ENTREVISTA


Su vida son las planta


Por Carolina Thibaud..


Su vida son las planta 

El biólogo Jorge Casal investiga la adaptación de los cultivos a su ambiente luminoso con el objetivo de contribuir a aumentar la producción agrícola. Este año la Fundación Alexandervon Humboldt lo premió por considerarlo “un líder mundial” en su campo.  

Jorge Casal dedica su vida a las plantas, su pasión, y gracias a sus investigaciones puso su granito de arena para mejorar el mundo. Hace más de treinta años que es investigador del Instituto Leloir y del IFEVA (Instituto de Investigaciones Fisiológicas y Ecológicas Vinculadas a la Agricultura) y trabaja sobre la adaptación de las plantas a su ambiente luminoso. ¿El objetivo? Contribuir a aumentar la productividad agrícola. “Fue un tema que me atrapó desde el principio y nunca lo dejé”, cuenta este doctor en Biología de 52 años, que este año recibió uno de los premios más importantes de su carrera. Su pasión por comprender cómo responden las plantas a la luz del ambiente le valió un premio de la Fundación Alexander von Humboldt, una prestigiosa organización con sede en Bonn, Alemania, que lo consideró “un líder mundial en su campo de investigación”.  

“El premio lo otorga la fundación en reconocimiento a la trayectoria: tiene que ver con la investigación, con la docencia. Y lo otorga a científicos de cualquier rama, que trabajan en países en desarrollo o en transición”, explica Casal con la humildad de los que saben. “Significa un apoyo económico a mi trabajo y significa también la invitación a hacer algo de investigación allá en Alemania”, agrega. El reconocimiento lo alabó, y si bien no cambió de trabajo, cambiará la locación de este. Hace un par de meses, viajó a Friburg, Alemania, para coordinar la investigación que llevarán a cabo dentro de unos meses. 

Primeros pasos 

A Casal, la experiencia de hacer ciencia en el extranjero le llegó en 1987, cuando, cinco años después de recibirse de ingeniero agrónomo, decidió viajar a Inglaterra para hacer un doctorado en el departamento de Botánica de la facultad de Biología de la Universidad de Leicester. Volvió en 1989, unos meses antes de la hiperinflación. “Fue un poco un golpe”, recuerda. “La imagen de la vuelta de Ezeiza me quedó grabada. Me acuerdo de ver los autos viejos que circulaban por la autopista y pensar: ‘Bueno, volví a casa’”, cuenta, entre risas. Los años que siguieron no fueron fáciles, sobre todo la primera mitad de los noventa, cuando se mandaba a los científicos a lavar los platos. Pero Casal asegura que no tuvo dudas: “Siempre tuve pensado volver. Me cerraba por todos lados: había cuestiones familiares y afectivas, pero por otro lado me fui con una beca del Conicet y la beca pedía que uno regresara al país y que se quedara por lo menos el doble del tiempo que había estado afuera. Obviamente, podría haber retrasado un poquito más el regreso. Pero me pareció que me había ido con un objetivo, que era hacer un doctorado afuera, lo había terminado y estaba bien volver”. 

En ese entonces, el Conicet estaba muy cerrado y ofrecía muy pocas opciones a científicos jóvenes, pero una beca de la Fundación Antorchas le permitió seguir investigando y fue un importante empujón a nivel anímico. Casal volvió a trabajar en el IFEVA, entró en la carrera de investigador del Conicet y obtuvo un cargo docente en la Facultad de Agronomía. Así siguió trabajando e investigando durante las dos décadas siguientes, hasta que, en 2010 sumó al Instituto Leloir y, desde entonces, también tiene un laboratorio que funciona allí. “Me viene muy bien estar allí porque el IFEVA tiene el foco más puesto sobre cuestiones relacionadas con la agricultura. Muchas de mis aproximaciones son más básicas y el Instituto Leloir tiene muy buenos instrumentos para cuestiones de estudio más molecular o celular. Estar en los dos lugares me nutre de dos aspectos distintos que hacen a nuestro tema de investigación”, explica el laureado biólogo. 

Sus hallazgos

Pero ¿en qué consiste su trabajo de investigación? A diferencia de los animales, explica, las plantas no tienen respuestas de comportamiento. “Si un animal no está confortable, o porque tiene frío o porque no tiene comida, se va. La planta no tiene esa opción” afirma. “Pero lo que sí tienen las plantas es una altísima plasticidad, es decir, cambian la forma de su cuerpo y sus funciones, y de esa manera logran, dentro de cierto rango, ajustarse al ambiente,” agrega. 

Lo que descubrió Casal junto a su equipo de trabajo es que las plantas generan entre sí respuestas a su ambiente luminoso: cuentan con receptores –algo así como los “ojos” de la planta– que son capaces de ver y adaptarse a esas diferencias, cambiando la forma de su cuerpo y su funcionamiento. Por ejemplo, aumentan el rendimiento del tallo para “quedar más altas y poner las hojas más arriba” que la vecina. Sin embargo, una de las respuestas que investigó el equipo de Casal es que si se usan plantas que sean genéticamente homogéneas –“parientes” entre sí–, estas suelen colaborar unas con otras en vez de competir: “Tienden a tirar sus hojas para afuera de la línea del cultivo, adonde hay menos competencia lumínica”, explica Casal. 

¿Qué consecuencias prácticas tiene todo esto? “Nos dice que tenemos que limitar aquellas respuestas al ambiente lumínico que son negativas (por ejemplo, hacer más tallo) y reforzar aquellas que son positivas, como poner las hojas en el lugar adecuado. Por eso, estudiamos esto a un nivel más básico: porque para tocar cada respuesta por separado, necesitamos entender mucho mejor el proceso que hace la planta”, detalla el biólogo. 

Lo suyo es un trabajo de hormiga. Pero con la población mundial aumentando de manera exponencial, mejorar la productividad agrícola es uno de los grandes desafíos de este siglo. Y uno que bien vale la pena. 

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