INVESTIGACIÓN


Sanar con la mente


Por Mariano Petrucci.


Sanar con la mente
Cada vez más estudios científicos demuestran que la psiquis afecta al organismo a nivel molecular y celular. Cómo las actitudes, los hábitos y las emociones pueden optimizar o debilitar la salud. Y el potencial bioquímico que todos tenemos dentro para sobreponernos a las enfermedades.

Me diagnosticaron cáncer de mama. Atravesé el tratamiento como pude y continué como si nada hubiese pasado. Dos años más tarde, apareció una metástasis en el pulmón. Ahí sí me desmoroné. Yo creía que mi vida era perfecta y que esta maldición había caído sobre mí para matarme, para arruinar todo lo que había construido. Una amiga me regaló el libro El laboratorio interior, de Stella Maris Maruso: lo leí y llamé de inmediato a la Fundación Salud. Allí, me di cuenta de que no estaba sola, que éramos muchos los que estábamos de rodillas ante el dolor. Poco a poco, mi ánimo fue mutando: comencé a reírme más, a no desperdiciar energías juzgando ni criticando, a preocuparme por el hoy y no tanto por el mañana. Cada beso que les doy a mis hijos ya no es una despedida, sino un momento para disfrutar, como lo es una rica comida, un baño calentito, el olor de una flor, la suavidad de una caricia. ¡Tengo tantas ganas de hacer cosas! La última tomografía me dio excelente. Nadie me asegura nada, pero nunca me sentí así: feliz, feliz, feliz”.

El testimonio pertenece a Norma, una de las miles de mujeres –y hombres– que acuden a la institución que dirige Maruso, terapeuta biopsicosocial y tanatóloga (aunque quienes la frecuentan la bautizaron “artesana del alma” o “maestra del corazón”). Allí se basan en la psiconeuroendocrinoinmunología (PNEI): considerada el paradigma de la medicina del futuro, estudia la interacción entre la psiquis y los sistemas nervioso, inmunitario y endocrino, y cómo afecta eso al organismo a nivel molecular y celular. Para esta rama de la ciencia, la mente –o la actividad del cerebro– es la primera línea que tiene el cuerpo para defenderse de las enfermedades, el envejecimiento y la muerte.  Sí, el sistema inmunitario puede condicionarse. Así lo constató el doctor Robert Ader, “padre” de la PNEI. “La estrecha relación entre la mente y el cuerpo ejerce una profunda injerencia sobre la salud. Actitudes, hábitos y emociones –como el amor, la compasión, el miedo, el resentimiento, la rabia– pueden desencadenar reacciones que varían la química interna optimizando o debilitando nuestro estado funcional”, comenta Maruso, autora de El laboratorio del alma.

La doctora Candace Pert, del Departamento de Bioquímica Cerebral del Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos, encabezó una investigación en la que dedujo que la mente y las ideas influyen en nuestras moléculas y células mucho más de lo que se suponía. Que las válvulas del corazón, los esfínteres del aparato digestivo y la propia digestión están regidos por las “moléculas de emoción” –que tienen una acción física–. Y que el ser humano es su propio productor de drogas endógenas (antidepresivos, ansiolíticos, analgésicos): solo hay que aprender a estimularlas, según necesidades y deseos.  Así, y con la ayuda de ciertos métodos personalizados, se puede rectificar nuestra biología. “La mente y el cuerpo son dos hermanos siameses, imposibles de separar. Lo que le hacemos al cuerpo altera a la mente, y viceversa. Podemos ser eximios matemáticos, periodistas y abogados, pero los celos o la ira nos atropellarán. Al cuerpo solemos cuidarlo: lo alimentamos, lo ejercitamos, lo encremamos. ¿Y a la mente? Nada”, plantea Beatriz Goyoaga, instructora y coordinadora internacional de El Arte de Vivir, la ONG fundada en 1981 por Ravi Shankar. Y ahonda: “‘Parar la pelota’ se transformó en una meta primordial. Somos víctimas de esa tremenda exigencia del ‘tengo que’, proveniente del flujo de información que recibimos, por ejemplo, de la publicidad, las redes sociales, la televisión y los medios gráficos. Si no detenemos esa vorágine, enloqueceremos”.

Paralelamente, Silvio Raij, coach ontológico, consultor organizacional e instructor de meditación, agrega: “Estamos inmersos en un contexto de alta velocidad. Los trabajadores están bajo constante presión y apuro, pero eso no es exclusividad de las empresas: le pasa al ama de casa que se molesta si alguien demora en la cola del supermercado o a un docente si el alumno se retrasa en sus tareas. Es como si hubiéramos sufrido una amnesia general, olvidando las prioridades y operando en ‘piloto automático’”. Y subraya: “Si la semilla de nuestros pensamientos es positiva, las emociones también lo serán; si ocurre lo contrario, nuestra mente se llenará de conductas negativas y tóxicas, que se expresarán a través del cuerpo. Digamos que las enfermedades pueden ser nuestros mejores maestros si sabemos decodificar a tiempo el mensaje que traen, y podemos hacer los cambios en el lugar donde nacen: nuestra mente”.

P.A.R.A (sanar) 

Maruso, que es discípula de Elisabeth Kübler-Ross, asistió, durante treinta años, a más de veinte mil pacientes con cáncer y otras enfermedades. Pero las mayores enseñanzas las recolectó dentro de su entorno: ella fue su propia “conejillo de indias”. 

El antes y el después en su hoja de ruta fue cuando le confirmaron que su padre tenía cáncer de próstata y un pronóstico terminal. “Fue un golpe feroz. Tenía múltiples metástasis: le dieron dos meses de vida. Para la medicina era incurable. Ahí fue cuando me desesperé”, evoca quien decidió empaparse de las teorías de los líderes de la “medicina mente-cuerpo”: el propio Robert Ader, el doctor Stanley Krippner y el célebre oncólogo norteamericano Carl Simonton.  Así fue como aplicó cada lección con su padre, convirtiéndose en una pionera por estos pagos. “Papá hizo una remisión total y sobrevivió dieciocho años más. De hecho, falleció por un problema cardíaco. Aconsejo ir al médico, pero cada uno tiene mucho dentro de sí mismo para modificar el curso de una enfermedad. Él  me demostró que la espiritualidad puede sanar”, pronuncia quien, a partir de ese instante, se propuso compartir esa experiencia masivamente. 

En la Fundación Salud, con sede en Buenos Aires, Maruso emplea el “Programa Avanzado de Recuperación y Apoyo (P.A.R.A)”, un abordaje terapéutico integral que brinda el “Plan de Salud Personalizado”, que contempla factores vinculares, cognitivos, nutricionales, culturales, químicos y energéticos. “En un P.A.R.A, un equipo interdisciplinario se encierra cinco días con el paciente y su grupo de familiares y amigos. El objetivo es potenciar los recursos internos para afrontar los cambios vitales que facilitan volver a la salud. Nosotros no curamos, solo ofrecemos herramientas que apuntan a la resiliencia, que es la capacidad de asumir con flexibilidad circunstancias límites y sobreponerse a ellas. Desde esta mirada, siempre hay mucho por recorrer cuando se cree que ya todo está perdido. Lo más difícil de enfrentar es el cáncer del alma”, sostiene?Maruso.

Científicos del Conicet se interesaron en las bondades del P.A.R.A, a punto tal que están llevando a cabo un estudio especial para comprobar bioquímicamente sus efectos, sobre todo en lo que se refiere a cáncer de mama y ovarios. Para ello, analizan lo que se origina en los genes al mediar las terapias basadas en la PNEI. “No cabe duda de que el desarrollo del cáncer no es unifactorial. Lo que intentamos especificar es qué es lo que revierte a los procesos destructivos”, destacan desde el Conicet. 

Presos de la mente 

Sanar no es curar, sino regresar a un estado de integridad. “La sanación va más allá de la curación del cuerpo físico. Es una fase emocional, mental y espiritual accesible para todos; la curación no necesariamente lo es. Hay quienes se sanan y se curan: son pacientes excepcionales o extraordinarios. Y están aquellos cuyo cuerpo no se cura, pero parten como triunfadores, habiéndole dado verdadero sentido a su existencia al sanar la totalidad de su ser”, desliza Maruso. Y prosigue: “La sanación es una cuestión de significado: no es ‘por qué a mí’, sino ‘para qué a mí’. Yo fui testigo de individuos que, al descubrir un propósito, pusieron en marcha mecanismos bioquímicos que les permitieron retornar a la salud, aun cuando les habían anunciado que ya no quedaba nada por hacer. Por eso, acepto diagnósticos, pero jamás un pronóstico. Nadie puede determinar una irreversibilidad, ni condenarnos a un final. No somos una estadística: cada caso es único. La esperanza es la posibilidad de que algo puede suceder”.   

En la actualidad, sobran las técnicas que persiguen nuestro bienestar, con resultados alentadores. “Es inédito en la historia: la ciencia se alía con la espiritualidad, desembocando en las mismas conclusiones. Una práctica tan ancestral y antigua como el yoga está siendo validada y recomendada por los profesionales. El mindfulness reduce la depresión y la fatiga, maximiza la calidad del sueño, disminuye las cefaleas, combate las adicciones, y es efectivo en el tratamiento de los trastornos obsesivos-compulsivos”, aporta Raij, autor de Coaching para el alma y Full Stop. 

La inteligencia emocional pone al ser –y no a la situación– en el eje de la solución: es la aptitud de gestionar adecuadamente nuestras emociones para responder de manera consciente, responsable, empática, centrada y equilibrada a los estímulos externos. “‘Mens sana in corpore sano’, reza la famosa frase. Todos debemos estar más alertas: no es casualidad que, en 2014, las Naciones Unidas hayan proclamado el 21 de junio como el ‘Día Internacional del Yoga’. Que un hígado se resienta es la consecuencia: lo que primero se enfermó es la persona, su ambiente, su espíritu. Uno debe abocarse a esto, incluso en forma preventiva”, resalta Goyoaga, desde El Arte de Vivir. Y añade: “La vida no es buena ni mala: simplemente, es. La mente es la que forja nuestras amistades, enemigos, placeres y disgustos. Allí se genera nuestro estrés, ¡no en el tráfico! Estamos presos de ella: liberarnos es un beneficio sin igual”.

Para cerrar, Maruso sentencia: “Hay una química del tener; la sociedad nos empuja a eso. Si no tenés algo, gastás toda tu energía para encontrarlo; y si lo tenés, no alcanza. Pero está la otra química: la del dar y amar. Son dos relatos fisiológicos diferentes: el primero activa la tensión, un asesino silencioso; el segundo, la plenitud. Todas estas sensaciones producen sustancias y reacciones que permanecen escritas en el cuerpo. El milagro no es curarse, es poder cambiar”.

Técnicas beneficiosas para la salud 

•Yoga: Posturas para elongar y tonificar la musculatura, y eliminar dolores del cuerpo. 
Respiración y control de la energía. Despierta la conciencia y el potencial creativo.
•Meditación: Calma la mente, poniéndola en un estado de quietud, paz y profunda concentración. Mejora la focalización y la eficiencia en las tareas. Ayuda a ver las cosas tal cual son, a decidir correctamente y a reducir el estrés. 
•Chi Kung: Ejercicios suaves y fluidos, orientados al cultivo de la energía.
•Respiración holotrópica: Método de autoexploración que combina respiración acelerada, música evocativa y trabajo corporal. Libera bloqueos bioenergéticos. 
•Tai Chi Chuan: Estimulación de los meridianos energéticos de nuestro cuerpo, mediante movimientos armoniosos y conscientes. Otorga longevidad a las articulaciones y serena la mente. 
•Mindfulness: Permite ser consciente del momento presente, sin juzgarlo.
•Bioenergética: Atiende el carácter del individuo. Enseña que nuestros actos están determina-dos por nuestra fluidez, apertura y enraizamiento.

El cuerpo habla

El cuerpo es sabio: avisa permanentemente cuando algo es bueno o malo para nuestra biología. ¿Cómo? A través de indicadores somáticos que generalmente… ignoramos. “Nuestros sentimientos y pensamientos provocan reacciones químicas que nos llevan a la adicción de comportamientos y sensaciones. Cuando aprendemos cómo se crean esos hábitos que nos condenan, no solo podemos acabar con ellos, sino también reprogramar y desarrollar nuestro cerebro para que emerjan conductas nuevas”, afirma Stella Maris Maruso. Por su lado, Silvio Raij agrega: “Una vez que la enfermedad aparece, hay que aceptarla; no negarla ni rechazarla. Luego, es importante considerarla separada de nosotros, como un visitante que vino a traernos un mensaje, y que después se marchará. Hay que buscar la raíz de ese anuncio. Y, por último, poner nuestra mayor atención en las partes más vitales de nuestro cuerpo para que ejerzan una influencia positiva sobre la parte enferma. Para los chinos, una enfermedad no es otra cosa que una zona que perdió su equilibrio y que necesita ser restablecida con la ayuda de las zonas sanas”.

Más información:
www.fundacionsalud.org.ar
www.artofliving.org/ar-es
www.silvioraij.com

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