Entrevista


“Lo peor es no intentar”


Por Alejandro Duchini.


“Lo peor es no intentar”
Juan Maggi tiene 52 años y, a causa de una poliomielitis que padeció de bebé, recién ahora puede pararse. La vida le cambió cuando empezó a hacer deportes. Su último logro fue subir al Himalaya. Acá cuenta su historia.

Lo que queda flotando, después de una larguísima charla con Juan Maggi, es un recuerdo de su infancia que suelta al hablar de la lástima. “Es una palabra ligada al desconocimiento. Cuando era chico y no existían los shoppings, iba en mi silla de ruedas a comprar música al centro de Córdoba. Tenía 7 u 8 años y en la calle las señoras grandes me tocaban la cabeza al pasar y decían ‘pobrecito’. Hago referencia a esto de la lástima porque me gustaría que esas personas sepan que estuve en el Himalaya. Mi mensaje es tratar de demostrar que hay una vida, adaptada, pero bien viva, como la de cualquiera. Entre quienes tienen problemas físicos hay gente triste y también feliz, como yo. Hay de todo: ladrones, honestos, trabajadores, vagos. La palabra lástima la usan por desconocimiento”.

Cordobés, Juan Maggi tiene 52 años. Tenía un año cuando contrajo poliomielitis. Siempre necesitó ayuda para trasladarse. Se casó. Tuvo hijos. Se separó. Volvió a casarse. Tuvo más hijos. A los 37 años sufrió un infarto. A los 39 empezó a hacer deportes. “Mi mejor decisión”, dice. En 2003 corrió en Rosario. 

Luego compitió en otros países, representó a la Argentina y en 2012 se compró unas piernas de tecnología biónica. Con ellas pudo pararse por primera vez. Después le propusieron hacer un documental sobre su vida. Por eso redobló la apuesta y subió, en una silla de ruedas adaptada, 5460 metros de la montaña Kardung (India), en el Himalaya. Llegó a lo más alto en sus condiciones el 3 de agosto pasado. Una proeza.

–Llegaste a Kardung, ¿y ahora?
–No imaginaba que mi historia tendría tanta repercusión. El deporte para gente como yo tiene la ventaja de que te permite lucirte con poco... (Se ríe). Recibo por las redes sociales muchos mensajes de gente con discapacidad. Lo más fuerte fue de un chico que tiene esclerosis múltiple, que no aguantaba más su enfermedad. Me escribió diciendo que se había entregado y a partir de mi historia se sintió esperanzado de nuevo. Eso me impactó. Fue muy fuerte. El deporte fue el quiebre en mi vida.

–¿Por qué entró a tu vida el deporte?
–Me surge como me surgen otras cosas. Me las van poniendo ahí para que lleguen en el momento justo. 

–¿Cómo fueron tus inicios?
–Primero me propusieron correr la maratón de Nueva York, por lo que empezamos a entrenar en casa con una bolsa de box. Era limitado lo que podía hacer. Vi que había unas bicicletas que se manejan con las manos, así que me ofrecieron intentar con ellas. Me embalé y a los quince días compré una. Empecé a entrenar y tres meses después estaba participando en la maratón de Rosario como preparación para la de Nueva York.

– ¿Cuál fue la relación con tu cuerpo en esa nueva vida?
–Cuando uno tiene una discapacidad, el cuerpo lo lleva a la rastra a uno. Te duele figurativamente. Con el deporte adaptado uno empieza a darle valor al físico. Tu cuerpo comienza a darte satisfacciones. El deporte te limpia la cabeza, no solo el cuerpo. Me pasan cosas que debería haber hecho de chico: aprendí a caminar a los 50 años y la primera vez que fui a la montaña en bicicleta fue hace un año y medio. Inmediatamente sentí el retorno positivo del deporte: desde el primer día en que empecé a transpirar por un esfuerzo físico. Hasta podría describir la primera vuelta en bicicleta, en Villa Allende. 
Un infarto y volver a empezar
– ¿El infarto que sufriste a los 37 años fue el quiebre para cambiar de vida?
–Cuando uno tiene polio piensa que nada malo más le va a pasar. Era distribuidor de productos informáticos, viajaba a Buenos Aires, participaba de comilonas con vino, whisky, cigarrillo. Me infarté justo el día antes de que mi hija cumpliera un año. 

– ¿Cuáles fueron los cambios?
–Tenía una huerta en casa, me levantaba a las cinco de la mañana y la trabajaba. Hacía cosas de viejo. Así, durante un año y medio. Cuando arranqué con el deporte me conecté de nuevo con la vida. Quería ser ciclista. Siempre me he querido parecer a una persona normal, sin discapacidad. Creo que fue un gran error. Cuando busqué lo mejor de una persona con discapacidad encontré éxito y paz en mí. Mi lucha era hacer lo que no podía hacer. Recién en la bici me encontré con un mundo nuevo. Fue mi primer contacto con la competencia.

– ¿Qué diferencia hay entre imposibilidad y resignación?
–Todo es posible de intentar. Lo peor que puede hacer uno, con o sin discapacidad, es no intentar. Suelo decir que lo difícil se hace y lo imposible se intenta. Tiene que haber una decisión de ponerse en marcha. Poner lo mejor de uno. Si no llega, será que no era para uno.

– ¿Qué recordás de tu primera carrera, en Rosario?
–Que llegué primero, a una velocidad de 18 km/h. Me escoltaban dos motos de policía y periodistas que me querían entrevistar. No me olvido más de la emoción de mis padres cuando llegué a la meta. Fue algo tremendo. Un sueño. No se me borrará nunca. De ahí no paré más hasta llegar al Himalaya. Corrí en Mendoza, en la maratón de Nueva York, en Los Siete Lagos, Barcelona, Miami, dos veces en Roma, en Buenos Aires. Jugué al tenis en silla de ruedas y al básquet. También esquié, sobre una silla con esquíes convencionales. Es el deporte más igualador. También hice natación. Es muy raro lo que pasó con el deporte: mi padre, por ejemplo, hoy tiene 80 años y empezó también a hacer deportes. Me acompaña y corre cinco kilómetros diarios. Hicimos juntos la carrera de Los Siete Lagos.
La familia
Durante la charla, Juan Maggi no deja de destacar el gran apoyo que ha recibido siempre de su familia. Tiene cinco hijos: Ignacio (25 años) y Camila (23), que son de su primer matrimonio; Amparo (16) –que tenía 1 año cuando él se infartó–, Catalina (14) y Sara (5), que tuvo con su segunda mujer. “Nunca pensé que cinco era un número tan grande”, dice riendo antes de definir a su vida como “súper activa”. Destaca también el apoyo de sus hermanos, Claudio, María Fernanda y Gonzalo, y de sus padres. A Victoria, su mujer actual y gran sostén, la conoció trabajando: “Tiene doce años menos que yo. 
A veces, cuando hablamos de mis logros, le digo: ‘Mirá dónde estamos’. 

“Sería muy egoísta atribuirme los logros solamente a mí. Porque desde la primera etapa de mi vida siempre estuvo mi familia para ayudarme y apoyarme. Y en la segunda, Victoria me ha hecho vivir sanamente y en familia. Soy afortunado”.

El Himalaya
–Llegaste al paso más alto del mundo que se puede ir en bici. ¿Qué significaba para vos?
–Representaba mi pasión por superarme. Ya había logrado el alto rendimiento en el Ironman y sabía que estaba listo para enfrentar el  duro entrenamiento que deparaba el Himalaya. 

– ¿Qué sentiste al llegar? 
–Un poco de todo. Estaba agobiado por la altura pero me sentía satisfecho por el deber cumplido. Llegar ahí, tan alto, no se compara con nada. Pero extrañaba mi ámbito social. Porque estar a 5460 metros de altura con diez días de carpa, sin bañarse, durmiendo en la montaña… es algo folclórico pero también peligroso. 

– ¿Cómo se enfrenta la sociedad ante la discapacidad?
–En mi caso, la polio entró en una familia, no solo en un chico. Complica a todos. Mi familia ha sufrido, pero el que se enfrenta a las barreras soy yo. Ahora que tengo chicos me imagino qué haría si alguno de ellos hubiese tenido algo así. En mi casa paterna tuvieron la suerte de que yo me mezclé en la sociedad desde siempre. Es bueno permitir a las personas con discapacidad integrarse a la sociedad y que uno también se anime a integrarse. Mezclarme socialmente ha sido bueno para mí y para mi propia familia también.

– ¿Qué significa poder pararte?
–Estar parado no es lo más importante que me pasó. Cuando me paré, gracias a las piernas con tecnología biónica, después de estar cincuenta años sin hacerlo, miré para atrás y me di cuenta de que mi vida ya estaba llena de vida. Pararme me ha permitido comunicar mi mensaje. O sea, es más importante a nivel social que físico.

– ¿Qué es la libertad?
–Yo me siento libre. Lo que te puedo decir es que los gobiernos no tienen ni idea de lo que hacen cuando no se dedican a las personas con discapacidad, porque crean niños presos inocentes. Cuando no tiene rampa para salir con su silla de ruedas, ese chico es preso e inocente porque se queda en su casa por obligación.

–Muchas veces te habrán preguntado qué te quitó la poliomielitis. La contra-pregunta: ¿te dio algo?
–No la elegiría, pero gracias a la polio fui abanderado en torneos deportivos, tuve la sensación de alegría de aprender a caminar, algo que no se suele tener porque al año no se comprende el valor de eso. Me pasaron un montón de cosas que no me habrían ocurrido si no hubiera tenido polio.
El documental
Por estos días, Juan Maggi prepara la película de su ascenso a Kardung (India) en el Himalaya. Lo acompañaron su entrenador, Marcos Roldán, Darío Mascambroni y Juan Cobo (documentalista). Los entrenamientos se iniciaron con subidas a altas cumbres, primero en La Rioja y luego en Costa Rica. “Hay mucha preparación previa: ejercicios para acostumbrarme a la montaña, estudiar y elegir cuál es la ropa adecuada. Es un entrenamiento complejo”, dice.

 Finalmente, en agosto alcanzó los 5460 metros. Todo se filmó y pronto se mostrará. Para Maggi, esta aventura fue mucho más que algo que se mide en metros. “No la podría haber hecho sin la ayuda en mi vida de Fernando Herrera y Jorge Canatta”, dice.


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