Buscar
 
Cocina Investigacion Moda Personajes Turismo Contactenos
 
 
 
 
personaje
“Adrián Suar: Si te creés
poderoso, la vida te lo
cobra feo”
 

De mujeres, hombres y pareja
Podría decirse que Adrián Suar es un fanático del mundo femenino.
Pocos productores como él han buceado tanto en el universo de las mujeres en televisión. Locas de amor, Mujeres asesinas, Socias, y este año, Para vestir santos, protagonizada por Griselda Siciliani (su actual pareja), Gabriela Toscano y Celeste Cid. “Adoro a las mujeres, me siento muy a gusto en ese mundo. Creo que tienen más contradicciones, más recovecos que nosotros, los hombres, y eso me parece muy atractivo para ser contado. Y además, me gusta mucho trabajar con actrices”, asegura. Pero el año que viene será el turno de los varones y sus vivencias cotidianas: llegará Guapos, con el mismísimo Suar, Guillermo Francella y Oscar Martínez. En el 2011, Adrián también hará teatro junto a Carla Peterson. ¿Qué obra? La guerra de los Roses, historia que en el cine protagonizaron Michael Douglas y Kathleen Turner.

 

Innovador, exitoso, multipremiado, Adrián Suar aca- ba de estrenar Igualita a mí, junto a Florencia Bertotti, y se confiesa en esta charla íntima. Su paternidad, su fama de playboy, su amor por el trabajo, la popularidad, el poder… Presente y futuro de un hombre que supo armarse y proyectarse.

Quién no lo conoce? ¿Quién no sabe a qué se dedica? Adrián Suar no necesita presentación. Así de simple. Pasó la barrera de los 40 (tiene 42) y luego de varios años como actor y productor, sus ganas de hacer aún están intactas, pero se declara más calmo, seguro de sí mismo y disfrutando de toda su siembra en la televisión, el cine y el teatro.
Responde con tono suave y pausado, como quien busca elegir cada una de sus palabras para dejar en claro qué es lo que piensa y siente.
–Igualita a mí habla de las muchas coincidencias entre un padre y su hija. Fuera de la pantalla grande, ¿qué cosas reconocés en vos de tu mamá y tu papá?
–No lo tengo muy claro, pero creo que tengo una genética más parecida a la de mi padre, algunos gestos…
–¿Y qué cosas tiene tu hijo de vos?
–También algunos gestos y el carácter; él es impulsivo igual que yo.
–¿Cómo te definirías como padre?
–Muy presente, no transo cuando sé que tengo que estar con él. Eso me alivia la cabeza. Si soy buen o mal padre, lo va a decir él cuando sea más grande. Pero como sé que siempre va a haber reproches, donde no me quiero equivocar es en darle mucho amor. Creo si hay amor, las equivocaciones que uno puede cometer como padre se hacen más llevaderas.
–Fredy, tu personaje en el filme, es un playboy cuarentón con ciertos problemas para comprometerse. ¿Tenés algunos puntos en común con él?
–En algún momento de mi vida, yo fui así, pero sólo en un diez por ciento. En la película, me animé a hacer lo que nunca hice: vivir de la noche, salir sin parar… Desde los 24 o 25 años que soy productor y creo que mi profesión se ha llevado la mayor parte de mi libido. Ojo, con esto no quiero decir que no he salido y que no la he vivido… Conozco el mundo, lo conozco mucho, pero también fue como una manera de reírme un poco de ese tipo de hombres.
–Muchas veces se habló de vos como un playboy, que salías con todas las actrices que trabajaban en Pol-ka.
–Hay mucho de eso en el imaginario de la gente, sobre todo en los momentos en que estuve soltero o cuando me separé. Hay como un mito generado por creer que la ecuación productor joven y con poder es infalible… Un poco es verdad, un poco es mentira. Nunca fue tan así como decían, pero salir a aclarar ese tipo de cosas es oscurecer. Igual, no me puedo quejar, he vivido de todo.
–¿Cómo manejás tus ganas de actuar frente a tu rol de productor?
–Hago sólo las cosas que me dan ganas. Estoy abierto a recibir y a escuchar propuestas, pero son cosas puntuales las que le dan vida a mi veta actoral. Dependiendo del proyecto y del momento, me puedo entusiasmar con el cine, la tele o el teatro, eso es indistinto. El cine tiene una manera de contar y apreciar las historias y los relatos que me fascina.
–Cuando decidiste volcarte más a la producción, ¿tuviste que domesticar el ego del actor?
–Lo que pasa es que una vez que empecé a producir, me subí a un tren que fue tomando mucha velocidad y que requirió mucha responsabilidad de mi parte. El goce personal aparece más con la actuación y entonces, salgo a jugar. Eso compensa mi rol de productor; encontré cierto equilibrio.
–¿En qué momento se encuentra ese tren del que hablás?
–Con su locomotora en plena ebullición. Pero, seguramente, en algún momento bajará la velocidad y andará más de paseo. Como la vida misma, ¿no?
–Los actores que trabajan en Pol-ka siempre hablan de tu productora como una gran familia. ¿Eso fue algo planificado, se fue dando naturalmente?
–Creo que se fue dando, nada de eso fue premeditado. Es la única manera que entiendo para trabajar donde, obviamente, también ha pasado de todo, como en cualquier familia. Pero me gusta que en mi productora haya buen clima, buen trato, buena manera. No creo en las imposiciones, no es mi estilo, no sería yo.
–¿Cómo estás viviendo el éxito de Malparida y de Para vestir santos?
–Muy bien, con mucha felicidad. Le tenía mucha fe a Malparida, me gustaba la idea de tener una heroína malvada, capaz de hacer cualquier cosa. Sentía que ahí había tela para cortar y que a la gente le iba a gustar. Y con los unitarios, que vengo haciendo desde hace años, siempre hay un público fiel que disfruta de ese tipo de programas.
–¿Cómo nacen las historias?
–Muchas veces desde una frase, por ejemplo “Para vestir santos” te arma una estructura y después se va profundizando. No hay una manera rígida. Otras veces se me ocurre una idea, la anoto, se charla… Por lo general, cada proyecto se trabaja tres o cuatro meses. Por ahí, alguna idea se deja, se agarra otra, después se retoma la anterior.
–Después de tantos años en el medio, ¿ya sabés qué puede funcionar y qué no?
–Obviamente no acierto siempre, pero de diez pego siete. Cuando me pongo a hacer un programa de televisión, tengo la formación como para saber por dónde puedo entrarle al espectador de las 9 de la noche y por dónde al de las 11. Siento que tengo una sintonía fina, una especie de voz interior que me guía.
–¿Cuántas horas trabajás por día?
–Entre 8 y 9.
–¿Podés cortar fácilmente el trabajo?
–Antes no, ahora sí. Hace aproximadamente dos años que aprendí a cortar con el trabajo.
–¿Sucedió algo puntual?
–Estoy más grande, más seguro, menos neurótico en algunos aspectos. Aprendí a disfrutar, no todos los días, pero te diría que tres o cuatro veces al mes, disfruto. Es un buen promedio, ¿no? (Risas).
–¿Qué otra cosa te trajeron los años?
–Serenidad, tranquilidad. Haber llegado a los 40, mirar para atrás y ver todo lo que logré me hace estar muy contento conmigo mismo. Sé también que tengo que estirar lo máximo posible este buen momento de mi carrera porque, inevitablemente, en algún momento se viene el bajón. Hay que darle paso a los que vienen detrás empujando de a poco. Me gustaría saber cuándo correrme y ocupar otro espacio.
–¿Hay una fecha de vencimiento para el Suar productor?
–No, fecha de vencimiento no, pero es algo inevitable. Sería muy necio de mi parte encapricharme con querer permanecer a toda costa. Yo quiero anticiparme y evitar que sea la profesión la que me corra. Dentro de 10 o 12 años, sé que me voy a correr; quizá dirija cine o siga como productor, pero no con dos tiras diarias por año. O tal vez sí, pero no estando yo tan encima.
–Adrián, ¿cómo es vivir con la presión de tener que ser siempre exitoso?
–Duro. Nada de lo que me pueda quejar porque lo elijo, pero por eso hablo de que en algún momento hay que correrse; no se puede vivir todo el tiempo así.
–¿Y qué te pasa cuando un programa no sale como vos lo esperabas?
–Me frustro, me enojo porque se pone mucho en juego, se convocan actores, se les cuenta una historia, se les prometen determinadas cosas y, después, hay muchos factores para que un programa funcione o no. Uno no siempre puede manejar todas las cosas.
–¿Estás pendiente del rating?
–Sí, claro que estoy pendeinte del rating, pero no de una manera obsesiva.
–¿Recibís el minuto a minuto en tu teléfono celular?
–No, no. Nunca lo tuve.
–¿Te psicoanalizás?
–Sí, desde hace 13 años. Es un espacio de consulta, de reflexión, me hace muy bien.
–¿Hacés alguna otra actividad alternativa que te ayude al autoconocimiento?
–No. Me gustaría hacer Yoga, pero siempre amago y nunca arranco.
–¿Te cuidás, hacés gimnasia?
–Tengo un gimnasio en mi casa. La verdad es que estoy atento a mi imagen, siempre fui así, no me recuerdo de otra manera. También es cierto que estar en la televisión desde chico te imprime algo de todo eso. Hay algunos a los que no les importa cómo se ven, pero yo no entro en esa categoría. La exposición, la mirada del otro, me condiciona un poco. Cuando viajo al exterior, me relajo, no soy el mismo.
–Con el tema de las fotos también sos muy cuidadoso. Tanto que hasta tenés tu fotógrafo personal.
–Tengo varios. Ahora estoy con Gabi (Gabriel Machado) por dos cosas: primero, porque él me conoce y sabe que no puedo estar más de media hora haciendo fotos y, después, porque me cuida. A veces veo una foto mía y digo: “¡Ay, Dios santo!”.
–¿Sos igual de meticuloso con tu trabajo como actor? ¿Te gusta verte?
–Me veo una o dos veces y chau. No soy de los que se regodean viéndose.
–¿Cómo venimos con la autoexigencia?
–Soy una persona bastante exigente, cero cholulo conmigo mismo. Tampoco me castigo, ¿eh? Soy más del “zafamos, vamos por un 7 o un 6,50, por ahí pegar un 9”. (Risas).
–¿Te sentís más cómodo haciendo comedia que un drama?
–Sí, claro, soy más afín a la comedia. El drama-drama a mí no me va. Soy un convencido de que es más difícil hacer comedia que drama, el comediante paga más. Soy defensor a ultranza del comediante. Ojo, dije co-me-dian-te, no humorista barato. Francella es un comediante, Darín, Brandoni…
–Adrián, ¿cómo dosificás el poder que te da ser un megaproductor?
–Siempre es un tema, pero tengo muy en claro que el grado de poder que tengo ahora es transitorio. Si te creés poderoso, en algún momento la vida se encarga de darte una cachetada y te lo cobra feo. No soy una Carmelita descalza ni me interesa inventarme un personaje demagógico, pero trato de ser equilibrado. Si te dijera que escucho a todo el mundo y siempre trato de consentir a todos, te mentiría. No se me va la vida en tratar de que todo el mundo me quiera. Cuando soy buena onda, soy buena onda de verdad, pero si no me surge, no tengo necesidad de fingir.