TENDENCIA


De alto vuelo


Por María Belén Etchenique Gabrielli..


De alto vuelo
¿Qué magia debe tener un vino para que sea catalogado como premium? 
Secretos, virtudes y claves de un mercado cinco estrellas en alza.

Hombres y mujeres se reúnen en una casona de Buenos Aires a tomar vino en finas copas de cristal; otros asisten a subastas en busca de las mejores joyas de la enología; y cientos viajan a lo largo del país para participar en catas y eventos en los que circulan las etiquetas más selectas. La Argentina es productora y consumidora de vino. Su presencia en la mesa nacional es histórica. Paralelo a esa tradición, crece un mercado de deseo, exclusividad y lujo. ¿Qué lo motiva?“Michel Rolland –el enólogo más reconocido en la actualidad– dice que los vinos caros existen porque hay gente que puede pagarlos”. La frase es citada por el organizador de subastas de vino Federico González Sasso, quien considera que en el costo de una botella están involucradas la fama y tradición de la bodega, la escasez del producto y la sensación de placer que despierta.

El periodista y sommelier Fabricio Portelli prefiere hablar de vinos de precio alto y bajo, en lugar de caros o baratos, porque estos últimos, dice, dependerán de lo que pueda y esté dispuesto a pagar el consumidor. “Los premium son vinos de partidas muy pequeñas y con botellas numeradas. Además del monto que demanda su elaboración, entra en juego el marketing. Si una marca tiene prestigio, un enólogo referente o un terruño (viñedo) de excepción, podrá trasladar esas virtudes al precio final. Y si logra consistencia cosecha tras cosecha, la demanda superará a la oferta, y podrá seguir aumentando su valor”.
Como todo producto destinado a una elite, el precio de un vino ilustre no se define por el costo, sino por las aspiraciones con las que se lo asocia. “Hay dos tipos de consumidores que pueden acceder a bebidas cotizadas en varios miles de pesos. Uno es el que está relacionado con el arte, que compra un buen cuadro, un buen mueble, un buen auto y un buen vino. Y otro, el que está integrado por profesionales y amantes que van escalando en la complejidad. A estos les gusta ir ascendiendo en la calidad del vino, buscando uno mejor o diferente”, dice González Sasso.

A nivel mundial, el vino más caro, según publicó en agosto el sitio web especializado Wine Searcher, es el Henri Jayer Richebourg Grand Cru, una etiqueta francesa de la región de Borgoña, cuyo precio medio ronda los 15 195 dólares por botella. A nivel local, según el mismo sitio, los vinos argentinos que ocupan el podio valen entre 503 y 181 dólares en precio promedio y son elaborados en viñedos situados en la zona de Agrelo, Luján de Cuyo, y en el valle de Uco, en Mendoza.

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, no hay bodegas ni viñedos, pero sí están concentradas, sobre todo en el barrio de Recoleta, las mejores cartas del país. Según especialistas, el restaurante La Bourgogne del hotel Alvear y la vinoteca del Palacio Duhau figuran entre los lugares más frecuentados por coleccionistas y fanáticos. En el subsuelo del hotel Alvear, en un espacio con una estética de sótano de castillo, con paredes recubiertas de piedra y techos con vigas de madera, se acumulan 600 botellas. El 65 por ciento son nacionales y el 35 por ciento, internacionales, en su mayoría francesas. “Contamos con vinos excelentes como el Chateau Margaux 2005, el Chateau Mouton Rothschild 2005, el Chateau d'Yquem 2003, el Vega Sicilia 1981 y el Sassicaia Bolgheri 2005. Son muy buscados a nivel mundial y algunos los tenemos desde hace quince años”, dice el gerente de La Bourgogne, Pascal Bernard. En su carta de piezas selectas, el Chateau Margaux 2005 es el más costoso. Para transformarse en su dueño, hay que pagar 108 000 pesos.

A pocas cuadras de distancia, también sobre la avenida Alvear, en un espacio de piso de mármol y techo bordó, paredes recubiertas por exhibidores de vino y cavas vidriadas con capacidad para conservar 300 botellas, está la vinoteca del Palacio Duhau. “Solo en la carta hay 500 etiquetas, pero nuestro stock llega a las cinco mil botellas de alta gama. Nuestro protagonista es el vino argentino, con su mayor exponente, el Malbec, aunque también contamos con algunas rarezas de Sudáfrica y de Australia”, describe la sommelier Natalia Escudero. Para mantener la carta actualizada, hace por lo menos tres viajes al año a Salta, Mendoza y Río Negro, degusta distintos productos junto a su equipo de sommelieres y lee con voracidad noticias de medios especializados.

“Nuestra oferta tiene que ser para todo público: desde el más tradicional, que mantiene la misma etiqueta de por vida, hasta el más innovador, que está dispuesto a probar otras cepas y bodegas”. Entre sus clientes, hay coleccionistas que la llaman dos o tres horas antes de una comida para indicarle la botella que quieren (ese tiempo es el que necesita un vino que estuvo guardado durante 20 años para ser oxigenado); parejas que no conocen de cultura vinícola y les interesa aprender; grupos de amigos que siguen las tendencias; novios que planean coronar una propuesta de casamiento con una botella distinguida.
Entre las posibles claves del éxito de la bebida, Escudero sugiere dos: “Es un producto muy generoso. Cada botella narra una circunstancia única, cuenta sobre un lugar y un manejo determinado. A su vez, habla de la vida de cada uno, porque lo perceptible del vino tiene que ver con la experiencia propia. Por ejemplo, cuando era chica, la cuadra de mi casa en Vicente López tenía árboles de naranjo. Ese aroma es una nota que detecto con facilidad”. Descubrir esa sensibilidad del vino, dice, la atrapó.

Al orfebre Marcelo Toledo también lo acercó una vivencia a la vid. Seis años atrás, una clienta norteamericana lo invitó a pasar unos meses en su casa en Seattle. Allí le mostró su bodega de 5000 etiquetas y le pidió que eligiese una botella del año de su nacimiento, 1972. Toledo no sabía de vinos, apenas si tomaba alcohol, pero eligió y probó. “Dije 'está malo, tiene borra', y mi clienta y el marido empezaron a reírse. En ese momento, me sentí seducido, quería conocer y entender”, recuerda. Para lograrlo, contactó a especialistas, recorrió viñedos y compró botellas. Hoy, el vino le resulta tan significativo que tiene una colección dedicada en forma exclusiva a él. La llamó “Los lujos de Baco”, en homenaje al dios romano; incluye etiquetas, tapones, posabotellas, copas, decantadores, fruteras y candelabros, entre otros elementos.

“El lujo ya no pasa por comprar un objeto. Cualquiera que tenga poder adquisitivo puede hacerlo. Ahora, el diferencial está en atravesar una experiencia. Tanto el arte como el vino son vehículos perfectos para ofrecerla”, opina Toledo. No es el único en relacionar vino con arte: “El hombre es un animal que toma sin estar sediento. ¿Y qué va a tomar? Vino, porque le da placer. Sin dudas, el vino es un evento artístico”, expresa González Sasso. En 2006, el comerciante de vinos fue el primero en incorporar las botellas a las subastas de las casas tradicionales de remate. Desde entonces, se abren espacios en los catálogos, entre cuadros, esculturas y muebles antiguos. “En la Argentina, sigue siendo novedoso, pero en otros países es normal. Además, se manejan cifras que acá nos asustan, por inmensas”, dice. Hasta el momento, lo máximo que se pagó por un vino en una subasta local fueron 15 000 pesos. Sea por pertenecer, por exclusividad o por negocio, el segmento de vinos premium aumenta sus ganancias. “Todavía el mercado es muy pequeño para revertir la caída del consumo. De todos modos, demuestra que cada vez tomamos menos pero mejor”, concluye Fabricio Portelli.

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