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Mi mejor Navidad


Por Alejandro Ducchini.


Mi mejor Navidad
Fabricio Oberto, Horacio Elizondo, Guillermo Martínez y Milo Lockett, cuatro personalidades destacadas de nuestro país, recuerdan cómo los marcó alguna noche navideña. Para todos, la presencia familiar es el mayor anhelo al momento del brindis.

Uno de los cuentos más lindos sobre Navidad puede verse en la película Smoke. Paul Auster escribió el guión. Los protagonistas son William Hurt y Harvey Keitel, quien sobre el final tiene una escena memorable con la actriz Clarice Taylor. Ella interpreta a una no vidente que espera a su nieto, justamente, para la celebración navideña. Poco antes, el nieto había robado en el comercio de cigarros de Keitel, quien lo persigue por las calles. En su huida, pierde los documentos. El dueño del negocio los encuentra y así puede llegar a su casa, ubicada en un barrio pobre. El personaje de Clarice sabe que ese hombre al que le abrió la puerta no es el chico, pero finge confusión y lo abraza. Keitel entiende lo que ocurre, y también entra en el juego. Los dos callan la verdad para hacerse compañía en esa noche en la que comparten cena y silencio. Así, alejan a la soledad.

Buenas o malas, alegres o tristes, casi todos tenemos alguna historia de Navidad. Muchas nos remiten a la infancia, otras las acabamos de vivir. Pero siempre estamos salpicados por algo que ocurre alrededor de las celebraciones de la Nochebuena…
Una de básquet
“Cuando uno tiene hijos, la Navidad se piensa más en función de ellos que de uno mismo”, sintetiza Fabricio Oberto, ex basquetbolista de la NBA, devenido en empresario, músico y periodista. Tal vez por el paso de los años, y por los diferentes países en que vivió por cuestiones deportivas, sus Navidades fueron de carácter internacional y con menos arraigo. Algunas de ellas las celebró con amigos y compañeros; otras, con su familia.

“Para el deportista, la Navidad es complicada. Muchas veces nos agarraba jugando o viajando”, explica quien se desempeñó en Asociación Deportiva Atenas, Olympiacos, TAU Cerámica, Pamesa Valencia, Washington Wizards y Portland Trail Blazers. Y recuerda: “Sobre todo en mis años de NBA, jugaba partidos para cada celebración navideña. La diferencia horaria era una complicación: cuando llamaba a alguien para saludar nunca lo encontraba. O, directamente, no podía llamarlos a las doce porque al otro día me tenía que levantar para jugar”.

Recién ahora, que se retiró de la actividad profesional y se instaló en su Córdoba natal, pudo organizarse mejor y aprovechar para disfrutar brindis y encuentros. “Para mí, lo más lindo de la Navidad es ver la alegría de mi hija, Julia. Tiene 10 años y le encanta todo lo que se arma alrededor de esta fecha. Ella lo disfruta con una expectativa enorme”, dice.

Al recordar uno de los festejos navideños, se remonta a 2007, cuando jugaba para los Spurs, de San Antonio, Texas: “Aquella vez nos juntamos varios argentinos con las familias. Entre ellos, Manu Ginóbili. Fue una noche muy linda, emotiva, porque no teníamos partido al otro día, así que pudimos celebrar hasta tarde”.

Entre los planes de aquella velada estaba el de disfrazarse de Papá Noel. Lo que no habían calculado era que los más pequeños, ante tamaña sorpresa, reaccionarían de manera diferente a la esperada. “Fue un encuentro muy bueno, con la alegría típica que se siente cuando uno está en familia. Pero hubo un mal trago: me disfracé de Papá Noel y, al aparecer, Julia se asustó muchísimo. ¡Era muy chiquita! Nadie pensó en que se podía asustar tanto. Se puso a llorar y tuvimos que consolarla. De todos modos, la noche terminó muy bien”, evoca con una sonrisa. 

La soledad, desde la lejanía, se hace más intensa. “Los deportistas nos juntamos para sentirnos más acompañados. Estar con seres queridos, viviendo tan lejos, es lo máximo. Hay que tener en cuenta que el calendario del básquet nos coloca –a los jugadores y, en consecuencia, a su familia– en una situación muy particular”, resalta.

¿Y las Navidades del Oberto niño? Más que recuerdos, quedan sensaciones: “Sé que lo pasaba bien, que me gustaba mucho celebrarlas, pero no me acuerdo de hechos concretos. Son una parte muy importante de la infancia y uno la estira lo más que puede. Incluso hasta mejora su comportamiento porque se ilusiona con que si se porta bien recibirá un mejor regalo. Es un momento de ilusión”. 

“Para mí, lo más lindo de la Navidad es ver la alegría de mi hija, Julia. Le encanta todo lo que se arma alrededor de esta fecha”. Fabricio Oberto
Una de fútbol
“Mi mejor historia de Navidad no fue linda, pero me permitió descifrar lo importante que era para mí la familia”, sintetiza el ex árbitro internacional Horacio Elizondo, recordado por expulsar al francés Zinedine Zidane en la final del Mundial de 2006. 

Lo suyo se remite a finales de 1999, cuando viajó con otros dos jueces argentinos a dirigir el choque decisivo por el campeonato ecuatoriano. “No me olvido más: la final se jugaba el 23 de diciembre, a las 21.00”, dice. Y agrega: “Cuando arreglamos el contrato me aseguré el pasaje de vuelta, ya que no es fácil conseguir lugar para esa fecha. Nuestro vuelo de regreso salía el 24 a la mañana y la ruta era Quito, Guayaquil, Lima, Buenos Aires, en donde aterrizaríamos a las 20.00. LLegaba justo para la cena”.

Adivinó: los planes no salieron como se esperaba. Al llegar a Lima, primero se anunció una demora, después otra y, finalmente, la cancelación del vuelo. “Se armó un lío tremendo. Todos estábamos enojados porque queríamos llegar a Buenos Aires para disfrutar con la familia”, grafica la escena. “Cuando nos dimos cuenta de que debíamos aceptar lo que pasaba, dejamos de quejarnos y pensamos una solución. Desde la aerolínea nos dijeron que una opción era viajar el 25, ya Navidad, a la mañana, y la otra salir en ese mismo momento rumbo a Santiago de Chile, a donde llegaríamos a las 23.50. De cualquier manera no podíamos brindar con la familia, pero decidimos salir hacia territorio chileno”.

Aquel 24, el trío de árbitros argentinos lo terminó en un aeropuerto de Santiago, con muy pocos empleados brindando entre ellos. Elizondo y sus asistentes chocaron sus copas en una habitación de hotel, a la espera del primer vuelo que los llevara a Buenos Aires. “Se nos caía un lagrimón. Los tres queríamos estar con nuestra gente. Llegué a mi casa en Navidad, poco antes del mediodía”, cuenta.

“Fue una Nochebuena muy dura, pero siempre, ante cualquier cosa que nos pase, hay un cartel que nos dice: ‘Esta es tu oportunidad’. La mía, esa vez, fue reflexionar sobre cuánta importancia tiene la familia”, evalúa Elizondo. Y prosigue: “Después de aquella noche, la Navidad es una oportunidad de reencuentro. Es un momento de unión familiar. También es una excusa para realizar un análisis sincero de los logros”.

En lo personal, el actual encargado del referato paraguayo sostiene: “Esos instantes los aprovecho para pedir disculpas por algo que no hice bien, para decirle a un hijo lo que lo quiero, que siempre voy a estar, y para pedirle perdón si estuve distraído en algún momento”.

“Era un arbolito esmirriado, flacucho. No obstante, cumplió su propósito y, milagrosamente, empezamos a tener regalos de Navidad”. Guillermo Martínez

Mi primer arbolito
“Como mi padre era un marxista ateo y mi madre una marxista judía, las Navidades no tenían muchas chances en mi familia”, arranca su historia el escritor Guillermo Martínez. Y completa: “En cambio, nuestros vecinos, con hijos de edades parecidas a las nuestras, eran católicos fervientes y su árbol de Navidad era proporcional a su fe: enorme, frondoso, con una gran estrella en la punta, agobiado de soplillos de todas las formas, caireles, guirnaldas, y luces que nos recordaban aun de noche su altura imponente y desafiante en el jardín tan cercano, tan a la vista. Nosotros, que a los 5 años no entendíamos las sutilezas de las ideologías, también queríamos nuestro arbolito, sobre todo porque parecía una garantía sólida de que habría regalos, como un anuncio inminente, un imán irresistible”.

Martínez y sus tres hermanos debieron insistir para alcanzar el sueño del árbol navideño propio: “A pesar de unas primeras negativas cerradas, que quizá duraron años, finalmente, por compasión o cansancio, mis padres compraron nuestro primer y único arbolito”. Todavía hoy lo recuerda con lujo de detalles: “Era esmirriado, cortito, flacucho, casi como un capuchón del de nuestros vecinos. Tenía unos brazos desplumados donde se podían colgar unos pocos soplillos. En fin, era un arbolito mínimo, para dejar en claro la reticencia y el disgusto de mis padres con todo el asunto. No obstante, el arbolito cumplió su propósito y, milagrosamente, empezamos a tener regalos de Navidad, como si fuera cierto que Dios quería por igual a todas sus criaturas. No exactamente igual, porque nos tocaba un regalo a cada uno, contra los paquetes innumerables de nuestros vecinos”.

Y sintetiza al hablar de sus años de infancia en su Bahía Blanca natal: “Pero no era cuestión de quejarse teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, como decían mis padres, nosotros no creíamos en Dios, creíamos en el Hombre”.

“La Nochebuena es una gran fecha para reflexionar, con la excusa de compartir la mesa y hacer una sobremesa más especial todavía”. Milo Lockett

Una de arte
El artista plástico Milo Lockett, nacido en la ciudad chaqueña de Resistencia, destaca: “Cada Navidad es un momento especial para encontrarse con la familia y los amigos. La Nochebuena es una gran fecha para reflexionar, con la excusa de compartir la mesa y hacer una sobremesa más especial todavía. En estos días se puede pensar el año, las cosas que estuvieron bien, y en aquellas que no”.

Cuando se le pregunta acerca de su mejor Navidad, no destaca las celebradas durante la niñez, sino una de su vida adulta: “La que más recuerdo es la primera que viví cuando nació Olivia, mi hija mayor. La celebramos con mis padres. Fue muy importante para mí esa noche de fines de los noventa. Tenía 31 años”. Entonces, no imaginaba que vendrían dos hijos más: Jerónimo, hoy de 2 años, y Tomás, de cuatro meses.

Sin embargo, mantiene el recuerdo de sus tiempos de purrete, en los que disfrutaba de cada Navidad: “Era hermoso esperar el regalo. Tanto como juntarme con mis primos, primero, y los amigos del barrio, después”.

Frente a un mundo convulsionado, Milo toma aire y suelta: “Mi deseo es que la gente aproveche para reflexionar sobre la paz, que nos hace falta, y para pensar un poco más en la familia y los seres queridos”.

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