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Entre el cielo y la tierra


Por Carmen Ochoa.


Entre el cielo y la tierra
El fotógrafo Carlos Gulisano expone la muestra Nepal: Fotografías de su gente, sus valles y senderos de montaña, el resultado de grandes experiencias vividas junto a su hija.

Mariana, ¿por qué no hacemos un viaje juntos?”. La propuesta que el fotógrafo Carlos Gulisano le hizo a su hija sonó como al pasar y quedó flotando en el aire. Sin embargo, después de un año, y luego de coordinar tiempos y obligaciones, un gran viaje los llevaría no solo a recorrer lejanos y místicos paisajes, sino a unirse y reconocerse como padre e hija. 

De este modo, en el 2007, nació el gran viaje a Nepal que hoy podemos admirar en las 58 fotografías que integran la muestra de Gulisano, exhibida en el Centro Cultural Borges de la Ciudad de Buenos Aires. 

– ¿Por qué Nepal?
–Cuando tenía 20 años compré un libro que me fascinó: Annapurna, primer ochomil: La gran aventura, de Maurice Herzog. Este relato, sobre el primer ascenso, en 1950, al Annapurna, una montaña de más de ocho mil metros, transcurrió en Nepal y marcó toda mi vida. Gracias a esa experiencia leída, me prometí que alguna vez realizaría un trekking por esa zona. Así que cuando Mariana y yo pudimos coordinar nuestras tareas y obligaciones, partimos. El viaje duró tres semanas, y durante ese lapso no solo me deslumbré con todo lo que hoy reflejo en la muestra, sino que pude compartir un valioso tiempo con mi hija, que fue una gran compañera de viaje. Eso fue lo más importante.

El amor de Carlos por la fotografía comenzó a fines de los sesenta para ayudar a costear sus estudios universitarios de geología. Luego de recibirse, esta fue una herramienta de apoyo en sus trabajos de campo, y desarrolló un especial interés por las fotos de paisajes. En el 2004 ingresó al mundo de este arte digital, enfocado a la documentación de viajes y el paisajismo, y hoy se encuentra abocado al desarrollo de fotografía de autor. 

Además de compartir una aventura junto a su hija, Carlos anhelaba fotografiar la cordillera del Himalaya y su entorno natural. Pero estas expectativas se vieron frustradas debido a las adversas condiciones climáticas. “La mayor parte del trekking fue bajo una copiosa lluvia o un cielo nublado. Sin embargo, esto sirvió para que mi cámara se enfocara sola ante todas las expresiones humanas y la riqueza cultural del lugar. Así, las fotografías de las personas, su religión, sus actividades en el campo y la ciudad reemplazaron a los paisajes durante la mayor parte del tiempo”, recuerda. 

–Carlos, ¿qué le atrajo en particular de la cultura nepalí?
–Por naturaleza, el pueblo de Nepal es muy amistoso, a pesar de que es muy difícil comunicarse con toda su gente, ya que muy pocos hablan inglés y, prácticamente, nadie en castellano. Pero su profunda espiritualidad los vuelve muy tolerantes: nadie se negó a una foto y, a lo sumo, si no les gustaba, ocultaban con sutileza su rostro. Tampoco nadie me pidió dinero por fotografiarlos, como suele suceder en muchas partes del mundo. Otra cosa que me llamó la atención es la intensa actividad diaria que hay en las calles de Katmandú.

–Desde la distancia, Katmandú parece ser una ciudad un poco caótica…
–Así es, muy caótica. Con mucho bullicio y mucha gente en sus calles, con sus bicicletas y motos, todos entrelazados, con reglas de tránsito que brillan por su ausencia. Todos comercian, sociabilizan y hasta vimos a algunos higienizarse en la calle. Sin embargo, ese caos denota vida. Hasta podría afirmar que toda una vida de pueblo que transcurre en sus calles. Estas actitudes me recordaron mi niñez y juventud, cuando la gente sacaba su silla a la vereda y se sentaba afuera a conversar con el vecino. Allá, la gente se sienta en una esterilla o en la calle misma y, de igual forma, comparte muchos momentos junto a sus vecinos. De todas maneras, confieso que el primer día que llegamos a Katmandú, las calles del centro me parecieron un verdadero caos: las gallinas se cruzaban con los perros y los gritos de la gente comercializando al aire libre. A la noche, al acostarme, el bullicio seguía retumbando en mi cabeza, mientras yo no podía evitar preguntarme: “¿Qué hago acá? ¿A dónde traje a mi hija?”. Después se me pasó, me acostumbré y mi cámara disfrutó más que nadie.

–Entre sus fotos también se destaca la presencia de mujeres y niños…
–Sí, la mujer está muy presente en la mayor parte de las actividades, incluido el trabajo rural. Las vimos realizando artesanías en la calle, cargando leña o fardos en la espalda. Sin embargo, Nepal sigue contando con una sociedad machista donde, incluso en algunos pueblos de la montaña, todavía es la familia la que decide el futuro esposo de cada mujer. Y la presencia de los niños es imperdible. Siempre llenos de sonrisas, a pesar de que la vida de muchos es realmente muy difícil. La extrema pobreza los golpea en la cara, y en ellos nunca faltan la alegría ni el bullicio que los anima por dentro, igual que su espiritualidad. 

Hablar con Carlos sobre Nepal es como leer una enciclopedia sobre el tema. Entusiasmado, no deja de narrar todo sobre ese maravilloso país que lo cautivó. “Antes del viaje, yo sabía muy poco y casi no conocía sus costumbres, pero el hecho de haber estado allá junto a los dos excelentes guías que nos acompañaron durante el trekking, me abrió la cabeza. Por eso, organizar esta muestra me llevó tres años, igual que el libro que próximamente editaré con textos y fotos sobre mi viaje”, cuenta el fotógrafo.

–La última, Carlos: ¿volvería a viajar con su hija a Nepal?
–Por supuesto que compartiría nuevamente la experiencia de viajar junto a Mariana, pero ya no volvería a Nepal. Es que el mundo es tan grande, y nosotros tan pequeños, que lo mejor es salir a conocer lugares nuevos y extender nuestras propias fronteras.

Nepal: Fotografías de su gente, sus valles y senderos de montaña
“Estas fotos no pretenden ser un relato del viaje, más bien intentan mostrar algunos rasgos destacados de la cultura nepalí a partir de las experiencias vividas, además de algunos paisajes de su hermosa geografía”, afirma Carlos Gulisano. Las 58 fotografías que integran la muestra fueron extraídas del libro que lleva el mismo nombre y que se encuentra en su etapa final de preparación. Con curaduría de Juan Brath, está hasta el 31 de enero en el Centro Cultural Borges de Buenos Aires.

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