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Romántica y medieval


Por Mariano Petrucci.


Romántica y medieval
Alemania guarda en su corazón dos paseos de ensueño. En el valle del río Mosela y en la Ruta Romántica se pueden encarar travesías que tienen como telón de fondo viñedos escarpados, pueblitos de cuento y castillos de fantasía. 

El sol brilla incandescente, y el silencio es sepulcral. A través de senderos que se bifurcan, y que discurren por rocas empinadas, nos perdemos en las praderas de una pintoresca aldea vinícola. Nada ni nadie nos impidió ascender hasta aquí: estamos en medio de un viñedo avasallante, rodeados de uvas plantadas en parra. No hay cercos ni alambrados que prohíban entrometerse en ellos, y contemplar a Alken desde la colina. 

Más alto aún, se yergue el Burg Thurant, un castillo arcaico, al que se puede ingresar –y hasta pasar una noche– para conocer su bodega y el método artesanal con que el fabricaban los vinos. En su punto máximo, flamea caprichosa la bandera alemana. Es que Alken es uno de los pueblitos que conforman el valle del río Mosela, que abarca el suroeste de Alemania, pero también el noreste de Francia y el este de Luxemburgo. 

Sin dudas, uno de los tramos más cautivantes es el del país germano, que se extiende desde Coblenza hasta Tréveris (o viceversa; depende de cuál sea la largada). Son más de doscientos kilómetros de tierras híper trabajadas, miradores naturales, curvas sinuosas, edificaciones milenarias, iglesias con torres imponentes, y casitas de colores pasteles y entramados de madera.

Sobre gustos no hay nada escrito, así que se lo puede desandar de diferentes maneras (ver recuadro). La opción “coche” no es de las más originales, pero es rendidora y funcional. Habiendo encarado la travesía de norte a sur, pusimos primera en Coblenza –que une al Mosela con un valle famosísimo: el del Rin–. Aquí, impactan las extensas fortificaciones defensivas, pero sobre todo el monumento Deutsches Eck (Esquina Alemana). De fines de siglo XIX, y reconstruido por los destrozos ocasionados durante la Segunda Guerra Mundial, confluyen allí los dos grandes y emblemáticos ríos de la zona.

Alken fue nuestra segunda parada. La siguiente es Cochem (si le da la nafta, es recomendable desviarse hasta el castillo de Eltz), con dos atractivos de peso: la ciudad misma y el castillo del Reichsburg. Dejamos el placer de un riesling para más tarde (la variedad de vino que no falta en la carta de ningún bar), y emprendemos la subida hacia esa mole asentada en un pico escarpado. Es imperdible su sala de ceremonias, el salón de caza, y hasta la posibilidad de vivenciar la reproducción de un banquete semejante al de los antiguos caballeros. Pero lo que se lleva todos los premios es esa terraza donde Cochem y el Mosela se rinden a nuestros pies. 

Ya en el casco histórico de la ciudad, sorprenden la plaza principal, su ayuntamiento barroco, sus confiterías paquetísimas, sus tabernas “tamaño hobbit”, y las estrechas callecitas con faroles y flores en los balcones y ventanas (obvio, cuidadas como si fueran oro). Aquí, hay áreas peatonales, por lo que hay que estacionar el auto sobre la costa: no vaya a ser que por confiar tanto en el GPS y no en su brújula interna, termine apareciendo donde no debe (y con los turistas dedicándole su mejor cara de pocos amigos). Sí, se lo decimos por experiencia.

Por estos pagos, todo vale la pena. La hoja de ruta continúa en Beilstein y Zell (donde el Mosela traza un arco de casi 360 grados), pero preferimos desensillar en Traben-Trarbach y Bernkastel-Kues. Vamos paso a paso: Traben-Trarbach eran dos ciudades; en la actualidad, sigue caracterizándose por su “doble población”, a ambas orillas del Mosela. Aquí se sienten en su salsa los amantes del clasicismo y el art déco. 

Bernkastel-Kues merece un párrafo aparte. Presidida por las ruinas del castillo de Landshut, nos aguarda con menos movimiento que Cochem, pero con el mismo encanto. Patos y cisnes se pavonean ante viviendas que se unen a través de puentes, con fachadas del siglo XVI y XVII. Las vidrieras de moda, con las últimas tendencias, no hacen más que confirmar cómo lo clásico convive armoniosamente con la modernidad. Y por si hacía falta algo más para que la ecuación sea redonda, tomarse un cafecito en algún recoveco de Bernkastel-Kues nos transporta a Montmartre. Así, mágicamente, entre pestañeo y pestañeo.

De París nos vamos a Roma, ya que un par de kilómetros nos separan de Tréveris, acaso la ciudad más antigua de Alemania. También llamada Trier, conserva los restos de cuando fue dominada por los romanos, que la habían bautizado “Roma Secunda”. Puede dar fe de ello la catedral, un anfiteatro, columnas, termas y la Porta Nigra (una enorme puerta de bloques de piedra arenisca negra). En 1986, este conjunto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. 

Entre tanta alusión al célebre imperio, se desprende el hogar en el que nació Karl Marx, con esa perfección estilística de la que son dueños cada uno de estos destinos. Y que dejan flotando en el aire la misma pregunta: ¿Son ciudades o maquetas?
Entre murallas y reyes locos
El objetivo que se nos puso entre ceja y ceja es el castillo de Neuschwanstein. Se trata de la excusa perfecta para encarar el paseo turístico más popular de Alemania: la Ruta Romántica. Esta se extiende por unos cuatrocientos kilómetros, desde Wurzburgo hasta Füssen. Nos prometieron un festival para los ojos. Y allá fuimos, a desandar algunas de las ciudades más importantes.

Con un pretzel en la mano a modo de desayuno, nos adentramos en la barroca Wurzburgo. Caminamos por el frente del Palacio Residencial (otro Patrimonio de la Humanidad) y por su anchísima peatonal, solo interrumpida por el tranvía que le pasa por el medio. Espiamos la catedral de estilo románico, la iglesia cimentada entre 1377 y 1479, nos tentamos con un mercado de frutas, y contemplamos el obelisco que se levanta en su plaza principal. Todo esto es la antesala de un puente de piedra del siglo XII, que fue adornado, entre 1720 y 1730, con doce estatuas de santos y obispos. Allí, hoy por hoy, los artistas callejeros demuestran sus dotes, haciendo sonar con sus acordeones la melodía de “Por una cabeza”… Y, sí, se nos pianta un lagrimón, mientras divisamos la fortaleza Marienberg, un castillo que data de 1201.

La próxima escala es Rotemburgo, pero seguir el itinerario al pie de la letra es complicado, ya que la Ruta Romántica es una verdadera caja de Pandora. Basta girar la vista para distinguir un pueblito que nos atrae como un imán, y lanzar al aire: “¿Y por qué no entramos?”. Así es como caímos en Tauberbischofsheim y Bad Mergentheim. En el primero se llevan todos los aplausos su castillo y su ayuntamiento. El segundo fue la sede de la memorable Orden Teutónica. Aún puede visitarse su castillo y la capilla, donde muchos de sus miembros reposan.

Pero no podemos entretenemos demasiado, porque Rotemburgo es tan imponente que demanda sus buenas horas. Ese no sé qué tan especial que tiene no es otra cosa que la muralla que la rodea. Para meterse en ella, hay que atravesar alguna de sus torres: la sensación es que se está accediendo a un parque que, diariamente, se abre y se cierra para los viajeros. Pero no: aunque parece salido de un cuento de hadas, Rotemburgo, con apenas más de diez mil habitantes, existe, es real. 

Deambular por allí es estar dentro de un cuadro de Carl Spitzweg, quien la inmortalizó como pocos en su obra. Impactan las iglesias St. Jakob y St. Wolfgang, y la torre Strafturm. Pero hay otras perlitas: la esquina del Plönlein (una de las imágenes más reconocidas de Alemania), la tienda de Navidad Kathe Wohlfahrt (abierta todo el año), y las pasarelas por las que se puede avistar, desde lo alto, cómo la muralla protege a Rotemburgo del exterior. En una piedra se lee: “Paz a los que entran, prosperidad para los que salen”. Antes de partir, degustamos la schneeball (traducido: “bola de nieve”), dulce típico por estos lares. Es una esfera de masa frita y bañada en diferentes sabores. La gente se amontona en los locales para comprarla. No íbamos a ser menos: probamos la de chocolate… y no estuvo nada mal.

Augsburgo, con su impronta gótica, renacentista y neoclásica (allí nacieron Leopoldo Mozart, padre de Wolfgang Amadeus, y Bertolt Brecht), es un excelente aperitivo previo a Neuschwanstein. Pero como la ansiedad puede más, pisamos el acelerador hasta el castillo que, dicen, inspiró a Walt Disney para crear el de La bella durmiente. 

Erigido sobre la profunda garganta del río Pöllat, se arriba en ómnibus, en sulky o caminando (el auto queda en el estacionamiento que está en su base). Salvo que tenga algún impedimento, la última es la mejor opción: los micros no son económicos y la cuesta pronunciada hace que uno, a pie, vaya más rápido que los caballos. Nos sorprende la entrada al complejo (una barbacana simétrica flanqueada por torres laterales) y sus muros de colores contrastantes. En su interior, todo es fantasía: desde las salas decoradas con escenas de óperas de Richard Wagner y referencias a leyendas y personajes mitológicos hasta una imitación de una capilla románica-bizantina.

Pero hay dos puntos que sobresalen en torno a Neuschwanstein. Primero, su historia. Luis II de Baviera ordenó su construcción (se empezó en 1869), con un nivel de innovación y confort inédito para la época: tenía calefacción central, agua corriente (fría y caliente), inodoros con desagüe automático, ascensores y hasta una instalación eléctrica de comunicación interna (¡con teléfono incluido!). En ese castillo de ensueño, el “rey loco”, apodado así por sus extraños comportamientos, quiso escaparse de la vida pública, sumergiéndose en un universo paralelo: convencido de la idea de una monarquía santa por la gracia de Dios, vivía de noche y dormía durante el día. La guía que nos condujo por los aposentos nos contó que Luis II de Baviera, que murió en circunstancias no esclarecidas (lo declararon incapaz de gobernar y falleció, junto a su psiquiatra, en el lago de Starnberg), no permitía que nadie ingresara en Neuschwanstein. Es un canto a la ironía: en la actualidad, concurren, anualmente, un millón y medio de personas. Creer o reventar.

Nos queda saldar el otro punto. La panorámica del castillo desde el puente de hierro Marienbrücke. Es “la” postal de Neuschwanstein: allí se lo aprecia en todo su esplendor, armonizando con montañas y lagos. Si se quedó con ganas de más, a unos metros se sitúa el castillo Hohenschwangau, donde pasó su infancia Luis II de Baviera. De lo contrario, a un puñado de kilómetros, y muy cerquita de la frontera con Austria, nos espera Füssen, otra rinconcito de esta Alemania medieval. A deleitarnos con una bockwurst (salchicha tradicional) con cerveza, y a descansar.
Tips viajeros
- Frankfurt es una buena ciudad para hacer base y recorrer estos dos destinos, tanto por su ubicación como por su aeropuerto internacional.

- A la Ruta Romántica es recomendable dividirla en dos o más días. También se puede hacer desde Múnich, empezando por Füssen y haciéndola de sur a norte. 

- Luego de Tréveris, el valle del Mosela se puede completar, hacia el suroeste, pasando por Luxemburgo y llegando hasta la cordillera (o macizo) de los      Vosgos, en Francia. 

- La Ruta Romántica se cruza con otro famoso paseo panorámico: la Ruta de los Castillos. Se extiende desde Mannheim hasta Praga (son alrededor de mil  kilómetros). Ambas travesías comparten el trayecto que va de Rotemburgo al castillo de Neuschwanstein.

- Si se cuenta con un día más para la zona del valle del Mosela, es ideal visitar el célebre valle del Rin, que une Coblenza con Bingen am Rhein.

- Se puede finalizar el viaje con otras regiones cercanas de mucho interés turístico, como la Selva Negra, o las ciudades de Heidelberg y Colonia.
Otras formas de hacer el Mosela y la Ruta Romántica
- Senderismo: En ambos paseos se encuentran senderos pedestres de dificultad media, que discurren entre colinas, viñedos y vistas panorámicas. Eso sí,  ¡son extensos! 

- Bici: Las dos rutas cuentan con carriles para bicicletas asfaltados casi en su totalidad. El que acompaña el serpenteo del río Mosela tiene 207 kilómetros de  largo, mientras que la Ruta D9, diseñada y señalizada para los ciclistas junto a la Ruta Romántica, atraviesa 460 kilómetros. 

- En micro o tren: Hay excursiones organizadas que permiten disfrutar de ambas regiones a bordo de ómnibus que se detienen en cada pueblo. En el caso de  los trenes, son una opción para llegar a los principales destinos (no a todos, porque en los pueblos pequeños no hay estaciones). 

- Barco por el Mosela: desde Coblenza, Bernkastel-Kues y Cochem, entre otras ciudades, parten embarcaciones que van de pueblo en pueblo.

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