ENTREVISTA


“No volvería el tiempo atrás”


Por Belén Herrera.


“No volvería el tiempo atrás” 
Los 40 no llegan en vano para Carina Zampini. La actriz, que protagonizó novelas emblemáticas de la televisión vernácula, dio un vuelco en su carrera y ahora conduce un magazine. Sin cuentas pendientes y con ganas de seguir creciendo, se confiesa.

En la puerta de los estudios que Telefe tiene en la localidad de Martínez, un grupo de quinceañeras esperan desde las seis de la mañana. “¿Vienen a ver a Carina Zampini? Díganle que estamos acá”, nos piden al pasar. Carina ya sabe que allí están, no solo porque las vio al ingresar al canal, sino porque es un ritual que se repite todos los días. Las jóvenes se instalan en la entrada de lunes a viernes, sin importarles si está lloviendo ininterrumpidamente desde hace una semana, si hace frío o hace calor. 

“Aprendí a conocerlas y a descubrir qué es lo que buscan o lo que ven en mí, y lo que yo siento que puedo aportarles. Como toda relación, es un vínculo que se construye en el tiempo. Victoria Bandi, mi personaje en Dulce amor, me regaló este tipo de manifestaciones de cariño”, comenta Carina Zampini, mientras toma un café cortado en el bar del estudio. La telenovela que protagonizó junto al galanazo Sebastián Estevanez, y que se está reponiendo en la pantalla chica, fue un verdadero fenómeno. Un megaexitazo que elevó su nivel de popularidad a límites insospechados.

Ahora, Carina enfrenta un nuevo de-safío, en la conducción de Morfi, todos a la mesa, junto a Gerardo Rozín. Allí desnuda lo que, a veces, un papel no deja entrever: una mujer sencilla, alejada de cualquier aire de divismo, que busca superarse día a día, y a la que le interesan las mismas cosas que a cualquier mortal. Por ejemplo, la felicidad de su hijo Manuel (17), o poder vivir de lo que le apasiona. Nada más y nada menos.

–¿Cómo te está resultando la experiencia de conducir? 
–Estoy feliz por haberme animado a dar este paso, ya que era algo diferente. Siempre me generó cierta expectativa encabezar este tipo de envíos. Desde hace un par de años tenía la fantasía, producto de ir a hacer entrevistas en programas en vivo y de salir diciendo: “Qué bien lo pasé, cómo me gustaría hacer esto”. Pero nunca creí que podría concretarlo. Cuando me lo ofrecieron, lo evalué porque era un cambio radical, pero me sentí muy contenta de tener la posibilidad, a mis casi 40 años y después de veinte de trabajar en televisión y teatro, de hacer algo distinto. Estoy súper feliz y me encanta. Me parece que es un programa muy pituco, muy bonito, muy agradable de ver, que está en cada detalle.

–¿Cómo te llevás con “el vivo”?
–La verdad es que lo sufrí los primeros dos días. Me parece que es el fantasma que uno se genera a partir de algo, porque después de hacerlo, te relajás. Yo me siento muy libre, muy cómoda. Es un programa que a mí me cae bien porque yo soy eso que se ve en pantalla. En mi casa me gusta mucho estar en la cocina. Es uno de mis lugares preferidos: mientras cocino escucho la radio o pongo música; y cuando tengo invitados, estamos mucho ahí y cocinamos entre todos.

–¿Se abre otro camino profesional?
–Estoy aprendiendo, disfrutando y poniéndole toda la energía a este ciclo. Hace muy poquito que arranqué con este proyecto. Todavía no me di el tiempo para pensar si podría hacer otro formato, cómo lo haría, si intercalaría la conducción con la actuación… no lo sé. Tampoco soy una persona que esté todo el tiempo detrás de algo. El día de mañana analizaré en función de las propuestas que tenga. 

–Dulce amor fue una experiencia fuerte. ¿Cómo la recordás?
–Lo que pasó con Victoria Bandi fue que me acercó a un público nuevo. Tengo montones de seguidoras que tienen entre 12 y 14 años, que vienen cada día al canal a verme. Me traen regalos, me saludan, y me expresan amor y respeto. A lo largo de estos cuatro años que pasaron desde que arrancó Dulce amor aprendimos a conocernos mutuamente. Por otro lado, la novela me dio también la posibilidad de vivir un suceso, otro regalo de la vida. Hay infinidad de actores que no pasaron ni pasarán nunca por la experiencia de vivir un fenómeno de tal magnitud, donde los fanáticos cortan la avenida Corrientes, o se manifiestan en el Obelisco para que una pareja ¡de ficción! no se separe. Yo pasé cumpleaños saludando en la puerta del estudio a seguidores que llegaban en combis desde todo el país.

–¿Cómo conviviste con tanta exposición teniendo un perfil tan bajo?
–Fue la primera vez en mi carrera que tenía a la prensa en la puerta de mi casa siguiéndome con un taxi para lograr una foto, para chequear si estaba con alguien… Pasaron cosas que yo no había vivido nunca en tantos años de trabajo. Fue una exposición muy grande. Llegué a preguntarme por qué seguía haciendo eso, planteándome hasta qué punto la exposición me pesaba o incomodaba. Y la respuesta siempre fue la misma: lo aguantaba porque amo lo que hago. Yo me apasiono, disfruto, no podría elegir otra cosa. Y a partir de ir conociendo un poco el target de mis seguidoras, me descubrí como una comunicadora, como alguien con cierta responsabilidad ante los demás. Comencé a poner atención en eso. Me torné más consciente en cuanto a lo que quiero decir, desde qué lugar puedo ayudar, qué herramientas puedo brindar. Queriéndolo o no, a veces la fama te transforma en un referente.

Bien plantada 

Carina Zampini empezó a hacer teatro a los 9 años, por lo que las tablas le tiraron siempre. “Ese fue mi primer contacto con la actuación. No puede ahondar en ello porque fui mamá joven, y, sinceramente, prioricé el equilibrio –confiesa–. Siempre traté de estar a la noche en mi casa, porque es fundamental compartir ese momento del día con tu hijo: cenar con él, acompañarlo a dormir, darle el beso de las buenas noches, llevarlo al otro día al colegio. Para mí son cosas elementales. Si bien la televisión demanda más tiempo que el teatro, tiene horarios más normales para la cotidianidad familiar. Ahora que Manuel está más grande, me siento más cercana a poder hacer cosas que elegí posponer”. 

–¿Y de qué más tenés ganas?
–De hacer gira. Debe de ser súper disfrutable cuando interpretás una linda obra y formás parte de un buen grupo de trabajo. Tiene un encanto particular, pero también es necesario llevar una vida que te lo permita. Pero cada vez falta menos...

–¿Tenés algún personaje pendiente?
–No tengo pendientes. En general, en mi vida no tuve pendientes. Cada vez menos. No tengo zanahorias delante de mí para perseguir. A lo único que aspiro es a poder vivir toda mi vida de lo que hago. No soy de las que quieren tener una isla, un yate, o viajar por el mundo. Estoy más cerca de irme a pasar mis días al lado de una montaña y un lago. 

–¿Por qué creés que la gente te recuerda más como villana?
–La realidad es que hice más veces de buena que de mala. Lo que pasa es que ese tipo de personajes son los que más retiene el público. El villano es el que acciona la historia, el generador de conflictos, el que lleva la batuta. No es tan común que un mismo actor pueda desempeñar los dos roles. Yo tuve ese privilegio.

–En unos días cumplís 40. ¿Cómo te preparás para el cambio de década?
–No siento el cimbronazo porque hace un año que vengo diciendo que tengo 40 (risas). Ya es parte de mi vida. Hice un proceso paulatino. Yo me siento muy bien. Obviamente, hay cuestiones físicas que se van modificando y que no tienen vuelta atrás. Me cuido, pero tampoco soy una persona obsesiva. Lo que sí tengo en claro es que no volvería el tiempo atrás para tener un mejor físico, porque lo que gané de experiencia y de aprendizaje solo me lo dio la vida que viví. Ese bienestar no lo cambio por nada.

Mini Bio 

El nombre de Carina Zampini integró algunas de las telenovelas más importantes de las últimas décadas: Por siempre mujercitas, Ricos y famosos, Gasoleros, Luna salvaje, Padre Coraje, Mujeres de nadie, Mal-parida, Dulce amor y Camino al amor. En teatro hizo Flores de acero, Conversaciones después del entierro y Rumores. Ganó dos Martín Fierro.

El otro trabajo 

La maternidad no pasó de largo en la vida de Carina Zampini. Lo demuestra cuando se entusiasma al hablar de cómo educa a un hijo adolescente en la Argentina actual. “La mayor preocupación es la inseguridad. Mi hijo es un adolescente que no lo parece porque no adolece de muchas cosas: es compañero, tranquilo, comprensivo, no está todo el tiempo cuestionando. Paralelamente, siento que tiene que vivir, experimentar. Uno como padre llega hasta un punto; después están a la buena de Dios: depende mucho de la suerte que tengas de que te pasen –o no– ciertas cuestiones que no se vinculan necesariamente con la educación que recibiste, el cuidado que asumas, o que seas de tomar más o menos riesgos. Uno puede enseñar todo tipo de prevención, pero hay un margen, que cada vez es más grande, que no se puede manejar”, desliza. Y agrega: “Es fundamental estar encima de los hijos, conocerlos, comunicarse y, además, saber quiénes son sus amigos. No hay que pensar que uno es un padre sobreprotector por estar al tanto de todo. No soy una madre castradora que prohíbe, pero intento interiorizarme para poder evitar lo máximo posible”.

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