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aventura

“Nunca es tarde”

 

Gaby responde
¿Dónde dormías? “Las veces que no llegaba a ningún pueblo, dormía en una carpa para una persona. Después, paré en escuelas, en salitas de primeros auxilios, en casas de familia, en hosterías y hasta en un puesto de policías. Al final del día, lo que más quería era una ducha”. ¿Podías bañarte? “Por lo general, sí; pero los días en que acampaba, hacía tanto frío que ni ganas de bañarme tenía. Lo bueno fue que dormía sola… ¡no había nadie que se quejase!”. ¿Qué comías? “En el Norte, durante los primeros seis días, lo único que podía comer era puré de papas porque el resto de los alimentos me caían mal. Alguna vez comí fideos. Luego de bajar de Cachi, me agarró adicción por los duraznos y empecé a comer carnes, pero el 80% de los alimentos los llevaba en forma de sándwich. La realidad es que comía lo que había. Trataba de balancear la dieta, pero era casi imposible hacer las cosas como estaban programadas. No me cocinaba; prefería salir de los pueblos con la comida en bolsas herméticas y comerla fría cada dos o tres horas en porciones pequeñas”. ¿Qué te sorprendió? “El Norte y sus lugares remotos. Encontrarme con la gente festejando a sus animales, adornándolos con pompones de lana multicolor. También me impactó el respeto por la naturaleza: todo es perfecto, las casas de barro y piedra que se perdían en el paisaje... jornadas completas sin ver a nadie, rodeada por montañas de más de seis mil metros. ¡Todas para mí!”. ¿Te emocionaste? “¡Obvio! Especialmente, el último día de pedaleada, al encarar los últimos 100 kilómetros de ripio. Coincidía con el yacimiento de petróleo donde pasaban camionetas y todos tocaban bocina para acompañar el último esfuerzo. El día anterior había rodado más de 300 kilómetros, y esa noche estaba tan nerviosa que apenas pude dormir; era como la previa de una competencia y realmente tenía el cuerpo muy can sado. Llorar fue un desahogo, fue aliviador. Después de un rato, viene una calma al cuerpo que está muy buena”. ¿Te quisiste volver? “En ningún momento, pero sí se me cruzaba por la cabeza la posibilidad de no poder terminar en los tiempos que tenía programados. De todas maneras, pensaba terminarla aunque hubiera tardado varios meses más... Ya había dejado todo organizado en Buenos Aires para que me reemplazaran en mi trabajo. Hasta había dejado pago por tres meses el alquiler de mi departamento”. ¿No extrañaste? “Un poco. Mis amigos y mi familia se hicieron muy presentes a través de mensajes de texto o en el blog. Como con mi mamá hablaba una vez por día, tampoco extrañé tanto”.

Consejos de entrenamiento* Antes de largarse a emprender una travesía como esta, hay que reconocer las zonas de trabajo, para tener en cuenta parámetros en relación con la frecuencia cardíaca y poder estar varias horas al día pedaleando. En segundo lugar, hay que organizar un entrenamiento armónico en cuanto al ejercicio aeróbico/anaeróbico y a la periodización de la fuerza muscular, no solo de los miembros inferiores, sino también de la zona media y, por supuesto, de los miembros superiores. Es fundamental el trabajo del gimnasio para aguantar la postura arriba de la bicicleta sin dolores de espalda y de cuello, y el agotamiento lógico de las piernas. Lo ideal es organizar un plan con un entrenador. La alimentación es muy importante para poder rendir al 100%. Hay que saber en qué alimentos se pueden encontrar hidratos de carbono, proteínas y grasas; la dieta tiene que ser variada. Pedalear arriba de los 3800 msnm implica complicaciones con la digestión y la tolerancia a las proteínas; es importante el trabajo de hipertrofia en el gimnasio. La realidad es que, a esa altura, te dan ganas de comer solo papa hervida o alimentos livianos, como puré, pastas y frutas... Los geles y las gomitas energéticas los usé en la altura. En cuanto a la técnica, solo varía por la postura que se lleva arriba de la bicicleta, uno va más erguido que para una competencia. Así se observa mejor el paisaje, se evita el dolor de cuello y los brazos descansan más. Respecto de la indumentaria, conviene llevar una remera y una calza térmica que usaba arriba de la calza de ciclista. Además, tenía una campera y un cubre pantalones impermeables, siempre un talle más grande para poder usar todo el resto de los abrigos y rodar con libertad de movimiento. También, guantes abrigados e impermeables. La bicicleta que usé fue una de full carbono, con portaequipaje adaptado para el viaje. Además, conté con herramientas, fusible de repuesto, parches de cámara y cubierta, cámara de repuesto y líquido antipinchaduras en las ruedas. Lo ideal es una cámara de repuesto, pero suma bastante peso. Hay que tener en cuenta que la amplitud térmica es muy grande en un mismo día: va desde los 42 ºC a los -10 ºC, y, en algunos tramos de la Ruta Nacional 40, no circula gente por varios días. *Por Gaby Castillo.

Le costó pero, finalmente, logró su objetivo. En treinta y tres días de pedaleo y solo uno de descanso, Gaby Castillo recorrió la tradicional Ruta Nacional 40 y se convirtió en la primera mujer en alcanzar esa meta. Aquí, cuenta detalles de la experiencia de la que más aprendió en su vida.

La Ruta Nacional 40 es la más larga del país, más extensa aún que la mítica Ruta 66 de los Estados Unidos. No solo recorre más de treinta latitudes y posee el paso carretero más alto del mundo –el Abra del Acay (a casi 5000 metros)–, sino que atraviesa 236 puentes, 18 ríos, 13 lagos y salares, 20 reservas y parques nacionales, 27 pasos cordilleranos y 11 provincias. Los 5042 kilómetros que unen La Quiaca con Cabo Vírgenes son una distancia similar a la que separa Buenos Aires de Caracas. Todos estos datos cobran más dimensión y adquieren mayor relevancia cuando entra en acción Gabriela Castillo, la primera mujer que encabezó la hazaña de desandarla… y en tiempo récord: treinta y tres días de pedaleo y, aquí el dato, ¡solo uno de descanso!

Los comienzos
“A los 15 años dejé a un lado la equitación; entonces, mamá me invitó a que la acompañara a correr”. Minutos antes de empezar con uno de los grupos de entrenamiento que tiene a su cargo, Gaby bucea por los recuerdos, en una tarde de viento en el KDT porteño. “Iba con ella y no podía dar más de dos vueltas a una plaza que estaba cerca de casa. Con cuarenta años menos, no podía seguirle el ritmo, así que me puse a entrenar”, relata. Y continúa: “Me encantaba el programa de Pancho Ibañez, El deporte y el hombre. Fue un gran estímulo”.
La pasión se fue desarrollando a medida que los kilómetros y la resistencia se incrementaban. En diciembre de 1997, a los 23 años, Gaby le dio un marco legal a lo que en la actualidad es su día a día: se recibió de profesora de Educación Física, con orientación en Alto Rendimiento, en el Instituto Romero Brest. Al poco tiempo, en enero de 1998, una nueva incursión en la Patagonia como mochilera fue la excusa para quedarse en Esquel a trabajar como camarera por dos meses hasta conseguir el puesto de coordinadora de actividades recreativas en el Club Andino de esa ciudad. “Ahí aprendí a esquiar, a remar, a escalar y a andar en bicicleta en la montaña. Empecé a aplicar todas las técnicas de alto rendimiento en el deporte aventura”, detalla.
Los resultados no tardaron en llegar: fue ganadora del Tetratlón de Esquel por dos años consecutivos (1999 y 2000). “Fui a correr un desafío de tres días a San Martín de los Andes y me encantó. Entonces, decidí mudarme. Todo fue muy impulsivo… era chica”, aclara. En enero de 2000, dejó Chubut y se instaló en Neuquén, donde continuó su labor como entrenadora y comenzó como guía de kayak en el Parque Nacional Lanín.

El proyecto
“En el Sur hay un recorrido increíble, que es el de los Siete Lagos. La gente que viene por la ruta 40 se desvía para hacerlo. De hecho, cuando estaba en San Martín, no me cansaba de ver a europeos y americanos con sus bicis y alforjas. Ahí empecé a preguntarme qué tendría la famosa ruta 40”.
El pensamiento de Gaby se transformó en su meta. Ya instalada en Buenos Aires, luego de siete años en San Martín y una breve estadía en San Rafael (Mendoza), le fue dando forma a una idea que, por distintos compromisos, se fue postergando. ¿Cuáles? Por ejemplo, el Tetra de Chapelco; los 55k del Ultramaratón de los Andes, en Chile; el desafío Cataratas Columbia; participaciones exitosas en Portugal y Estados Unidos; más una cumbre en el Aconcagua en enero de 2010. Estas instancias, propias de una deportista de élite, fueron relegando la cita para más adelante.
“Había pensado en completar el trayecto en treinta días, pero era un recorrido antiguo. Ahora la ruta cambió mucho y me lo propuse en treinta y cinco”, cuenta. Finalmente, el proyecto terminó llamándose “40-40” (por cuarenta días) por la influencia de la productora Nativa Contenidos, a cargo de filmar el documental de la hazaña. “Antes de empezar a rodar, me sentía tan mal en la aclimatación en Salta que fue un alivio que se llamara 40-40”, se sincera, entre risas. Así empezó el viaje: treinta y tres días de esfuerzo, de frío, de emociones, de cansancio…
Las dificultades también formaron parte de esta cruzada. “Estuve seis días entre 3800 y 5000 metros, y me costó. Una inflamación en el tendón de Aquiles me obligó a tomarme un día en el medio para descansar. En el Norte tuve que portear seis ríos con unos zapatos muy técnicos, de carbono, cómodos para pedalear, pero no para caminar”, evoca. Además, tuvo que soportar las incesantes lluvias que acaudalaron los ríos de la zona como no sucedía hacía más de diez años. Pero eso no fue todo: “El último día, contra mi pronóstico, me costó un montón. Pensás que estás ahí, y la llegada parece alejarse cada vez más. Además, fue el día que más llovió. Durante las primeras jornadas en el Norte, no sumé los kilómetros que yo quería y pensé que se iba a tornar largo y denso”, relata la atleta oriunda de Castelar. “Chubut fue la provincia que más me costó, por la pierna. Tuve que cambiar los pedales y los zapatos. También el paisaje se vuelve un tanto monótono y llega un momento en que empezás a pensar en el físico”, detalla, y prosigue: “Los primeros seis días fueron increíbles porque no conocía nada del Norte. Me deslumbró. Cuando salís de La Quiaca, llegás a un lugar que se llama San Juan y Oro: estás dentro de un cañadón muy chiquitito y vas bajando la ruta por un río. Es muy divertido. De repente, al descender, te encontrás con el altiplano. ¡Increíble!”.
La combinación del paisaje y las costumbres de los distintos pueblitos fueron el condimento extra de un viaje cuyo objetivo también estuvo marcado, según sus propias palabras, por la necesidad de adentrarse en las diversas culturas que conviven en la Argentina. Por eso, cada instante de esta aventura guarda un lugar especial en su memoria: “Me quedo con la subida al Abra del Acay. Fue súper emocionante. Terminé con la bici al hombro para llegar a los 5000 metros. Fue la misma sensación de hacer cumbre en un cerro cuando lo aguardás por días y días”.
La rutina marca los tiempos de la entrevistada. Un grupo de alumnos la espera y ella siente el deber de acompañarlos, aunque no sin antes afirmar: “Fue el mayor logro de mi carrera, mi sueño, mi desafío. Un momento en el que dependés de vos mismo. Significó una carrera gigante en lo personal”. Sin embargo, como en la vida, no todo fue color de rosas. “Pasé de la euforia al: ‘¿Y ahora qué?’. Te bajan las defensas, te enfermás, no tenés la misma energía. Te deprimís”, sostiene.
¿Y ahora qué, Gaby? “Tengo ganas de volver a hacer un viaje de este tipo. Me gustaría recorrer Alaska-Argentina, pero con amigos”, remata. Así concluye este repaso por la vida de una deportista que todavía tiene muchos kilómetros por delante.

Más info:
www.40-40.com.ar