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Polesello ecléctico


Por Carlos Maslaton.


Polesello ecléctico 

Acaba de inaugurarse la muestra del artista Rogelio Polesello. Acrílicos, cuadros enormes muy coloridos y hasta una colección de anillos pueden verse en el Malba. Homenaje a un gran

A Rogelio Polesello el encanto de ser una rara avis le fue concedido desde el minuto cero de su existencia: su nombre lo heredó (a modo de agradecimiento) del taxista que una tarde de julio de 1939, llevando a una mujer embarazada, advirtió que la pasajera iba a parir a su hijo adentro del taxi. El alumbramiento funcionó, quizá, como un vanguardista happening involuntario. 

Su obra ha sido multifacética: cultivó la pintura, el diseño y el arte industrial. A los 20 años, se convirtió en una figura relevante del ambiente plástico argentino, con obra vendida y avalada por exigentes críticos y colegas. A un año de su muerte, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) ha inaugurado “Polesello joven 1958-1974”, una muestra que funciona como tributo y que evidencia esa pulsión interdisciplinaria en los dominios de la abstracción geométrica: allí se exhiben sus monocopias –estampas de una sola copia–, tintas y témperas que lo ligan a cuadros del suizo Paul Klee, así como también a la más gravitante influencia del húngaro Victor Vasarely, quien profesó la geometría móvil y es considerado el impulsor del Arte Óptico, que tuvo en Polesello a uno de sus cultores más fieles. 

Siendo un adolescente se sumó a las líneas del movimiento del Arte Concreto, con fuerte arraigo en la plástica nacional a partir de la década del cuarenta. Su precocidad fue notable: a los 19 años, se recibió de profesor nacional de Dibujo, Pintura y Grabado en la Escuela de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón”, y en esa época comenzó a utilizar témpera, óleo y pintura industrial. “Desde el comienzo de su producción, habitó en el mundo de las formas y de los juegos de la visión –ilustra Mercedes Casanegra, curadora de la exhibición–. Sus propuestas buscaban el movimiento en lo estático y, con el objetivo de lograr una resonancia lírica, la vibración del espacio y del color”. 

La exposición del Malba atesora más de 120 obras de Polesello, pertenecientes a colecciones privadas y a museos locales e internacionales. Se inició como diseñador gráfico en una agencia de publicidad, para la revista El arte de tejer. “Si bien nunca abandonó la pintura, Polesello fue un artista de su tiempo: tuvo una prolífica trayectoria. Su curiosidad lo empujaba al mundo de las imágenes del arte, al de la gráfica, la publicidad. Su indagación de todas las tendencias artísticas, en cualquier tipo de soporte, era permanente”. 

En la segunda sala, el guía de la muestra explica que, a partir de la década del sesenta, con Buenos Aires convertida en meca del arte local exportable a Europa y Estados Unidos, Polesello comienza a expandir su carrera al exterior, y señala un mural de grandes proporciones cuyo título es Signos de arena (1960/61). Esta pieza, dice, evidencia su capacidad para tomar, en el contexto del enfrentamiento entre las corrientes informalista y concreta, lo que le interesaba de ambas posiciones estéticas. En esa y otras tres obras expuestas en la sala, las grafías, puntos y entramados los practica con plantillas metálicas que apoya sobre la superficie de madera, y a las que les aplica la pintura al óleo a través de un soplete de aire, generando sucesivas capas a través del desplazamiento de las plantillas, lo que engendra el buscado movimiento en lo estático. 

En la siguiente sala, junto con sus pinturas geométricas hay una vitrina en la que se exponen los excéntricos y coloridos anillos de acrílico que le depararon a Polesello otro éxito comercial, y en una pared, sus tapices (Zodíaco es el título de uno de ellos) diseñados para la Galería del Sol.  Su flexibilidad le permitía evadirse de los corsets del elitismo. En 1965, Polesello devino en uno de los protagonistas de la difusión internacional del arte argentino mediante su participación en dos exposiciones en Estados Unidos: “The Emergent Decade”, organizada por el Guggenheim Museum de Nueva York, y el Salón de Artistas Jóvenes de América Latina, auspiciado por la OEA y la petrolera Esso, en el que obtuvo el primer puesto en pintura. Por aquellos años, la movida artística local se concentraba en el Instituto Di Tella y allí Polesello tuvo su muestra en el año 1969.

El viaje sigue: la tercera sala abarca los años 1964-1966, con pinturas que tuvieron circulación en la II Bienal Americana de Arte Industrias Kaiser (Córdoba, 1964), el Premio Esso (Washington, 1965) y la Octava Bienal de San Pablo (1965). En el siguiente salón –cronológicamente fechado en 1967– se exhiben sus primeras obras realizadas en acrílico tallado –principalmente lupas de gran tamaño–, que, colgantes, deforman sus propias pinturas de vívidos colores estilo Pop Art. En 1966, a partir de la exposición “Plástica con plásticos”, Polesello conoció el polimetacrilato (acrílico), material con el que él y distintos artistas (Gyula Kosice, Ary Brizzi) comenzaron a experimentar y que adoptaron como soporte para sus obras. “Su encuentro con ese material le abrió un gran campo de expansión, y sus piezas de acrílico constituyen una larga serie que ocupa un lugar protagónico en su producción”, puntualiza la curadora. 

Un dato: el niño Rogelio jugaba con coloridos botones traslúcidos que ponía delante de imágenes de tiras cómicas, deformando la percepción y experimentando la refracción de luz. En la adultez esa sería una marca de su estilo, al anteponer enormes circunferencias y rectángulos de acrílico delante de sus cuadros de formas geométricas. Uno de los puntos más altos de “Polesello joven 1958-1974”, que puede visitarse hasta el 12 de octubre, está en la última sala, donde se exhiben los enormes bloques de acrílico, cuyo pulido y tallado, a partir de 1968, los encaraba Polesello junto a su hermano Osvaldo y sus ayudantes.

“Estas obras son piezas autónomas, pero también funcionan en relación con la arquitectura, como puertas de ingreso a una casa, o en ambientes interiores”, explica Casanegro. Sus juegos con la luz y su apertura a espacios diversos hablan de una apuesta: sacar al arte de los lugares fosilizados, desafiar la apertura mental del espectador, abrirse a todos los vientos propicios que puedan alentar la conmoción estética. “Como artista hay que tener muy claro que la tecnología es solo un apoyo; es la mente creadora la que dirige a la mano”, dijo Polesello tiempo atrás.

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