La buena salud de la que goza hoy en día el teatro argentino en este país y en el extranjero tiene varios nombres y apellidos. En esa lista calificada está Darío Grandinetti, cuyo personaje –Pedro– en la obra Baraka es una invitación a pensar y sentir para los espectadores que los observen a él y a sus compañeros de ruedo: Juan Leyrado, Jorge Marrale y Hugo Arana. Todos un lujo.
Resulta que el personaje de Grandinetti es el de un homosexual culto y frustrado que parece comerse la historia desde un principio, aunque los hechos irán cambiando el rumbo hasta llegar a un final imprevisible. Es también ese mismo Grandinetti el que sale a enfrentar al frío polar de fin de julio con un café con leche y las infaltables medialunas en un bar de Martínez, al Norte de la provincia de Buenos Aires, lugar en el que se instaló para sentirse un poco más cerca de su Rosario natal. Parece que, esa mañana, Grandinetti tiene ganas de decir, que no es lo mismo que hablar…
–A Pedro parecen superarlo algunas frustraciones. ¿Y a vos?
–No tengo frustraciones. Elegí ser actor y me gano la vida con esto hace bastante tiempo. Educo a mis hijos, disfruto de mi profesión, me gusta. No siento frustraciones en ese sentido, no tengo asignaturas pendientes relacionadas con el trabajo. Tampoco soy una persona que me haya planteado hacer determinadas cosas: “hoy quiero esto, mañana aquello”. Voy haciendo. Elijo que sea así, natural, fluido. Tampoco tengo ambiciones de llegar a ningún lugar antes que nadie o antes de tal fecha, o de haber hecho tal o cual cosa. A veces, este es un oficio que se plantea en términos de “carrera”. No me gusta esa palabra. No hay que ganarle a nadie ni llegar antes que otro. ¿Para ganar qué? ¿Para llegar adónde? Esto es un recorrido que a mí me tiene que generar satisfacciones con mi manera de pensar. Y eso va a ser siempre así.
–Hay dos palabras muy utilizadas en estos tiempos: éxito y fracaso. ¿Cómo te llevás con ellas?
–Éxito y fracaso son algo muy relativo. Uno podría decir que hay muchas cosas consideradas un éxito y un fracaso. Como mi objetivo fue vivir de esta profesión y crecer, y es lo estoy haciendo desde hace más de treinta años, debo decir que soy exitoso. Ahora, en todo este recorrido, me ha ido bien y mal. A veces más mal que bien. Pero eso, no me da para decir si algo fue un éxito o un fracaso. Son palabras relativas, que no aportan nada. Se le llama éxito a que la gente llene el teatro. Pero depende de qué fuiste a buscar. Como soy más exigente y ambicioso conmigo, no me alcanza con que la gente llene la sala ni me deprime que no venga. Pasa por otro lado, por el recorrido que hago, con quién, de qué manera. Me importa más todo eso. Prefiero la palabra satisfacción, o sentir que uno dio lo mejor.
–Muchas veces se dijo que el teatro argentino estaba muerto, pero las salas hoy se llenan y las críticas hablan de muy buenas obras en cartel. ¿Por qué?
–Posiblemente, la gente esté harta de lo que ve en la televisión y entonces se vuelca al teatro. Además, uno va al teatro a escuchar y ver cosas que no ve habitualmente. Hay una especie de liturgia que no se quiere perder, una celebración de cosas que hay que ver allí porque no se ven en casa, encendiendo el televisor, salvo excepciones. Hay cosas que sólo se encuentran en el cine y en el teatro.
–El teatro argentino goza de muy buena salud. ¿Es un fenómeno aislado?
–En pocos países del mundo hay este fenómeno teatral que se ve en la Argentina. Nosotros recorremos todo el país y vemos que en casi todos lados hay salas. Pero en la provincia de Mendoza, por ejemplo, hay una sala que se cerró. Y es raro, porque en Mendoza hay una movida teatral grande. Inclusive, en la universidad hay una carrera teatral. Pero bueno, eso ya es meterse en otro tema.
–¿Y qué opinión tenés del cine nacional?
–Me parece que el problema que tiene, al menos el que quisiera que se resolviera, es el de la cuota de pantalla, que hace que hoy en día la competencia sea desleal. Una película que no tiene trescientos mil dólares de promoción detrás, es difícil que sea vista por una gran cantidad de gente en la primera semana. Y si el primer día no va mucho público, ya se sabe que no llegará a la segunda. Entonces, habrá que exigir que las salas exhiban cine argentino. El único país que hace eso bien es Francia, como una manera de proteger a su industria. La gente del cine lo sabe.
–¿Se puede cambiar?
–Depende de una decisión política que llevaría a enfrentarse con el gran lobby de los distribuidores y exhibidores que responden a la industria norteamericana. Habría que garantizar, al menos, ocho semanas de exhibición de una película en cartel.
–¿Y la televisión?
–A veces digo cosas que me sorprende que llamen la atención. Algunos se enojaron conmigo porque hablo mal de la televisión. Pero la enorme mayoría elegiría primero al teatro o al cine, por una cuestión lógica: el tiempo. En la televisión no te dan tiempo a nada, te dan un libro que hay que preparar de un día para el otro; y el producto no será el mismo que si te dan un mes para hacerlo. Es cuento chino que la televisión es divina. Es un medio fantástico y se puede hacer buena ficción. También se ha demostrado que la gente ve ficción. Y pareciera que somos tres o cuatro los que pensamos así, pero no, somos muchos, la gran mayoría. Los que hacemos televisión vivimos protestando porque hay que corregir los guiones todo el tiempo, por ejemplo. Yo quiero que se haga buena televisión. El medio es fantástico, pero no me gusta cómo se hace.
Un contador de historias
–¿Cuándo y por qué aparecieron tus ganas de contar o protagonizar historias?
–De chico jugaba a las series de televisión, como Combate o las de cowboys. En la escuela cantaba y tocaba la guitarra y bailaba folklore. Pero eso no me hacía pensar que iba a ser actor. Ni siquiera hoy digo que es una vocación. Una amiga, en Rosario, me insistió tanto para que estudiara teatro que al final acepté. Ahí descubrí que me gustaba eso de jugar a ser otro. Pero ahora juego en serio a ser otro.
–¿Hasta cuándo?
–El día que no tenga ganas de seguir, pondré un restaurante y un programa de radio en Rosario. Todavía sigo en Buenos Aires porque tengo hijos y elijo estar acá. Pero mi lugar es Rosario.
–¿Vas muy seguido?
–No tanto: cada quince días. Me llevo muy bien con el río. Tengo una relación con el agua difícil de explicar. El olor del río es algo que tengo en el cuerpo, algo que aparece aun cuando no estoy, cuando no lo veo. Los rosarinos somos muy… muy rosarinos. El río en Rosario se huele, está metido dentro de uno de manera muy cultural. Además, Rosario brinda una determinada calidad de vida, como muchas otras ciudades del mal llamado interior, que hace que uno tenga tiempo de muchas cosas, de comer en su casa, de cortar la rutina, de ir a caminar por el río, de buscar a los chicos al colegio. No es necesaria una hora y media para ir al trabajo, viajar en el subte aplastado. En media hora podés estar en el río y limpiarte la cabeza. O no. Pero la chance la tenés.
–Una vez dijiste que “el miedo cumple sus promesas”. ¿Lo creés?
–Es una frase de Ingmar Bergman que decía Leyrado en Una estrella en mi cabeza, la obra de Oscar Martínez. No la creo a rajatabla, pero puede ser. En cualquier caso, prefiero darle una chance a que cumpla su promesa la esperanza.
–¿Sos optimista?
–Soy optimista, un poco escéptico con algunas cosas, cabrón, pero creo que cabrón como consecuencia del optimismo, que se rebela y se enoja ante lo que tira para atrás, a lo que apunta al beneficio personal para idiotizar a la gente.
–¿Te considerás un buen tipo?
–Sí. No soy complicado. Hay una cantidad de gente que piensa parecido a mí. En mi medio, por ejemplo, somos bastantes los que pensamos de una manera y desde cierto sector nos quieren hacer aparecer como los equivocados, los que no estamos a la altura de los tiempos, que somos los dinosaurios. Uno de los motivos es porque no vivimos sonriendo ni vamos a los programas a decir frases demagógicas. Eso me rebela y me pone cabrón. Pero creo que soy una buena persona. Somos. Porque formo parte de un grupo bastante más numeroso de lo que se cree.
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