Investigación


Generación Sí-Sí


Por Carlos Adrián Maslaton.


Generación Sí-Sí
Contracara de los Ni-Ni, son jóvenes de entre 14 y 29 años que estudian y trabajan al mismo tiempo. Representantes de la cultura del esfuerzo, se sacrifican al máximo para formarse y, paralelamente, empezar a pisar fuerte en el mundo laboral.

Para ellos, el futuro es una categoría reluciente y las promesas que este pueda contener son regalos a estrenar que, sumados a la fuerza de voluntad y a las ganas de ir hacia adelante, podrán ser gratificantes y volverlos invencibles. Hablamos de los jóvenes que intuyen que ese porvenir los esculpe a golpes de esfuerzo, de estudio, y no aceptan quedar inscriptos en una categoría que los convierte en dependientes de otros o en personas con vidas a la deriva. 

No son los Ni-Ni –aquellos que no trabajan ni estudian–, sino su contracara: la Generación Sí-Sí, un grupo etario que va de los 14 a los 29 años, y que trabaja y estudia al mismo tiempo. O sea, un esfuerzo evidente que reclama una energía poderosa y la convicción que solo aporta la pasión por lo que se hace y las ansias de aprender, sin omitir que, en muchos casos, las necesidades económicas gravitan como uno de los factores determinantes de esa simultaneidad obligatoria entre la educación formal y la inmersión en el mercado del trabajo.  

Según arrojan los datos de la Encuesta Permanente de Hogares del año 2014, el 10,9% de las mujeres y el 10,3% de los varones de 14 a 29 años estudian y están activos en el mundo laboral. Resumido: uno de cada diez jóvenes argentinos estudia y trabaja al mismo tiempo… y no les sobra un minuto para la queja o el despilfarro. 

“El concepto de Generación Sí-Sí busca hacer frente a la concepción negativa que se tiene de los jóvenes, apostando a mostrar historias de éxito en la transición entre escuela y trabajo –explica Gala Díaz Langou, licenciada en Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella y coautora del informe “Recomendaciones integrales de Política Pública para las juventudes en la Argentina” (2014) del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC)–. Cuando uno mira los datos, se encuentra con que los jóvenes que estudian y trabajan en simultáneo representan a un 10% de la población del país de entre 15 y 29 años. Esta proporción se mantiene relativamente estable desde 2003”. 

Ahora bien, ¿se puede hablar de toda una generación o hay que pensar en una fracción de esta? La Generación Sí-Sí insufla un poco de esperanza para afrontar el hecho de que en nuestro país hay, actualmente, 1.054.881 jóvenes que no estudian, ni trabajan, ni buscan trabajo. Si bien los contextos económicos familiares de menores recursos son los que empujan a los jóvenes a salir “a ganarse la vida” junto con el estudio, esta situación también se da en sectores en los que, si bien no hay urgencias económicas, la necesidad de ser autónomos funciona como un imperativo. 

Florencia Salas (23) está terminando de cursar la carrera de Ciencias Ambientales en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), pero todavía le restan exámenes finales y la presentación de la tesis para obtener su título de grado. Hizo la carrera combinando libros y apuntes con trabajo. Cuando tenía 18 años dejó Bahía Blanca, de donde es oriunda, y se puso a trabajar mientras empezaba su formación académica. “Hacía changas, como encuestas callejeras sobre distintos productos para diversas consultoras. Alternaba esto con el cuidado de niños como una manera de sostenerme económicamente”, rememora. 

Florencia cuenta que, en segundo año de la carrera, entró en una crisis profunda con su elección vocacional, y estuvo a punto de pasarse a Trabajo Social. Eso generó que flaqueara su dedicación al estudio, y se focalizó más en desempeñarse en el área de la administración de consorcios. Pero la duda quedó atrás y retomó con vigor la facultad, sin dejar el ámbito laboral. “Siempre tuve que combinar empleos de horarios poco rígidos para poder seguir cursando”, puntualiza. 

En el caso de Florencia, podría no haber trabajado porque contaba con el apoyo económico de sus padres: su decisión de ser una integrante de la Generación Sí-Sí obedeció al deseo de disponer de recursos para solventar los gastos de sus salidas de fin de semana. “Siempre tuve la tranquilidad de saber que no me iba a faltar el plato de comida”, confiesa quien es miembro del Programa de Concientizadores Ambientales del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. ¿Tanta actividad resintió sus calificaciones? Florencia es clara y contundente: “El trabajo no afectó mi rendimiento académico. Lo que me permitió lograr buenas notas fue tener un grupo de compañeros con los que reunirme a estudiar”. 
Querer es poder
Si la Generación Sí-Sí es noticia fronteras adentro de la Argentina, es porque el contexto desfavorable de las últimas décadas (sobre todo los años noventa y principios de la década del 2000), con un sistema educativo en estado crítico, propició el desaliento en los jóvenes que no vislumbraban un futuro laboral cierto, quedando al margen de la educación y el empleo. 

Hoy la situación parece ser menos desoladora. Con 19 años, Zoe Mobaied procura articular un proyecto personal sobre la base de trabajar y, paralelamente, concluir una carrera universitaria. Proviene de una familia de clase media, con una madre psicóloga y un padre que es dueño de una fábrica de cajas de cartón. “Empecé a trabajar a los 17, mientras cursaba quinto año del secundario: una de las vecinas de la cuadra me pidió si podía darle clases de matemáticas de segundo año a su hijo”, cuenta. 

Ese comienzo laboral fue absolutamente contingente, pero el afán por la independencia monetaria se le volvió una cuestión de principios: “Al año siguiente, me puse a buscar trabajo, movida más que nada por mi deseo de ganar plata para poder comprarme mis cosas”, señala Zoe. La búsqueda no fructificó, excepto por ofertas laborales que exigían una carga horaria que le impedía continuar con sus estudios en el Instituto Vocacional de Arte Labardén y con la cursada del Ciclo Básico Común (CBC) para la carrera de Sociología en la UBA. “Pero tuve suerte: los padres de un chico que cursaba la primaria con mi hermana necesitaban una niñera, y empecé a cuidar a los dos hermanos: a la bebé Juana y a Pedro, que tiene 3 años”, dice quien cumple este rol de lunes a viernes, cuatro horas diarias. 

“El trabajo no afectó mi rendimiento académico. Lo que me permitió lograr buenas notas fue tener un grupo de compañeros con los que reunirme a estudiar”. 

Zoe afirma que no se imagina su cotidianidad sin trabajar. Y agrega, con cierto orgullo: “Si me voy de vacaciones, me las pago yo”. Por el momento, convive con su madre, Belén, y su hermana María, en el barrio porteño de Flores. Mientras toma mate y se acomoda el mechón de pelo castaño pertinaz que cae sobre sus ojos, admite que, por el momento, no proyecta irse a vivir sola. El año próximo, con la carrera de Sociología ya en marcha, la idea es poner en funcionamiento un proyecto laboral. Está terminando el último año en el Labardén, del que egresará con el título de Animador(a) cultural teatral. “Quiero dar talleres de teatro con un amigo, pero no me puede demandar ocho horas diarias, porque no me va a quedar resto para ponerme a estudiar las materias de la facultad”, dice. Y cierra: “No trabajar es estar demasiado tiempo a la deriva: tengo amigos que solo estudian y después vuelven a su casa. A la facultad no van todos los días, por lo que les queda una franja libre muy grande. ¿Qué hacen entonces?”.

Por su parte, Cristian Barzezevski (22) trabaja, desde 2012, en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, en tareas administrativas. Su primer oficio después del colegio secundario fue ser árbitro de fútbol los fines de semana en la renombrada liga FEFI. Para enfrentar el desafío “estudio + trabajo”, Cristian asegura: “Traté y trato de enfocarme y darle tiempo a cada cosa. Es más conveniente estudiar una hora bien descansado y tranquilo que tres horas seguidas pero agotado”. 

Nuestro protagonista comenta que también hay que saber buscar distracciones, para evitar la saturación. En su empleo, le conceden diez días de licencia por examen al año. Vive con su abuelo, por lo que su sueldo lo aporta prácticamente todo a la casa, cubriendo los gastos de consumo de ambos. Ahora está cursando una tecnicatura en organización integral de eventos y espectáculos. Su asistencia a clase comienza en horario vespertino, luego de cumplir con sus respectivas nueve horas de trabajo. 

Confiesa que sus calificaciones oscilan entre los 6 y 8 puntos, y admite que, en su carrera, lo que cuenta es la práctica. Cristian apunta a ir ganando su propio espacio para sentirse una persona profesionalmente realizada. Porque eso debería ser la Generación Sí-Sí: una franja de argentinos que lucharon por un sueño y la realidad se los devuelve consumado a la medida de sus ilusiones.
No todo es perfecto 
Gabriel Iagdes, docente en el colegio industrial Otto Krause, aporta su mirada sobre este tema: “Los chicos que, al mismo tiempo, cursan y trabajan suelen tener un mayor ausentismo. Esto se da, sobre todo, en los días que tienen talleres y aquellas materias que están en contraturno”. Iagdes menciona el caso de Julián, uno de sus alumnos que es ayudante de fletero: dos días a la semana, durante las tardes libres, las dedica al trabajo, pero si uno de los días que cursa los talleres o la materia de Educación Física, surge un flete, debe faltar a clase. “Los chicos que trabajan mientras cursan el secundario te avisan que van a faltar por razones laborales, o tratan de acomodar un horario para irse más temprano”, explica el docente. Y gráfica: “Por lo general, son chicos de entre 17 y 20 años, pero también hay alumnos de 15 que reparten volantes para ayudar a la economía familiar”.

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