Pedimos un licuado de frambuesas, scones, tostadas de pan integral, manteca y mermeladas de rosa mosqueta y casis. Para hacerle honor al lugar, habría que degustar una exquisita taza de chocolate caliente, pero la sensación térmica supera generosamente los treinta grados. Sentados en la terraza de Arrayán, advertimos cómo el lago Lacar serpentea de un lado al otro el cordón montañoso hasta perderse.
Entre delicia y delicia, se puede leer la historia de esta típica casa de té, característica por su estructura armada con cipreses y un acogedor hogar a leña que oficia de oasis durante el frío intenso del invierno. Una historia que data desde hace más de setenta años y que incluye a una mujer inglesa y pelirroja –Renée Dickinson– que se enamoró de esta planicie (donde hizo esparcir sus cenizas), un cacique despechado y un embrujo fatal. ¿Mito, leyenda, realidad? Dejamos el suspenso para que vaya y se entere por sus propios medios.
El corazón está contento, el estómago es una fiesta y los ojos, inundados de tanto milagro natural. Es que, mientras se asciende hasta esta casona declarada patrimonio histórico y arquitectónico (asimismo, funciona como hostería), quedan grabadas a fuego en la retina las postales que ofrecen los miradores Arrayán Bajo y Arrayán Alto: a la izquierda, el Lacar con las embarcaciones estacionadas en sus orillas; a la derecha, el pueblo de San Martín de los Andes. La altura permite divisar claramente las manzanas que conforman esta ciudad enclavada en la cordillera de los Andes y ubicada al sudoeste de la provincia de Neuquén.
Cuando las tardes están soleadas y despejadas, las huellas del Puyehue, el volcán que erupcionó el pasado 4 de junio, brillan por su ausencia. Al César lo que es del César: las cenizas resisten y suelen formar en el cielo un telón de fondo brumoso y grisáceo. Pero cuando el día es diáfano, la impresión es que “aquí no ha pasado nada”. Más allá de los pormenores en cuanto al transporte aéreo, uno no encuentra una sola excusa para no escaparse hasta este rincón de la Argentina, tal como lo hacen miles y miles de turistas temporada tras temporada. Claro que las tragedias son siempre tentadoras y la lógica periodística indica que hay noticia cuando el hombre es el que muerde al perro.
Señores, el sur no solo existe, sino que da pelea para levantarse y gozar de muy buena salud. Por eso, en Arrayán, nos sugieren paseos imperdibles cercanos a esta localidad fundada hace más de cien años. Algunos son conocidos por aquellos que suelen ser habitués de este sitio, pero otros… pase y deslúmbrese.
Yuco
Aproximadamente, treinta kilómetros separan a Yuco del centro de San Martín de los Andes. Varias de las rutas de estos pagos son de ripio, por lo que las distancias que aparentan ser menores, en rigor, no lo son. Este tipo de caminos obligan a desacelerar la marcha del automóvil, no solo para que no termine en un taller mecánico, sino también para evitar las polvaredas que dificultan la visión de otros conductores, ciclistas o transeúntes.
Así que hay que armarse de paciencia. No es difícil: aquí, conceptos como “apuro” o “estrés” se rinden ante semejantes escenarios. Ya en el Parque Nacional Lanín, subidas y bajadas bordean a un Lacar que, entre curva y contracurva, se hace visible y, a la vez, se escabulle entre los follajes de la región. Una tupida vegetación, entre cañas colihues y raulíes, nos da la bienvenida a Yuco. Un diminuto cartel de madera con letras amarillas es contundente: “A la playa”, y una flecha nos invita a descender por sendas estrechas donde hay que ir esquivando (esto es literal)?plantas de diversas formas y tamaños.
Cuando estas llegan a su fin, nos invade una emoción de haber descubierto una nueva tierra. Obvio, no somos pioneros en pisar las playas de Yuco, pero el sentimiento que despierta este paraíso semiescondido es exactamente el de un conquistador que explora, por vez primera, un paraje inhóspito y desconocido.
Parafraseando al genial Joan Manuel Serrat, aquí las musas se toman vacaciones. Es que no alcanza la inspiración para describir la escenografía de las cuatro playitas de Yuco. Las palabras apenas grafican un diez por ciento de lo que aquí se contempla. Créalo, no exageramos. El agua es transparente y de un color que, según la profundidad, es verde o azul. Su temperatura no es cálida, precisamente, pero resulta irresistible animarse y refrescarse en ella. Aunque andar descalzo sobre las piedras no sea muy recomendable... ¡Qué va! ¡Adentro mi alma!
Las orillas, de pasto o piedritas molidas, son ideales para desensillar y estirar una lona o acomodar la reposera para dormir la siesta. Es llamativo el silencio que reina. Quizás ayude el hecho de que este edén no sea altamente concurrido. Solo se alcanza a escuchar el parsimonioso movimiento del agua contra las rocas (varias de ellas, cual islas en medio del lago), el cantar de las aves autóctonas, algún que otro murmullo… y no mucho más.
Puede optar por la playa uno, la dos, la tres o la cuatro (esta última tiene un muelle abandonado, con sus troncos partidos a la mitad, que le impregna un no sé qué especial…). O, por qué no, regocijarse un rato en cada una. Eso es a gusto y piacere.
Esta península y sus bahías no decepcionan ni al espíritu más cosmopolita. Entre mate y mate, la mente se deja llevar por ese aire en el que se respira paz. Y en donde las agujas del reloj se detienen.
Chachín
En lengua mapuche, Hua Hum significa ‘lugar húmedo y lluvioso’. Otra acepción es ‘agujero en el techo’. En esta zona, la lluvia es como agua bendita para la rica y exuberante flora local que compone la denominada selva valdiviana. Pero esta vez no llueve. Febo asoma otra vez y la cascada Chachín aguarda por nosotros.
Para ser testigos de esta belleza hay que caminar. No hay alternativa. ¿Cuánto? Los letreros indican que el recorrido se extiende a lo largo de trescientos metros y que demanda, entre ida y vuelta, tres cuartos de hora. En ese instante, uno se confía por demás y supone que lo completará en menos tiempo. ¡Hasta se lo asegura a quienes lo secundan con un dejo de altanería! Consejo: no haga apuestas.
Chachín es una de las cascadas más imponentes del Parque Nacional Lanín. No es para menos si se considera que es uno de los mayores saltos de agua de la región: ¡supera los veinte metros de caída! Para adentrarse en el trayecto que nos conduce hasta ella, hay que, primero, cruzar un puentecito, muy pero muy pintoresco, para retratarse en una fotografía. ¡Clic!
Los senderos interpretativos de Chachín enseñan, a cada paso, las especies que nos acompañan durante el paseo y datos fundamentales para no desaprovechar ningún detalle. Para los ansiosos, esta es una muy buena manera de distraerse y apaciguar la espera, previo al gran momento.
Pero todo esfuerzo tiene su recompensa, y la escena no puede ser más cinematográfica: veinticinco minutos pasaron de la largada y la cascada se nos aparece con un arcoíris que la atraviesa de punta a punta. Un mirador construido a base de madera es el descanso perfecto para sentarse y deleitarse con un espectáculo único. Único per se y único porque está atardeciendo. Y si bien esto contamina un tanto el panorama… el paisaje es de ensueño.
Paimún, Huechulafquen
y Epulafquen
El volcán Lanín tiene un magnetismo sin igual. Como sucede con las maravillas naturales o las edificaciones más emblemáticas, uno no lo puede dejar de observar. Sus casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar no pasan desapercibidos (además, está dibujado en el escudo de Neuquén y es mencionado en el himno provincial).
No registra actividad desde el siglo XVIII, y la cima de la cara sur (tiene un costado argentino y otro chileno, aunque tres cuartas partes pertenecen a nuestro territorio nacional) siempre está blanca. Pero no es nieve, sino que es un glaciar.
No se nos ocurrió escalarlo, por supuesto –aunque afirman que su ascenso no es complicado–, pero sí acercarnos para apreciar su dimensión. Una forma de hacerlo es arribando a La Unión, una estrecha angostura de aguas calmas que une los lagos Paimún y Huechulafquen. Es una magnífica idea visitarla. Y allí fuimos.
Empecemos por el principio. Paimún (se lo puede traducir como ‘mucha barba’ o ‘corre tranquilo’) es un espejo de agua de más de quince kilómetros cuadrados. Su quietud le cae como anillo al dedo a un Lanín que prevalece desde cualquier punto cardinal y a la encantadora capilla María Auxiliadora del Paimún, que parece salida de un cuento de hadas (rodeada de araucarias, está coronada por dos torres, una latina y otra oriental). Su interior está ornado por tallas inspiradas en el barroco americano y sus vitraux son diseño del escritor J.R.R. Tolkien para su libro El hobbit. Aquí se realizó el primer bautismo de Neuquén, allá por 1630.
Aquí, los campings son moneda corriente y una tentación para cualquiera. Pero nosotros dejamos la carpa para otra ocasión y seguimos viaje hasta Puerto Canoa. Frenamos en un muelle de donde parte un catamarán que navega el Huechulafquen. Si bien es un tanto excesivo el costo del pasaje, las casi dos horas de travesía valen la pena. Así como el café y los pedacitos de chocolate que nos convidan.
Lago adentro, la guía se deshace en información interesante: que la profundidad del Huechulafquen se estima entre 500 y 800 metros, que su nombre significa ‘lago grande’, que es el más extenso del Parque Nacional Lanín y que la pesca que allí se practica es con devolución (salvo casos con permisos excepcionales).
Otro párrafo merece, amén del Lanín, el cerro Los Ángeles (apodado así por su rocosidad con forma de alas), la isla de los Chivos y la bahía Azul. Antes de emprender el regreso, detengámonos en El Escorial, un río de lava volcánica solidificada.
Unos metros después de que se funde el Huechulafquen con el lago Epulafquen (en mapuche, ‘dos lagos’), se recala en este atractivo producto de la erupción del Achén Ñiyeu, hace 500 años atrás. La temperatura caliente de la lava ingresó al lago helado y creó una superficie oscura (por el mineral basalto) de ocho kilómetros de largo y dos de ancho desde el cráter del volcán. La vegetación que allí creció es la misma que la que rodea al Huechulafquen y al Epulafquen (cipreses y coihues)… ¡pero en versión miniatura! ¿Qué sucedió??La falta de nutrientes del suelo hizo que aquí florecieran auténticos bonsáis naturales. Impactante.
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