Si ustedes son de esas parejas en que el hombre no entiende por qué le hablan si está mirando fútbol, o ella lleva de todo en la cartera –suelto y mezclado por supuesto– “por si a alguien le hace falta una aspirina”, y no llega a atender el celular en el primer ring, entonces, entenderán de qué habla la psicóloga y escritora Pilar Sordo, autora del best seller ¡Viva la diferencia!, considerada por el diario El Mercurio de Chile una de las 100 mujeres líderes.
Luego de años en que las mujeres lucharon por parecerse cada vez más a los hombres, hoy más que nunca se trata de reivindicar las diferencias. Gozar de igualdad de condiciones no significa ser iguales, claro está. Ya lo había dicho el psicólogo estadounidense John Gray en su famoso libro Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus. Y no solo él; para Marianne J. Legato, investigadora médica y fundadora de la Sociedad para la Medicina Específica de Género en la Universidad de Columbia, los cerebros de hombres y mujeres son química y estructuralmente distintos. En su libro Por qué los hombres nunca recuerdan y las mujeres nunca olvidan, ofrece una serie de estrategias para aprender a pensar como el sexo opuesto y así superar las diferencias. Por otra parte, el comediante Steve Harvey asegura que una de las razones por las que las relaciones fracasan es que las mujeres no entienden cómo piensan los hombres. En el libro Act like a lady, think as a man (Compórtate como una mujer, piensa como un hombre), les revela lo que ellos creen acerca del amor, las relaciones y el compromiso.
A la cabeza de esta corriente en América latina se encuentra Pilar Sordo. Según ella, hombres y mujeres no son iguales, y es bueno que sea así. Las características propias de cada sexo, dice, determinan nuestra manera de relacionarnos e influyen en todos los aspectos de la vida en pareja.
–En nuestras relaciones con los demás, ¿cómo intervienen las diferencias?
–Las diferencias en sí son todas positivas, y conocerlas nos ayuda a relacionarnos mejor. En el libro, hablo de una investigación que hice porque estaba aburrida del tema de la igualdad entre sexos, que no es lo mismo que igualdad de oportunidades. Creo que las mujeres tenemos que seguir peleando por lograr los mismos sueldos, por ejemplo. Pero decir que somos iguales es una aberración psicológica. Somos esencialmente distintos, y eso es una fiesta para agradecer, porque así cada uno puede complementarse con el otro y aprender de él.
–¿Cuáles son las principales diferencias entre hombres y mujeres?
–Quizás una de las más estructurales –en el libro hablo de catorce (ver recuadro)– tiene que ver con que las mujeres tenemos mayor capacidad de retención de todo: retenemos más líquido, sufrimos de estreñimiento con mayor frecuencia, tenemos más celulitis, guardamos más cosas, somos malas para tirar. Esto también se aplica a los recuerdos: tenemos una excelente memoria emocional, algo que a los hombres no les conviene. Ellos, por otro lado, están diseñados para soltar, liberan más, viven y olvidan, dan vuelta la página, pueden tener nuevas relaciones en tiempos más cortos que las mujeres. Esto nos marca una tarea: la de la mujer es aprender a soltar y dejar de hacer lo que nos hace mal, saber delegar y pedir ayuda. Los hombres deben aprender a retener y a cuidar lo que tienen. De todo esto se desprenden las demás diferencias; por mencionar algunas, que la mujer está estructurada para valorar los procesos y los detalles; y los hombres para valorar los objetivos y las metas. La mujer necesita hablar de un conflicto para resolverlo, los hombres hablan cuando ya está resuelto. Ellos tienen la cabeza dividida en cajones; ellas tienen todo mezclado, al igual que en sus carteras.
– Las diferencias, ¿son por razones biológicas o producto de la educación?
–Nosotros funcionamos estructuralmente en forma diferente, sentimos, pensamos y miramos el mundo de manera distinta. Lo que hace el factor cultural, según probé en la investigación en que basé mi libro, es cambiar la forma de expresión de la diferencia, pero la diferencia en sí existe, es inmodificable. Una mujer puede aprender habilidades masculinas, y de hecho, necesita hacerlo para poder manejarse en una serie de conflictos. Pero lo importante es no renunciar a las características intrínsecas, es decir, que no sea un proceso de disociación, sino de integración.
-¿Aman distinto hombres y mujeres?
–Sí, amamos distinto, y esto puede ser una fuente de conflicto, en función de las expectativas. Las mujeres mezclamos el amor con la necesidad, y los hombres no. En general, el desprendimiento emocional de las mujeres suele ser mayor. Los hombres aman de una forma más concreta y simple, pero no por ello menos profunda. El amor en sí mismo no tiene sexo: uno sólo ama. Cuando ama sanamente, lo que quiere es el bienestar del otro, y eso es asexuado. Pero la forma en que lo logra sí está marcada por la diferencia de género. Las mujeres somos más auditivas y para sentirnos validadas necesitamos escuchar que nos quieren. Los hombres, en cambio, al ser más visuales, necesitan ver a su mujer contenta. Ellos valoran que sea capaz de sonreír, que no tenga una cara amarga. El elemento de seducción femenino más importante no pasa por lo físico; lo que más los seduce a ellos es una mujer feliz.
–¿Y cómo difiere la manera en que encaran los problemas?
–En este aspecto, la diferencia es importante. Los hombres suponen que cuando las mujeres les contamos nuestros problemas, ellos tienen que darnos soluciones, y a las mujeres eso nos altera. Se genera un problema porque nos da rabia y nos defendemos frente a las soluciones que nos ofrecen, cuando lo que necesitamos es que nos acojan, nos den un abrazo, nos dejen llorar en sus brazos o nos digan que nos quieren escuchar. En el caso de las mujeres, que tendemos a mandar, cuando los hombres están en conflicto queremos obligarlos a hablar, pero ellos hablan cuando los problemas ya han pasado.
–Otros autores han dicho que los hombres no escuchan y las mujeres no saben leer mapas, que los hombres nunca recuerdan y las mujeres jamás olvidan. ¿Qué hay de cierto en estas afirmaciones?
–Algunas de estas cosas las he probado en mi investigación. Es cierto que las mujeres no olvidamos y que los hombres tienen menos memoria emocional. En cuanto a que no sabemos leer mapas, es relativo; a mí particularmente me pasa y eso responde a un problema de concentración: ellos hacen una cosa por vez; nosotras somos multifocales y, cuando vemos un mapa, probablemente estemos haciendo también otra cosa. Con John Gray, autor de Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus, coincidí en algunos aspectos referidos a las diferencias cuando validé mi investigación en Estados Unidos. Pero, en general, las diferencias de las que habla él dependen de factores culturales y yo apunto a temas estructurales. Me refiero a lo femenino o lo masculino, que no es lo mismo que hablar de hombre y mujer. Lo importante es ser conscientes de que debemos avanzar en que somos distintos y que no tenemos que parecer iguales. La forma de hacer las cosas es distinta según el género.
–Al hablar de las diferencias, ¿no se corre el riesgo de caer en estereotipos?
–No, yo intento mostrar cuáles son las diferencias más notorias. Luego, cada persona está llamada a buscar el equilibrio de lo masculino y lo femenino dentro de sí. Eso es más complejo que hacer una especie de check-list de lo que tengo. Mi libro es una invitación a mirarse y a descubrir hacia dónde tienen que trabajar emocionalmente, a crecer para uno, no sólo con la pareja, sino en las relaciones en general. En la vida, en las relaciones familiares, las de amistad, o en el trabajo, conocer las diferencias ayuda en términos de aliviar los conflictos.
–¿Por qué a los hombres les cuesta comprometerse? ¿Es porque no quieren relaciones serias, o porque las mujeres de alguna manera los ahuyentan?
–Si hablamos de un hombre tradicional, que solo sea capaz de soltar, que no sepa cuidar los afectos, le costará comprometerse. Como los hombres necesitan sentirse admirados, los que no tienen ninguna capacidad de retención buscarán admiración, y eso los vuelve muy infieles y poco comprometidos. Pero hay otro tema: hoy las mujeres de 30 años o menos son las que están haciendo el trabajo de la conquista y la seducción, y en consecuencia, los hombres pierden las habilidades que les son propias. Se inhiben en su comportamiento masculino y pierden la capacidad de tener el control. El macho lo es toda la vida y necesita gobernar el proceso de seducción; lo que hace una mujer inteligente es dejarle creer que tiene el control cuando en realidad lo tiene ella. Ahora las mujeres jóvenes también tienen problemas para comprometerse, se han masculinizado tienen afán de tener cosas, de centrarse en el desarrollo profesional, y de lo emocional se preocupan más tarde.
–En términos generales, ¿qué es lo que quieren las mujeres hoy?
–Ni ellas mismas lo saben. La mujer tiene “pensamiento mágico”, que se relaciona con esas eternas expectativas de que todo sea perfecto, y nuestra vida real no funciona así. Si compro un champú para pelo lacio, mi pelo no quedará igual al de la chica del comercial. Cuando lo compro, compro magia. Debería ser capaz de analizar mi tipo de cabello y saber cómo quedará. Esto es válido también para las relaciones afectivas: si pienso cómo debería ser mi mamá y comparo, mi mamá real siempre sale perdiendo y, entonces, me quejo de mi mamá real. Cuanto más pensamiento mágico tiene una mujer, más infeliz es porque siempre estará centrada en lo que le falta en lugar de en lo que tiene.
–¿Cómo actúan ellos en este aspecto?
–Ellos no tienen pensamiento mágico, y les es muy complicado entenderlo. Al hombre que intenta satisfacer a la mujer que tiene pensamiento mágico le será imposible porque nunca acierta, la “embarra” seguro. Por ejemplo, cuando un hombre invita a una mujer a cenar y le pregunta a dónde quiere ir, ella responde: “A donde quieras, mi amor”. Entonces, él propone una parrilla. “No, no quiero comer carne”, dice ella. “¿Pastas?”, pregunta él. “Tampoco”, responde ella. “¿Entonces, adónde quieres ir a cenar?”, insiste él. “A donde quieras”, vuelve a responder inocentemente la mujer. Esa mujer no sabe lo que quiere, pero quiere que el hombre lo adivine, y ahí está el conflicto en el diálogo.
–En cuanto a la conducta machista de los hombres, ¿hasta qué punto son las mujeres retentivas las responsables?
–Lo son total y absolutamente. Creo que las mujeres, en la medida en que protegemos a los hombres, tendemos a mantener las conductas machistas. Por ejemplo, cuando una mujer se entera de que su pareja le es infiel: la rabia no es con su hombre, sino con la otra. Pero ¿es ella la culpable, cuando ella no me debe nada? El compromiso de fidelidad lo hizo él y no ella. También, cuando una mujer que es golpeada no le cuenta a la madre porque teme que le diga que es el marido que tiene que aguantar, o porque tiene miedo de que le tome rabia a su esposo y, entonces, lo protege. Esas conductas van solidificando la conducta machista.
–¿Qué es lo que muchas veces nos impide tener relaciones sanas y duraderas?
–Yo creo que esto es un tema que trasciende el género. La estructura social que hemos creado –de lo desechable, la poca tolerancia, la búsqueda de felicidad en el placer– nos lleva a que al menor conflicto sea mejor romper los vínculos. Eso sin duda hace que duren menos. Pero en relación con el género, lo que falta es que dejemos de competir, que podamos encontrarnos en el aprendizaje mutuo y, desde ahí, podamos enriquecer las relaciones de pareja. El amor como un sentimiento, las mariposas en la panza, se acaba y hay que trabajarlo en forma consciente. Todas las parejas han tenido problemas, y si los han superado, esos son los caminos que llevan a que los vínculos sean permanentes, pero hay que cuidarlos. Las parejas deben salir de vez en cuando como novios, que haya flores, cenas románticas, ropas bonitas. Hay que tener la conciencia racional de que la conquista es permanente.
–¿Qué deberíamos aprender las mujeres de los hombres y viceversa?
–Las mujeres tenemos que aprender a avanzar, a no quedarnos pegadas a los recuerdos, a pensar en objetivos, a quedarnos calladas a veces y a disfrutar del presente, una facultad maravillosa de los hombres. Ellos tienen que aprender a conversar y decir lo que sienten, a valorar los detalles y los procesos más simples de la vida y no centrarse sólo en metas, y a valorar la intuición como concepto de información válido.
–En el plano de la educación, hay una vuelta a la enseñanza diferenciada. ¿Esto es algo positivo?
–Creo que tenemos que aprender a convivir. La enseñanza coeducacional, en la que se tienen algunas secciones juntas y otras separadas, me parece la óptima. Al mismo tiempo, se respetan los procesos individuales de crecimiento y se permite la convivencia desde la naturalidad.
–¿Creés que, más allá de todas estas diferencias, en esencia hombres y mujeres tienen también similitudes?
–Las similitudes pasan por entender lo que somos como seres humanos. Todos estamos llamados a tres cosas fundamentalmente: a aprender a amar de la mejor forma, a dejar huella para que cuando nos vayamos alguien nos recuerde por algo maravilloso y a ser felices. La felicidad es una decisión diaria, es una obligación y no un derecho.
–Para terminar este diálogo, ¿qué consejos les darías a las parejas para que mejoren sus relaciones?
–La vida es súper simple, de lo bueno se goza y de lo malo se aprende. Cuando uno aprende a relacionarse con una pareja, cuando aprendo a quererme yo y a respetarme y a perdonarme a mí misma, me es más fácil relacionarme con el otro. Lo de la media naranja es un concepto dañino, y si bien yo puedo aprender del otro, el otro no tiene la responsabilidad de hacerme feliz; yo tengo que ser responsable de mi vida. Las parejas deberían agregar el sentido del humor; creo que los que logran compartir muchísimos años juntos –y estoy convencida de que es posible estar toda la vida juntos– son las parejas que tiene buen sentido del humor, las parejas que han trabajado en la relación y no han esperado que el amor se maneje al azar.
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