Entrevista


El arte es conexión


Por Nicolás Armellín.


El arte es conexión
Mariano Cornejo tiene sus “credenciales” bien ganadas: es egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes, licenciado en Artes Plásticas, y realizó más de doscientas exposiciones tanto en la Argentina como en el resto del mundo. Pero cuando se entrega a la charla, uno de los artistas plásticos más talentosos del país permite entrever una persona inspiradora y abierta al diálogo, que, con cada palabra, deja una enseñanza. 

Alterna su vida entre su casa en el Gran Buenos Aires y la que tiene en la localidad de Molinos, en pleno Valles Calchaquíes. Y no duda al afirmar que su lugar en el mundo en su Salta natal. “Mi ideal es poder estar seis meses en Salta y seis en Buenos Aires. Me gustan mucho mis dos talleres, en ambos estoy aislado. En Molinos tiene peso el paisaje, salgo a caminar muchísimo”, cuenta en un rincón de la simple y acogedora vivienda que posee en las afueras de Maschwitz. 

Es un espacio que, al ritmo del canto de los pájaros, transmite paz. Rodeado de verde y de las plantas más variadas por sus formas y colores, Mariano revela que, más allá del trabajo, sus tres hijos son la razón principal de su estadía en Buenos Aires. Irene (26) es música, compositora y dirige un grupo fusión de jazz y folclore que se llama “Mal arreado”; Bernardo (23) está terminando la carrera de antropólogo, además de dedicarse a la fotografía y a la arqueología; y Julieta (22) es maquilladora del teatro Colón, amén de que está estudiando artes plásticas. “La relación con ellos es excelente y muy distinta porque cada uno tiene su mundo, sus intereses, su historia. Somos muy amigos con los chicos”, remarca el padre de 53 años.

Cada uno de ellos está empezando a recorrer su camino. El de él con el pincel, por caso, se inició a los once, doce años. “En alguna vacación en la playa me había llevado témperas porque lo único que quería era pintar. La veta artística viene por el lado de mamá”, recuerda. Y enfatiza: “El destino me cruzó con el arte, pero si tuviese que volver a vivir, sin dudas me dedicaría a lo mismo”.

–¿Cuáles son las imágenes que relacionás con tu niñez?
–(Piensa)?Me acuerdo del campo, de la naturaleza y de la soledad... Siempre andaba solo por algún sitio. Y tuve un enganche muy fuerte con la naturaleza. Lo sigo teniendo: la observo, la contemplo mucho.

–¿Qué fue lo que te llamó la atención de la naturaleza?
–Alguna “expedición arqueológica” de ese entonces me marcó muchísimo. Siempre ha estado larvado el tema de lo antiguo, de los símbolos, y ahora me doy cuenta cómo se juntaron los hilos. Algo de eso me daba vueltas en la cabeza: estructuras formales, cierta geometría y líneas de puntos que tienen que ver con el estilo de mi plástica. No es una transposición racional, sino más bien inconsciente.

–En el plano artístico, ¿quién fue tu primera influencia?
–Mi profesor Julio Col Arias, una persona divina, muy amigo de mis padres. Yo pedía tanto aprender pintura que mi madre lo llamó para que saliera con él los fines de semana al campo.?Sinceramente, fueron clases inolvidables, el primer contacto con el paisaje. Me acuerdo que decía: “El color y la luz nacieron en los cerros y valles, y yo nací con ellos”.

–Es todo un tema el color para un pintor. ¿Cómo lo definirías?
–Es la textura a través de la cual aparece. No es una cosa que está ahí dando vueltas. Si decís naranja, por ejemplo, puede ser el color de la piel de la fruta, el pétalo de una flor o el terciopelo de una tela. Se trata de cómo aparece de manera táctil.

Y los colores siguieron matizando su adolescencia, con un entusiasmo tal que, a los 17 años, expuso unos cuarenta óleos en la Casa de la Cultura de Salta. “Fue inolvidable, fundacional. Se parecían mucho a los de mis maestros, era una búsqueda. Pero alcanzaba para dejar en claro que tenía ganas de ser pintor”, destaca. 

Al año siguiente, la Escuela Nacional de Bellas Arte le entregó el primer premio “Homenaje a Joan Miró”. “Lo que me interesó de él fue la abstracción: resolver la pintura con dos manchas, un círculo y una línea. Fue uno de los artistas que más influyó en mi vida. Ese premio fue muy importante, me sirvió de puntapié para obtener una beca en España”, repasa Mariano.

–Viviste siete años en Europa…
-Sí, fui a hacer un doctorado en “Simbología de la Forma y Morfología del Espacio“, en la Universidad Central de Barcelona. Y también realicé estudios de especialización en simbología y religiones comparadas.

–¿Cuál es el balance que hacés de aquella experiencia? 
–Barcelona es una ciudad bellísima, pero los catalanes catalanistas son complicados. Los mundos divididos en blanco y negro me parecen pasados de moda, o tan de moda que me preocupan. Prefiero inclinarme por el respeto en el pensamiento del otro, sin cerrar la puerta de otros idiomas, ideas políticas o religiosas. Uno no es dueño de la verdad.

De España volvió en familia y, a la vez, con un container de obras. Su amistad con el gran artista Blas Castaña le sirvió para que su carpeta de trabajo llegase al mismísimo Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires, en donde terminó exponiendo. 

–Mariano, a la hora de presentar: ¿Inciden los contactos?
–Siempre hay un abridor de puertas, pero detrás de ello tiene que haber mucho trabajo. Creo más en la dedicación que en los contactos. Hay que encerrarse a producir, afianzarse en un estilo y descartar quinientas obras para quedarse con cien. Confiar en ellas como apertura de caminos.

–¿Hoy en día cómo ves esa cuestión?
–Creo que se han dado vuelta algunas cosas. Hoy, de repente, te sentís artista. Con los niveles de información que manejamos, uno ya sabe a quién tiene que ir a ver para que lo meta en un “Project”, y un curador le diga qué obras hará. El arte es una cosa muy seria, que no se improvisa.

–¿Y cómo te manejás con la venta?
–Nunca tuve ningún resquemor, ya sea ético o moral, con esa cuestión porque siempre he vivido de ella, desde muy chico. Y tuve que mantener a una familia. Sí debo decir que hay muchas obras que no quisiera haber vendido, que si supiera dónde están, iría y las compraría. 

–¿Uno se encariña con ellas?
–Sí, desde ya. Algunas permanecen conmigo y de otras me he desprendido encantado porque fueron a parar a manos amigas. Así que puedo ir a verlas cuando quiera... 

–¿Cuál es la esencia de una obra?
–Salir por el mundo, como una novela o como la música. Yo no soy dueño de mis obras en el sentido sagrado del término. Creo que somos una especie de filtro de una energía que viene de otro plano, y que termina plasmándose en una obra. Pero es algo que no nos pertenece. Más que de una inspiración, se trata de una conexión. No hay arte y encierro. El verdadero arte es un diapasón por el que entra y se amplifica el mundo. 

–Por último, ¿cómo te definirías?
–Como una persona que está infinitamente agradecida a la vida, que la disfruta. Un privilegiado por todo lo que le ha pasado: los hijos, los amigos y el arte. Que está en este mundo para disfrutar aunque sea un poco de la belleza que ofrece el arte.

Petroglifos 

“La pasión por el arte, la arqueología y el mundo de los símbolos me ha acompañado toda la vida. Este estudio es la confluencia de esas tres corrientes que son el mismo río. Con la única intención de que pudiera ser un aporte al conocimiento de nuestras raíces culturales, y convencido de que es la comprensión y el respeto de lo que nos precede, aquello que nos afianza en paz y concordia en el presente, (…) pongo este libro a consideración de todos”. Así, Mariano Cornejo introduce su análisis de la simbología de los petroglifos del Cerro de la Escuelita Vieja, en el Potrero de Payogasta, un sitio arqueológico declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.  
Pluma de prosas
“Es pedregal hasta el corte de vidrio del final y ahora oxida su sílice metálico el azul enorme. Hay un tramo de horizonte que empieza rojo a sostenerse solo cuando yo lo pienso. Estoy atardeciendo con las piedras adentro”, concluye Mariano Cornejo en su primer libro de poesías El pedregal. En su rancho salteño de Tío Pampa, en Molinos, un enero de 2010 terminó de darle for-ma mientras que La correntada comenzaba a verter sus aguas. En 2012, su segunda publicación dejaba admirar: “El dominio del ritmo, la arquitectura de cada texto, la riqueza lexicológica, la catarata de imágenes y los relámpagos lúdicos. Un pensamiento fuerte sobre la materia y la vida”.

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