TENDENCIA


Con sello propio


Por Carlos Adrián Maslaton..


Con sello propio 
Es uno de los arquitectos-diseñadores más prestigiosos del país. La impronta de Julio Oropel trasciende fronteras. Hoy, además de obtener premios y halagos, preside DArA, la asociación de decoradores. Un artista a puro talento.

Julio Oropel se destaca merced a la concreción de logros arquitectónicos y de diseño que están asociados a la originalidad, a la precisa geometría, a la combinación virtuosa de los materiales, al cuidado del impacto estético y a la búsqueda de la innovación. Oriundo de Córdoba, este refinado y talentoso arquitecto e interiorista, hacedor de objetos escultóricos y docente universitario (actualmente dicta un posgrado en Diseño Interior en la UBA), es, además, un ganador recurrente de competencias: el año pasado, en el marco de Casa FOA, obtuvo la Medalla de Plata Arquitectura y Diseño de Interiores Mercedes Malbran de Campos. 

En 2012, también en Casa FOA, se alzó con el Oro. Años atrás, sus diseños en cuero dieron la vuelta al mundo para venderse en la maison de la diseñadora de primera línea Donna Karan. También diseñó locales de estilo contemporáneo, en muchos de los cuales la madera es protagonista. Hiperactivo y multifacético como un espíritu renacentista, también se hace tiempo para presidir DArA, la asociación que impulsa el desarrollo y la promoción del diseño y la decoración de interiores en la Argentina. 

–¿Hay algún recuerdo de tu infancia que anunciara tu futuro como arquitecto e interiorista?
–Cuando terminé la secundaria en Córdoba, me puse a estudiar Ingeniería química, que era lo que me gustaba por entonces. Dejé a los dos años, me pasé a Matemáticas y Física, terminé y ahí me enganché con la carrera de Arquitectura. Eso pasa cuando no tenés muy claro lo que te gusta; yo no lo tuve tan claro desde el comienzo. Terminé en Arquitectura y no me equivoqué. De todos modos, fui docente de Matemáticas y Física en la carrera de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires. Me encanta la docencia, pero tuve que dejar porque no tenía tiempo; mi trabajo es intenso. (N. de la R.: Recién hace poco retomó las clases en un posgrado).

–Dijiste que no te gusta diseñar de manera impersonal, que preferís guiarte por la historia de quien va a habitar el espacio. ¿Cómo encarás ese proceso para descifrar la esencia del cliente?
–Es un proceso que exige esfuerzo y tiempo: tratar de percibir la sensibilidad de quien va a habitar esa casa o, si es otro tipo de hábitat –un espacio comercial, por ejemplo–, las personas a las que va destinada, y qué elementos no pueden faltar para que la gente sienta comodidad y placer. Es una búsqueda. Hay diseñadores y arquitectos que tienen su impronta muy definida, que la imponen y no les importa el gusto o la estética del cliente. En mi opinión, uno tiene que adaptarse a las necesidades del cliente sin perder el estilo que te identifica. Si el trabajo es una casa, ver quiénes la habitarán, cuáles son sus rutinas, sus tiempos. El diseño debe dar respuesta a todas esas necesidades. Hay gente que tiene más definido qué quiere, y eso te obliga a balancear entre su deseo y tu propuesta, de modo que lo que pretende sea lógico, funcional. Si te avenís a hacer acríticamente lo que te piden, incluso si se trata de un delirio, entonces, te convertís en un mero ejecutor. Frente a esos parámetros que se dan en el vínculo con quien te contrata, tenés que dar una respuesta ordenada, porque a veces la gente quiere cosas aisladas, y es difícil que eso contenga un criterio estético integral. 

–¿Existe una arquitectura y un diseño de rasgos nítidamente argentinos, o lo que impera es la adaptación de tendencias extranjeras?
–En algunas etapas históricas de nuestro país ha habido una postura o búsqueda de un lenguaje en arquitectura y diseño con una cierta identidad, pero que luego han sido solo tendencias, esfuerzos que han quedado reducidos a una tentativa. Creo que no tenemos, en arquitectura sobre todo, una impronta tan argentina que podamos decir que refleja nuestra idiosincrasia. Podemos rescatar por supuesto a arquitectos que, individualmente, han definido un lenguaje, un estilo que los destaca, pero eso mismo, en términos más de conjunto, no creo que haya existido. En el ámbito del diseño y el equipamiento sí siento que ha habido búsquedas más fuertes en pos de una identidad reconocible. 

Tenemos una historia, una cultura, por lo que siempre hay algo para rescatar. Quizás otros países similares al nuestro lo supieron aprovechar más. Brasil, por ejemplo, que tiene una mirada hacia adentro, mientras que nosotros siempre hemos mirado hacia afuera. Traemos, adaptamos y transformamos lo que se hace en otras partes del mundo. Tal vez alguna vez lleguemos a configurar un movimiento cultural  fuerte, que trascienda al diseño y nos envista de una identidad potente. 

–¿Sustentabilidad, funcionalidad y valor estético son los parámetros que definen la arquitectura y el diseño contemporáneo, o las variables en juego son otras?
–Sí, esos tres valores son centrales: diría que el valor estético lo pondría en primer lugar, porque es lo que ves, lo inmediato y lo que capta la atención –si algo es o no lindo– del observador. La funcionalidad también, porque si comprás un sillón que es incómodo, no podés usarlo, más allá de que sea bello. La sustentabilidad también es un factor gravitante, pero entre nosotros es un valor más reciente. De hecho, la diferencia con sociedades más evolucionadas –o antiguas si se quiere–,  como las europeas, es que para ellos es una premisa arraigada e internalizada. 

Ya la palabra ni siquiera la usan demasiado. Es un valor incorporado, igual que el tema del comercio justo –de dónde viene el objeto, si quienes lo elaboraron fueron bien remunerados, si fabricarlo implicó contaminar el medioambiente–. Para los países nórdicos, por ejemplo, la sustentabilidad es el presente. Tienen viviendas que captan la luz y que producen su propia energía. Pero nosotros estamos incorporando también ese criterio, progresivamente: hoy los más pequeños aprenden estos valores en la escuela, y son ellos los que te hacen entender que tenés que poner lámparas de bajo consumo para conseguir la misma luminosidad sin gastar tanto. Está surgiendo la necesidad social de ir hacia modos de vida más próximos a lo natural, a no usar tanto plástico. Es un proceso con una dirección que, afortunadamente, no tiene reversibilidad. 

–Si los ámbitos que habitamos y los objetos con los que elegimos rodearnos hablan de quiénes somos, ¿qué dice tu casa sobre vos?
–No me gustan, al menos en esta etapa de mi vida, las casas tan despojadas. Me gusta estar rodeado de los objetos que quiero, que he traído de distintos viajes. Incluso, tener alrededor algunas de las esculturas que yo diseño, Me gusta tener de todo; sobre todo, objetos. Creo que todas las personas disfrutan de estar rodeadas de objetos lindos. Y a veces viajo, y digo “para qué voy a seguir comprando cosas con todas las que ya tengo”, pero me gusta la posesión, tener cosas que me dan placer porque están bien diseñadas. Por ejemplo, viajás y ves algún objeto de un diseñador que admirás y querés tener algo de él, aunque no le vas a dar ningún uso especial. Pero sabés que están ahí, y con eso alcanza. 

–Se cree que el interiorismo está asociado a sectores de poder adquisitivo alto. ¿Eso es irrevocable o esa marca de elitismo está cambiando? 
–Hay una suerte de democratización o socialización del diseño. Y es así, porque incluso en la Argentina, diez o quince años atrás, contratar a un profesional para que diseñara el interior de una casa era una opción limitada a gente de muy buena posición económica y, también, de un cierto nivel cultural. Pero hoy se está generalizando, quizá porque hay más información, más muestras de diseño o eventos como Casa FOA o Puro Diseño: entonces la gente concurre, mira y se produce eso del objeto del deseo que uno anhela poseer. 

Cada uno en su nivel económico y cultural va teniendo esa necesidad y busca mejorar su hábitat. Quizás, alguien con dinero compra una pintura de un artista cotizado, mientras que quien tiene un estándar de vida menor adquiere la obra de un pintor incipiente que no va a ser tan caro, o un mueble que no es tan costoso pero es lindo. Eso es lo que ahora se denomina “democratización del diseño”, que va llegando a lugares en los que antes no entraba. 

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