INVESTIGACIÓN


El poder de la unión


Por Mariano Petrucci..


El poder de la unión
El “ciberactivismo” se fortalece en el mundo entero: millones de ciudadanos reclaman en la Web por causas de salud, medio ambiente, educación y justicia social. Change.org, sitio emblema de esta modalidad, es furor en la Argentina. Entretelones del fenómeno.

Jamie Oliver es uno de los cocineros más influyentes del Reino Unido. Miembro de la Orden del Imperio Británico, sus platos combinan cocina italiana y oriental. Sin embargo, lo que más llama la atención de este chef cuarentón es su insondable desvelo por la comida saludable. Tal es su inquietud, que encabeza cruzadas como la de aplicar un impuesto a las bebidas azucaradas o pedir que sea obligatorio que los alumnos de los colegios reciban educación sobre las bondades de la nutrición sana. 

Para esta última movida, Oliver se alió con músicos como Paul McCartney y Ed Sheeran, obteniendo un impacto a escala mundial. Lo hizo a través de Change.org, la plataforma de peticiones que, recientemente, superó los 100 millones de usuarios (la cifra exacta es 107 millones). “Hoy, a pesar de la desconfianza o el desencanto, existe un número considerable de personas con ‘apetito cívico’. Cuando la gente se moviliza con las herramientas adecuadas, puede ser muy eficiente para provocar un cambio”, afirma el estadounidense Ben Rattray, fundador y CEO de Change.org.

Estos sitios van de la mano de una tendencia en alza: el “ciberactivismo”, que se fundamenta en que, desde la comodidad del hogar, cualquier individuo puede iniciar una campaña, convertirse en un líder social, y convencer a propios y extraños de un hecho/injusticia particular. Desde Change.org lo denominan “conspiración ciudadana positiva”. “El aumento de la conectividad a Internet está dando espacio a un nuevo tipo de ciudadano. A través de los medios sociales, nos damos cuenta del poder que tenemos a la hora de sumar amigos y allegados para defender un proyecto. Por otro lado, está la cuestión generacional: millones de hombres y mujeres crecieron con la Web como lugar natural de socialización. Entonces, lo que antes se resolvía con una protesta callejera o juntando firmas en una esquina se canaliza ahora a través de plataformas virtuales”, diagnostica Gastón Wright, licenciado en Ciencia Política, con un máster en Political Economy por la Universidad de Toronto, y director de Change.org Argentina. 

El compromiso pega fuerte en el margen izquierdo del planisferio. De los usuarios de Change.org, diez millones se registran en América Latina, y dos millones y medio en la Argentina. Lo que sucede puertas adentro de nuestras fronteras es un verdadero furor: respecto de la proporción de participantes, nuestro país es el que más resultados logró (desde diciembre de 2012 a la fecha, se alcanzaron cuatrocientas “victorias”). “Los argentinos acumulamos demasiadas frustraciones. Hoy, nos animamos más a reclamar por nuestros derechos. Ya no esperamos que nadie nos resuelva los problemas, sino que exigimos que estos se solucionen como debe ser. Paralelamente, nuestros representantes están entendiendo que es primordial responder rápido para que los inconvenientes no pasen a mayores”, sostiene Wright, profesor de Teoría Política en la Universidad del Salvador.

Por estos pagos, más del cincuenta por ciento de los entusiastas son mujeres, y los destinos que pican en punta son Ciudad de Buenos Aires, provincia de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza y Entre Ríos. ¿Los temas que más preocupan? Salud, derecho de los animales, explotación infantil, justicia social, medioambiente y educación. Los protagonistas que plantean las demandas son perfectos desconocidos, o celebridades del espectáculo que aprovechan su buen nombre y honor para mover el avispero. 

Tal es el caso de Liz Solari, quien no paró hasta encontrar un maestro bilingüe para la comunidad guaraní de Ivoty Okara. “Carlos y Nilda son una pareja que creó una organización que trabaja en este rincón de Bonpland, en Misiones. Ellos me inspiraron a aportar mi granito de arena y mejorar la calidad de vida de esta comunidad, recolectando ropa, alimentos y hasta materiales para la edificación de viviendas. Pero necesitábamos un maestro que hablara la lengua de los chicos que asisten a una escuelita rural de la zona. ¡Y lo conseguimos! ¡Estoy feliz!”, exclama la modelo y actriz. 

El anonimato no hace menos efectivas las solicitudes. Basta recordar la modificación de la Ley Argentina de Protección a las Personas con Diabetes, la aprobación de la Ley de Trasplantados, o la prohibición de un show de fuegos artificiales cercano al zoológico porteño (para que casi cuatro mil animales no sufrieran las consecuencias de los ruidos de la pirotecnia).  
Una obra emblemática fue la reconstrucción de una escuela primaria en la localidad chaqueña de Taco Pozo. En febrero de 2013 se incendió por una falla eléctrica, y las clases empezaron a darse en un microestadio: un buen plan de emergencia, pero insostenible en el tiempo, por la incomodidad de un recinto con dificultades de acústica y calefacción. Teresa, su directora, batalló contra viento y marea para volver a levantarla. Persevera… y triunfarás.

Acciones constructivas: ganamos todos 

En 2006, Rattray se cansó de que funcionarios y empresarios hicieran oídos sordos a los atropellos e inequidades. Para combatirlo, primero subió un blog de denuncias sociales que tuvo gran aceptación y seguidores. Al año siguiente, ya en compañía de Mark Dimas, nació Change.org, que se propagó como reguero de pólvora en casi doscientas naciones. 

“Lo importante es generar empatía en el público: que setenta mil personas firmen pidiendo que un niño tenga la silla de ruedas que debiera otorgársele es como imaginarse diez plazas de Mayo repletas gritando por ello”, grafica Wright. Y profundiza: “Lo diferencial de estas plataformas es que, por cada firma on-line, les llega un mail a quienes son dirigidos los petitorios. Por lo tanto, aquellos que toman las decisiones están absolutamente enterados de cada requerimiento. Es más: ellos mismos pueden responderles a todos los interesados. Con esta comunicación directa, el círculo queda completo”. 

Hay aspectos esenciales para transformar una adversidad en una “victoria”. La estructura básica consiste en una foto contundente, y un texto con un título claro y persuasivo. Para acercarse a otros usuarios (y, por qué no, a los medios masivos), la historia tiene que ser “poderosa”. Según dicen los expertos, nos distancian de ello apenas cuatro párrafos: una introducción que explique quién es uno, qué quiere y por qué; la conexión íntima con el hecho en sí; y los dos tramos finales, que deben ahondar en los riesgos: qué sucede si no prospera nuestra rogativa, si nadie la contesta.

“El ‘ciberactivismo’ no es eficaz para luchar contra la corrupción o el hambre, pero sí lo es con asuntos más concretos. Si sabemos orientar nuestro grado de insatisfacción hacia lo propositivo, funcionará. Quejarse no está mal, pero sugerir algo positivo es otra cosa”, afirma la española Susana Fernández Garrido, licenciada en Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y directora para Latinoamérica de Change.org. Y postula: “El propósito es que ganemos todos. No tenemos por qué confrontar. Estamos muy familiarizados con la denuncia, cuando la idea madre es emprender acciones constructivas”.

“Acumulamos demasiadas frustraciones, y nos animamos a reclamar más. Ya no esperamos que nadie nos resuelva los problemas, sino que exigimos que se solucionen como debe ser. Y nuestros representantes están entendiendo que es primordial responder rápido”.

Por su parte, Wright concluye: “Internet es una herramienta, no es la panacea. Así como, a principios del siglo XX, el auto hizo que emergiera un consumidor inédito, la Web también está resignificando el concepto de ciudadanía. ¿Cómo medimos la petrificación cívica: por medio de una manifestación o a través del volumen de tráfico on-line que se origina para apoyar causas de cambio social? Lo que hay que debatir y repensar es cómo nos congregamos para reclamar en pleno siglo XXI. Estos sitios no reemplazan el presentarse en una mesa de entrada y entregar un petitorio, pero sí ofrecen otra posibilidad de ser respaldados por los demás. Esto es muy disruptivo, todavía falta camino por recorrer para que la sociedad se acomode a esta nuevas formas de participación”. 

Change.org en cifras

•Más de 100 millones de usuarios en 196 países. 
•Más de 3 millones de usuarios nuevos cada mes. 
•Un equipo de 200 trabajadores en 18 países. 
•Más de 28 millones de personas pudieron experimentar cómo se puede cambiar algo, a través del poder de su firma. 
•Más de 2 millones de usuarios en la Argentina, y más de 1 millón de peticiones creadas. 
•A nivel global, se generan más de 1000 demandas nuevas por día. En nuestro país, el número supera las 80.

Boom internacional 

El “ciberactivismo” está afianzado en el mundo entero. Estados Unidos, por ejemplo, es uno de los países que más aceitada tiene la cultura de peticiones on-line. La mismísima Casa Blanca determinó que responde a todas aquellas que tengan por encima de veinticinco mil firmas. A través de Change.org, se lograron movidas muy fuertes. Tal es el caso de Sudáfrica, donde se prohibieron las violaciones correctivas a mujeres lesbianas. Antes no había una ley que condenara esta práctica, y sucedía con total impunidad.

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