Entrevista


Señor optimismo


Por Aníbal Vattuone.


Señor optimismo 
Se anunciaban lluvias, pero este cielo palermitano es mentiroso. En la porteña calle Thames, a Diego Torres se lo ve como un niño… y se entiende. Su nuevo disco, Buena Vida, ya está en la calle ofreciendo más optimismo, ese al que Diego nos tiene siempre habituados.

A lo largo del reportaje, repetirá mucho la palabra “camino”... y no es casualidad. Está, al mismo tiempo, maduro y jovial tras una vida repleta de logros. “En cinco minutos empezamos, estoy en boxes”, dice entre sonrisas y guiños, mientras lo maquillan y peinan. Al rato aparece con su alegría a cuestas para contarnos de su buena vida. Su brillo nos acompañará durante toda la entrevista.

–¿Qué es lo nuevo del disco Buena Vida? ¿Con qué Diego Torres nos vamos a encontrar?
–Buena Vida es la conclusión de esta época de mi vida que estoy atravesando. Para resumirte, habla de los vaivenes de la vida. Buena vida no se refiere al canchero que está en el yate con el medallón de oro. Buena vida es conectarse con lo pequeño, ir a lo simple, a lo que realmente vale la pena, como puede ser una mañana compartiendo los “dibujitos” con tu hija. Pensás: “Ya está, no necesito nada más, esto es lo más maravilloso que hay”. Yo sufrí el deterioro de la salud de mamá, con varias internaciones, y el de papá también; ellos formaban parte de esa generación que no se cuidaba. Con mis hermanos batallamos. Después de la partida de papá, en 2010, y por más que ya era un “salame” grande, con toda la vida hecha, sentí que me sacaban el techo y el piso. Sentí la orfandad. Pero después, con el nacimiento de Nina, fue como que esa cadena de bicicleta que estaba cortada volvió a unirse gracias a ese eslabón que fue mi hija. Buena Vida es un reflejo de eso. Me volví a enganchar. Sinceramente, hasta unos meses antes de que ella naciera sentía que mi vida laboral estaba bien, pero que mi vida personal estaba desbalanceada. En este CD hablo de los temas con más profundidad, y también toco temas cotidianos.

–¿Qué sentís cuando ejercés tu rol de compositor, de darle forma física a un sentimiento?
–Me encanta. Lo empecé a hacer de joven. Me pone contento cuando encuentro claridad y me “enrosco” cuando hay confusión. Cuando te doy una canción a vos y vos me das una interpretación distinta a la que pensaba, es algo intenso. Hay gente que hace las canciones como si nada, como en serie. Yo tengo mi metodología. Me gusta cuidar el detalle.

–Tu último trabajo fue Distinto, en 2010. ¿Fue lindo volver ahora? ¿Lo extrañabas, lo necesitabas?  
–Sacar un disco nuevo a mí me genera la misma ilusión que cuando empecé. Me entusiasma que algo que comenzó en la nada, ya que era solo una hoja en blanco, hoy suene en una radio y tenga vida propia. Para lograr eso tengo que reactivar el mecanismo creativo. Por eso ahora me mudé temporariamente a Miami, que es donde está mi familia, ya que así me queda todo a dos horas. No es que me voy del país: yo soy más argentino que el dulce de leche. Además, no estoy haciendo nada que no haya hecho antes. Ahora me pasé cuatro meses en España. Lo que sucede es que ahora tenemos una hija. Así que voy y vengo, paso por México, voy a Colombia, cruzo a Madrid. Es un ritmo a full y estoy tratando de acostumbrarme.

–El single “Hoy es domingo” parece casi un canto a la libertad. ¿Deseás que todos los días sean domingo?
–¡Ojalá! Creo que si todos lográsemos tener diez minutos de domingo todos los días, nos haría muy bien al espíritu. Cada uno vive su domingo a su manera. Cuando yo era chico, el domingo era el peor día; pensaba: “Uy, se me terminó el fin de semana, mañana tengo que ir a la escuela”. Hoy lo vivo como el día de relax. Si no jugué un “fulbito” a la mañana, estoy haciendo el fuego para el asado, o por destapar el vinito, ya que viene la familia o los amigos. Para mí el domingo es puro disfrute.

–¿Cómo se dio el encuentro con Rubén Blades para cantar juntos “Hoy es domingo”?
–Si te cuento cómo fue, te morís… Estaba en el homenaje a Serrat que se celebraba un día antes de los premios Grammy, un evento hermoso donde había un montón de artistas que cantamos canciones de él. Estaba en la mesa con René, de Calle 13, y Vicentico y… ¡se sienta Rubén (Blades)! Él es una persona muy auténtica, un viejo lobo de esta profesión. Hablamos un rato, me saca la tarjeta y me dice: “Aquí tienes mi mail, lo que necesites, hasta un pitcher para batear” (N. de la R.: Él es panameño, allá el béisbol es el deporte que más practican). Me dije: “¿Quién me lo mandó?”. Es como si la chica que siempre te gustó y nunca pensaste que se te iba a sentar al lado, se sentara y te dijera: “Tomá mi teléfono, llamame, a lo mejor salgo con vos”… Y vos decís: “Uh”. (Se agarra la frente con ambas manos). Y así estuve un mes para escribirle, pensando: “Qué hago, qué le digo, cómo lo encaro”. Le escribí y fui directo. “Hola, Rubén. Qué bueno haberte cruzado, estoy haciendo un disco y me encantaría cantar una canción con vos”. Lo mandé. Fui a bañarme y cuando salí, me había llegado un mensaje que decía: “Me encanta la idea, cuenta conmigo. ¿Cómo seguimos?”. Entonces le mandé la canción y me dijo: “Me encanta, ¿cómo la hacemos?”… ¡Qué bueno es que haya gente así! Ese es el camino.

Sus otras vidas

No solo de música vive el hombre. Por eso recuerda su reciente paso por la televisión argentina y su película más reciente. Por último, cuenta anécdotas sobre su nuevo rol de padre y entre risas y festejos vuelven a aparecer las palabras de su madre (N. de la R.: la gran Lolita Torres) y una definición de cómo siente que se debe vivir.

–¿Qué habrías sido de no haber elegido ser artista?
–Supuestamente iba a ser médico. Mi hermano mayor es médico y crecí entre libros de medicina, que me atraían mucho. Indudablemente la vida tenía el arte reservado para mí, que también estaba en casa. Uno convivía con esos mundos. Uno toma café pero no sabe si va a ser cafetero. Pero la medicina al día de hoy todavía me atrapa. Tengo un cuñado que es médico, una prima que es instrumentadora, que es la que estuvo en el parto y cosió la panza de mi mujer cuando nació Nina. Me acuerdo de que en las internaciones en terapia intensiva de papá y mamá, que lamentablemente hubo varias, yo hablaba mucho con los doctores. Además, cuando la gente se enteraba de que yo estaba ahí, me decía: “Uy, mirá, tengo a mi hija”, y yo me iba de recorrida. Tenía “mis pacientes” y pasaba a visitarlos. Quizá terminé “curando” con la música.

–Tu explosión como actor fue con La banda del Golden Rocket. ¿Qué recuerdos tenés de esa primera gran exposición?
–Lo vivía con muchas ganas y nos potenciábamos en ese aspecto. Por eso no me extraña lo que pasó con Adrián (Suar) y con Fabián (Vena) en sus carreras, ya que estábamos muy comprometidos con lo que hacíamos. Si bien éramos jóvenes, pedíamos reuniones con los guionistas, había una energía muy motivadora, estábamos muy conectados con lo artístico, con el guión y con los personajes. Lo viví con esa ilusión.

Después, sentí que tenía que dedicarle un tiempo a la música, era esencial para mí hacer una pausa en la televisión. Necesitaba construir la carrera de cantante: salir de gira, llegar al interior, presentarme en San Juan, en Mendoza, en Córdoba, que la gente me viera, que el personaje con el que se había encariñado de la serie de televisión estuviera junto a ellos y les cantara. El oficio de actor siempre estuvo presente en mi vida, aunque a veces en pausa, para hacer música. Yo disfruto y me alimento de ambas aristas, siento que están ligadas: cuando canto, también estoy actuando, pongo mis dotes de actor en mi interpretación cantoral… y cuando hago una escena, hay una música imaginaria. Para mí son artes que están entrelazadas.

–¿Qué experiencia te dejó haber participado en Vecinos en guerra?
–Nunca había hecho una tira diaria. Eran dos unidades de exteriores, piso todos los días, y se combinaban: se arrancaba con piso, se seguía con exterior y después se volvía al piso. Para mí fue como una maratón. Yo corría 10 kilómetros, ¿pero correr 42? Después llegaba a mi casa y leía los guiones. Así que me mentalicé diciéndome: “Flaquito, sabé que vas a tener que trabajar mucho”… y me costó. Los primeros tres meses me decía: “¿Cuándo se me va a ir este cansancio?”. Me despertaba a la mañana y era “Uh…”. (“Arruga” los ojos, vuelca la cabeza hacia atrás en señal de dolor y se golpea las piernas con las palmas de las manos). Para mí fue la satisfacción de haber podido terminar la maratón. ¡Lo logré!

–¿Hacer la película Papeles en el viento tuvo un sabor especial?
–Sí, esa novela me la regaló mi hermano Marcelo y la leí con pasión. Es más, te digo exactamente cuándo: gira por España en 2012. Estaba allá, terminé el libro en un tren de Valencia a Madrid y se me caían las lágrimas. No me olvido más. Estaba contra la ventanilla, mirando el campo que había afuera, en esos trenes de Europa que van a 200 kilómetros por hora, y la taza estaba así (agarra una taza de la mesa y la sostiene fijamente). Me dije: “Qué bueno sería hacer una película con esta historia”. Pasaron dos años, y un día me llamaron de la productora porque querían que hiciera uno de los personajes. Me reuní con Juan (N. de la R.: Juan Taratuto, el director), y me dijo: “Pensé que podrías hacer ‘el Mono’,  y yo: “No, ¿en serio?”, y él: “Tomá el guión, leelo, fijate qué te parece”. Me llevé el guión y lo terminé en mi casa llorando a mares. Además había sido padre y estaba con mi hija al lado mío. Las lágrimas me invadían.

–Vayamos a otra faceta de tu vida. Cuando Alejandro Sanz tuvo a su hija, dijo: “Estoy tan contento que tengo temor de morirme de felicidad”. ¿Vos, qué sentís con Nina?
–El amor tan grande hacia un hijo o una hija, por un lado, te da una fortaleza enorme y, por otro, te hace sentir que sos muy vulnerable. Que es tu talón de Aquiles. Que algún problema que pueda tener ella, o vos mismo, es de extrema sensibilidad.

–Tu música siempre está acompañada de una espiritualidad marcada por lo sensible. En “La vida es un vals” decís “Amar aunque te duela siempre es bueno”. ¿Ese es el mensaje? ¿Apostar a los sentimientos?
–Eso, casualmente, es otra frase que me quedó de mi mamá. Ella me decía que prefería tener una vida intensa, con momentos hermosos, pero también con toda la dureza… Así me lo decía y así fue su vida. Ella perdió a su mamá cuando tenía 14 años en un accidente tonto en Mar del Plata: se cayó sobre las piedras y se golpeó la cabeza. Sola con su vocación artística y con mi abuelo, que era súper recto, ella se le plantó y le dijo: “Quiero ser artista”. Creo que mi abuelo la vio tan decidida que le dijo: “Está bien, pero yo te voy a acompañar”. De ahí la anécdota de que no la dejaba besar. Se casó joven y, camino a un festival de cine, tuvo un accidente y su marido se mató. Ella casi quedó paralítica a los 27 años, en la cresta de su carrera artística. Estuvo tres meses encerrada, en invierno… y cuando vio el primer brote de los árboles entendió que la vida continuaba. Salió y conoció a mi padre y tuvo cuatro hijos más. Mi mensaje tiene que ver con ese legado. Uno no puede vivir aisladamente ni alejarse de los sentimientos. Es parecido a lo que me preguntabas de ser padre: la vida encierra todo eso, la alegría y la fragilidad.

Vocación y herencia

Cuando se le pregunta acerca de sus primeros años en la música, Diego Torres no olvida lo principal: “La vocación, antes que nada. Me acuerdo de algo que siempre me decía mi mamá. “Andá, cantá”. En esa frase me decía todo: “Andá, ensayá, cargá los equipos, sé responsable”. Es que esto es así. Cantar no es solo brillar en el escenario y que la gente te aplauda. Es todo el camino que te lleva a eso. Todo lo que hay detrás, que mucha gente no lo ve: el trabajo, el esfuerzo, alguna desilusión”. Y termina afirmando: “Es increíble cómo esas palabras que los viejos te dicen te quedan así, ‘clavadas’. Hoy me pasa con mi hija. Te das cuenta de que la estás moldeando. Como te moldearon tus padres. Eso que te transmitieron te queda ahí, fijo”.

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