El 2010, Bicentenario de la República Argentina, exhibió festejos albicelestes de convocatorias masivas para las páginas de la historia. En doscientos años, no se habían registrado demostraciones semejantes; no solo hubo actos en la Ciudad de Buenos Aires, sino también en otras grandes ciudades, como Rosario, Córdoba y Mendoza. La euforia patriótica de mayo continuó con el rabioso fanatismo futbolero, que cada cuatro años se institucionaliza en la espectacular ceremonia que supone el Mundial de Fútbol, esta vez con sede en Sudáfrica. Las banderas que poblaban desde principios de año balcones y ventanas fueron desapareciendo después del traspié deportivo, y la cuestión del patriotismo argentino volvió a ofrecer su cara más frecuente: el amor a pesar del desencanto, y viceversa.
Orgullosos e insatisfechos
Una encuesta elaborada por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) en las vísperas de los festejos refleja la historia de “amor y odio” que caracteriza a la cuestión de la nacionalidad en nuestro país. Ese estudio señala que el 82% de los entrevistados dice que está orgulloso de ser argentino, pero critica al país; el 76,3% piensa que sus derechos se respetan “poco y nada”; mientras que para el 40% faltan políticos.
Las razones de esta relación tan contradictoria son tan variadas como las miradas sobre el tema. Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, opina que “los efectos del Mundial y el Bicentenario no son nuevos. La celebración del Centenario también convocó grandes multitudes, y cuando la Argentina ganó los mundiales en 1978 y 1986, hubo movilizaciones espontáneas muy importantes. Son fenómenos nuevos, en la perspectiva de los últimos años, aunque cabe recordar que en esta década, también se han registrados movilizaciones sociales importantes con cientos de miles de personas en las calles: las de Blumberg, en 2003; las del campo, en 2008; el velorio de Alfonsín, en 2009”. Fraga agrega que “estos fenómenos sociales surgen de manera más o menos espontánea y, de la misma forma, después desaparecen. Por esta razón, no resulta fácil utilizarlos políticamente como –en mi opinión– ha sucedido también con el Bicentenario y el Mundial”.
Por su parte, el doctor Luis García Fanlo, profesor titular de Sociología de la Argentinidad en la carrera de Sociología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y autor del libro Genealogía de la Argentinidad (Gran Aldea Editores, 2010), sostiene que “esta relación de amor-odio tiene que ver con ese modelo ideal de argentinidad que nos ha transmitido la historia escolar, el patriotismo escolar, que tenemos un "destino de grandeza" siempre y cuando dejemos de ser como somos y nos hagamos a imagen y semejanza de lo europeo (o lo norteamericano), un discurso que se instaló a principios del siglo XX. Eso genera una tensión imposible de sobrellevar que se convierte en la "ciclotimia argentina", rechazamos ese "mandato", pero a la vez no podemos escapar totalmente de ese mandato”.
En ese sentido, el académico opina que “la celebración de mayo difiere de otras manifestaciones sociales aunque tienen en común el constituirse en emergentes de los profundos cambios producidos en la sociedad argentina en las últimas décadas. Estamos dejando de ser parte de una argentinidad ‘disciplinaria’, que tenía como referentes institucionales a la escuela, la fábrica y el cuartel militar, la cual es reemplazada de a poco por una argentinidad ‘del consumo y del espectáculo’.
En tanto, el historiador Daniel Balmaceda afirma: “La relación de amor y odio que existe entre los argentinos y la argentinidad está vinculada al desencanto que provocaron determinados gobernantes. Pero esta relación de amor-odio entraña una contradicción: podemos aprobar el camino que han recorrido los hombres que nos gobernaron o renegar de él, pero este camino es el que nos conduce al presente que hoy tenemos”. Desde esta perspectiva, renegar del pasado es, en cierto sentido, renegar del presente.
Yo, argentino
El análisis de la relación del argentino con su identidad nacional está íntimamente ligado al proceso de construcción de la argentinidad. García Fanlo lo interpreta así: “La cuestión de la nacionalidad ha sido desde siempre una pesada carga para los argentinos; siempre hay alguien que desde el poder cuestiona cómo somos los argentinos y señala un desvío, una anomalía, algo que debe ser corregido. La argentinidad siempre es algo por alcanzar, pero inalcanzable”. Y agrega: “Ser argentino no tiene que ver con las ‘tradiciones’. En nuestra historia, desde 1810 a la fecha, la cuestión de la nacionalidad fue la que marcó las distintas banderías que padecemos porque hasta para hacer un asado siempre el "ser argentino" se interpone para marcar una diferencia entre lo "autenticamente" argentino y lo que no lo es. Pero es algo impuesto, algo que tendríamos que dejar de lado. Cuando dejemos de preguntarnos quiénes somos y por qué somos como somos entonces, seguramente, seremos no solo más libres, sino también más argentinos”.
García Fanlo reniega de lo que llama “mitos fundadores”, como el “crisol de razas” y el dicho que afirma que los argentinos “vinimos de los barcos”: “Es interesante que estos mitos tengan tanta fuerza cuando precisamente se conmemora el bicentenario del nacimiento de la Argentina, que ocurrió en 1810 y no en 1910. Nadie se hace una sencilla pregunta: si venimos de los barcos y somos el producto de un crisol de razas debido a los inmigrantes que vinieron a principios del siglo XX, ¿quiénes eran entonces esos próceres y esos ‘argentinos’ que vivieron durante el siglo XIX?”, concluye.
Sobre esta cuestión, Balmaceda entiende que la construcción de la argentinidad antecede a las influencias de las corrientes inmigratorias, aunque las considera relevantes a la hora de definir el ser nacional. “Ya el festejo del Centenario contó no solo con la participación y el entusiasmo de las diferentes colectividades, sino que algunas de ellas reconocieron y aplaudieron este aniversario. Un ejemplo de ello fue el regalo que la colectividad española hizo a la Argentina, el Monumento de los Españoles, ubicado en la ciudad de Buenos Aires”, explica el historiador. “La multiplicidad y variedad de culturas que convivieron en nuestro país a raíz de los procesos inmigratorios, junto con el hecho de ser para ese entonces una sociedad tan cosmopolita, hicieron necesaria la reafirmación de una identidad nacional distinta a la de sus países de origen, pero a la vez nutrida de todas las colectividades que intervinieron en ese proceso histórico formado en parte por una figura o idea de patria y por los protagonistas de estos procesos, los próceres o patriotas”, opina Balmaceda, y agrega: “El sentimiento patriótico fue, sin lugar a dudas, más fuerte en otras épocas”.
Protesta o propuesta
El 73,6% de los argentinos encuestados, según el estudio realizado por la UNTREF, opina que sus derechos en este país se respetan “poco y nada”, y solo el 17,9% considera que se respetan “mucho o bastante”. Asimismo, cuatro de cada diez encuestados manifestó que en la Argentina “faltan políticos”.
María Bach, directora del área de Construcción de Ciudadanía de Poder Ciudadano, dice: “Hay que pasar de la protesta a la propuesta. El ciudadano común se queja y se queja de todo siempre en su casa, pero no participa para modificar las cosas”.
En ese sentido, Bach declara que “participar en la vida pública, cívicamente, más allá del voto, significa tomar un compromiso, independientemente de a quién se votó: empezar a monitorear, a controlar, tener una visión crítica o una mirada complaciente –o no– sobre las decisiones de esos representantes a los cuales se eligió”.
Asimismo, reconoce que “la gente sale poco a apoyar. En general, sale a protestar, y con la protesta nada más no cambian las cosas. Es un reclamo genuino, respetable, pero es preciso articular esa demanda en una acción institucional; cuestionar o sugerir alternativas por la vía institucional, canalizar ese capital social en función de una mejor democracia, en acciones concretas no violentas, convocatorias ciudadanas que exijan a sus gobernantes que rindan cuentas sobre determinados temas”, y afirma: “Hay que salir de la vía pública e interactuar con el espacio público; participar de discusiones comunitarias, como las que se dan en los centros barriales, las cooperativas de los hospitales y en las escuelas, entre otros”.
Para finalizar, Bach sostiene: “Es necesario educar para participar, a fin de cambiar la actitud frente a la cuestión de lo público. Somos un país en vías de desarrollo, nuestra democracia es joven. Nos falta mucho para crear esa conciencia democrática fuerte. Lo que es seguro es que cuanto más involucrados estemos, mejor van a ir las cosas”.
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