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Hacer patria en Chicago


Por María Alvarado.


Hacer patria en Chicago 
Historias de argentinos que residen en la ciudad estadounidense y que por medio de su trabajo dan a conocer nuestra cultura.

Nicolás Ibarzabal, Mariano Lanfranconi y Andrés Arlia son tres amigos argentinos de 36 años que, por distintos motivos, se fueron a vivir a Chicago. “Yo vine a hacer una maestría en Northwestern University. Cuando la terminé me puse a trabajar en una empresa de marketing aunque tenía muchas ganas de armar algo propio. Vine con mi mujer, que es médica, y ella vino a hacer la residencia en pediatría acá”, cuenta Nicolás desde la ciudad que se recuesta a orillas del gran lago Michigan. Gracias a esa picardía bien criolla se animó a dejar su trabajo para formar 5411 empanadas, una empresa que hace y vende empanadas. “Surgió hacer empanadas porque acá no había y, aunque ninguno de los tres venía de este rubro, dijimos por qué no. Empezamos en mi departamento, probando recetas que nos iban pasando nuestras mamás, abuelas y amigos”. 

A fuerza de ensayo y error, llegaron a los primeros cinco gustos (carne, jamón y queso, pollo con salsa barbacoa, espinaca y cebollas caramelizadas con parmesano). Los tres amigos cocinaban, hacían el repulgue, horneaban y luego hacían el delivery porque tener un local era muy caro. “Después alquilamos una cocina por horas y todos los miércoles a la noche cocinábamos los rellenos para toda la semana. Y horneábamos los pedidos a medida que iban entrando. Al principio todo fue súper lento; yo era el único que lo hacía a tiempo completo. Los otros dos terminaban de estudiar y trabajar y se sumaban a trabajar”, recuerda el emprendedor.

Al año y medio de arrancar, se lanzaron a una nueva aventura: vender las empanadas desde un truck de correo remodelado, pintado de celeste y blanco. “Encontramos la opción de los trucks que acá en Chicago todavía no estaba de moda pero en otras ciudades de Estados Unidos sí. Le pusimos un calentador eléctrico, heladera, electricidad y agua. Todos los requisitos que la normativa nos pedía. Horneamos las empanadas en la cocina, las llevamos al camión donde las mantenemos calientes y salimos a vender. Entre semana vamos al centro y nos estacionamos en una esquina. Cada día vamos cambiando de esquina y de barrio. No es fijo”. 

Así, el truck de empanadas argentinas se convirtió en uno de los primeros en vender comida al paso pero de calidad y se sumó a lo que ya era un boom en otras grandes ciudades norteamericanas. “Los trucks venden comida de chefs muy reconocidos que encontraron una alternativa más barata que tener un local. Fue nuestro primer gran éxito y entramos en la primera oleada de esta movida que ahora es muy popular”. Gracias a la gran visibilidad que lograron, pudieron abrir su primer local a la calle en una zona muy conocida. Luego se sumaron dos locales más y hasta una fábrica para abastecerlos. “El objetivo es terminar el año con cinco locales más el camión. Los fines de semana hacemos muchos eventos, casamientos, y festivales que organiza la ciudad. A esos eventos y casamientos vamos con el truck”. 

El gran desafío fue introducir la empanada argentina en una cultura que no la conocía. “Hoy, seis años después, seguimos teniendo gente que entra a los locales sin saber qué tipo de comida es –explica el joven empresario–. Chicago es muy cosmopolita y en la gastronomía la gente es muy abierta, con ganas de probar cosas nuevas. La idea es que cualquier persona de cualquier nacionalidad venga a comer empanadas. Buscamos insertarnos en el mercado general y no solo argentino. Por eso, también tenemos algunos gustos más norteamericanos, como huevo, panceta y queso, además de los tradicionales. Los americanos que vienen están buscando algo diferente y cuando las prueban les encantan; la que más les gusta es la de malbec beef y una riquísima de panceta, dátiles y queso de cabra”. 

Las empanadas gustaron tanto que ahora están trabajando para armar un sistema de franquicias. Y si bien ya formaron un equipo de trabajo de casi cuarenta empleados, siguen haciendo de todo. “Mariano y yo estamos trabajamos full time y, aunque estamos más en la parte operativa y administrativa, si hay que hornear lo hacemos y si hay que hacer un delivery también. Finalmente encontré algo que me motiva; estamos muy contentos. Y nos mantiene más cerca de nuestro país y de nuestras costumbres”. 

Argentina solidaria 

Jimena Sayavedra (43) es también una argentina que vive desde hace trece años en Chicago. Esta mendocina llegó a estudiar Planificación Urbana y, tras formar su familia, echó raíces en la ciudad del viento. Agradecida y orgullosa de todo lo que su país le dio, no dudó en sumarse a la Fundación Argentina Chicago. La organización nació en 2003 de la mano de un grupo de jóvenes profesionales argentinos. “Éramos todos jóvenes y salíamos mucho a fiestas –recuerda Jimena, la presidenta–. Un día a Hernán Silva se le ocurrió organizar eventos sociales para recaudar fondos para niños argentinos que no tuvieron la posibilidad de acceder a la educación que nosotros sí tuvimos. Éramos todos profesionales, todos habíamos estudiado en Buenos Aires y, además, gratis. Somos conscientes de que, a pesar de que la educación en la Argentina es gratuita, no es garantía de que todos la reciban. Por eso, nos enfocamos en mandar dinero a escuelas de zonas rurales del norte, porque están menos desarrolladas. Organizábamos fiestas y, así, juntábamos fondos”. 

La primera obra alcanzada fue una cocina y habitación para un maestro de una escuela en el Chaco. El segundo año construyeron una escuela entera. Y como los proyectos se empezaron a agrandar, se asociaron a Help Argentina, una organización que nuclea a argentinos en el mundo que quieren hacer un aporte a su país. “Ahora ellos nos envían una lista de proyectos y nosotros elegimos los que más se adecuan a nuestra misión. Una vez al año enviamos el dinero. Y ellos nos van mandando fotos y reportes de cómo avanza la obra”.

Para recaudar los fondos, la fundación organiza, como mínimo, tres eventos al año. El más popular y concurrido es un gran asado, preparado por el restaurante argentino Tango Sur, y se hace a orillas del lago Michigan en una noche de verano. “La gente viene a comer la típica comida argentina con el sistema de tenedor libre.  El 35% de los que asisten son argentinos. Y el resto son latinoamericanos y norteamericanos. En general, a los norteamericanos les encanta nuestra cultura, la gente, el vino, la comida. Para ellos, ir al asado es una forma de viajar sin viajar”, describe la mendocina y continúa: “Acá es muy común la cultura del voluntariado. La gente de todos los niveles socioeconómicos dona, aunque sea poco dinero, a distintas causas. Está la idea de que si todos ayudamos un poco, se logran muchas más cosas. Con esa filosofía de fondo la gente se engancha muy fácilmente y colabora con nosotros”.

Jimena y el resto de grupo realiza todo el trabajo de manera voluntaria; cada uno tiene sus trabajos en paralelo. ¿Por qué lo hacen? Jimena responde: “Creo que tener acceso a la educación marca una diferencia grande que impacta no solo en uno sino en el mundo. Si logramos que los niños estudien, estamos abriendo una puerta a las generaciones posteriores. Ayudamos a aproximadamente treinta y cinco familias por año; no es muchísimo, pero el efecto multiplicador es enorme. Además, muchos alumnos se quedan a dormir durante la semana, porque viven muy lejos, y por eso necesitan cocina, baños y una infraestructura en buenas condiciones. Atendemos escuelas en condiciones súper precarias y cuando les construís un edificio marcás una gran diferencia en su calidad de vida y educación”.

El embajador del tango

Si se trata de íconos de la cultura argentina, el tango no puede faltar. Jorge Niedas es bailarín y fue uno de los pioneros en dar clases de tango en esta fría ciudad en los noventa. “Vine a Chicago hace veinticinco años como bailarín clásico. Trabajaba en la Ópera de Chicago y, como soy argentino, todos me preguntaban por el tango. Así, empecé con varios amigos bailarines a hacer tango por diversión”. Niedas, que estudió ballet en el Instituto Superior del Arte del Teatro Colón, quedó sorprendido al ver cómo “prendía” entre los norteamericanos. “Me pedían que les diera clases de tango y empecé a crecer. Me encantaba ver cómo se enganchaban y enamoraban de nuestro baile. Es difícil explicar por qué les gusta tanto pues tiene poco que ver con su cultura. Creo que por algo mágico que los cautiva. Empezó a hacerse conocido porque muchos bailarines salieron a hacer shows, como la compañía Tango Argentino”.

Así, el artista armó la compañía Tango 21, donde además de dar clases organiza eventos para promocionar la cultura argentina. “Muchas veces nos juntamos a ver documentales, los debatimos y, además, bailamos. Armo viajes a la Argentina para que puedan conocer de dónde viene este baile”, explica Niedas, quien también desarrolló una fundación que da clases de danza en escuelas de bajos recursos. “El arte fortalece la autoestima, lo que lleva a mejorar las notas y a querer seguir adelante”.

Además de las clases y los shows, su compañía organiza milongas todos los domingos. “Primero hay una pequeña clase y luego todos pueden bailar hasta la medianoche. Cada tanto hacemos funciones y cuando termina la función, la gente sigue bailando”, comenta el bailarín, y concluye: “Es una forma de mostrar nuestra cultura y lo que soy yo, porque yo me crié con mate cocido y dulce de leche. Es algo que lo tenés adentro y adonde vayas lo llevás”.

nueva, todos los domingos con:


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