene que ser una aspiración. Yo estoy obligado a poner todo de mí en cada trabajo que hago y aspirar a que sea exitoso, pero no todo depende de mí.

–¿Cómo viven el paso de los años?
Carola. –Ahora, más relajadamente.

–¿Decís tu edad sin problemas?
Carola. –Sí, tengo 48 años. Me da un poco de impresión cuando me escucho diciendo 48. No lo puedo creer, pero me gusta lo que me está pasando, por dónde y hacia dónde voy… Mi plan es ser una señora grande canchera, no una vieja de 70 tratando de encajar en un modelo de una chica de 35. Quiero tener vuelo artístico, buen humor, ser una persona feliz, y creo que eso se logra teniendo en claro cada etapa de la vida que te toca vivir.
Oscar. –Yo tengo una relación muy contradictoria con el paso del tiempo. Este año cumplí 60. Por un lado, lo vivo con tristeza y por otro, podría decir que en muchos aspectos estoy mejor que nunca. Tengo mayor serenidad, pero al mismo tiempo digo: “Pucha, qué rápido pasó todo”. Me alarma un poco esa velocidad, pero jamás me operaría ni me teñiría las canas…
Carola. –¡Pero cómo te vas a teñir, Oscar!
Oscar. –Bueno, hay quienes lo hacen y me parece una energía desperdiciada. ¿Qué le pasó? ¿Engordó? No, se puso botox. (Risas). Por otra parte, siento que si a los 20 me hubieran mostrado una foto mía de como estoy ahora, a los 60, hubiera firmado sin dudarlo.

–Oscar, hace muy poco dijiste: “Todavía intento saber quién soy”. ¿A qué te referías concretamente?
–Es obvio que con el paso de los años uno se va conociendo cada vez más, sobre todo si tiene voluntad de hacerlo –y yo la he tenido–. Pero como la vida es cambio permanente, en cuanto creés saber cómo sos, ella te pone en contradicción inmediata y te demuestra que no conviene que estés tan seguro.

En la actualidad, cada vez que suben a escena, Oscar se pone en la piel de Lyman, un bígamo cuya doble vida queda al descubierto el día que sufre un accidente y sus dos esposas se presentan en el hospital. Carola es Leah, una mujer conservadora que debe enfrentarse a la mentira urdida por su marido y decidir si continúa con él o no, más allá de la otra mujer. En el escenario, la infidelidad, el amor y la pareja se entrelazan con el miedo, las dudas más profundas y el egoísmo. Ellos, junto a Eleonora Wexler en el papel de Theo, presentan esta obra de Arthur Miller.
–Infiel, ¿se nace o se hace?
Carola. –Creo que hay quienes encuentran cierto goce en esa transgresión, otros que son infieles para no sentirse nunca completamente comprometidos, y pienso que hay parejas donde el otro te genera ir en busca de otra cosa para zafar de una asfixia que se vuelve insoportable.
Oscar. –Yo tiendo a no ser infiel porque no me gusta la duplicidad, no la vivo bien. Estar ocultando y mintiendo es un trabajo extra que no estoy dispuesto a llevar adelante. Y por otro lado, creo que la infidelidad tiene que ver con un alto grado de insatisfacción en la pareja y que si llegara a pasarme, preferiría irme.

–¿Perdonarían una infidelidad?

Carola. –Es muy amplia la pregunta, pero te diría que prefiero perdonar.
Oscar. –Yo te diría que no, que no perdonaría. Si me piden que sea fiel, entonces pido lo mismo. Igualmente, todo depende.

–¿Están de acuerdo con quienes aseguran que la convivencia atenta contra el amor?
Oscar. –A mí nunca me pasó, pero sé que hay, y he escuchado historias de gente a la que la convivencia le mata el deseo.
Carola. –Yo llevó 17 años de pareja con Boy (Olmi) y nos gusta sentir que el contrato de amor que nos une está en constante revisión. Conozco mujeres que dicen que el matrimonio las ha enamorado más de su pareja. A veces, tengo la fantasía de casarme al final, como corolario de una hermosa historia de amor.

–¿Se vuelve más sencillo estar con otro si uno se conoce más?
Carola. –Yo creo que cuando uno más se conoce, deja de querer modificar al otro. La mejor predisposición para el amor aparece cuando parás con la fantasía de que el otro va a cambiar.
Oscar. –Eso es algo común en las primeras relaciones. Creo que cuando no intentamos llenar nuestros agujeros con otra persona, cuando no estamos pendientes de que la mirada del otro nos dé entidad, es ahí cuando mejor estamos preparados para estar en pareja
.
Carola. –Por otro lado, uno se engancha con ese otro por lo que es… ¿Por qué pretender cambiarlo después?
Oscar. –Las relaciones amorosas son el campo de mayor contradicción en la vida porque uno se enamora de la esencia del otro, de lo que el otro tiene de sí mismo y después queremos cambiarlo. Creo que si tu pareja comienza a parecerse a la fantasía que tenés de ella, te deja de atraer.

–Son parte de familias ensambladas: los tuyos, los míos, los nuestros. ¿Cuál es la mejor fórmula para llevarlas adelante?
Carola. –Sentir que el amor te une por encima de cualquier vínculo sanguíneo. La familia ensamblada habla de corazones ejercitados, generosos, enriquecidos por las diferentes historias que cada integrante trae consigo.
Oscar. –A mí no me gusta lo que yo llamo “familitis”, donde tu familia tiene que ser la mejor del mundo, tu mamá cocina mejor que nadie y los hermanos son incondicionales. Prefiero pensar que familia es la que armo con mis amigos, mi mujer, mis hijos, los hijos de mi mujer.