ENTREVISTA


Los trazos del humor


Por Carlos Andrés Maslatón..


Los trazos del humor
Con un estilo elegante y minimalista, el dibujante Bernardo Erlich crea tiras de humor ácido y sutil. Su talento lo llevó a trabajar para diarios y revistas de España, pero sin moverse de su Tucumán natal.

Losurante siete años, el dibujante Bernardo Erlich fue un argentino anclado en Madrid, pero logró serlo, merced a las nuevas tecnologías, sin moverse de su casa en San Miguel de Tucumán. Por lo tanto, no fue un emigrante buscando fortuna en un país europeo sino un creativo que, a través de una combinatoria de azar, talento y buena estrella, se impuso en el arduo terreno de hacer reír en tierras extrañas: conoció, vía Internet, al escritor Hernán Casciari y este le propuso ilustrar su weblog Más respeto que soy tu madre –que más tarde devino en libro y obra de teatro– y, en 2006, la dupla fue coronada por la Deutsche Welle como hacedora del Mejor Weblog del Mundo. 

Al año siguiente, Erlich pasó a publicar sus viñetas humorísticas en el prestigioso diario El País. “Aquello fue un desafío pero también algo divertido, y haber vivido un año y medio en España me permitió usar ciertos recursos para llegar al lector”, dice desde Tucumán este humorista gráfico nacido en 1963 y cuyo nombre comienza a resonar en la Argentina. Recientemente, Bernardo Erlich radicó su arte en la contratapa de un destacado matutino nacional con viñetas diarias. Ácido y sutil, con un dibujo de trazo elegante y minimalista, Erlich jaquea a la monotonía cotidiana abordando temáticas costumbristas, sin eludir asuntos como la política, la economía, la muerte o la religión. 

–¿Cómo era su relación con el humor profesional antes de El País de Madrid? 
–Mi relación con el humor era la de lector. Publiqué alguna vez en el diario Página/12, también algo en Sex Humor Ilustrado, y cada vez que iba de viaje a Buenos Aires intentaba meterme en el medio. Pero lo más significativo lo empecé a volcar en Internet, a partir de 2005, cuando comencé a ilustrar Más respeto que soy tu madre –que inicialmente se llamó Weblog de una mujer gorda–: Hernán vio algunos de mis trabajos y me invitó a dibujar. Sin embargo, lo más relevante se dio a partir del boom del blog de Casciari, ya que la gente de El País vio mis ilustraciones y me ofreció hacer una viñeta diaria, que dibujé entre 2007 y 2014. Después todo se fue dando: publiqué en la revista Orsai –otro emprendimiento de Casciari–, volqué al formato cómic El libro de la Chica Sabrina– un personaje de ficción creado por  Carolina Aguirre y Pablo Pérez Correa en Twitter–, y ahora publico Tira y afloja, en Clarín.

–Parece un derrotero  mágico cómo se convirtió en un humorista consagrado. ¿O fue premeditado?  
–Creo que, aunque no lo buscaba, era algo que quería que sucediera. Siempre dibujé; mi abuela tenía una librería y ahí había materiales para expresarme. Cuando terminé el secundario me pregunté qué iba a hacer, y pensé en Arquitectura porque se dibuja, pero es un dibujo limitado, técnico. Dejé la carrera, y me metí a trabajar en una agencia de publicidad como redactor. Allí empecé a desplegar ideas gráficas, junto con la escritura. Y en los tiempos libres, en los sobrantes de cartulina que había en la oficina, dibujaba tiras. Me formé como diseñador en esa agencia, Personha, la más importante de Tucumán por aquellos tiempos. Con el paso de los años, a través de Internet, logré que lo mío empezara a circular. A partir del blog de Casciari, abrí uno propio, en el que subía una tira diaria, que luego se discontinuó cuando empecé a dibujar en el diario español. 

–¿Recuerda cuándo descubrió que era eficaz haciendo reír? 
–No sé si hago reír. Yo escribo y dibujo. A veces se me ocurre un gag, a veces una reflexión, pero si hago reír con mi trabajo es algo que no manejo. Si dibujás y escribís, una posible fuente laboral y de expresión es la publicidad profesional; otra es el humor gráfico, que no sé si tiene una cierta demanda en términos de mercado, pero sí tiene mucha aceptación como algo natural en la prensa o en la lectura cotidiana. Ya no hay esas revistas de humor que tuvimos hasta fines de los ochenta, que eran ómnibus con muchos pasajeros que escribían y dibujaban. Pero, hoy, desde las redes sociales e Internet, hay mucha difusión y es una vía que funciona para que vean tu trabajo. De todos modos, como dibujante, soy autodidacta: aprendí leyendo, enamorándome de otros artistas y dibujantes, y queriendo emularlos.  

–¿Cuáles son sus referentes? 
–Mi generación está influenciada por Quino, Fontanarrosa, Caloi, las publicaciones como Humor Registrado, El Pato Donald o El Tony. O, vía Internet, por Gary Larson y otros dibujantes cuyos materiales acá no se han publicado. Uno va incorporando esos estilos, de manera consciente y a veces no tanto, y termina dibujando un brazo como una letra v, porque lo hace alguien que te gusta y se te quedó pegado. Pero el que me influyó mucho es el humorista español Forges, de El País. Un intelectual que ha dibujado la historia de España en viñetas, desde la Edad de Piedra hasta ayer a la tarde. Tiene un dibujo muy simple pero, a la vez, un mecanismo de humor muy sofisticado, con una carga de absurdo enorme, como Landrú. A Forges lo empecé a leer a los 18 años y luego, cuando viví en España, lo conocí personalmente. Más tarde compartí espacio en el diario con él. También me siento próximo a Larson –con sus chistes con animales y esa carga de absurdo más neoyorquino– al que también lo encontré cuando uno ya piensa que tiene armado su inmodificable Parnaso de referentes. 

–¿El humor tiene un efecto transformador en lo real o solo funciona como una nota al pie de lo inmodificable?
–En términos materialistas, es una nota o comentario, como todo lo que se escribe. Ahora, en el plano en que se establece un vínculo íntimo con la persona que lee lo tuyo, y que puede mejorarle el día, tiene un efecto concreto. De no ser así, no existiría la sección de humor de los diarios, gente fidelizada que va a buscar lo que dice determinado dibujante. En todo caso, creo que el humor es un insumo insustituible para poder salir a un mundo tan espantoso como el que nos toca vivir. Es un lubricante que nos permite digerir lo que pasa. 

–¿Cómo fue la alianza con Casciari?
–Para Espoiler TV, su site de series, hicimos una idea de viñeta divida en dos, con una incógnita en la parte superior que, tras hacer un clic, se resolvía de manera inesperada en la parte inferior. Era muy divertido: él estaba en Barcelona, yo en Tucumán, y nos juntábamos vía Internet a las dos de la mañana: me mandaba el guión, yo lo dibujaba, se lo enviaba y él luego lo subía. Yo me iba a dormir y él a trabajar. También disfruté una historieta de dos personajes, Alex y Lucas. 

–¿Cómo fue la etapa de Orsai?
–No creo que vuelva a haber una revista como Orsai. Además del staff de excelencia, la calidad de la edición, había una cosa muy buena que era que Hernán le encargaba un tema a un escritor, y buscaba un ilustrador o dibujante que ilustrara el texto, algo que no es habitual. Acá, se le pide una nota a un colaborador de opinión y tenés un staff de dibujantes y fotógrafos que la ilustran. Él armaba parejas:?yo me di el gusto de ilustrar un cuento del británico Nick Hornby, o escribir y dibujar unas columnas sobre series televisivas, o páginas sobre humor gráfico y religión. Cuando estás en entornos creativos, lo que se produce es distinto. Las ideas aparecen sobre la marcha y no resulta tan fatigoso encontrarlas. 

–¿Nunca sufre de sequía creativa?
–Hay días de menor inspiración, de pocas ganas, estás enfermo o atrapado por temas que te hacen ruido en la cabeza. Pero la regularidad de publicación diaria te da un entrenamiento como si fueras un atleta que corre todos los días. Sabés que no hay modo de postergar la entrega; entonces, de-sarrollás mecanismos que funcionan como una caja de herramientas a la que recurrís. Te agarra la ansiedad del cierre, el temor a no tener una tira para mandar al diario, pero crear bajo presión es bueno porque terminás resolviendo todo más rápido.

De Tucumán al mundo

Para Bernardo Erlich, el feedback con el lector de sus chistes justifica esa intuición de que el humor es una vía regia para establecer complicidades y mejorar el clima emocional del mundo. “Siempre me llegan mails de lectores, y cuando publicaba en España me llegó uno larguísimo de un hombre de Bruselas. Estaba de novio, su chica era fanática de mis viñetas –solía recortarlas y pegarlas en la oficina–, y me pidió si no podía hacerle una con su nombre para regalársela para el cumpleaños. La hice, con los nombres de ambos, y contando una historia. Se la envié, y al día siguiente me mandó un mensaje diciéndome: ‘Tenés un esclavo eterno cada vez que vengas de visita a Bruselas’. El año pasado estuve por ahí, pero me olvidé de pasar a cobrar”, desliza Erlich, como quien imposta un poco de cinismo para disimular su calidez humana.   

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