Investigación


Mente Secreta


Por Mariano Petrucci.


Mente Secreta
Para leer el pensamiento, no hace falta ser mago ni clarividente. La ciencia da pasos agigantados en la carrera por descubrir los misterios de la conciencia. Mariano Sigman, uno de los neurocientíficos argentinos más destacados, escribió un libro sobre este apasionante tema. 

El ejemplo es perfecto: imagínese “pinchar” un teléfono, descifrar su código y, a partir de eso, poder rearmar una conversación. Desde hace unas décadas, ocurre lo mismo con el cerebro: se lo puede analizar en tiempo real. De esta manera, uno puede inmiscuirse en los laberintos de la mente. O sea, leer el pensamiento a partir de la actividad cerebral. Hay técnicas más rudimentarias de hacerlo, por supuesto: lo ve a su amigo que llega a una reunión medio encorvado y con la voz apesadumbrada, y conjetura que se siente mal. Ese ejercicio, simple, común y corriente, implica “meterse” en el habitáculo mental del otro. “Hoy, tenemos la posibilidad inusitada, en toda la historia de la humanidad, de hacerlo sin necesitar gestos o palabras. ¿Cómo? Con herramientas como la resonancia magnética funcional. Luego sobreviene la parte más difícil: interpretar qué patrones de actividad cerebral se corresponden con determinados estados mentales. Esto tiene consecuencias que son espectaculares: podemos indagar sobre la conciencia de los pacientes vegetativos o sobre la de los bebés recién nacidos. Asimismo, podemos hasta reconstruir nuestros sueños”, dice con entusiasmo Mariano Sigman, al frente del Laboratorio de Neurociencias de la Universidad Di Tella y de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Vaya novedad, la ciencia irrumpe cada vez más en la cotidianidad. ¿Para qué? Para comprendernos, para (intentar) explicar nuestras emociones, reacciones y aprendizajes. La vida secreta de la mente, el flamante libro de Sigman, se agrega al boom de una psicología experimental… Que tiene sus riesgos, obviamente. “Si hay algo que es privado, ese es nuestro pensamiento. Si alguien puede adivinarlo, se abre una cantidad innumerable de perspectivas sobre la identidad, la manipulación, la libertad... En efecto, no hay ninguna tecnología inocua. Por eso, a sabiendas de que esto dictará nuestro futuro, es importante estar informado y preparado”, advierte este referente internacional en neurociencia y decisiones/comunicación humana/educación. 

El cerebro actual es prácticamente idéntico al de sesenta mil años atrás. No obstante, se avanza a velocidad crucero por ese viaje que nos lleva a lugares desconocidos, a lo más remoto del universo, a lo más ínfimo de las moléculas. “A través de telescopios y microscopios, se hace visible lo que antes era invisible. El cerebro es un órgano formado por un sinfín de neuronas que codifican la percepción, la razón, las emociones, los sueños, el lenguaje”, enumera Sigman, quien obtuvo un doctorado en Nueva York, un posgrado en París, y trabajó con el neurobiólogo sueco Torsten Wiesel (premiado en el año 1981 con el Nobel de Fisiología y Medicina). 

“El cerebro es un órgano formado por un sinfín de neuronas que codifican la percepción, la razón, las emociones, los sueños, el lenguaje”.

Experimentos, ensayos, hipótesis. Cuando se corre el telón y la mente nos deja espiar sus vericuetos, aparecen verdades como que nos gobierna el inconsciente. Así, sin más ni más. “Casi todas nuestras acciones emanan desde allí. Solo luego de que se ejecutan, el consciente se hace cargo y las interpreta. La respiración funciona sola, aun cuando, eventualmente, nosotros podamos tomar un control relativo sobre ella. Algo parecido se produce con todo lo que somos. Al fin y al cabo, ¿no fue ese el gran hallazgo de Sigmund Freud? Lo que pasa es que, en pleno siglo XXI, estamos revisando estos preceptos con otra capacidad de observación”, esgrime Sigman, quien tuvo como maestros, entre otros, a Gabriel Mindlin, Adrián Paenza y Stanislas Dehaene.

O sea que si es de aquellos individuos que confía en sus “pálpitos”, sospeche que hay algo más que eso. “Cuando el arquero siente que el penal se lo van a tirar a la derecha, no es que, de golpe, tiene una iluminación, sino que se entrenó para poder utilizar los datos gestuales del que lo patea. Aunque se vislumbran como una ‘corazonada’, los argumentos de la decisión acontecen en el inconsciente. El cuerpo es un faro de esta deliberación: así es como, cuando hay peligro, el cerebro lo detecta, pero, a veces, no con el volumen suficiente como para transmitírselo a la conciencia. El corazón nos late más, o la piel nos transpira… El cuerpo es un amplificador de emociones que, inicialmente, se localizan en el cerebro”, ahonda Sigman. 

Somos como somos 

Nuestra identidad es una conjunción de elementos constitutivos (genes) y culturales (ambiente, hogar, educación). Esta mezcla no es caprichosa. “Suponemos, erróneamente, que la biología antecede lo cultural, que hay un orden lineal, una suerte de predisposición innata que sigue distintas trayectorias. No es así: lo biológico y lo cultural están en diálogo permanente, intrínsecamente relacionados en una red de redes. Cada experiencia social –una caricia, una palabra, una imagen– altera al cerebro, y esa variación nos transforma como seres humanos. Algunas características que conforman el temperamento –como ser tímido, extrovertido o hiperactivo– se expresan desde el primer día de vida, y son muy difíciles de cambiar. Por otro lado, el idioma que uno habla es cultural, por lo que es relativamente sencillo de modificar”, instruye Mariano Sigman. 
Entre lo humano y lo exacto
Hincha del imbatible Barcelona (creció en esa ciudad, así que no es de los que subió a la moda de ser fanático de Messi y compañía), hijo de una bioquímica y un psiquiatra, y padre de Milo y Noah, Sigman jamás creyó en el estigma y el divorcio que separa al aficionado por la matemática y la ciencia del apasionado por las letras y las artes. Así es como ama el cine, los cómics e historietas francesas, jugar al fútbol y al ajedrez, y estudiar guitarra y canto. 

Esa versatilidad lo atravesó a tal punto, que Sigman sumó a sus investigaciones a antropólogos, lingüistas, cocineros, magos, músicos, ajedrecistas, escritores y artistas. “En cierta medida, todos ellos exploran el pensamiento humano. Los ajedrecistas, cómo decidimos; los magos, cómo construimos una visión coherente del planeta, y los cocineros, cómo percibimos y cómo los sabores y texturas se vinculan con las emociones. Me gusta este abordaje más renacentista: las disciplinas no están encajonadas, sino que se encuentran en diálogo permanente sobre la misma naturaleza”, reflexiona quien recibió un Scholar Award de la James McDonnell Foundation.

Entre los misterios que se están desentrañando, Sigman hace hincapié en una etapa: los primeros días de vida. “Deteniéndonos en la mirada de los bebés, a qué atienden y a qué no, y redescubriendo lo que piensan, es que en los últimos veinte años se alteró completamente el paradigma respecto de qué es lo que pasa en la mente de un recién nacido. La idea errónea es que es una suerte de hoja en blanco. No. Los bebés vienen a este mundo con un marco conceptual bastante establecido: tienen intuiciones sobre asuntos tan complicados como la matemática, la moral o el lenguaje. Claro, no tienen todavía la idoneidad de articular y poder demostrar ese conocimiento”, subraya Sigman. 

–Enfoquémonos en los adultos. La neurociencia ahora esclarece cómo soñamos, memorizamos y olvidamos. ¿Cómo son esos procesos?
–En el sueño, el cerebro no se “apaga”. Al revés, es un momento de gran actividad, que tiene una secuencia ordenada de fases. En una de ellas, el sueño profundo, se consolida la memoria. Es como cuando uno, en soledad, repite un poema o una canción que quiere o tiene que recordar. La memoria se graba durante el sueño con un recitado interno. La memoria y el olvido también operan distinto a cómo uno deduce. La memoria se forma en bloques, en grandes episodios. Lo propicio para mejorarla no es agrandar el cajón de la memoria –que no sucede–, sino aprender a organizarlo. Es como el que tiene un fichero clasificado y puede buscar fácilmente cualquier cosa. Por ende, y en contra de todo lo que se supone, el gran memorista es, en realidad, una persona creativa. 

–Tu libro pone en jaque nuestro sistema de creencias. Por caso, la confianza.
–Es que ella debería basarse en los hechos, en lo que los otros hicieron o no hicieron... Pero no. El cerebro edifica confianza a partir de gestos, de opiniones... Esto puede ser un problema, porque, en varias situaciones sociales, el que expresa más confianza, no es necesariamente el que más sabe. 

–Otro mito desterrado: aquello de que incorporar un nuevo idioma es menos sencillo para un adulto que para un niño.
–Exacto. Fundamentalmente, lo que varía es la motivación y la disposición de dedicarle horas a eso que queremos emprender. En la infancia y en la adolescencia, no teníamos que preocuparnos por el sueldo, por las cuentas a fin de mes, por ir al banco, por el tráfico, o por llegar temprano a la oficina. Tampoco nos acordamos de lo que nos costó caminar o andar en bicicleta. Cuando un adulto se esfuerza en una tarea, el rango de cambio no es muy diferente del que teníamos cuando éramos niños.

–Traducido: nunca es tarde para nada. ¿Es tan así, Mariano?
– ¡Sí! El cerebro no deja de ser plástico. Y si bien muchos aspectos mutan con la edad, esto no se refleja en una menor capacidad para enriquecernos. Insisto, la clave es la convicción, pero, sobre todo, la motivación.
De cara al futuro
Mariano Sigman forma parte del Human Brain Project, el esfuerzo más vasto del mundo por entender y recrear el cerebro humano. 

“Es un megaconsorcio de investigadores: algunos estudian neuronas, otros construyen robots, otros analizan comportamientos y otros examinan enfermedades neurológicas. La idea, tremendamente ambiciosa, es replicar lo que se logró con el proyecto Genoma Humano. Es decir, comprender el lenguaje del cerebro, su modus operandi, cómo se daña y cómo repararlo. Y, eventualmente, hasta poder emularlo. Si esto funciona como debe funcionar –lo que no es seguro–, sería concebible trasladar nuestra conciencia a un dispositivo electrónico: una especie de back-up que pueda persistir a la degradación del tejido biológico, que hoy es el soporte de la conciencia”, se ilusiona Sigman. 

Más info en www.humanbrainproject.eu

“Los bebés vienen a este mundo con un marco conceptual establecido: tienen intuiciones sobre asuntos como la matemática, la moral o el lenguaje”.
El boom, en palabras*
La neurociencia es una manera de comprender a los otros… y a uno mismo. Los neurocientíficos hacemos un oficio de algo que forma parte de nuestra vida cotidiana. Como en el cine, el arte o la literatura, se trata de indagar sobre aquello que nos define, nuestros vicios, anhelos, motivaciones y sueños. Quizá por esto haya algo de anacrónico en este proyecto que trasciende cualquier moda o coyuntura. Entendernos es algo que nos incumbe a todos. Saber si conviene que un hijo crezca hablando muchos idiomas, o si, al revés, esto lo confundirá. Asimilar por qué nos cuesta tanto cambiar y aprender algunas cosas cuando somos más grandes. Cuestionarnos por qué confiamos incondicionalmente en ciertas personas, o por qué sembramos duda o paranoia cuando no hay razones para hacerlo. Todas estas son preguntas que nos hacemos, y para las cuales –además– tenemos respuestas que emanan de intuiciones, de experiencias pasadas. Descubrir el porqué de esas respuestas: ahí está la clave para la ciencia. 

*Por Mariano Sigman.

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