ENTREVISTA


“Me gusta el teatro independiente”


Por Sol Oliver..


“Me gusta el teatro independiente”
Las palabras de Claudio Tolcachir se transforman en historias que luego pasan al teatro. Es uno de los directores más reconocidos del país, también se luce como actor y dramaturgo. En estos días, reparte su tiempo entre varias obras.

De golpe, el bullicio de las múltiples conversaciones que condensan la atmósfera del bar esa tarde, empieza a evaporarse. En una de las mesas, acaba de sentarse Claudio Tolcachir, el joven director de teatro, dramaturgo y actor, tal vez, el más prominente y prolífico de su generación. Este año 2015 lo encontró desplegando su veta multifacética. Estrenó en el Paseo La Plaza Tribus, de la inglesa Nina Raine, con las actuaciones de Patricio Contreras, Gerardo Otero, Miriam Odorico, Maruja Bustamante y otros grandes, bajo su dirección. Está recién llegado del festival de teatro de Nápoles, adonde viajó con Dínamo, su última obra en coautoría con Lautaro Perotti y Melisa Hermida. Acaba de asistir al Festival de Teatro de Avignon, en agosto actuará en la próxima película de Juan Bautista Stagnaro y regresará luego a Europa a continuar girando. 

Hace unos meses, estuvo dirigiendo a Paola Krum y Diego Peretti para el estreno de La Chica del adiós, de Neil Simon que se encuentra en cartelera en la emblemática avenida Corrientes. Reestrenó sus premiadas piezas teatrales: La omisión de la familia Coleman, Emilia y El viento en un violín. Como si fuera poco, "Además tengo un perro", agrega con un tono apacible y muestra una sonrisa cálida.

Timbre 4 como espacio y "refugio"

En 2001, Claudio vivía en un PH de Boedo, en el timbre tres. Con esfuerzo, sacó una hipoteca y compró el departamento de al lado. "Eran dos puertas unidas por un pasillo", recuerda. "Lo pensamos como una sala de ensayo, como un lugar de experimentación". En este momento, “Tolca”, como lo llaman, deja de hablar en primera persona, para ubicarse en la primera del plural y el relato empieza a ser "nosotros". Porque "antes del surgimiento de Timbre 4 como espacio físico, en el 98, fue el nacimiento de un grupo y desde entonces estamos juntos. Algunos de ellos habían sido compañeros del colegio, otros incluso profesores. Siempre tuvimos una dinámica increíble para trabajar. Funciona como estímulo, como protección y como compañeros de juego".

–¿Ese fue el origen de Timbre 4?
–Sí. Empezamos entrenando, dando clases y al poco tiempo fuimos generando obras propias. Lo divertido era que podíamos dar vuelta todo, cambiar las paredes, abrir ventanas, porque las dimensiones del lugar eran muy reducidas. Los alumnos también participaban limpiando, pintando y trayendo muebles que sobraban de sus casas, a veces no sobraban, pero los traían igual. Mi verdadero clic fue hacia fines de los años 90, cuando tenía unos 24 o 25 años y empezaba a tener la sensación de que, como actor dependía de si me llamaban. Es muy duro quedarse esperando que surjan propuestas de trabajo. Sentía que si bien era una parte de la profesión, no podía ser su totalidad. Que había “algo” en la generación de proyectos. 

–¿Cuál fue la primera obra allí?
–Un cabaret. Se llamaba Jamón del Diablo, sobre un texto de Roberto Arlt. En realidad, fue un poco la excusa para abrir la sala al público como teatro. En ese momento, estaba trabajando como actor con Norma Aleandro y en camarines, le conté la situación. Entonces ella me dijo, "Pero vos tenés una sala". "Bueno, Norma, en realidad es un espacio". "Es una sala –enfatizó– ¿por qué no la aprovechás?". Y me convenció. A veces, necesitás que alguien te de un "empujón"...

–¿Hubo que remar mucho?
–Sí, pero pasaron cosas muy lindas porque el barrio no estaba acostumbrado a tener un teatro que además no tenía ni tiene cartel en la puerta. Muchos se alegraban por toda la movida que eso generaba y se acercaban. Aunque no todo fueron alegrías, porque una vez hasta lo clausuraron, hay buenas anécdotas. Pasó de todo. Llegamos a tener a Francis Ford Cópola sentado entre los espectadores. No lo podíamos creer. Y un día vino el Señor Barriga (que actuaba en El Chavo del 8), nos volvimos locos sacándonos fotos con él.

La maestra mala y Coleman 

¿Qué dirá aquella maestra de la primaria que le tachaba con rojo las redacciones enteras y las poesías que escribía? Ahora que está jubilada y con más tiempo libre, ¿qué dirá de su ex alumno? ¿Le habrá dado algún cargo de conciencia advertir que, de adulto, obtuvo reconocimiento nacional e internacional? ¿Sabrá que en 2011, recibió el Diploma al Mérito de los Premios Konex como uno de los cinco mejores directores argentinos de teatro de la década y que en 2014, volvió a recibir la misma distinción como escritor de teatro, entre muchos otros premios? "Tenía muchas faltas de ortografía, entonces en el colegio me rebotaban todo y en mi casa era un escándalo".

–¿Eso te condicionó?
–Y... no escribí más.

–Leí que habías empezado a escribir de grande...
–Sí. La omisión de la familia Coleman fue mi primera obra. Tenía 28, me llevó un tiempo... Realmente había dejado de escribir porque era muy frustrante. No lograba y aún hoy, no logro aprender la ortografía. No me acuerdo cómo se escriben las palabras. Cuando les di Coleman a los actores no la entendían, estaba escrita de cualquier manera. Es más, me tomás un examen ahora y no sé si apruebo. La escuela no me interesaba nada, era tremendo. Mi padre me iba a buscar y me preguntaba, "¿Que hicieron hoy?". No sabía, no me acordaba... De chico tenía la sensación de que no encajaba, pero porque no encajaba ahí, en ese contexto. En el teatro, en cambio, encontré mi lugar y no me fui más. Era muy tímido. Me gustaba imaginar historias y jugaba mucho solo, horas y horas. Entonces, fue una salvación empezar a vincularme y darme cuenta de que la imaginación, que en el mundo de la escuela me hacía sentir tan freaky, era valorada.

–Descubriste tu pasión en la infancia...
–Claro, por suerte mis padres estaban muy atentos. Me llevaron al Music Colegium, luego al Labardén y fue como una fiesta para mí hacer ahí expresión corporal y títeres. Era muy estimulante la idea que ellos tenían sobre cómo educarnos. En mi casa, se escuchaba música y se leía mucho. Además, a mis hermanos y a mí nos llevaban mucho al teatro, a conciertos. A mí me fascinaba.

–Tu hermano, Andrés, es director de orquesta...
–Sí, mi hermano mayor es actualmente el director de la Orquesta Sinfónica de Neuquén y el otro, el del medio, también es director, pero de una empresa. Se ve que había algo en la familia con el hecho de dirigir, organizar, crear, generar movimiento, porque los tres nos dedicamos a eso.

–Volviendo a Coleman, ¿cómo resolviste la escritura?
–Como no sabía cómo empezar, porque no me formé en dramaturgia y porque además tenía "mis antecedentes", les pedí a los actores que improvisaran así yo iba escribiendo. Finalmente, eso no ocurrió. Es decir, ellos improvisaron dos o tres meses y creaban situaciones geniales con lo cual me aterré porque pensaba que nunca iba a poder volcar al papel algo tan bueno como eso... Hasta que en un momento me miraron como diciendo: "bueno, dale, ya está". Ahí me largué y descubrí todo un mundo sobre cómo contar historias.

Un psicólogo, no. Ni loco 

"Mirá, yo nunca me analicé, hice intentos, pero nunca me enganché. Fui de chico a una psicóloga a la que le terminé revoleando cosas y no quise ir más". La respuesta de Claudio cuando se le pregunta por qué sus obras suelen girar en torno a la familia y si considera que es necesario hurgar en algún diván freudiano para encontrar explicaciones sobre cuestiones que nos pasan de adultos, dice que no sabe y, sin más, deja entrever que no le interesa. "No tengo esa respuesta, para mí la familia es una excusa para hablar de otras cosas", dice y reconoce que nunca lo pensó con una lógica psicoanalítica. "Soy intuitivo. Me aburro mucho cuando alguien intenta analizar todo". Claudio es artista. Como tal, intenta poner una lupa sobre aquello que lo conmueve y que tiene que ver con las actitudes humanamente incorrectas, débiles o equivocadas. Lo grotesco, lo absurdo y lo contradictorio son ingredientes que, en "sus aguas", no faltan.

–¿Cómo ves el teatro de hoy?
–Me gusta lo que está pasando. Hay mucha movida, propuestas de todo tipo y eso me parece muy positivo. Hay quienes lo critican, sin embargo, para mí, no tiene ninguna contra. Creo que en el teatro pasa como con los jugadores de fútbol, mientras más surgen, más probabilidades hay de que salgan buenos.

–¿Qué tipo de teatro te parece el más interesante?
–El independiente. Porque es el lugar emergente, revolucionario.

 Mini BIO 

Claudio Tolcachir es actor, director y dramaturgo. Nació en Buenos Aires, en 1975. En 2001, fundó la compañía teatral y escuela Timbre 4. Hoy, un epicentro del teatro independiente. Su primera obra, La omisión de la familia Coleman (2005) fue invitada a participar de varios festivales internacionales en los que obtuvo una gran repercusión. También escribió y dirigió Tercer Cuerpo y El Viento en un violín, que se estrenó primero en Francia y luego en la Argentina. En 2013, creó Emilia y este año, Dínamo, en coautoría con Melisa Hermida y Lautaro Perotti. En los últimos años, también se destacó como director en obras de otros autores, dentro del circuito del teatro comercial.

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