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Carlos Pellegrini. Vivir para contarla


Por Carolina Cattaneo.


Carlos Pellegrini. Vivir para contarla
Aliado de la naturaleza y la vida silvestre local, este pueblo correntino de los Esteros del Iberá logró sobrevivir al desempleo y superar el éxodo de los jóvenes gracias al turismo sustentable. Un oasis de silencio en medio de lagunas y embalsados que recibe 20.000 viajeros por año.

Las primeras señales de que el destino está cerca aparecen al costado de la ruta. Primero se ven algunas garzas, teros y otras aves, como el ipacaá, que con sus picos amarillos y sus colas negras en alto van y vienen a través del camino. Luego se ve a una pareja de carpinchos y a sus crías corriendo torpemente detrás. Luego, a un ciervo que cobra magnificencia con la última luz de la tarde iluminando de lleno su cornamenta. Ya van 120 kilómetros de ripio, atrás quedó la ciudad de Mercedes y, atravesada por un puente de metal y madera, una laguna inmensa como un mar tranquilo da paso al pueblo Colonia Carlos Pellegrini, una de las puertas de entrada a los Esteros del Iberá, en el centro noreste de la provincia de Corrientes, la primera localidad dentro de esta Reserva Provincial de 1,3 millones de hectáreas que se volcó al turismo y hoy vive de él.  

Llegar de noche
Pronto serán las diez de la noche de un lunes de septiembre, pero en cualquier día de la semana, en cualquier estación del año, quien llegue al pueblo por estas horas puede ser testigo o partícipe de una escena parecida a esta: ladra un perro a lo lejos y desde una dirección incierta se oye el motor de una lancha que navega lento por la laguna. En medio de la oscuridad, la vía láctea parece un puñado de polvo echado al aire y suspendido sobre un fondo de telón azul. Los farolitos de pie de cada cuadra apenas alumbran la calle de arena y tierra. Una camioneta se acerca hasta la puerta de una posada y de ella descienden cuatro viajeros de unos 60 años cada uno. De allí bajan un bolso de mate, botas de goma, sombreros. En el interior de la hostería huele a comida casera y suena un chamamé. Quien llegue al pueblo por estas horas puede cenar, irse a dormir y, al amanecer, sin exagerar, oír caer las gotas de rocío. 

Pellegrini, pueblo modelo
El Parque Provincial Iberá está constituido por 482.000 hectáreas públicas en el corazón de la Reserva Natural, un espacio más amplio que abarca, junto con terrenos privados, un total de 1,3 millones de hectáreas. Desde 2009 y por decreto, los límites del Parque Provincial Iberá quedaron definidos y hoy, en su área, está prohibida la caza, la pesca extractiva o hacer grandes cambios en el uso de la tierra sin una evaluación previa del impacto ambiental. A esta suerte de santuario ecológico lo bordean diez localidades; entre ellas, Pellegrini, pionera y modelo de turismo sostenible en la región.

Reinventarse
Esta historia podría haber sido como la de otros pueblos rurales de la Argentina que alguna vez tuvo rutas, fábricas o trenes, que un día dejó de tenerlos y donde, poco a poco, sus jóvenes partieron hacia centros urbanos, hasta despedir al último habitante. Algo de eso ocurrió, en efecto, en Colonia Carlos Pellegrini: su gente trabajó, hasta los años noventa, en estancias ganaderas y arroceras de la zona; cuando esa producción dejó de ser rentable, el trabajo mermó y los pobladores empezaron a irse. Pero gracias a esos volantazos insospechados que da el destino, cuando la ruta nacional 14 había dejado de pasar cerca del pueblo, cuando el precio del arroz era tan bajo que no valía la pena esforzarse en venderlo, cuando la carne ya no se exportaba, inversores privados de Buenos Aires que tenían tierras en la zona vieron que los amigos y familiares que los visitaban quedaban extasiados con la cultura y la vida silvestre del lugar y, a partir del año 2000, empezaron a poner los ladrillos de los primeros hospedajes. Atraídos por la naturaleza salvaje y también por la devaluación del peso, llegaron algunos extranjeros. Los dueños de las posadas comenzaron a contratar a sus vecinos para que trabajaran en las cocinas, la recepción, los servicios de limpieza, la jardinería. A algunos les propusieron ser guías baqueanos. Y una rueda impensada empezó a girar poco a poco. 

Hoy existen allí unas veinte hosterías, cerca del 85% de los pelegrineros se dedican a actividades relacionadas con el turismo y el municipio es el que tiene menor desempleo de toda la provincia. El turismo fue, para ellos, como haber visto una luz al final de un triste túnel. 

Los pioneros

Pedro Miño viste unas bombachas de campo, una gorra con visera, un abrigo. Él conduce una camioneta y por la radio suena un chamamé dulce y bajito. Mientras lleva a cinco huéspedes hacia otra posada de donde saldrá una excursión, les muestra a los pasajeros los principales lugares del pueblo: a la derecha la comisaría, unos metros más allá el hospital, en el medio la plaza con una estatua del general San Martín, más adelante la Municipalidad. El resto son casas bajas, de una sola planta, techo de chapa o de paja, insertas en medio de un terreno con árboles, flores, gallinas, perros, quizá también vacas y ovejas. A los costados de las casas, antenas de tevé satelital. En el frente, una casillita para el Gauchito Gil. Entre casa y casa, entreverados, hay hospedajes, algún comedor, un bar, quizás un kiosco, una escuela con jardín, primaria y secundaria, y ranchos rectangulares con paredes de adobe y galería alrededor, herencia del pasado guaraní que impregnó la región. Aquí no hay veredas y, entre los árboles de las calles, resaltan las manchas rosas de los lapachos en flor. “Acá hay más perros que personas”, dice Pedro, de 24 años. “Pero poquito  a poco se va poblando”.

Pedro se va y deja a los turistas en manos de sus cuñados, Estrella Losada y José Martin. José invita a los viajeros a subir a otra camioneta que luce como nueva y mientras tanto conduce al grupo hasta la reserva natural privada de Cambá Trapo, un paraje a 14 kilómetros de Carlos Pellegrini.

“Carlos Pellegrini es un pueblo turístico nuevo. Hace diez años era un pueblo viejo, con viejos y niños. Los jóvenes se iban a trabajar a Entre Ríos o a Buenos Aires, hasta que llegaron ustedes, los turistas, trajeron divisas y los atrajeron”, relata José, que entre la historia del pueblo entrevera la suya. Él nació hace 39 años y se crió en medio del campo. Lagunas, bañados, esteros y embalsados, islas con sus yacarés, carpinchos, chajás, serpientes curiyú o yararás fueron para él un paisaje cotidiano. Inquieto, José aprendió palabras sueltas en inglés de un diccionario que compró por una revista a una revendedora de cosmética femenina. Un día, mientras estaba en el locutorio del pueblo, cruzó algunas de esas palabras con un turista norteamericano. Entre señas lo invitó a conocer su casa, a sus padres y a sus hermanas. Fascinado con los pucheros que cocinaba la señora de Martin y con las habilidades rurales de toda la familia, el viajero se quedó una semana. Aquello fue para José una especie de laboratorio turístico: en poco tiempo, los dueños de las primeras posadas lo empezaron a contratar para que llevara turistas a su hogar y les mostrara la vida y las costumbres del campo. Así, poco a poco, José amplió su emprendimiento hasta convertirlo en una empresa familiar. “Nos fue tan bien que en 2009 nos encontramos con la necesidad de tener nuestro propio lugar”. Ya casado con Estrella, José montó su primera hostería, la Ecoposada del Estero, y este año abrió la segunda, Huella Iberá.

Volver para quedarse

La camioneta con la que Diana Frete llega hasta la posada de José y Estrella es desproporcionadamente grande en relación con su tamaño. Diana, de 26 años, que es concejal, empleada de la empresa de energía local y miembro de la asociación de guías de turismo de Pellegrini, conduce desde el pueblo hasta el centro de interpretación de naturaleza y la seccional de guardaparques. “Este es el lugar donde comienza todo –cuenta, ya lejos del vehículo inmenso y mientras camina por una larga pasarela de madera que se mete entre juncos y pastizales unos metros adentro de la laguna–. En el año 1983, la provincia decidió convertir a los Esteros del Iberá en Reserva Natural Provincial y propuso a los antiguos cazadores que se convirtieran en guardaparques. Esta fue su primera seccional. En aquel entonces eran cinco y, sin saber si el salario les iba a rendir como les rendía cazar, se pusieron la camiseta”. Gracias a eso, al cuidado de los cazadores devenidos en guardianes de la reserva, gran parte de la fauna local que había sido diezmada comenzó a recuperarse. Pero entonces llegaron los noventa, la falta de trabajo y la emigración hacia otras provincias. A fines de la década, de 2000 personas que había en Pellegrini, pasaron a ser menos de 700. “Después la emigración paró. Y con la inversión en las posadas y el impulso del turismo la gente empezó a tener trabajo acá, en la mano de obra de los hoteles, en la jardinería; las señoras de estos mismos albañiles iban a trabajar a las cocinas. Algunos chicos volvieron”. 

Otros ya no tuvieron necesidad de irse. Y el relato de Diana Frete se hace vívido cuando, cerca de las cinco de la tarde, Fabián Quintana sube a un grupo de viajeros a una lancha y lo lleva a recorrer la laguna. Fabián tiene 30 años y hace trece que es guía. Experto, conduce despacio y reduce aún más la velocidad si se acerca a un yacaré, a una pareja de chajás con sus pichones o a un ciervo que pasta entre los juncos. Habla poco, Fabián. Y cuando comienza a caer la tarde, apaga la lancha y observa. No volverá a ponerla en marcha hasta que la laguna se haya tragado al sol.

La restauración

Hace un tiempo que en Carlos Pellegrini las palabras “conservación” y “desarrollo local” son inseparables. “Sin conservación no hay turismo”, dice Roque Boccalandro, guardaparque de Iberá hace más de veintiún años. Roque, nacido y criado en Pellegrini, recuerda cuando la gente vivía de las arroceras y el ganado, recuerda el “éxodo” que convirtió a su localidad en un “pueblo fantasma” y recuerda el escepticismo con el que los pobladores miraban levantar las primeras hosterías. “Los veíamos poner los ladrillos y decíamos: ‘¿Un hotel en Pellegrini? ¿Quién va a querer venir acá?”. Y sin embargo, vinieron. Y la industria del ecoturismo en los esteros, con el avistaje de fauna como principal atractivo, se fue haciendo cada vez más grande. Hoy atrae a unos 20.000 turistas por año. Roque fue el maestro de muchos jóvenes que, como Fabián Quintana, actualmente trabajan en turismo sustentable.

Es la hora de la siesta y unos veinte guías y guardaparques, entre ellos Roque Boccalandro y Diana Frete, llegan a la Estancia Rincón del Socorro, la principal base de operaciones que tiene en Iberá Conservation Land Trust (CLT), la fundación que a mediados de los noventa compró 135.000 hectáreas de la Reserva Provincial con el objetivo de restaurar el ecosistema y luego donar las tierras al Estado para convertirlas en Parque Nacional o Provincial y así garantizar su conservación. En Rincón del Socorro los espera uno de sus biólogos para contarles las novedades de los proyectos de reintroducción de fauna que la ONG lleva adelante con especies ya desaparecidas en la región, como el pecarí, el tapir, el guacamayo, el oso hormiguero o el yaguareté. También, mostrarles los corrales inmensos donde buscan que dos parejas de venados de las pampas se reproduzcan, para luego liberar a sus crías. Ahora es momento de ir al medio del campo y acercarse a verlos. El biólogo pide que vayan entrando a los corrales en grupos de a siete personas, sin hablar para no asustar a los animales. Los guías se acomodan. Con sus cámaras de foto en mano, esperan, en silencio, su turno.



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