ENTREVISTA


“Ahora disfruto más la vida”


Por Mariano Petrucci..


“Ahora disfruto más la vida”
Una enfermedad lo hizo barajar y dar de nuevo. En plena gira por el país,  José Luis Rodríguez se confiesa recordando una infancia difícil en Venezuela, que incluyó hasta un exilio en Ecuador. Además, revela la filosofía con la que encara cada día. “El Puma”, 100% auténtico.  

Hace más de sesenta años, en un cerro al oeste de Caracas, un niño caminaba tres kilómetros por los rieles del tren para hacer las compras. Eso no era un sacrificio, sino un privilegio: había con qué parar la olla. El menor de doce hermanos lo hacía entonando canciones mexicanas, a modo de desahogo, curtiéndose para lo que vendría: una preadolescencia en la que se tutearía con la pobreza, ganándose un par de monedas lustrando zapatos, y lavando y cuidando coches. 

Hoy, décadas más tarde, ese niño está sentado frente a un plato apetitoso y frugal en un restaurante porteño y orgánico, apropiadísimo para ese vegetarianismo que practica hace más de treinta años. Con una carrera musical sobre los hombros que supera los cincuenta años, y un sinfín de éxitos, como “De punta a punta”, “Pavo real”, “Agárrense de las manos” y “Dueño de nada”. Y un nombre: José Luis Rodríguez. Y un apodo: “El Puma”. “No veo a mi infancia con resentimiento, sino con agrado y cariño. Me acuerdo de que había construido mi propia carretilla para trabajar y conseguir dinero. Me enloquecía hacer la rueda, el freno, el volante. Tengo recuerdos espectaculares, fabulosos. Yo supe lo que es no tener agua corriente, o disponer de un solo pantalón y una camisa. Pero jamás le eché la culpa a nadie. Si yo logré salir del hueco, cualquiera puede hacerlo. Eso sí, con confianza en sí mismo”, desliza el venezolano en lo que será una charla que excederá lo estrictamente profesional y la gira con la que está recorriendo distintos rincones de la Argentina.  

Recientemente, “El Puma”, una de las figuras del programa Elegidos, editó una especie de autobiografía en la que repasa los momentos más salientes de su trayectoria. Aunque no se considera un memorioso, aunó en más de doscientas páginas apuntes y reflexiones. Carolina, su esposa desde 1996, fue quien le insistió durante cinco años para que saldara esa deuda. Pero quien naciera el 14 de enero de 1943 precisó otro empujoncito.

“Decidí confesar lo que vengo padeciendo desde el año 2000: una fibrosis pulmonar, que disminuye mi capacidad de aire y me limita la potencia para cantar. Los médicos de Estados Unidos fueron muy claros conmigo: ‘Esto no tiene cura. Su origen es desconocido y está en investigación’. Escuchar el diagnóstico fue horrible. La gravedad se fue acrecentando hasta que, en 2014, atravesé una crisis muy profunda. Comencé un tratamiento con células madre; los exámenes me están dando dentro de los parámetros normales. Estoy mejorando, óptimo de energía y de actitud”, detalla. Y florece la “Filosofía Puma” en su máxima expresión: “Yo declaro que estoy sano diariamente. Utilizo la fe en Dios y en Cristo para alimentar mi fortaleza. Pero, sobre todo, creo en el poder de la mente. Si me preguntan si estoy cansado, respondo negativamente. La palabra, el pensamiento… Todo es vibración, átomos, partículas. Es misterioso, pero si la mente le transmite al cuerpo positivismo, este lo tiene que asimilar. Las lámparas tienen la tecla de on y off, ¿no? Bueno, yo prefiero estar prendido. Siempre”.

–¿Cómo se enfrenta uno con lo que no tiene remedio? ¿Se rinde?
–Yo no me voy a dejar vencer. La fibrosis marcó un quiebre y me enseñó que de todo puedes sacar una lección. Ahora disfruto más la vida, busco el contacto con las personas: las saludo, las abrazo, las beso. Es como si cada día fuera el último, como si te estuvieras despidiendo… El “qué dirán” tampoco me importa ya.

–¿Te preocupaba la mirada ajena?
–El hecho de ser artista te obliga, en ocasiones, a ser condescendiente con todos para que no hablen mal de ti. Y te piden esto y lo otro, y uno cede, sabiendo que no es correcto. Preso de tu ego, accedes, aunque, internamente, quedes afectado. Cuando aprendí a decir “no”, algunos me miraron mal y hasta se alejaron, pero otros entendieron que tengo derecho a mi espacio y a manifestar lo que me gusta y lo que no. Antes se equivocaban por mí, ¡gastaban la plata por mí! Yo era como un empleado de las compañías discográficas y los managers. Lo mismo le ocurrió a Tina Turner, ¡que no veía un peso!

–¿Te arrepentís de eso?
–Sí, de eso y de mucho más también. El arrepentimiento es un paso hacia la luz. Cuando reposamos la cabeza en la almohada hacemos un debe y un haber de las cuentas del día. Hay que proponerse no repetir los errores. Hace diez años tomé las riendas de mis propios negocios. Tuve que empaparme de cuestiones que no manejaba para complacerme a mí mismo. Me independicé totalmente. Le hago caso a mi intuición, a esa voz que te susurra: “No hagas eso, no aceptes eso”. Por eso defiendo aquello de que el “sí” es muerte, y el “no”, aunque sea más encumbrado, es vida. 

“Hermano”, “Brother”. Rodríguez remata las frases con acento centroamericano. Luce impecable físicamente: look casual, collar con el símbolo de “El Puma”, y la melena intacta, frondosa. Con él no hay sorpresas: es tan entrador como cuando baila “Diosito santo” a puro “¡Anda!”. A menudo lanza esa carcajada tan característica, y modela canchero para el fotógrafo, tirándole toda su experiencia a la lente de la cámara. Un flash, dos, diez. No hacen falta más.

Es que los casilleros vacíos no abundan en su agenda: inquieto, nunca detiene su marcha. Como buen felino. “No me gusta desacelerarme, ingresar en un estado pasivo contemplativo. Para mí, bajar las revoluciones es sinónimo de caerse. Lo he comprobado. Mi centro de operaciones es Miami, pero para apoyar a mi hija Génesis, que tiene el sueño de triunfar como actriz en Hollywood, me instalo, periódicamente, en Los Ángeles. Cuando llevo dos o tres semanas allí, siento que los pies quieren subirse al avión para viajar otra vez. Es una necesidad para mí”, se define.

Plantar bandera 

“El Puma” está lejos de ese hermetis- mo que blinda a las celebrities. No tiene reparos en abrir su intimidad, y reconocer su distanciamiento con sus dos hijas mayores, Liliana y Lilibeth, fruto de su matrimonio con Lila Morillo. O en admitir que, al principio, ni Carolina sabía de su enfermedad. “No soy de quejarme, ni deseo ser una piedra de tropiezo para nadie. Yo quiero ser un resorte propulsor, un trampolín que inspire a los demás a ir hacia adelante. No soy derrotista”, sentencia.

Tampoco tiene tapujos en ventilar sus ideas religiosas y hasta políticas. “Acabo de grabar un álbum cristiano, al que bauticé Directo al espíritu. Es una satisfacción personal: si no se vende, qué más da... Desde pequeño me emocionó lo espiritual. Vinimos a este planeta para ser alguien y para hacer algo –predica–. Yo creo en la reencarnación, pero quisiera que esta fuera mi última vida. Hay mundos mejores que este, donde no hay violencia, donde todos nos conocemos, y no hay engaños, porque hay una unidad. Donde se impone eso de que tú eres yo, y yo soy tú. Tú eres mi reflejo, y viceversa”.

–¿Estás desencantado?
–La sociedad actual es una escuela que está dañada. Observemos lo de ISIS, lo que acontece en Medio Oriente, Corea, China, Rusia, Pakistán, la India… Esto es un barril de pólvora que explotará de un instante a otro. Y todo por la ambición del hombre de expandirse, de acumular poder económico.

–Como muchos de tus colegas, podrías eximirte de opinar de estos temas…
–El que guarda silencio es cómplice de lo que sucede. No me interesa que eso produzca antipatías o hasta represalias. Yo no soy político, soy cantante, pero con responsabilidad social. A esta altura, no tienen por qué pasar ciertas cosas. La dominación, por ejemplo. ¡Si lo más preciado es la libertad! Hay regímenes que extraviaron el rumbo y la brújula: no pueden sostenerse, son indefendibles. Pero hay quienes adoran enquistarse en el poder. El poder embriaga, es una droga. La discusión no pasa por ser de izquierda, de centro o de derecha: hay que ser buena gente.

Se apasiona “El Puma”. Ese compromiso tiene su razón de ser: mamá Ana. “No tenía estudios, pero sentía una identificación natural con la democracia. En criollo: tenía los ovarios bien puestos. Así fue como luchó contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, asumiendo riesgos sin miedo ni poses heroicas. La encarcelaron, la torturaron y la expulsaron del país. Nos exiliamos en Ecuador: estuvimos en Quito hasta que nos asentamos apretadamente en una pensión, en Guayaquil. En 1958 cayó Pérez Jiménez y pudimos regresar”, evoca. Y ahonda: “El nombre de mi mamá significa ‘compasiva’ y ‘plena de misericordia’. Ella enviudó joven de José Antonio, víctima del alcohol. Yo tenía 6 años, así que fue madre y padre a la vez. Tuvo que hacer malabares para mantenernos. Nos mudábamos constantemente porque no podíamos pagar la renta. Era un trajín un tanto neurótico. ¡Pero qué linda mi vieja! ¡Con qué orgullo me hacía cantar cuando llegaban visitas a nuestra casa!”.

Un poquito nuestro 

Esta es una etapa diferente, en donde el jugo se exprime hasta la gota final. “Antes estaba obnubilado, prestándole atención a lo que era irrelevante. Los que me rodeaban me aconsejaban esconderme, que no revelara que era casado o que tenía hijos… ¿Qué es eso? ¡Como si uno fuera a conquistar a cada mujer que asiste a un concierto! –exclama con una sonrisa–. Existían esos prejuicios. Un amigo, al enterarse de que era venezolano, me recomendó que dijera que era español. ‘¿Qué te pasa? ¿Estás loco?’, le contesté”. 

Su universalidad se vislumbra en el libro El Puma y yo, en los capítulos enteros que les dedica a Chile, México, España, Colombia, Perú… y la Argentina. Casi que hace una descripción sociológica de nuestro país, en la que salta de un apellido a otro, por irreconciliables que parezcan: de “Palito” Ortega, Guillermo Francella y Mercedes Sosa a Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni, Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento. “Mi vínculo con los argentinos es muy fuerte. Es como un noviazgo, un romance. Yo me aferré a este pueblo admirando a Susana Giménez –que paralizó Venezuela con su ‘shock’–, Mirtha Legrand, Los Cinco Grandes del Buen Humor, Hugo del Carril, Carlos Gardel. Hasta que los ‘gringos’ pasaron la aplanadora y arrasaron con todo, en América Latina se consumía el cine argentino. Yo me divertía mucho, y decía: ‘Guau, este país me fascina’. Y es una relación que quiero, preservo, respeto. Lloro cuando lloran, y me río cuando se ríen. Aquí hay un gran nivel cultural, con actores, músicos, poetas, escritores y periodistas agudos, brillantes. Yo amo a la Argentina”, afirma. 

–A los 72, ¿cuáles son tus prioridades?
–Amar a Dios, a mi esposa, a mis hijas, a los amigos, al público. Darles a ellos toda mi energía. Yo cargo mi disco duro con esperanza, fe, alegría y optimismo. De eso se trata todo esto, ¿no? Lo que queda para mí es avión, hotel, escenario, show… El año pasado, estuve a punto de perder el cuerpo. Por eso, yo estoy disfrutando la vida.

Azul y oro

Su inolvidable presentación en Viña del Mar, el hitazo “Pavo real”, grabar las canciones de Manuel Alejandro… No hay una sola clave para entender el éxito de José Luis Rodríguez. En la Argentina, al principio, no pisó fuerte por la música precisamente… Él mismo lo narra: “Héctor Maselli me propuso comprar tres jugadores para Boca: Alfredo Graciani, Rubén Darío Gómez y Ramón Centurión. Invertimos una suma de dinero importante para la época. No sé si recuperé esa plata, porque eso se dispersa, lo recibes a cuentagotas, pero lo cierto es que la gente aquí me conoció por el fútbol. Recuerdo que cuando arribé al aeropuerto de Ezeiza, estaba Marcelo Tinelli en el grupo de periodistas que me entrevistaban. ¿¡Qué podía hablar de eso yo!? Fue una buena estrategia de Maselli”.

•Debutó en la música con el conjunto “Los Zeppy”. Después, ingresó a la orquesta Billo’s Caracas Boys.
•Sus papeles de galán en las telenovelas lo lanzaron a la fama. Participó en cuatro películas. 
•Su apodo surgió de la canción de Sandro, “Mi amigo El Puma”. 
•Pasó por el registro civil con Lila Morillo, y fue padre de Liliana y Lilibeth. 
Se separó y conoció a la modelo cubana Carolina Pérez, con quien tuvo a Génesis. El casamiento religioso tuvo dos padrinos de lujo: Susana Giménez y Paul Anka.
•Cantó en el Teatro Griego de Los Ángeles, en los neoyorquinos Radio City Music Hall y Madison Square Garden, en nuestro Luna Park y en el Teatro Teresa Carreño de Caracas, entre otros.
•Fundó el primer canal venezolano de videoclips, y tuvo su propio sello discográfico.


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