Entrevista


La nueva versión


Por Carolina Cattaneo.


La nueva versión
Después de pasar el último año y medio abocada casi por completo a la crianza de su primer hijo, Sabrina Garciarena, pareja del periodista y conductor Germán Paoloski, regresó con todo a la pantalla local. En cine, protagoniza Baires, una película con Benjamín Vicuña, y en televisión, se la verá en una tira de Polka.

La mujer camina de un lado a otro de la habitación. La cámara la toma desde lo alto: ella se acuesta en la cama, gira hacia un lado, hacia el otro. Vuelve a caminar. Se abraza a su pareja. Le dice: “En cuanto puedas te tenés que escapar”. Ahora la mujer lleva un vestido negro con miriñaque, camina entre las mesas de un jardín de invierno y comienza a tumbar frascos de agua donde cría ranas; luego, con furia, empieza a estrellar contra el piso los que quedan en pie, uno por uno hasta quebrarse ella misma en un llanto desgarrador. Otra imagen, esta vez estática, la muestra recostada en el borde de una pileta sobre el perfil derecho de su cuerpo; lleva un traje de baño enterizo de color fucsia, los labios pintados de rojo, un rodete. Mira al sol. Versiones distintas de una misma mujer, Sabrina Garciarena, en su rol como actriz de Baires, la película del director argentino Marcelo Páez Cubells, donde comparte elenco con Benjamín Vicuña y Germán Palacios. La otra, en una de las escenas más dramáticas de Felicitas, el film de época de Teresa Costantini que le valió el Cóndor de Plata como Revelación Femenina en 2010. La última, un instante en su vida como modelo de Sol y Oro, la marca de ropa interior y trajes de baño para la que modela hace cinco años. Ahora está sentada en un sillón bajo, las piernas cruzadas, en el salón privado de un hotel de Palermo. Marca un número en su celular y, antes de que se encienda el grabador, avisa que tiene que hacer un llamado. “Disculpá, pero quiero saber cómo está todo en casa, mi bebé anoche estuvo enfermucho”, dice, y deja ver la versión menos conocida pero más real de ella misma: la de Sabrina Garciarena madre, esposa y mujer que trabaja. Es una tarde soleada y Sabrina Garciarena (34) dice que con la película volvió al ruedo, que empezó a grabar una tira de El Trece, que por estos días también viaja al interior por cosas de trabajo y que, a todo eso, lo tiene que conjugar con la “organización china” de su propia casa. “Es mi nueva versión –dice jocosa–. Antes estos ritmos eran normales, pero ahora se suma que tengo a mi marido y a mi hijo. Es toda una aventura”.

En pareja con el periodista y conductor Germán Paoloski, tras pasar varios años en Europa, donde filmó películas y participó en series para la televisión española y para la RAI, de Italia, y después de un tiempo dedicada a su primer hijo, León, de un año y siete meses, Sabrina Garciarena regresa a las pantallas locales. En cine, además de Baires, pronto se la podrá ver en Los inocentes, un film de época con Lito Cruz y Ludovico Di Santo. En la tele, a partir del año que viene, formará parte de la tira Los ricos no piden permiso, de Polka. 

– ¿Qué podés adelantar de esa tira?
–Tiene un elenco bastante coral. Somos tres hermanos: Juan Darthés, Gonzalo Heredia y mi personaje, Ana. Después está Luciano Castro, hay amoríos con él; están también Araceli González y Julieta Cardinali. Tiene un formato como Avenida Brasil, de muchas historias entrelazadas, enmarcadas en el mundo de las estancias, de los ricos y también de la servidumbre. 

–La historia de una familia rica, de campo, muy alejada de tu propia historia personal, ¿no?
–Sí, yo soy nieta de un abuelo marinero. Una familia de Ramos Mejía, de los primeros habitantes, cuando Ramos no era nada. Hoy es una gran ciudad. Y ahí están los Garciarena dando vueltas, y la familia de mi madre también. Mucho más normal, más familia de médicos, otra cosa. Mi papá es bioquímico, mi mamá es dentista, mis tíos son pediatras. 

–Distinta a la familia que estás formando, donde los dos son conocidos.
–Sí, pero mirá qué loco: yo a Germán lo conozco de mi infancia, por mis amigos. No lo conozco del trabajo. No lo conocí en un evento. Mis amigos del barrio son sus amigos. Él estaba todo el tiempo con ellos. De ahí lo conozco, no es que me entrevistó y me enamoré. Yo tenía mi pareja, él la suya, y éramos muy amigos, y en un momento nos dimos cuenta de que nos pasaba algo, pero fue muy paulatino.

– ¿Tenes planes de casarte? 
–Siempre lo hablamos. No es que yo no quiero o él no quiera. Pero a las cosas hay que materializarlas. Lo del bebé fue muy movido, vino casi sin avisar. Nos mudamos, ahora Germán está con un ritmo muy alocado, trabaja mucho. Al casamiento hay que poder organizarlo, disfrutarlo, y cuesta encontrar el momento y ver qué queremos hacer los dos. Pero de todas maneras, no es un objetivo en nuestra vida, estamos muy felices así. Desde que nació León siento que realmente somos una familia.

– ¿Quieren tener más hijos?
– ¿Te digo lo que me pasa? Tendría mil, pero no encuentro los momentos en la organización; ahora que empiezo con la tira, corro de acá para allá. ¿Dos? ¿Cómo hago? En algún momento hay que llevarlos al colegio, y tampoco me gusta poner muchas personas a trabajar, quiero sentir que mi hijo está criado por mí, que puedo estar, disfrutarlo, cuidarlo.

– ¿Qué situaciones te angustian de la maternidad?
–Yo pensé que trabajar me iba a dar más culpa y, sin embargo, me da aire. Creo que no es sano estar todo el día en casa. Al menos para mí, que empecé a trabajar desde muy chica. Entonces en ese sentido lo siento súper natural. Tuve la suerte de haber encontrado a Lidia, que es como mi abuela y lo ama. Entonces, los días que tengo más trabajo le pido a ella que lo cuide, y el día que estoy, se lo doy libre. Ella ama al bebé y eso es una tranquilidad. Después, estoy mucho en mi casa, solo salgo para trabajar. Lo llevo mucho conmigo. Trato de que se adapte y conozca mi trabajo.

–No se te escucha con miedos.
–No, es un bebé resano, y yo crecí como persona, como mujer. Me parece que el amor se multiplica, como dicen. Siento que potenció mucho todo.
En el hall del hotel Sabrina Garciarena se muestra tranquila. Su única estridencia es su belleza: tiene los ojos de color almendra, las pestañas largas y oscuras, una nariz que parece cincelada a mano y una cicatriz en la ceja izquierda, marca de su infancia, cuando aún no había dado el salto a la popularidad. Su nombre trascendería, recién, en 1998, con su aparición en el programa Verano del 98.

–Cuánto tiempo pasó desde entonces. 
– ¡Muchos años! Pero una cosa fue llevando a la otra. Siempre eran personajes más chicos que fueron creciendo paulatinamente, y eso te da oficio, aprendés, ves si te gusta, qué querés. Hay gente que arranca a full los primeros años y después desaparece. Lo mío fue a consciencia, poco a poco, y me fui enamorando de mi profesión. A los 18 años, cuando te empezás a preguntar qué querés hacer de tu vida, elegí hacer esto. Cada año, un personaje era mejor que el otro, y después, a los veintipico, surgió la posibilidad de empezar a viajar, con trabajos increíbles afuera. Después volvía y hacia una película acá, así no me sentía alejada del medio, y a la vez me aparecían propuestas y experiencias de vida a la edad justa, porque ahora que tengo una familia es más complicado irte un año a Europa. El otro día, en la radio, Andy Kusnetzoff me preguntaba cuál era el momento más feliz de la vida, sin contar el momento en que llegó mi hijo. Para mí, fue cuando pude ir y venir, y tener experiencias laborales en ambos lugares, he conocido gente que me ha tocado fuerte, amigos acá y allá que amo. Esas experiencias las podés hacer en ciertos momentos de tu vida.

– ¿Añoraste alguna vez una vida sin popularidad, sin ser conocida?
–Sí. De hecho, en Europa es distinto; trabajé en series muy conocidas y, sin embargo, si alguien me reconocía, se daba todo súper tranqui. Disfrutaba ir a bailar allá; me sentía más libre. 

– ¿Padecés la popularidad?
–No, pero eso de que nadie te mire está buenísimo. Mi época más divertida la recuerdo en Europa. 

– ¿Acá sentís mucho las miradas?
–Llevo una vida súper normal, no dejo de hacer nada. Es un tema energético. 

– ¿Qué esperas para el corto plazo a nivel profesional?
–Que les vaya bien a las películas que hago. Baires es un film bien escrito, para entretener, comercial, para comprarse unos pochoclos y pasarlo bien.

– ¿No te importa que sea comercial?
–No, soy feliz yendo a ver ciencia ficción o policiales. El cine busca entretener y eso también está espectacular.

– ¿Con qué soñás? ¿Con qué te imaginás que te gustaría retirarte?
–Creo que fui cumpliendo sueños, pero a lo que más aspiro es a tener la suerte, porque a veces es suerte, de interpretar personajes e historias bien escritas, poder protagonizar personajes que me dejen algo y seguir creciendo en ese aspecto. 

–Hollywood, los Oscar, ¿te desvelan?
–Los Oscar no me desvelan. Me emociona más los festivales de Venecia, de Cannes, de San Sebastián. Como actriz digo: “Guau, qué bueno”. Hice películas en España y fuimos al Festival de Málaga, a los Goya, pero no me pasó de ir a otros festivales, y me parecería una experiencia buenísima acompañar ahí. Tengo amigos a los que les pasa y es genial, pero eso se da a o no se da, según la peli que te toca. Eso sí me desvela.
Su carrera, en pocas líneas
Sabrina Garciarena comenzó a trabajar cuando aún era alumna del colegio Don Bosco, de Ramos Mejía, de donde le quedó un grupo de amigas muy cercanas. Su formación actoral empezó con maestros como Nora Moseinco y Raúl Serrano, entre otros. Verano del 98 fue su primera participación en TV. Le siguieron Rebelde Way, Son amores, Costumbres argentinas, Amor en custodia o Se dice amor.  Después de su papel en el film Felicitas, Garciarena se fue a Europa. En España participó de la serie juvenil Física o Química (2011) y en Italia  protagonizó Tierra rebelde (2010 y 2012), una novela de época producida por la RAI. Filmó la película española Pagafantas (2009) y las argentinas Amor en tránsito (2010), Solos en la ciudad (2011) y Sola contigo (2012). Las recientes son Baires (2015) y Los inocentes, sin estrenar.

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