INVESTIGACIÓN


En tus zapatos


Por Por Mariano Petrucci..


En tus zapatos 

En la actualidad, la empatía se transformó en un punto fundamental dentro de la educación infantil. Los especialistas coinciden en que esta habilidad cognitiva es clave para formar buenos líderes y, por ende, una sociedad mejor.

Fran” es un verdadero torbellino: ¿dónde tiene la tecla de off este chico? Pero al César lo que es del César: ese espíritu inquieto no le impide acatar los límites que le impone su maestra. Y el cuaderno de notificaciones es motivo suficiente para que a los padres y los tíos se les caiga la baba: que su faceta solidaria es repetitiva, que no es egoísta, y que se preocupa por sus compañeros, en los que despierta cariño y respeto. 

“Fran”, con sus casi 5 años a cuestas, es lo que hoy se denomina “niño empático”. Los especialistas concuerdan en que esta habilidad emocional y social es clave en la educación de los hombres y las mujeres del mañana. “En pleno siglo XXI, es primordial fomentar la empatía desde la infancia, debido a que vivimos en una sociedad cada vez más disgregada, enfrentada, ensamblada, en la cual muchos valores positivos se pierden y se naturalizan otros”, opina Celia Millán, licenciada en Psicología de Edificio Manantial. 

“Es imperioso infundir la empatia en los ninos.¿¿ Por quééée? Porque incide en la internalizacion de normas para la socializacióon, en los cimientos de las legalidades, y en la constitucion de una etica que implica asumir reglas y comportamientos. Ariana Lebovic

Se trata de un patrón de entendimiento donde se registra al prójimo como diferente, y se deja de lado el propio narcisismo para comprender lo que el otro necesita. Se pone en juego la sensibilidad de poder acercarnos, no prejuzgar, “sentir con” y “pensar con”. Digámoslo en criollo: ponerse en los zapatos del otro. “La empatía es fundamental en los tiempos que corren. Y no es una utopía, aunque parezca. Lo que pasa es que nos acostumbramos a convivir con la violencia, la intolerancia, la competencia feroz, la discriminación. Hay que dejar de mirarse el ombligo, y escucharnos un poco más, apostar por el compañerismo… Aunque esté pasado de moda”, subraya Millán.

En la actualidad, los expertos estudian a la empatía desde un enfoque multidimensional. En un informe elaborado por la Facultad de Psicología de la Universidad del País Vasco, puede leerse: “En las últimas décadas se desarrolló un creciente interés por demostrar empíricamente las relaciones de la empatía con un amplio abanico de variables de la personalidad infantil, como conducta prosocial, antisocial, agresiva, aceptación de los iguales, estabilidad emocional, autoconcepto, inteligencia y creatividad”. 

A propósito, Ariana Lebovic, psicóloga y miembro de Forum Infancias, comenta: “Es imperioso infundir la empatía en los niños. ¿Por qué? Porque incide propiciamente en la internalización de normas para la socialización, en los cimientos de las legalidades, y en la constitución de una ética que implica asumir reglas y comportamientos”.

Biológicamente, estamos dotados para que germine en nosotros la semilla de la empatía. Es inherente a nuestra raza; por ende, podemos entrenarla. “En principio, debemos identificar que existe un ‘otro’, que tiene opiniones que, tal vez, no sean las nuestras. Aquí, hay dos ítems para trabajar: el reconocerse a uno mismo con sus perspectivas, y el revelarle a mi interlocutor que vislumbro las suyas. El primer punto es el que más asombro genera en los talleres de habilidades humanas que realizamos. Es sorprendente notar el poco contacto que tenemos con nosotros mismos: debemos aprender a ‘oír’ nuestras posturas y contradicciones”, esgrime Karina Fraiman, coordinadora del programa “Más Empatía”, de Ashoka. Y prosigue: “Los primeros años de vida son esenciales: el entorno animará –o no– el autoconocimiento y la alfabetización emocional, para después tender ese puente con aquellos que están a nuestro alrededor. La empatía tiene una circulación de doble entrada: hacia adentro mío y hacia afuera”.

Hay excelentes excusas para que, cual virus, la empatía se propague por el disco rígido de un niño. Para muestra basta un botón: el baile. “La danza, como cualquier otra disciplina que se realice en grupo, promueve la empatía. Cuando se emprende una actividad compartida, no queda otra alternativa que consensuar, ceder, atender, motivar… Sin empatía, se torna dificultoso este proceso de disfrute y descubrimiento”, argumenta Mariela Kantor, socia de Foco Danza, una escuela de coreografías y teatro para niños y adolescentes. 

Responsabilidades compartidas 

Paciencia, inteligencia… y empatía. Estas tres virtudes fueron las que llevaron a Satoru Iwata, fallecido el 11 de julio pasado, a ser presidente y CEO de Nintendo, uno de los mayores tanques dentro de la industria de los videojuegos. Por su parte, Stewart Butterfield confesó en una entrevista a The New York Times que la empatía es lo que mantiene a su compañía andando sobre ruedas. Para el cofundador de Flickr y CEO de Slack, rodearse de personas dueñas de esta característica augura operaciones exitosas.

Admitiendo la preponderancia de la empatía, desde la Universidad del País Vasco sugieren estimular en los niños un progresivo descentramiento egocéntrico, a través de la utilización del razonamiento como técnica educativa. “De esta manera, nuestros hijos forjarán un tipo de inteligencia emocional que influirá favorablemente a nivel individual y social. El ‘niño empático’ tiene un tacto especial en cuanto a interacción, manejo de la afectividad y control de los impulsos. En la adultez, no solo optan por vocaciones conectadas con lo humanitario-asistencial, sino que también suelen ser líderes y ocupar puestos jerárquicos”, destaca?Ariana Lebovic.  

La aparición de la empatía no está determinada por cuestiones de género o sexo. Lo que sí puede variar son los modelos preestablecidos. Lebovic aclara: “Es más común que en las niñas se distingan rasgos de comprensión y sensibilidad, mientras que en los varones se resaltan atributos ligados a la fuerza, la motricidad o la destreza. Esto no significa que los hombres sean menos empáticos, sino que, a medida que crecen, las pautas culturales actúan en la construcción de su subjetividad, por lo que cohíben, con mayor frecuencia, la exteriorización de sus emociones”.

Indefectiblemente, las generaciones acarrean los mandatos de sus antecesoras. Y, tarde o temprano, se compenetran con ellos. Por eso, es trascendental el ejemplo de los adultos. Sí, padres, les llegó su turno. “Los papás tenemos una responsabilidad y un rol decisivo: crear las condiciones para que la empatía pueda desenvolverse en toda su expresión. Pero hay algo más importante que inculcar la empatía: hay que cuidarse de no inhibir la evolución de esta. Nuestras resoluciones facilitarán su expansión o cristalización”, detalla Fraiman. Y ahonda: “¿A qué me refiero? A los patrones de respuestas automáticas. 

Veámoslo así: nuestro hijo de 3 años va y viene, se sube a cuanto escalón o mueble puede, y, en algún momento, sucede…  Se cae, se golpea y estalla en llanto. Rápidamente, salimos a consolarlo con frases del estilo ‘No es nada’, ‘No es para tanto’… O lo distraemos: ‘Mirá el pajarito’, ‘¿Por qué no vamos a comprar algo rico?’. ¿Pero qué pasa con el sentimiento de ese niño y con ese adulto que carga con el dolor, la angustia y la frustración? ¿Percibimos lo que le está ocurriendo a nuestro hijo? ¿Nos ponemos en su lugar? Le estamos mostrando, quizá sin quererlo, que no nos detenemos a inferir lo que a otros les pasa. O que hay que calmar el malestar y la aflicción, sin preguntarnos siquiera si es eso lo que el otro precisa. No nos damos cuenta, pero así entretejemos vínculos poco permeables. ¡Imaginemos un mundo donde todos fuésemos seres empáticos!”.

“Los papas tenemos una responsabilidad y un rol decisivo:?crear las condiciones para que la empatía pueda desenvolverse en toda su expresión. Pero hay algo más importante:?hay que cuidarse de no inhibir la evolución de esta. Karina Fraiman

Atención: muchos padres no transmiten el concepto de empatía a sus hijos porque, muchas veces, son ellos mismos los que no logran interpretarlo y, por consiguiente, aplicarlo en su cotidianidad. Un puntapié inicial es concebir al chico como un individuo singular, y fijar una reciprocidad en cuanto a consideración y valoración. 

“Hay que alentar la comunicación verbal; que el niño pueda decir lo que quiere o le inquieta es la base para entablar un lazo de amor y de confianza. Explicar lo que sentimos frente a diversas situaciones termina siendo un espejo para que nuestros hijos asimilen que no somos iguales”, enfatiza Lebovic. Y concluye: “Provocar una actitud receptiva a las urgencias del niño beneficia su autoestima. Cuando ellos consiguen el espacio para manifestarse, no solo transparentan lo que les atraviesa el corazón: es el principal paso para que empiecen a pensar que sus pares pueden tener necesidades distintas”.

Ser... o no ser

“Para que la empatía exista es necesario que se dejen a un costado los juicios morales. De esta manera, se puede adoptar una actitud comprensiva –y no de compasión– frente a la circunstancia del otro”, aporta la licenciada María Noelia Proto, psicóloga de la Fundación Río Pinturas. No ser una persona empática puede acarrear consecuencias. “Algunas de ellas pueden ser el hecho de tener una percepción inmadura del prójimo, no imprimirle timing a una conversación, o, al no percibir lo que siente el otro, no prever si algo de lo que uno dice puede caerle mal u ofenderlo”, enumera la doctora Mabel Bello, fundadora de Aluba.

Años empáticos*

*En el primer año de vida, los bebés se relacionan con los demás por necesidad. No son capaces de distinguir su propia identidad, no diferencian el “yo-no yo”.  
*Al año, van adquiriendo conciencia de su propia persona y advierten a los otros como realidades distintas.
*Entre los 2 y los 3 años, comprenden que los demás tienen sus propios sentimientos. Entran en un proceso de separación psíquica y empiezan a respetar límites por miedo a la pérdida de amor de sus progenitores o figuras significativas. 
*Alrededor de los 6 años, dan un paso más y asimilan que los otros tienen una historia propia, entendiendo el enojo de un momento (que puede darse porque el padre tuvo un mal día, y no necesariamente porque esté enfadado con él). 
*A los 10, aunque ya pueda ponerse en el lugar del otro, seguirá priorizando sus propios sentimientos y pensamientos. 
*El punto anterior se revierte en torno a los 14 años. Aquí es importante prestar atención a la autoestima de los adolescentes, y fortalecerla. 
*Por Ariana Lebovic, psicóloga y miembro de Forum Infancias.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte