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El mundo en bici


Por Mariano Petrucci.


El mundo en bici 

Un rosarino y una checa se conocieron en Bélgica, al tiempo se enamoraron y decidieron recorrer Europa y América en una bicicleta de bambú. La aventura de Nicolás y Markéta está repleta de anécdotas y enseñanzas. Y las cuentan.

Hay que perderle el miedo a lo imprevisto, porque es allí donde realmente empieza la aventura”, subraya Nicolás Masuelli, un treintañero al que los márgenes de su Rosario natal le supieron a poco. Sus fantasías se repetían, dominando su cabeza: quería viajar, buscar sus propios caminos. Y para sentir la superficie del mundo de cerca, se puso como meta arribar a cada destino… en bicicleta. No en cualquier bicicleta: en una de bambú, diseñada por él mismo. Pero una reunión fortuita y casual en Bélgica alteró sus planes. Y lo que sería una travesía individual de este escritor aficionado, reflexivo, analítico, y amante de los inventos terminó siendo un proyecto de dos. En 2010, Nicolás fue a Bruselas a visitar a un amigo, que tomaba clases de tango con una joven de nombre y apellido excéntrico: Markéta Cerenová. Ella residía allí desempeñándose como consultora para la Comisión Europea.

¿Qué podían tener en común un rosarino exestudiante de Ingeniería industrial y una checa proveniente de la pequeña ciudad de Krnov? “Los dos teníamos almas viajeras. Y compartíamos las ansias de explorar nuevos sitios y aprender de personas diferentes otras formas de entender la vida”, define Nicolás. Y prosigue: “La noche que nos conocimos, conversamos sobre nuestras ilusiones de recorrer América. Aquella vez no hubo tiempo para mucho más, pero bastó para comprobar que había una gran simpatía y conexión entre nosotros”. 

“Desde chiquita soñaba con horizontes lejanos. Me acuerdo del entusiasmo que me causaban las historias de Robinson Crusoe o Willy Fog. A los veinte años me fui a Italia: mi idea era quedarme solo una temporada, pero la estadía se extendió más de diez años. En Bolonia cursé Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Gracias a dos becas de intercambio, pude ir a especializarme a Francia y, luego, encaré una investigación sobre los niños trabajadores en Colombia. Además, participé como voluntaria solidaria en África. En Bruselas me asenté y tuve varios empleos, pero transcurrir mis horas frente a la computadora de una oficina no era la manera de aportar mi granito de arena a un planeta más justo”, narra “Marky”, de 39 años.

Faltaba el “clic” final: aquella velada. “Fue de esos encuentros fugaces que te cambian para siempre”, revela ella, mientras él aclara que no todo fue tan rápido. Y profundiza: “Después de ese primer contacto, nos comunicábamos por e-mail. En 2011, Markéta planificaba hacer Sudamérica de mochilera, yendo desde la Argentina hasta Colombia. Cuando me enteré de que ya tenía su pasaje y que pasaría por Rosario, presentí que era mi oportunidad para unírmele. Y le propuse construir dos bicicletas de bambú, y hacer parte de su trayecto pedaleando juntos. No teníamos experiencia como ciclistas ni nos conocíamos lo suficiente entre los dos, por lo que convenimos probar durante dos semanas. Todo fue mejor de lo imaginado: casi cuatro meses inolvidables por el norte de nuestro país, Bolivia y Brasil. Descubrimos la felicidad y la libertad de andar sin ataduras. Lo más difícil fue la despedida, pero, tras unos meses, nos reencontramos para ya no separarnos. Nos casamos en Rosario, y, como símbolo de la unión, fabricamos con nuestras propias manos la bicicleta doble para la boda”.

Esa bicicleta doble es la que están manejando ahora y la que selló definitivamente “Camino Bambú”, una súper excursión que incluye una jugosa hoja de ruta. “En esta ocasión, lo que queremos es ir dejando una huella, inspirando a los demás –y también a no-sotros mismos– a convivir sustentable y armoniosamente con nuestro entorno. Paramos en escuelitas y otras instituciones, para organizar actividades interactivas con la temática medioambiental”, sostiene Markéta. Por su parte, Nicolás alega: “Dimos el puntapié inicial en Madrid. Hicimos bastante de España, fuimos a las Islas Baleares en el Mediterráneo, y pasamos por República Checa para saludar a la familia de Markéta. En Alemania volamos hacia Estados Unidos, desde donde bordeamos la costa del Pacífico hasta entrar a México por Tijuana. ¿Los próximos pasos? Los países del Caribe y Latinoamérica, hasta regresar a la Argentina”. 

Filosofía bambú 

Nicolás y Markéta coinciden en varios conceptos, pero uno se destaca del resto: cultivar una vida más sana, equilibrada y natural. Por eso, por ejemplo, la bicicleta de bambú. “Soy un apasionado de las tecnologías sustentables, de aprovechar aquello que nos rodea para generar algo distinto. Este tipo de bicicletas representan muchos valores con los que adherimos. Son vehículos simples, que te transportan a un ritmo pausado y tranquilo, para disfrutar el paisaje a pleno. No contaminan con humo y ruido, y consumen poca energía. El bambú, que algunos llaman ‘acero vegetal’, es un material renovable, que crece de la tierra: es resistente, liviano y maleable. Al moldearlo artesanalmente, nos permite obtener bicicletas hermosas a la vista”, precisa Nicolás, quien culminó su primera “bambucicleta” en 2006. 

En cada pueblo que tocan, la pareja se impregna de la cultura de sus habitantes. Pero ambos concuerdan que lo que más se les cuela por los poros son esas lecciones que dejan rastros. “Debemos seguir nuestros impulsos y las señales cuando se nos presentan. Creo en el infinito potencial que todos llevamos dentro, solo es cuestión de reconocerlo y aceptarlo, liberándolo de trabas. Nuestra existencia es transitoria: no la clasifiquemos ni la encerremos en una categoría. Simplemente, seamos lo que nuestro corazón nos dicte. Admiro a quienes logran lo que ambicionan, a los que contagian esas ganas de luchar por lo que se quiere”, admite Nicolás.

Las anécdotas para justificar esta frase se le caen de la boca. Son numerosas, imborrables, como la del desierto de Baja California. En un día típico, Nicolás y Markéta completan entre sesenta y cien kilómetros. En aquella jornada, iban a hacer solo veinte para ir de una playa a instalarse a otra. “Salimos tarde y, a un puñado de kilómetros, nos dimos cuenta de que teníamos que cambiar la cubierta de la rueda trasera, ya que la vieja estaba tan gastada que parecía a punto de explotar. Lo hicimos y a los diez minutos… pinchamos”, relata Nicolás. 

Emparchar una rueda es tedioso: implica plantar bandera bajo un sol que pega intransigente contra el asfalto, desmontar todo el equipaje y desarmar gran parte de la bici. “Como era un lugar muy aislado, la gente, al vernos con problemas, se detenía para regalarnos agua y comida. Hasta nos ofrecieron quedarnos en un camping para auxiliarnos con el arreglo. Pero nosotros queríamos continuar –declara Nicolás–. Arrancamos y… pinchamos otra vez. La dificultad era aún mayor, porque la carretera era muy estrecha y había que poner nuestros bolsos en el medio para advertir al tránsito. Reparamos la bici, pero, increíblemente, seguimos pinchando una y otra vez. Nuestro fastidio y de-sesperación era total”. 

Para el atardecer, sobrevino la sexta pinchadura. Un viento impiadoso comenzaba a congelar a nuestros protagonistas, ya sin cámaras ni parches. “En los alrededores, solo había cactus, cactus y cactus. No podíamos acampar y hacía rato que no pasaba ningún automóvil –mantiene el suspenso Nicolás–. Al anochecer, apareció de la nada una camioneta de los ‘Ángeles Verdes’, la patrulla mexicana que asiste al tráfico. Nos trasladaron hasta la playa a la que queríamos ir y nos consiguieron una palapa frente al mar, donde dormimos. A la mañana, nos percatamos de que la cubierta tenía un alambre de refuerzo cortado: por eso se pinchaba y pinchaba. Teníamos que cambiarla, pero ¿dónde íbamos a adquirir una? En ese instante, se nos acercó uno de los poquísimos habitantes que había allí, ofrendándonos la cubierta de su bici”.

Los detalles del periplo tienen su porqué. “Momentos como este nos enseñaron a soltar, a confiar. Son incontables las cosas que nos impactan diariamente. La realidad como tal no existe, está sujeta a nuestros pensamientos. Lo que más nos sorprende es que, muchas veces, se nos da lo que deseamos o necesitamos, como si fuera la fe sincera la que atrae a los sucesos. Por eso, procuramos relajarnos y ser positivos, aunque la situación aparente sea exasperante. Hay que intentar ser flexibles ante los acontecimientos, dejar atrás los prejuicios, improvisar según la intuición, y vivir cada día como si fuera el último, animándonos a escribir nuestra propia historia”, concluye Nicolás. 

Sustentarse

Amén de disfrutar de la travesía, Nicolás y Markéta deben ge-nerar sus propios recursos para seguir su camino. Por eso, llevan a cabo distintas iniciativas, como talleres de construcción de bicicletas de bambú (el que hicieron en Guadalajara fue un éxito total). “Durante un curso intensivo de un fin de semana, cada participante pudo confeccionar su propio cuadro personalizado. Además, hacemos joyería en bambú y tenemos una serie de fotos de viaje que ofrecemos, junto con el libro, en los lugares que visitamos”, revela Nicolás. ¿De qué libro habla? Acaso, de su proyecto más preciado. “Fue el fruto de nuestra primera aventura. Fueron tantas las enseñanzas, las sorpresas y las anécdotas que decidimos escribirlas para que no se perdieran en algún rinconcito de la memoria. ‘Diarios de Bambucicleta: relatos de viaje con bicicletas de bambú por Argentina, Bolivia, Brasil’ ya lleva dos ediciones y fue elegido por la editorial Viajera de España como uno de los mejores libros de viajes del año. ¡Un orgullo!”, se alegra Nicolás.

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