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Mirar hacia adelante


Por Mariano Petrucci..


Mirar hacia adelante
Una infancia con necesidades, una catástrofe natural, una noticia inesperada. Constantemente, la vida nos desafía a reconstruirnos frente a las adversidades. Tres historias inspiradoras demuestran que si se quiere, se puede.

Resistir, resurgir creativamente, rescatar lo positivo de lo negativo. De eso se trata la resiliencia. “Las personas tienen la maravillosa capacidad de reinventarse y reconstruirse a partir de la adversidad, y no dar por sentado que una experiencia traumática o de sufrimiento, por masiva y feroz que se presente, puede vencerlas”, sostiene Viviana Sánchez Negrette, licenciada en Psicología, terapeuta individual y familiar como orientadora vocacional y profesional.

No se trata de evitar la angustia, la ansiedad o el miedo, sino de preservarse, ser optimista, darle sentido al dolor que se atraviesa. La receta de la resiliencia tiene una pizca de flexibilidad, otra de saber encontrarles soluciones a los conflictos, y mucha autoestima alta, empatía, sociabilidad, autonomía. En su más reciente libro, Historias de corazón, Alejandro Gorenstein reunió diez relatos unidos por el mismo hilo: el amor. Aquí, adelantamos tres de ellos... Un canto a la superación.

Un golazo 

“Vos empezás a irte un día, volvés a la noche, a los meses no volvés una noche, y te das cuenta de que sobrevivís y tenés libertad. Desde ese momento que me fui, nunca más volví a casa; eso me salvó la vida”. Con apenas 9 años, Fabián Ferraro decidió no regresar al asentamiento en el que vivía con su familia, en el partido de Moreno, en el oeste del conurbano bonaerense. Dejó atrás la casilla sin baño en la que vivía junto a sus padres y sus seis hermanos. Y planeó un futuro sin pobreza, sin desnutrición, sin tenerse que ir a dormir solo con un vaso de leche en la panza. Se animó a soñar con una oportunidad.

Comenzó a ganar un par de monedas como vendedor ambulante, oficio que le enseñó un “busca” del tren Sarmiento que lo “adoptó” y, mientras le revelaba los secretos para tentar a los pasajeros con una lapicera o un espiral, lo mandó al colegio a terminar la primaria. Pero Fabián era talentoso para el fútbol, y recaló en el club Argentino de Merlo. Allí no solo lo formaron como jugador, sino como persona (contrarrestaron las deficiencias físicas que arrastraba desde su infancia, y le propusieron hacer terapia). 

Debutó a los 18 años frente a Dock Sud, y más tarde logró el ascenso a la “C”. A los 21, un representante negoció su incorporación a Deportivo Andorra, de la tercera división de aquel país europeo. Para hacerse de un dinero extra, en los ratos libres trabajó en los montes Pirineos. Pero no soportó la distancia, y, a los dos años y medio, pegó la vuelta.

Corría 1992. En las esquinas de Moreno, los vecinos debían pagar “peaje” a un grupo de adolescentes de mala fama que portaban armas. Y a Fabián se le prendió la lamparita: se le ocurrió que, a través del fútbol, podía ayudar a esos chicos. Y los convenció de entrenar para anotarse en los torneos bonaerenses. “Los pibes se entusiasmaron. No tomaban alcohol, se cuidaban, y querían revertir su reputación en el barrio”, recuerda Fabián. Conclusión: vencieron en la final a Deportivo Morón; esa noche, el vecindario se reunió en una sociedad de fomento para felicitar a sus campeones juveniles.

Con esa experiencia sobre los hombros, Fabián fue por más. En lo que era un basural, fundó el Polideportivo y Club Defensores del Chaco, destinado a jóvenes sin proyectos, vacíos de esperanza. Hoy, el predio tiene ocho hectáreas, un teatro para más de 200 espectadores, tres canchas y un centro cultural. Por allí pasan 4500 almas que disputan los campeonatos de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Como si esto fuera poco, construyó un jardín en un edificio de dos pisos para 200 alumnos.

A fines de la década del 90, Fabián encaró otra apuesta: el fútbol callejero, una modalidad que no incluye árbitro. O sea, las reglas las acuerdan los dos equipos antes del partido (un mediador interviene solo cuando ambos conjuntos no pueden solucionar los conflictos). La disciplina se exportó a Chile, Paraguay y Ecuador. En 2005, se llevó a cabo el “Primer Encuentro Latinoamericano de Fútbol Callejero”, en plena avenida 9 de Julio, a pasitos del Obelisco porteño. Y en 2006 se realizó, en Alemania, el primer mundial organizado por la FIFA.

En la actualidad, Fabián, padre de Lucas, Malena, Franco y Lucio, creó el programa “Fútbol para el Desarrollo (FUDE)”, que abarca dieciséis clubes de Moreno, cada uno de los cuales cuenta con unos 600 inscriptos. Allí, en un ambiente de contención, se aleja a los jóvenes del universo de la calle y de la droga. “Me doy cuenta de que todo lo que hago socialmente es para que no le pase a ningún pibe lo que me pasó a mí. Todo lo que pueda aportar para que eso no suceda lo voy a hacer. Uno no puede ser feliz si hay chicos que comen salteado. Quiero un país en el que todos podamos ser felices”, se ilusiona Fabián.

Resurgir de los escombros 

A las 3.34 del 27 de febrero de 2010, la tierra tembló. Literalmente. En apenas tres minutos, un terremoto alcanzó una magnitud de 8,8 Mw, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. Belén Peralta Reyes estaba mirando una película en el cuarto de su casa de Chillán, una ciudad de 175.000 habitantes ubicada en el centro-sur de Chile, conocida por sus imponentes pistas de esquí. El miedo la invadió: el sismo, el segundo más fuerte en la historia de su país y el sexto a nivel mundial, la dejó perpleja, desorientada. 

En aquel entonces, Belén tenía 17 años. Las paredes se agrietaron, las vigas de madera que sostenían el techo del segundo piso se vencieron, y los vidrios de la mayoría de las ventanas se rompieron, al igual que los muebles, los espejos, las lámparas y los equipos electrónicos. “Me sentí tranquila cuando vi que mi familia estaba bien, nadie estaba herido. Abracé a mis papás y a mi hermana, y lloramos los cuatro de desesperación. No se podía pisar el suelo, estaba lleno de repisas caídas y vajilla rota, con la que uno podía cortarse fácilmente”, evoca Belén.

Después el cimbronazo, los Peralta Reyes fueron en busca de sus otros dos hijos: Isabel, que residía a unas cuadras del hogar familiar, e Ignacio, que estaba de vacaciones en Dichato. A dos horas de Chillán, un tsunami provocado por el terremoto, dejó a Dichato abajo del agua. Ignacio sobrevivió al refugiarse en un cerro.

Esta tragedia natural se cobró más de quinientas víctimas. A Belén, la experiencia traumática le dejó varias enseñanzas. “Lo que pasó fue algo terrible, nadie quiere pasar por ello, pero tampoco nadie lo puede controlar. La vida se puede terminar en cualquier momento, por lo que debemos aprovechar cada instante, y salir delante de cualquier manera”, afirma. 

Con el apoyo de su escuela, que estuvo cerrada durante dos meses por la catástrofe, Belén recolectó y repartió donaciones entre los damnificados. A fines de 2010, ingresó en una institución que colabora con aquellos que tienen sus necesidades básicas insatisfechas. Dicen que una persona que viva 80 años en el país trasandino pasará, indefectiblemente, por dos terremotos de ese calibre. Está en uno saber qué hacer con ello.

Los ojos de la música y el deporte

Al año y medio, Facundo perdió la visión. La familia Drujera, oriunda de General Roca (Río Negro), tuvo que adaptarse a esta nueva realidad y hasta aprender cómo situar los muebles para que el pequeño no se chocara ni tuviera ningún accidente doméstico. Él, por su parte, no conoció otra manera de vivir. Lo suyo pasaba por las formas, las texturas, los olores y, digámoslo, por sobreponerse a la malicia que pueden tener los chicos en el colegio. ¿Si se rindió alguna vez? Si no lo hizo después de los cincuenta días en Neonatología por haber nacido prematuro, ¿por qué lo haría en lo sucesivo? Mientras se empapaba del sistema Braille, este joven veinteañero comenzó a entusiasmarse con los instrumentos musicales; especialmente, con el piano y la flauta traversa. Tal era el amor que profesaba por ello que su padre, al leer un anuncio en un diario, lo llevó a la Orquesta Infanto-Juvenil de General Roca, que buscaba talentos para incorporar a su proyecto. Tenía 12 años, y todavía recuerda su primer concierto. Pero no todas fueron negras y corcheas para este fanático de Queen. No. Se topó con otra pasión: la del deporte. Y Facundo le hace honor a aquella frase que inmortalizó Alberto Olmedo: “Si lo vamos a hacer, vamos a hacerlo bien”. Y se entrenó para competir en diferentes disciplinas: carrera de cincuenta metros, lanzamiento de pelota de sóftbol y torball (deporte intensivo de equipo para ciegos y personas con discapacidad visual). 

Lo suyo es más que una participación: en un certamen zonal ganó una medalla de oro, y en los torneos “Evita” se quedó con el primer puesto en una carrera de ochenta metros y en lanzamiento de bala. Desde hace dos años, Facundo, que es apadrinado por la Fundación Confluencia Patagónica para la Salud (FUNDAS), mantiene el récord patagónico de salto en largo; a nivel nacional, salió segundo en natación. En definitiva, son más de treinta las veces que hizo podio.  Hincha acérrimo de River Plate, escribió un libro sobre Demi Lovato (que le entregó en mano a la mismísima cantante y actriz estadounidense), trabaja en una radio y estudia música en el Instituto Universitario Patagónico de las Artes (IUPA). Sueña con ser profesor, compositor, y formar su propia banda o ser director de orquesta. “Siempre tuve fe y esperanza. Si uno quiere hacer las cosas, las puede hacer. Le digo a la gente que no baje los brazos: si uno no tiene expectativas sobre sí mismo, el resto no las va a tener por uno. Se trata de seguir adelante, pese a la adversidad”, concluye Facundo, con esa sabiduría que lo caracteriza.

El caso de Belén* 
No me caben dudas de que en su vida hubo un antes y un después del terremoto. La unión y el amor de su familia fueron fundamentales para empezar a dejar atrás el dolor y comenzar, lentamente, a proyectar un mañana. Compartir la experiencia con sus amigos, exteriorizando sus sensaciones, también fue trascendental para desahogarse, resistir y mirar con cierto optimismo el futuro. No es un tema menor la cantidad de herramientas que utilizó para superar una situación tan angustiante y desbordante. Y rescato su espíritu solidario, que se acrecentó con esta tragedia, y que le permite disfrutar y aprender del contacto con ese otro que tanto necesita afecto y ayuda.
*Por Alejandro Gorenstein.

El caso de Facundo* 
Qué mejor ejemplo de superación personal, de lucha, de tenacidad, de no darse por vencido. Es un chico que cree en sus capacidades y que no dejó de soñar. Esas ganas de revertir sus falencias o dificultades son las que, desde niño, le permiten atravesar positivamente cada una de las adversidades que debió afrontar. A esto hay que sumarle el apoyo y el amor incondicional de su familia, la crianza con sus pares –con los que compartió alegrías y tristezas en relación con su discapacidad– y la música, que alimenta el sentido de su vida. Facundo no tiene límites: le pone mucha fuerza y empeño a todo lo que hace. Ese es su principal legado: que siempre se puede salir adelante y que nunca es tarde para cumplir un sueño. 
*Por Alejandro Gorenstein.

El caso de Fabián* 
Hablamos de un luchador que no se rindió ante la adversidad. Según sus palabras, ese instinto de superación fue lo que lo “salvó”. La terapia le resultó fundamental para entender su pasado y para aprender a disfrutar y a apostar por la vida. Nunca se olvidó de sus orígenes y de sus padecimientos: asumir eso le permitió volcar toda su energía a ayudar a otros chicos sin oportunidades. 
*Por Alejandro Gorenstein.


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