Buscar
 
Cocina Investigacion Moda Personajes Turismo Contactenos
 
 
 
 
historias de vida

“Curar con el alma”

 

Cómo interviene MSF
• La asistencia médica y humanitaria de MSF reúne dos aspectos:
1) Asistencia: Aliviar el sufrimiento y contribuir a la supervivencia de las poblaciones más vulnerables. La idea es reivindicar el derecho universal de todas las personas a la asistencia humanitaria y a la salud.
2) Protección: La presencia y el contacto directo con las poblaciones convierten a MSF en testigo de posibles transgresiones. En caso de que esto suceda, MSF lo denuncia ante la comunidad internacional, para proteger a las personas a las que asisten.

Cuándo interviene MSF
• MSF entra en acción ante situaciones que ponen en peligro la salud o la supervivencia de poblaciones que se encuentran desatendidas:
* Conflictos armados, desplazamientos de población y catástrofes naturales: Intervenciones de emergencia destinadas a paliar el deterioro de las condiciones médico-humanitarias de la población afectada.
* Epidemias, hambrunas y enfermedades olvidadas: Intervenciones de emergencia y proyectos estables destinados a proporcionar atención médica en casos de cólera, sarampión, desnutrición, VIH/SIDA, malaria, etc.
* Situaciones de exclusión: Intervenciones orientadas a prestar asistencia médico-humanitaria a poblaciones excluidas: inmigrantes en situación irregular, minorías étnicas o marginados.
Más información en www.msf.org.ar.

Las experiencias de vida de tres médicos argentinos que se entregan para ayudar a quienes más lo necesitan dejan al descubierto sus valores y la labor de Médicos Sin Fronteras alrededor del mundo. ¿Listos para descubrir dónde está el amor?

Al trabajar en escenarios de crisis, ya sea producto de catástrofes naturales, conflictos armados o epidemias, uno vive situaciones límite: al límite del sufrimiento y, también, de la felicidad. Todo es más extremo cuando se trabaja en el lugar de los hechos; por un lado, sufrís al encontrarte con limitaciones, como no poder brindarle al paciente todo lo que necesita para mejorarse, y, por el otro, nunca me sentí tan pleno, como al recibir demostraciones de agradecimiento por parte de los pacientes”, cuenta el médico cirujano Andrés Carot (32), egresado de la Universidad Nacional de Córdoba, mientras trata de poner en limpio los sentimientos que lo invaden en su trabajo para Médicos Sin Fronteras (MSF).
“Ser médico de la gente más necesitada y olvidada de este mundo siempre fue mi sueño. A los 20 años ya colaboraba en la ONG cordobesa La Luciérnaga, que se ocupaba de la problemática de los chicos de la calle. Ahí me di cuenta de que ayudar a las poblaciones más vulnerables era lo que más me entusiasmaba”, remarca Andrés. Hasta la fecha, participó en dos misiones de emergencia: la primera, en Nigeria, el año pasado, durante una epidemia de meningitis por la que más de 65.000 personas se enfermaron, más de 2000 pacientes murieron y “felizmente vacunamos a alrededor de 7 millones y medio de personas” –rememora. La segunda misión fue en Haití, este año, luego del terremoto. “Llegué al país tres semanas después de que ocurrió el sismo; el panorama era desolador: edificaciones derrumbadas, episodios de violencia urbana, familias viviendo en las calles y gente haciendo largas colas para recibir alimentos y agua… Pero para mi sorpresa, al mismo tiempo que sucedían esas cosas, el pueblo continuaba con su vida diaria: había vendedores ambulantes trabajando en las calles de Puerto Príncipe para ganarse la vida. Esta cara de la moneda no hizo más que remarcar que los haitianos son personas luchadoras, con ganas de revertir situaciones adversas”.
Durante su estadía en Haití, Andrés formaba parte del equipo médico del Hospital Bicentenaire de Puerto Príncipe. Cuando llegó a la institución, había una sala de urgencias, una farmacia y tiendas para hombres, mujeres y niños donde estaban internados pacientes con patologías derivadas del terremoto. Luego de dos meses, el hospital estaba en pleno funcionamiento. “Junto a otros cirujanos generales –continúa Andrés–, realizamos más de 120 intervenciones quirúrgicas en dos meses”. En total, durante los primeros seis meses después del terremoto, MSF brindó atención a 173.000 pacientes y realizó 11.000 cirugías, en lo que fue la mayor intervención de emergencia de su historia.
“Trabajar en equipo y compartir lo que uno siente con sus compañeros es una de las mejores recetas para fortalecerse –revela Carot–. Un paciente que se recupera y sonríe también brinda las fuerzas y fortalezas necesarias para seguir adelante. Al convivir con el dolor y el sufrimiento ajeno tan de cerca, y al ver que muchas cosas se van de las manos debido a lo precario del entorno, es fácil flaquear, pero el desafío es fortalecerse con las pequeñas grandes cosas que nos regala la vida”. Durante la charla, Andrés devela el momento de mayor satisfacción que vivió mientras estuvo en Haití; aunque cueste creerlo, los momentos de gozo también existen a pesar de lo sombrío del entorno. Fue cuando inauguraron el quirófano del Hospital Bicentenaire y comenzaron a realizar intervenciones quirúrgicas. “Esto significó salvar muchas vidas. Recuerdo a una chica de 30 años que llegó al hospital muy grave, con heridas de bala en el tórax y el abdomen; felizmente pudimos operarla y a los veinte días le dimos el alta. En las dos misiones que emprendí –Nigeria y Haití–, descubrí una realidad muy diferente a la mía, que me ayudó a entender y sentir que, por más que uno no pueda resolver todos los problemas, las pequeñas acciones que uno lleva a cabo se multiplican y se logran grandes resultados que hacen que este mundo sea un poco más soportable para mí”. Ya han transcurrido casi cinco meses desde el regreso de Andrés al país, luego de haber estado casi dos meses en Haití, y reflexiona: “Hicimos mucho en poco tiempo; pero hace falta hacer más, mucho más… siempre, y eso depende de todos”.

En el ámbito nacional, la delegación de Médicos Sin Fronteras funciona desde 2001 –su sede está en la Ciudad de Buenos Aires– y cuenta con un personal médico de 80 profesionales de entre 25 y 35 años. Integrar el equipo de MSF no es fácil, ya que se debe cumplir con varios requisitos, como tener dos años de experiencia profesional a partir de la graduación, dominio del inglés y/o francés, y disponibilidad mínima de un año para cumplir la misión. En el proceso de selección, los candidatos pasan por varias entrevistas con el responsable de Recursos Humanos de la organización, para que este detecte habilidades de comunicación y sentido de la responsabilidad, además de rendir exámenes psicotécnicos que permiten descubrir la capacidad de adaptabilidad del profesional al entorno. Quienes transiten de manera satisfactoria este proceso recibirán luego capacitación en Buenos Aires y en Barcelona.

Hacer el bien sin mirar a quién
“No soy la misma persona después de trabajar y ver cómo se vive en un campo de refugiados donde miles de personas pasan el día confinados en una carpa, con desesperanza, llenos de miedo y con una gran pérdida del instinto vital; o después de trabajar en un programa de nutrición en medio de una hambruna –confiesa el médico clínico santafesino Lucas Molfino (33), pronto a convertirse, junto con su mujer Eugenia, en padre de Emilio–. A pesar de que vivimos en una sociedad que nos dice que el único parámetro de éxito es el económico, este tipo de experiencias me cambian las prioridades, las necesidades y hasta la escala de valores. Atravesé períodos de impotencia frente a tanta mediocridad, y me alegra mucho cuando pequeños actos demuestran que otra realidad es posible. Estos últimos años, aprendí a ponerme en el lugar del otro, a ser más sensible frente a los problemas de los demás”.
Entre 2006 y mediados de 2009, Lucas trabajó en varias misiones. Tuvo su primer contacto con el trabajo humanitario en el continente africano, específicamente en Uganda, Liberia, Etiopía y Zambia, mientras que su última misión fue en Camboya, al sudeste de Asia. “Al trabajar en zonas de emergencia, todos los días hay que enfrentar nuevos desafíos y experiencias fuertes, y uno debe estar preparado para adaptarse continuamente a distintas pautas culturales que incluyen modos de trabajo, de pensamiento y creencias. Sobre todo, uno aprende a respetar las diferencias y la diversidad. Este cúmulo de experiencias me ayudó a tener una nueva forma –quizás más realista– de ver el mundo en que vivimos y la increíble indiferencia hacia el otro”. Al ver y vivir situaciones violentas, Lucas atraviesó diferentes estados de ánimo: impotencia, rebeldía, tristeza, angustia o flaqueza. “Cuando uno es testigo de situaciones injustas, los mecanismos de autoprotección varían de una persona a otra. A mí me ayuda compartir mis vivencias con otros miembros del equipo, escribir, leer o contactar a mis seres queridos. Pero debo aclarar que gran parte de esa fortaleza llega cuando las cosas salen bien”. Para explicar cuál es su fuente de energía, el médico cuenta una situación vivida en Zambia: “Trabajé en un programa para tratar de prevenir la transmisión del VIH de la embarazada al hijo. Es una tarea complicada, ya que exige, por un lado, que la madre asista al centro de salud varias veces y, por otro, que el parto se haga en el centro de salud para darle la medicación necesaria. A los seis meses, se le hace un test al bebé para saber si es VIH positivo o no. Después de haber trabajado junto con la madre durante casi un año, el momento de decirle que su bebé es VIH negativo es emocionante, ver la cara de alegría de esa madre, sus lágrimas… Uno le cambia la vida a esa persona y te dan muchas ganas de seguir adelante”.
Hasta la fecha, Molfino suma cuatro experiencias en suelo africano y nos explica: “Lo mejor de África es la gente, su cariño, su alegría de vivir, la risa de los chicos. El solo hecho de ver cómo miles de personas viven vidas que son un tormento cotidiano, pero enfrentan esa realidad con tenacidad y un ánimo asombroso, hace que mi participación en cualquier proyecto valga la pena”.
Cada una de las experiencias vividas a lo largo de estos años son distintas, y todas, en mayor o menor medida, fueron movilizadoras. “De acuerdo con lo que cada uno cree, puede asumir que el sufrimiento, el dolor o hasta la enfermedad puede jugar un papel determinante en la vida de un hombre, pero todo esto es muy distinto cuando se llega a esa situación no teniendo qué comer, cuando tus hijos se mueren de malaria, cuando todo alrededor es desolación y vivís en condiciones indignas. Creo que a esta situación no me voy a acostumbrar jamás”.

Dar es dar
“Trabajar con personas que sufren mil carencias y no cuentan con ningún acceso a la salud, pero que por medio de nuestro trabajo tienen la chance –aunque sea por única vez– de sentirse en igualdad de condiciones con el resto del mundo es un crecimiento personal emocionante”, cuenta la doctora Gabriela Peukert (33), especializada en medicina interna y oriunda de Córdoba.
Así como afirma sentirse realizada en el plano personal por su labor, también aclara que al regresar al país, luego de meses de ausencia a raíz de su trabajo, le resulta difícil “enganchar nuevamente en esta sociedad: entender los problemas que nos aquejan, sentir que nos ahogamos en un vaso de agua, no disponer del tiempo para apoyar, consolar, agradecer o sonreír”.
Gabriela vivió su primera experiencia en MSF durante 2007-2008; el destino fue Busia, en Kenia. La misión, un proyecto de HIV/SIDA con el objetivo de instaurar tratamiento antirretroviral en cinco establecimientos rurales, para adultos y niños. “Allí la vida cotidiana es diferente; existe la poligamia, el derecho de la mujer es nulo, la educación primaria es exclusiva de la clase alta y la sobrevida ronda los 50 años”. El trabajo en suelo africano no resultó sencillo para Gabriela ni para el resto del equipo. A las carencias típicas del país, había que sumarles las largas distancias que tenían que caminar los pacientes para acercarse al centro sanitario, lo que terminó siendo una contra, y la mejor solución para remediarlo fue pedirles a los médicos que fueran ellos quienes se acercaran a los pacientes. “Llegar a las áreas rurales era difícil por cuestiones técnicas y geográficas, y más complicado aún era llegar a la comunidad, porque los temas culturales y sociales eran la principal barrera, algo que se hizo más evidente al tratarse de un tratamiento de HIV, una enfermedad en la que el estigma y la discriminación son moneda corriente”. Los pacientes no sólo debían enfrentarse al impacto físico y psíquico de la enfermedad y el tratamiento, sino también a la discriminación y estigmatización del resto de la población. “Desgraciadamente, la tasa de pacientes que abandonaban el tratamiento era alta, ya fuera por cuestiones laborales y económicas, o porque no querían ser reconocidos por sus pares como enfermos, ya que temían ser abandonados o echados de sus casas”. Pasaron tres años desde la primera experiencia de Gabriela en tierras lejanas y hoy recuerda con satisfacción haber tenido la posibilidad de hacer algo por el prójimo. “Me traje conmigo las fuerzas que tienen los keniatas para seguir adelante, para agradecer con una sonrisa o con un gracias tímido. Esos ejemplos fueron combustible suficiente para poder seguir y levantarme al día siguiente con más fuerzas. Qué mayor y mejor aprendizaje para nosotros, que nos desesperamos cuando nos quedamos sin Internet”.