Entrevista


Orgullo Nacional en Viena


Por Carlos Adrián Maslaton.


Orgullo Nacional en Viena
La arquitecta argentina Laura P. Spinadel proyectó el mayor centro universitario en Viena por el que recibió el Anillo de Oro de Honor. De paso por la BA15 Internacional de Arquitectura, contó detalles de la obra que el mundo admira.

Tiene unos ojos hipnóticos que oscilan entre el verde y el celeste, una cabellera pelirroja y un look de blusa amarilla y pantalones floreados que le otorgan la apariencia de una pitonisa. Su discurso no es ajeno a cierto enfoque místico, pero Laura P. Spinadel es, esencialmente, arquitecta. Nacida en la Argentina en 1958, emigró a Europa luego de graduarse, volvió al país, trabajó en la Universidad de Buenos Aires y finalmente decidió instalarse en Austria, donde en 2008 su estudio BUSarchitektur ganó el concurso para llevar a cabo el Campus WU, un vasto espacio perteneciente a la Universidad de Economía y Negocios de Viena, conformado por seis edificios y sectores públicos para el esparcimiento de docentes y alumnos. Spinadel fue el cerebro que, junto con su equipo, diseñó el master plan de la obra y además el Teaching Center, un edificio con centro de conferencias, patio de comidas universitario y Departamento de Negocios Internacionales. Su plan maestro aglutinó la construcción del resto de los edificios del campus, que estuvieron a cargo de prestigiosos estudios como Zaha Hadid, CRABStudio e Hitoshi Abe, entre otros. De visita en la Argentina, la reconocida Spinadel participó de la Bienal Internacional de Arquitectura en el Centro Cultural Recoleta, donde exhibió gigantografías y distintos materiales de su opus magnum vienesa inaugurada en 2013. Asimismo, en la Bienal, BUSarchitektur recibió el premio por el Campus WU en el rubro Urbanismo, por parte del Comité Internacional de Críticos de la Arquitectura, y se le concedió el Premio a la Arquitectura Argentina en el exterior.

– ¿Cómo lograste tener a tu cargo un proyecto arquitectónico de la magnitud del Campus WU?
–Vivo en Austria desde 1992. Tengo un estudio de arquitectura juntamente con Jean Pierre Bolívar y Bernd Pflüger y una empresa de comunicación y multimedia. En la Unión Europea, los arquitectos consiguen sus trabajos a través de concursos, y uno está siempre entrenando para llegar a ese Olimpo de los mejores, con las ideas que respondan mejor a lo que el Estado y los posibles clientes están buscando. Uno nunca sabe qué concurso gana y qué concurso pierde. En 2008 gané el concurso para la Nueva Universidad de Ciencias Económicas de Viena, un proyecto de 750 millones de dólares pensado para 25000 estudiantes y 5000 docentes y no docentes. Una pequeña ciudad en la ciudad. Esto implicó que hasta el 2013 desapareciera de la faz de la Tierra. ¡Fue un gran desafío!

–Y tuviste que convertirte en una mujer orquesta…
–Exactamente. Asumí siete roles: directora del plano maestro –es estar a cargo de definir las reglas de juego para miles de personas que se esfuerzan por sacar adelante el proyecto–; fui, con mis ingenieros, la directora del proyecto ejecutivo y todas las ingenierías; fuimos, con mi equipo, los arquitectos del Teaching Center –un auditorio para 4000 estudiantes–. También nos ocupamos de diseñar el parque de 70.000 metros cuadrados de los distintos edificios del campus, la arquitectura de los garajes porque  hay que controlarlos, y manejé toda la documentación del proyecto, porque la transparencia informativa genera identificación. También asumí la comunicación, con tours interactivos, maquetas virtuales y reales.

–Viniste a presenta tu milagro…
–Sí, estoy presentando ese milagro. ¿Y por qué lo llamo así? Cuando la gente adecuada se junta alrededor de una visión y todos tiramos para adelante, los milagros pasan. El proyecto es un milagro para Viena y para el mundo, porque cooperar, en general, es algo que a muchos les cuesta, especialmente a los hombres. Esos egos inflados envueltos en luchas de poder es más fácil que se den cuando las posiciones jerárquicas están en manos de varones, porque las mujeres somos más de trabajar en equipo, de generar comunidad. Y por alguna razón estuve al frente de este proyecto.

– ¿Cuál creés que es esa razón?
–En mi caso particular, entrené toda mi vida para tener un desafío como este. Me formé en un colegio antroposófico en Buenos Aires, y provengo de una familia humanista con un gran espesor cultural y espiritual. Este concurso que gané tuvo una segunda y tercera vuelta, con lo cual se levantó el anonimato y tuvimos que presentar el proyecto, y evidentemente los arquitectos del jurado no estaban muy entusiasmados con que ganara una mujer, y encima latina. Y los economistas, es decir, los usuarios, estaban fascinados de mi visión y de mi acervo espiritual y cultural. Y resulta que el rector de la Universidad mandó en Viena a sus hijos al mismo colegio antroposófico que fui yo en Buenos Aires, así que sentí que se dio una sincronicidad absoluta: él buscaba a alguien que creara un lugar que retroalimentara la economía. La arquitectura necesita cruzarse con la sociedad, con el pueblo, para retroalimentar nuestras ideas e ideologías, y entendió que yo era la indicada para poder proveerle eso. 

 – ¿Existe la arquitectura emocional? ¿Qué es para vos?
–Sin ninguna duda. Yo lo llamo “poética”: hay algo que es energético, que no se aprende en los libros. Trabajar con energías sutiles despierta sentimientos. Y eso es algo que la arquitectura perdió, que todas las culturas antiguas tuvieron, y que vengo estudiando desde hace muchos años, porque trabajar la materia y crear el vacío produce cosas, y para despertar los sentimientos tenemos que entender lo que estamos produciendo. En el Campo WU, de repente, la gente se ríe, baja sus revoluciones, los estudiantes estudian bajo un árbol con mucha paz. O la gente se acerca para dialogar, sin tener temor a ponerse a hablar con alguien desconocido. Todo eso tiene que ver con las energías que generan emociones.

"La Nueva Universidad de Ciencias Económicas de Viena, un proyecto de 750 millones de dólares pensado para 25000 estudiantes y 5000 docentes y no docentes. Una pequeña ciudad en la ciudad. ¡Fue un gran desafío!"  Laura P. Spinadel

– ¿Esto está vinculado a tu interés por la geomancia?
–Sí, estudio en Viena, desde hace una década, con una geomanta, que es una mujer de más de 80 años. Soy muy curiosa, y como quiero conocer el idioma de las piedras, de los colores, de las esencias, trato de buscar bibliografía, lo cual es difícil porque en Occidente la caza de brujas todavía existe. Y cada vez más. ¿Y cómo se da hoy esa persecución? Todo lo que no responde a factores económicos, de especulación, de control, es peligroso. Los librepensadores, como yo, somos molestos. Y si además sos mujer librepensante, la mezcla resulta explosiva.

– ¿Creés que la arquitectura sustentable ya está instalada?
–En Europa existe la Certificación Green Building, que, en términos de sustentabilidad en la arquitectura, incluye los valores no solo energéticos sino también sociales, culturales, ecológicos y paisajísticos. El Teaching Center que proyecté con mis socios, Bernd Pflüger y Jean Pierre Bolívar, fue distinguido con el reconocimiento máximo, el Green Building Oro. En Viena, en todo contrato que firmo me exigen ir calculando los gastos emergentes en el proceso del diseño, me obligan a utilizar solo materiales reciclables y me piden que devuelva las aguas a la tierra purificadas naturalmente. Es decir que si no cumplo con estos altos niveles de sustentabilidad no me aprueban el proyecto, porque hay una gran conciencia ecológica en los inversores y en el público.

–Por el Campus WU recibiste el prestigioso Anillo de Oro de Honor de la Universidad de Ciencias Económicas de Viena. ¿Cómo viviste ese momento?
–Me emocioné mucho. Me llamó el rector y me dijo que quería que el mundo conociera quién era la master mind de su nuevo hogar, y que para difundir eso quería darme el reconocimiento máximo que otorga la Universidad, hasta entonces nunca concedido a una mujer sino a seis premios Nobel hombres. La entrega se hizo con toga y él tenía un collar de oro impresionante. Fue muy ceremonioso. Además, provengo de una familia que por la rama paterna, en 1938, fue echada de Viena por los nazis. Y ahora a mí me dan el máximo premio de arquitectura de la ciudad de Viena, y pienso que mis abuelos, desde donde estén, quizá se amiguen con Austria, porque nunca regresaron.

De aquí para allá
Se formó y recibió con medalla de oro en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires en 1982. Quería tener una experiencia inter-nacional y se fue a Berlín, donde estaba la Exposición Internacional de Arquitectura, una movida municipal para construir un gran barrio. “Fui asistente del director durante un año, después fui a hacerme cargo de un instituto universitario en Viena, y luego de cuatro años de Europa dije: “Necesito un nuevo mundo, porque en este Viejo Mundo todo es tan difícil y lento que no es para mí”. Volví y gesté en la UBA proyectos internacionales y de cooperación que manejé durante seis años”. Paralelamente formó un estudio con el arquitecto Claudio J. Blazica (1956-2002) y ganaron varios premios de fomento y reconocimiento al talento en Europa. “En 1992 volví a Austria y me quedé. Y como en la Unión Europea se sale adelante con esfuerzo y talento, me fue bien. Porque no es, como dicen los alemanes, que las vitaminas R de las relaciones sean las que te sacan adelante, sino que la sociedad tiene que buscar a los más capaces para avanzar”.

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