ENTREVISTA


Velas doradas


Por Aníbal Vattuone.


Velas doradas 
Los últimos Juegos Panamericanos confirmaron el excelente presente de algunos talentos argentinos. Por ejemplo, el de Guillermo Bellinotto y sus compañeros, que se colgaron la medalla de oro en vela. Aquí, repasa aquellos días de gloria y sueña a futuro.

En las oficinas de la Fundación Vida Silvestre, hay un brillo distinto. No es la luz que se “frena” en las ventanas cerradas pero translúcidas. No. Es el reflejo que emana ese disco enorme de oro que está sobre la mesa y encandila. Es la medalla que Guillermo Bellinotto obtuvo en los últimos Juegos Pana-mericanos de Toronto (Canadá). Junto a Matías Pereira, Federico Ambrus y Juan Ignacio Pereyra, consiguió esta distinción en vela, precisamente en la clase J-24.

Mientras la fotógrafa gatilla una y otra vez, Guillermo aclara que la estética no le interesa, pero que si le pueden eliminar digitalmente el acné, mucho mejor. “Es la pubertad”, bromea a sus 37, con una sonrisa cómplice. Y repasa una hazaña que todavía está fresquita: “En ningún momento dijimos: ‘Vamos por el oro’. Obvio, fuimos a ganar, pero como fuimos los primeros, podríamos haber salido últimos. Si lo analizo ahora, me doy cuenta de que era muy difícil que se nos escapara, ya que estábamos afilados, muy veloces –amén de esa dosis de suerte que siempre es necesaria–. A la distancia, todo parece fácil, pero no lo es. La experiencia fue día a día, con un muy buen nivel de participantes. Pero nosotros fuimos muy consistentes. Nunca bajamos del tercer puesto”.

La de este cuarteto fue una de las quince medallas doradas que acumuló la delegación nacional (además, nos colgamos 29 de plata y 31 de bronce). Cuando Guillermo la recibió, la miró varios segundos y no resistió la tentación de besarla. “Fue una sensación muy fuerte. Fueron muchos años de esfuerzo. Me emociono cada vez que veo las fotos. Mi alma es deportista”, desliza.

–¿Cómo se prepararon para el evento?
–Nuestro plan de trabajo arrancó en noviembre del año pasado. Diseñamos un plan con la cabeza puesta en los Panamericanos. Estudiamos los vientos que afrontaríamos, el tipo de intensidad que íbamos a tener… Es un lugar que se navega con muy poco viento; es muy difícil hacerlo en esas condiciones. Tuvimos que adaptarnos, ya que el barco para los Pana-mericanos tiene otra configuración: lleva una vela más chica en proa, y la tripulación y el peso de esta debe ser menor: baja de cinco a cuatro integrantes, y de 400 a 340 kilos. ¡Es todo diferente! Ahí la decisión no fue sencilla, ya que uno de nosotros debía privarse de concurrir a los Juegos. Finalmente, el que no viajó fue mi hermano, que acababa de ser papá.

–¿Desde un primer momento consideraron a los canadienses como los contendientes de mayor dificultad?
–En realidad, apuntábamos a que serían los peruanos y brasileños, que cambiaron su timonel a último momento, algo que no esperábamos. Pero hay detalles que incidieron en el balance general de la competencia: nosotros pudimos llegar antes, y probar un barco que ya conocíamos porque lo habíamos usado en el mundial de 2009, donde salimos terceros. El barco es viejísimo, de 1982… ¡Una reliquia!?¡Y?nos enfrentamos contra barcos de 2015! Pero es un “barcazo”: lo bautizamos “El relámpago azul”. 

El dato, que no es menor y tampoco sorprende, es que ninguno de los cuatro vive del yachting. Por eso, tuvieron que coordinar sus trabajos semanales con los entrenamientos. “Quedamos muy estresados; cada uno se tomó vacaciones después de la competición. Y eso que muchos creen que fuimos a Canadá a pasear. ‘Te fuiste a navegar veinte días’, nos decían… Si supieran la concentración que requiere toda esta movida…”, confiesa Guillermo.

–El plan salió como lo pensaron.
–Sí, salió todo muy bien. Tuvimos ese plus de la velocidad. En este deporte no gana el que no se equivoca, sino el que comete menos errores. 

–Consagrado o no, cada deportista habla de la experiencia en la Villa Olímpica. ¿Cómo fue la tuya?
–Impresionante. Al navegar en el lago Ontario, éramos los que más cerca estábamos de la sede. Eso no suele pasar con la vela, que ni siquiera está en la Villa. Por lo tanto, hasta ahora, es el recuerdo de mayor importancia de mi vida. Compartís espacios con gente muy destacada a nivel mundial.

Orígenes 

Guillermo le debe su afición por la náutica a papá Bellinotto, quien tuvo barcos desde los 18 años. “Él nos inculcó la pasión a mi hermano y a mí. Siempre cuento la anécdota de cuando éramos chicos y mi mamá le pedía que nos llevara a la plaza. Él se negaba y le contestaba: ‘A la plaza no, vamos al barco’. Así que era ir sí o sí… ¡Y noso-tros, encantados! Siempre lo disfrutamos”, evoca.

–Lo heredaste y lo asimilaste...
–Absolutamente. Nunca me arrepentí de haber salido a navegar, y eso que, a veces, el clima no es muy agradable: llueve, hace frío, el sol fuerte te “parte” en la cabeza –cuando no hay viento, directamente no lo soportás–. A pesar de todo, siempre vuelvo. 

–Hace casi dos años, en noviembre de 2013, saliste primero en el Sudamericano que se hizo en el Club Universitario de Buenos Aires (CUBA). ¿Qué recuerdos tenés de aquella vez?
–Lindísimos… Como todos los campeonatos que se corren y se pueden “decorar” con una victoria. Aquella ocasión fue particular: fue en mi club, con mi hermano. Tuvo un sabor muy especial. Ganamos dos Sudamericanos más antes: el primero fue en 2007, en el Club Náutico Olivos. Al año siguiente, fuimos a defender el título a Algarrobo, en Chile. Y también fue memorable, porque estábamos de visitantes; llevamos el barco cruzando el paso Cristo Redentor… 

–Una osadía…
–¡Una aventura! Le sacábamos fotos al barco con las montañas nevadas detrás... Increíble. Pero vuelvo al Suda-mericano de CUBA: fue un plus festejar ahí y recibir los premios en el mismo lugar en el que iba a almorzar con mi familia cuando era chico.

–¿Qué lugar ocupa en tu vida CUBA?
–Fue donde me crié, siempre entrené ahí. Hago squash, voy al gimnasio. Para mí es uno de los mejores clubes del país. Te da un abanico de alternativas muy completo: esgrima, boxeo, golf. Suelo ir a las sedes de Palermo y Viamonte, pero cuando vamos con mi papá y mi hermano a la de Núñez, disfrutamos de salir al agua sin competir. El deporte es salud: es una de las cosas que aprendí de mi papá. Y, a la vez, no solo nos hace mantenernos en estado, sino forjar amigos.

Al principio mencionábamos las oficinas de la Fundación Vida Silvestre. Allí Guillermo se desempeña en lo que se refiere a la contaduría. Su jefa es su amiga, y eso tiene sus ventajas: cuando necesita días para navegar… los tiene. “Este sitio es otra de las cosas que me emocionan. Tuve ofertas para trabajar en Cerdeña o en República Dominicana… Pero a mí me encanta trabajar en la fundación. Noso-tros lo que hacemos es protección ambiental, el cuidado de la Tierra. Es una visión sin un gramo de egoísmo. No queremos proteger al yaguareté y nada más. Nos preocupa el yaguareté pero, asimismo, un ave, el ser humano, que podamos coexistir y convivir”, postula Guillermo.

–Miremos al futuro: ¿cuáles son tus sueños, tus próximos deseos?
–Apuntamos al Mundial que se realizará el año que viene en Japón. Es lo que nos falta, siempre estuvimos muy cerca de los primeros. En el que se organizó en Cerdeña salimos séptimos. Esperemos, gracias a la medalla, contar con el apoyo del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD) y la Secretaría de Deportes. El año que viene tenemos Juegos Olímpicos y todos los fondos están destinados a eso. Está muy difícil, pero fantaseamos con lograrlo.

Corte y confección

Para los Panamericanos, la preparación fue tan minuciosa que el cuarteto dorado confeccionó una vela especial. Lo cuenta el propio Guillermo: “Lo primero que nos propusimos es cómo lograr tener un as bajo la manga, y ser más veloces que los demás. Por eso preferimos no ir con las velas convencionales de la categoría J-24. Matías Pereira, que es el timonel del barco y una persona muy detallista, nos comentó la idea de hacer una vela que se adaptara a la situación climática de Toronto. Esto era hacer una vela que funcionara para vientos calmos. La desarrollamos, e hicimos muchos juegos de velas con el apoyo del ENARD y la Secretaría de Deportes. Así empezamos a probarla en distintos campeonatos”. Ante la consulta de por qué no pudo ocurrírsele a sus rivales, sonríe con el orgullo que solo un amigo puede demostrar, y sentencia: “No lo sé.  Quizá no tienen a un Matías Pereira”.


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