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Cumbre en el Kili


Por Lelio De Crocci..


Cumbre en el Kili 
Un grupo de amigos escaladores decidió poner proa a la aventura y escalar el Kilimanjaro, el pico más alto de África. Una experiencia emocionante y una historia atrapante.

No hay ser humano que al ver las montañas no haya quedado cautivado por su belleza salvaje, por su presencia y majestuosidad. Este fenómeno atraviesa la historia, las culturas, las religiones y civilizaciones. Algunos van más allá de la mera contemplación y se animan a caminar sus laderas, a explorar sus dominios y a tratar de hollar sus cumbres. A veces lo hacen por deporte, por su propio ego; otras lo hacen por la trascendencia cultural, por estar en contacto con la naturaleza, con Dios, con la Pacha (madre tierra). En todos los casos, vivir la experiencia es algo inigualable. Cada continente tiene su montaña “más alta”. El nuestro está coronado por el Aconcagua, con sus 6960,8 msnm (según el IGN 2012), y el continente africano por el monte Kilimanjaro, con sus 5895 msnm, en Tanzania. Los dos forman parte del proyecto “7 Summits”, las siete montañas más altas de cada continente. ¿Por qué no intentar el Kili? La idea surgió en un grupo de seis amigos escaladores. Y allí fuimos. Es un viaje exótico al corazón del continente africano, así como un lugar histórico porque muy cerca de la montaña se encontraron los restos arqueológicos humanos más antiguos. Los planetas se alinearon y hacia allá partimos para vivir una aventura tan única como alucinante.

Bienvenidos a África

En cada escala del largo viaje uno se va adentrando en el continente negro. Del sofisticado y moderno aeropuerto sudafricano en Johannesburgo, se pasa a uno más modesto en Nairobi, en el que los carteles son pizarrones escritos a mano y las salas de espera son galpones, para aterrizar más tarde en el pequeño aeropuerto de Tanzania, donde definitivamente uno siente que está en el África que muestran los documentales. Al llegar a la ciudad de Arusha, que está en una zona baja y húmeda, nos avisaron que hay que cuidarse del mosquito que transmite la malaria. Cerca de allí, en el Pamoja Lodge Expeditions, nos esperaba Gibson, el guía líder, con todas las indicaciones pertinentes para comenzar la expedición al día siguiente.

Una montaña diferente

En el segundo día, amanecimos con un rico desayuno, el último, pensamos errados, ya que en cada uno de los campamentos nos esperaba una carpa comedor con todas las comodidades y comidas muy sabrosas. Subimos al micro con el grupo de guías, ya que hay una ley local que obliga a los escaladores a contratar sus servicios para darle trabajo a la gente. Teníamos un guía cada dos personas, tres porteadores cada uno y un cocinero de expedición. Un total de veintidós personas a nuestro servicio. En los Andes, cada expedicionario carga con lo suyo. El ambiente selvático se siente, el calor también, y notamos que no éramos los únicos en busca de esta aventura. El Kilimanjaro tiene varias rutas de ascenso; la más famosa de ellas, la Marangu, es tan recorrida que la llaman “la ruta de la Coca Cola”. Elegimos la Machame, una ruta particular, más rústica, sin tantas comodidades pero con el atractivo de un recorrido circular: se entra por un lugar y se sale por otro, así que el paisaje es siempre nuevo. Ese día había unos cien montañistas intentando el ascenso, o sea, unos ¡cuatrocientos porteadores! Una marea de gente que iba al mismo lugar. En Los Andes, salvo montañas muy concurridas, como el Aconcagua, uno puede pasar días sin cruzarse con nadie. Esto hacía mucho más surrealista la situación.

Nos esperaban 18 kilómetros de caminata y unos 1000 metros de desnivel para arribar a Machame (2980 msnm). Es un trekking por la selva (bosque lluvioso), con árboles que superan los treinta metros de altura, y plantas tipo helechos más altos que nosotros. Los ruidos alejados del camino nos daban el indicio de la abundante vida silvestre, pero éramos tantos que solo pudimos ver algún que otro mono. El paisaje se disfruta mucho... aún no caíamos en la cuenta de que ¡estábamos caminando hacia el Kilimanjaro, en Tanzania, en África!  Al llegar al campamento todo estaba armado; solo había que disfrutar, comer e hidratarse, fundamental en la altura para evitar el mal agudo de montaña, la enfermedad que te puede impedir llegar a la cima. Empezamos con los primeros mates y el intercambio cultural enseñándoles y aprendiendo las cosas típicas. 

Un paisaje un poco más conocido 

El tercer día, nos trasladarnos al campamento Shira, a 3840 msnm, que son unos 9 kilómetros de recorrido. La altura comenzaba a hacerse sentir en nuestros cuerpos y en la geografía. La vegetación baja su altura ostensiblemente y los brezales ya son similares al paisaje semidesértico de nuestra Puna. La inmensidad puede admirarse; a lo lejos se divisa el monte Meru, que con sus 4566 msnm es el segundo volcán más alto de Tanzania. Después de cuatro horas de caminata, en Shira nos hicieron el recibimiento formal del personal de guías, porteadores y el cocinero: una ceremonia con danzas y canciones, una experiencia cultural muy fuerte y emocionante. Y como corolario, un atardecer diáfano, de un rojo intenso, que dibujaba las líneas negras de las montañas y de la selva allá abajo. Todos los días se descubre algo nuevo, se vive tan intensamente que la caminata y la altura pasan a segundo plano. Es algo mágico y lo disfrutamos, y agradecemos a Dios por otro día intenso... A descansar para lo que viene.

La Lava Tower
En el trekking del cuarto día hay que llegar hasta el campamento Barranco, a 3950 msnm, a solo cien metros de diferencia de donde estamos. Pero como hay que pasar por Lava Tower, que queda a 4630 msnm, hay que subir para después bajar en 10 kilómetros de distancia. Esto en la montaña se llama “aclimatar”. Tocar una altura superior para luego dormir en una altura inferior: el cuerpo se recupera y se prepara para lo que viene. Lava Tower es una piedra inmensa de unos 50 m de altura que quedó de alguna erupción. En la bajada, pasamos por un campo de árboles endémicos, los dendrosenecios, que tienen una forma muy rara, y cada rama tarda cincuenta años en crecer, así que se puede deducir la edad contando las ramas. Algunos tienen quinientos años, casi tan viejos como el descubrimiento de América. 

Barranco Wall y Karanga
Amanecimos temprano porque hay que escalar una pared de 200 metros en fila india. Todas las expediciones pensaron lo mismo, así que se siente la presencia de la gente. El lugar se llama Barranco y es el más vertical de nuestra ruta. Después de una linda llanura de altura hasta llegar al valle Karanga, hay que bajar unos 100 metros, cruzar un río pequeño y volver a subir. Eso es cambiar de un filo a otro.
Después de dos horas de caminata y 9 kilómetros en total, se llega al campamento Barafu, a 4550 msnm, que está montado en el filo de la montaña. Como no hay lugares planos, las carpas están camufladas entre las piedras. La vista es magnífica, arriba la cumbre y en el horizonte el monte Mawenzi, de 5149 msnm, que es la cumbre secundaria del macizo del Kilimanjaro.

¡Cumbre!
Gibson, el guía líder, nos vaticinó el éxito en este sexto día de travesía. Con el corazón latiendo a mil, la adrenalina y los termos llenos de café, salimos a la aventura antes del amanecer, la hora más fría del día. Parecía la salida de un vestuario antes de una final: gritos de aliento, abrazos y alegría. De entrada el paisaje nos regalaría una imagen surrealista: cientos de personas intentando ascender la montaña. Era una guirnalda de luces desde el campamento hasta el filo del volcán, una guirnalda de 1000 metros de altura. Imposible sacar fotos con el equipo que teníamos y con el frío que hacía, pero quedó grabado en nuestras retinas para siempre. Con varias horas de caminata, la falta de oxígeno se siente y la cabeza empieza a jugar un papel preponderante. El cuerpo está al límite y con cada paso se corre un poco más ese límite. Algunos se quedaban dormidos en los descansos, pero gracias a las palabras de aliento de los amigos, continuaban. Se ven los primeros rayos de sol y al atisbar el panorama el ánimo cambia. Falta poco; llegamos al filo del volcán Stella Point, a 5685 metros. Quedan 200 metros de desnivel, o sea, casi dos horas más. Luego de un recorrido más largo del que teníamos en mente tocamos el techo de África: ¡la cumbre! Nos fundimos en abrazos, llantos y emoción. 

Fotos, filmaciones y nuestro ritual: armamos una apacheta (montañita de piedras) donde dejamos testimonio y ofrendas. Después empezó el descenso: llegamos al campamento Mweka, a 3100 metros de altura, a las siete de la tarde. Habíamos arrancado a la madrugada y caminado 13 kilómetros. El cansancio era extremo, pero la felicidad era total.

Último trekking 
Las danzas de despedida de los porteadores nos hacían notar que la travesía llegaba a su fin. De nuevo pasamos por la selva pero por un lugar diferente al de la subida: paisajes distintos y de bajada, y todo se hizo más rápido. Al pasar por la última oficina de guardaparques nos dieron los certificados de cumbre y salimos del parque. Un pequeño pueblo de montaña, muy pobre, fue el primer contacto con la civilización. El festejo continuó a la noche saboreando una carne muy picante pero muy rica en un restaurante de la zona y, después, a bailar con música electrónica cantada en swahili. El volcán Kilimanjaro es una montaña que nos marcó no solo deportivamente sino también en lo cultural. Una experiencia inolvidable.

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