ENTREVISTA


“Sin trabajo,la suerte no se sostiene”


Por Agustina Tanoira..


“Sin trabajo,la suerte no se sostiene”
Siempre quiso ser escritora y no se detuvo hasta conseguirlo. 
Hoy, ya consagrada, Claudia Piñeiro no duda en afirmar que escribir bien requiere mucho esfuerzo y trabajo.

La barrera estaba baja. Frenó, detrás de otros dos autos. La campana de alerta interrumpía el silencio de la tarde. Una luz roja titilaba sobre la señal ferroviaria. Barrera baja, alerta y luz roja anunciaban que un tren llegaría. Sin embargo, el tren no llegaba...”.

La imagen se repite una y otra vez. Cada vez más completa y cada vez más nítida, anticipa lo que inevitablemente va a suceder en algún momento. En la novela es el presagio de una catástrofe. En la cabeza de la escritora, un libro. Esta imagen que aparece al principio, difusa y esquiva, suele tornarse cada vez más clara hasta llegar el momento en el que Claudia Piñeiro, la escritora, no lo duda: “Me voy a poner a escribir, porque acá hay algo”. Así fue la génesis de Una suerte pequeña (Alfaguara), su última novela, que cuenta una historia en la que hay imágenes tremendas que atrapan al lector desde el primer momento. Como en todas las novelas de Piñeiro.

–¿Cómo eran esas imágenes?
–Todas las novelas que escribo empiezan con una imagen, pero en esta había dos. Una, la de esa persona esperando enfrente de una barrera con todas las señales de que iba a pasar un tren, pero este no pasaba; la otra, la de una mujer que salía al balcón por las mañanas y encontraba excrementos de un animal. Entonces, hacía una investigación doméstica para ver cuál era ese animal que la visitaba por las noches. Tenía estas dos imágenes y no sabía por qué lado iba a salir la historia hasta que me di cuenta de que ambas eran la misma mujer. Y ahí me puse a escribir. 

–¿Por qué aparecen estas imágenes?
–La verdad es que no lo sé. Es como con los sueños: a lo mejor tienen un resto diurno o indicios que te permiten atar cabos; o a lo mejor no tienen sentido. Uno no sabe por qué sueña determinadas cosas.

–¿Reconocés en estas escenas o situaciones algo propio?
–La parte trágica de la escena quizá tenga que ver con el lugar donde vivía cuando era chica. Cerca de mi casa había una barrera que nunca funcionaba y dividía al pueblo en dos partes. La única forma que yo tenía para llegar al colegio era cruzarla, aunque estuviera cerrada. Todo el mundo lo hacía y a la mayoría de la gente nunca le pasó nada, pero alguien, alguna vez, tuvo un accidente.

–Las barreras están presentes en otras de tus novelas: Las viudas de los jueves, Betibú...
–Sí, es verdad, pero yo prefiero no indagar demasiado en los porqués. Hay una anécdota en la que un animalito lo ve acercarse a un ciempiés y le pregunta cómo es capaz de caminar tan elegantemente con cincuenta patas de un lado y cincuenta del otro. El ciempiés intenta explicarle, y no solo no puede hacerlo, sino que nunca más puede volver a caminar coordinadamente. Hay cosas que te salen naturalmente y cuando intentás racionalizarlo, todo se complica. No sé exactamente cómo es el proceso, pero lo entiendo muy parecido al de los sueños. Hasta ahí me gusta llegar.

–Escribir te sale naturalmente?
–Siempre quise escribir, y lo hago desde que tengo la capacidad lecto-escritora. Pero con eso no basta. Para escribir bien hay que leer mucha literatura. Siempre tuve una necesidad imperiosa de leer para poder escribir.

–¿Sabías que querías ser escritora?
–En mi familia no había ningún artista, nadie estaba relacionado con las letras. Quería escribir pero no me imaginaba la profesión o el oficio de “ser escritor”. Tenía que estudiar, ir a la universidad, seguir una carrera, pero además quería escribir. Por eso iba a talleres literarios y leía sin parar. Escribía cuentos y todo lo que se me ocurría, pensando que a lo mejor algún día podía publicar eso, pero mientras tanto estudiaba otra cosa. 

–¿Entonces aparecieron las ciencias económicas?
–Cuando terminé el colegio quería estudiar Sociología pero era 1978 y las cosas en la facultad estaban complicadas; entonces, terminé estudiando Ciencias Económicas. Además, mis padres, ambos, habían empezado esa carrera y no la habían terminado, así que me recibí de contadora. 

–¿Y paralelamente escribías?
–Sí, e hice millones de talleres literarios. El primero, con Enrique Medina, que fue muy bueno porque él tenía una cabeza muy abierta que me permitió desestructurarme y escribir con libertad. Después hice talleres con Guillermo Saccomano, que fue el que más me marcó y con el que más tiempo duré. También estudié dramaturgia con Mauricio Kartun, que fue un gran maestro, y también guión con María Inés Andrés, conocida formadora de guionistas cuando no existía la carrera de cine, de televisión ni de nada de eso.  

¿Una suerte pequeña?
Así que mientras Claudia Piñeiro trabajaba de contadora, escribía y escribía. Hasta que en 1991, en un viaje por trabajo a San Pablo, azarosamente o no, se le cruzó un aviso de un diario que anunciaba un concurso de novela. “Yo iba llorando en el avión por el aburrimiento y el estrés que tenía y de pronto ¡apareció el concurso como un salvavidas!”, recuerda. 

–¿Eso te cambió la vida?
–Fue la primera vez que pensé: “Esto puede funcionar”. Estaba trabajando muchas horas y estaba muy estresada, así que vi el aviso y me dije: “Cuando vuelvo, pido licencia y escribo una novela”. 

–¡Y la escribiste!
–Cuando fui a pedir las bases, me enteré de que se trataba de un concurso de literatura erótica muy famoso que organizaba la editorial Tusquets, que se llamaba “La sonrisa vertical”. Entonces, tuve que adaptar la novela que estaba escribiendo y ponerme a leer a Anaïs Nin, a Henry Miller y todo tipo de literatura que me acercara a eso. La presenté y un día me llegó una invitación para la fiesta de premiación en Barcelona porque había sido seleccionada entre los diez finalistas. No fui a la fiesta ni gané el concurso, pero eso para mí fue un gran espaldarazo. Fue como si me dijeran: “A lo mejor algún día escribís algo que alguien te publica”. Fue la primera vez que pensé: “Bueno, sí, puedo ser escritora”.

La consagración 

Sin más, Piñeiro dejó su trabajo de contadora y empezó a armar un nuevo trabajo más cercano a la escritura. No era cuestión de dejar todo porque a una se le ocurra ser escritora. Había que pensar que escribir una novela lleva su tiempo, que uno nunca sabe si la van a publicar y, en el caso de que eso suceda, si el libro se va a vender. “Y el tema es que a fin de mes tenés que pagar el alquiler”, remarca. Así que trabajaba de periodista y de guionista. Al principio, cuando sus hijos eran chicos (tiene tres, de 17, 19 y 21 años), escribía cuando ellos estaban en el colegio, porque había que aprovechar esos momentos de silencio. Y así fue como a El secreto de las rubias, su novela erótica, le siguieron otras, hasta que en 2005 llegó el gran reconocimiento cuando Las viudas de los jueves se alzó con el Premio Clarín. Hoy, diez años después, Claudia Piñeiro es una escritora consagrada, que, además de los premios, de haber escrito tres novelas que han sido llevadas al cine y de que su obra sea de las más traducidas de la literatura argentina, escribe en cualquier momento. O cuando aparecen esas imágenes que son como semillas en su cabeza, que van germinando y creciendo hasta madurar en novelas.

–¿Ya tenés la imagen de lo que está por venir?
–Todavía no hay nada concreto. Tengo algunas ideas, algunas puntas tiradas, pero no más que eso. Hay una imagen que no se termina de conformar, está en penumbras, fuera de foco. Intuyo para qué lado va a ir... 

–Así como a la protagonista de tu novela la madre constantemente le repite: “Vos sí que tenés suerte”, ¿te considerás una persona con suerte?
–La novela trata el tema de la mucha, la poca y la mala suerte, pero creo que todo es relativo con relación a la suerte, el éxito o la felicidad. Visto de afuera soy una persona afortunada: me ha ido bien, he podido cambiar de trabajo, tengo una familia muy linda y tengo salud. Hay un montón de cosas que llevan a pensar: “¡Qué suerte!”. Pero también hay cosas, que a lo mejor no se ven, que a mí no me gustan.

–¿Pero creés en la suerte?
–No me gusta la idea de la suerte sin la de esfuerzo. Yo tuve que trabajar mucho para ser escritora. Escribo desde hace muchísimos años y con mucho esfuerzo logré que me publicaran Tuya. Cuando obtuve el premio con Las viudas de los jueves, venía trabajando desde hacía diez años, había mandado mis escritos a un montón de concursos. Sin trabajo no creo que ese golpe de suerte se sostenga. Es solo un momento. Un premio y el olvido. Creo que cuando una persona trabaja mucho y le pone tesón, a la larga, en algún momento, algo pasa. Creo que uno aporta mucho para que las cosas sucedan.

Lectora voraz 

“Soy una lectora bulímica y caótica”, afirma. “Leo mucho y sin una metodología. A lo mejor alguien que estudió Letras tiene un método de lectura más ordenado y más sistematizados, pero no es mi caso”. ¿Cómo elige los autores? Claudia se armó de una especie de cofradía de lectores –algunos escritores, otros no– con intereses similares y entre ellos se recomiendan libros. También, cuando oye hablar de un libro por un lado y después otra persona lo nombra, decide indagar que sucede por ahí. 

Considera a sus colegas voces calificadas, por lo que no duda en consultarlos si es necesario. “Sabía que en Una suerte pequeña tenía que contar el dolor sin mencionarlo”, cuenta. “Entonces les pedí a escritores amigos que me recomendaran novelas que trataran este tema. Me nombraron varias, como El dolor, de Marguerite Duras; Las horas, de Michael Cunningham, y De vidas ajenas, de Emmanuel Carrère, y me fui armando una literatura del dolor para poder sostener lo que yo quería contar”. Para ella hay muchos factores que definen por qué leer un libro o no. Y también, por supuesto, juega el azar: “Cuando tomas un libro y lo devorás”.

La novela policial 

Considerada por muchos como la gran escritora del policial argentino, Claudia Piñeiro no se siente representante de ese tipo de trama. Cuenta que, si bien cuando empieza a escribir en algún momento aparecen la muerte y la búsqueda de la verdad, esto no es algo deliberado. “El policial arrastra y por eso parece que todas mis novelas fueran policiales, pero yo no creo que sea así”, explica. “Igualmente, en esta novela en particular, intenté que no me irrumpiera la trama policial en medio de la escritura. Quería ver qué pasaba”. Confiesa que, de alguna manera, la novela policial es una zona de confort porque te indica para dónde ir y que despojarse de esta trama permite ir para cualquier lado y es mucho más vertiginoso.

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