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Festival de colores


Por Nicolás Armellín.


Festival de colores
El Paseo de los Colorados, el Pucará de Tilcara y las Salinas Grandes son tres excelentes motivos para encantarse con Purmamarca y los alrededores jujeños.

Jujuy como destino turístico sintetiza en perfecta armonía las costumbres ancestrales y su patrimonio cultural e histórico en un ámbito de singular belleza paisajística”, resumen desde el Ministerio de Turismo, ante nuestra inminente visita a Purmamarca. El Mirador Turístico Geológico es una suerte de bienvenida y permite dar cuenta de la constitución del entorno, con el Cerro de los Siete Colores como principal exponente. Una de las postales por excelencia del noroeste argentino.

Si tomamos literalmente la traducción del quechua, parece que nos adentramos en la “Ciudad del Desierto” –aunque también suele conocerse como el “Pueblo de la Tierra Virgen”–. Más allá de las palabras, la tranquilidad marca el ritmo de la localidad del departamento de Tumbaya.

Los 2300 metros de altitud promedio no son escollo para caminar, la mejor manera de descubrir los rincones del lugar y encontrarse con su cálida gente. Los coloridos productos regionales invitan a los visitantes a cubrir el perímetro de la plaza principal, que con su sombra aminora el protagonismo del sol del mediodía. La iglesia Santa Rosa de Lima, construida en 1648 y declarada Monumento Histórico Nacional en 1941, se vislumbra al frente junto al longevo algarrobo de setecientos años. Al otro lado, un sencillo cabildo comparte en su interior la historia de esa tierra con imágenes de antaño.?Es una buena oportunidad para hacer un alto en la travesía.

Seguir transitando es toparse con el Paseo de los Colorados, un trekking de tres kilómetros que rodea el Cerro de los Siete Colores y otras formaciones dignas de ser contempladas. Un paso previo es el cerro Porito, ubicado en pleno casco urbano y en las cercanías del inicio del paseo: se trata de un ascenso suave por un sendero angosto que brinda una panorámica de 360 grados. Impactante. 

El Paseo de los Colorados se da por un camino vehicular, pero actualmente solo puede recorrerse a pie. La única preocupación consiste en intentar apreciar la conjunción de colores durante la hora que lleva el trayecto, ya que su dificultad es baja, con un nivel de pendiente escaso. A aquellos que aspiran a una propuesta de mediana intensidad, les recomendamos una alternativa interesante: la ladera del cerro Morado, al otro lado del río de la Quebrada de Purmamarca.

La aparición del cementerio anuncia el final del recorrido. “Cuando uno muere, tiene que ser enterrado en altura para llegar más rápido al cielo”, nos cuenta Armando, una invalorable compañía jujeña. “En el Día del Muerto, se realiza una ofrenda con sus gustos, como la comida, la bebida y la música”, agrega, dándonos un detalle de las costumbres típicas. 
Vivir el pasado
“De entre las cenizas milenarias de un pueblo muerto, exhumaron las culturas aborígenes dando eco al silencio”, se puede leer en la cima del Pucará de Tilcara, un sitio arqueológico que conserva una parte del antiguo poblado prehispánico (lamentablemente para su edificación, se destruyeron numerosas viviendas, talleres y una plaza principal, ocupada durante el momento incaico). 

La dedicatoria forma parte de un monumento que se construyó en 1935, en homenaje a los primeros arqueólogos que trabajaron en el sitio: Juan Bautista Ambrosetti y Salvador Debenedetti. 

En la parte media de la Quebrada de Humahuaca, a casi dos kilómetros al sur de la plaza de Tilcara, sobre un cerro de setenta metros de altura ubicado en la margen izquierda del río Grande, yace el recuerdo de los pueblos originarios a través de los muros y cimientos que son parte de antiguas viviendas, talleres, plazas, tumbas y espacios ceremoniales. 

Si bien fue definido como un pucará –en quechua significa “fortaleza” o “fuerte”­–, no presenta construcciones defensivas. A lo largo de dieciocho hectáreas de superficie, hay una red de senderos para recorrer a pie, que articulan distintos y valiosísimos sectores: el “Barrio de la entrada”, el “Cementerio Este”, el “Centro ceremonial la Iglesia”, el “Taller lapidario”, y “Los Corrales”. Imperdible.  

Desierto blanco

A unos 125 kilómetros de Purmamarca, a 4170 metros de altura, aparece el tercer salar más grande de Sudamérica. Con una extensión mayor a las doce mil hectáreas, las Salinas Grandes reciben a los visitantes que atravesaron la ruta nacional 52 y la Cuesta del Lipán en auto, en moto y ¡hasta en bici!
Encontramos aquí una inmensidad absolutamente despoblada, que se vuelve todavía más atractiva si llovió unas horas antes. Es que con el agua, la sal emerge y refleja el sol generando un entorno tan bello como monótono (el dato: a través de cooperativas, las comunidades de la zona explotan la sal y obtienen veinte pesos por cada tonelada). 

A no preocuparse si no se tiene esa suerte, porque la luminosidad es tan intensa que encandila: el protector solar (también labial) y los anteojos se adosan al cuerpo mientras que el viento se adueña del silencio. La altura verdaderamente se siente y la presión comienza a jugarles un mala pasada a la cabeza y a los oídos. 

Es fundamental comer liviano para evitar las náuseas e incorporar el hábito de los lugareños de mascar hojas de coca, que brindan lucidez y alivian el hambre, la sed y el cansancio. Eso nos permite caminar, tomar las infaltables fotografías, y esperar el atardecer en un punto alto que es la antesala del clímax de la jornada: la iluminación natural de incontables estrellas. Sí, es de ensueño.  

Los visitantes llegan a las Salinas Grandes en auto, en moto y hasta en bici. Allí está el tercer salar más grande de Sudamérica.
Vía de interacción
Mire como se la mire, la presencia de la Quebrada de Humahuaca es impactante. Por estos pagos la definen como una maravilla natural que “ha funcionado como permanente vía de interacción, vinculando territorios y culturas distantes y diferentes, desde el Atlántico al Pacífico, y desde los Andes a las llanuras meridionales”. 

La Quebrada suma otro motivo para darse una vuelta: el encuentro de copleros, un evento cultural imperdible que convoca, año a año, a personas de la quebrada, valles y punas.

“Lo importante es que reconozcan esto como propio. La Argentina es extremadamente linda. Hay una identidad cultural todavía en ebullición”, nos dice nuestro guía, Raúl, a modo de mensaje final. No nos queda más que escuchar sus palabras, para dejarnos enamorar por una de las postales más lindas del noroeste argentino.

Un Pantone

La variedad de colores se debe a la acumulación de sedimentos en cuencas marinas y continentales.

•Grises, verde oscuro y violáceos: corresponden a rocas sedimentarias marinas de hace 600 millones de años.

•Morado, rosa oscuro y blanquecino: se relacionan con rocas –cuarcitas y areniscas cuarzosas– de origen marino. Datan de 540 millones de años.

•Del gris claro al amarillento: afloramientos de areniscas arcillosas y lulitas de 505 millones de años. 

•Rojo: se vincula a rocas con presencia de gravas y areniscas, de entre 65 y 144 millones de años.

•Rojizos a rosados claros: areniscas y arcillitas más recientes, de entre 21 y 65 millones de años.

Para tener en cuenta

•Recomendaciones: para disfrutar de las caminatas, llevar agua, abrigo, protector solar, anteojos de sol y gorra. A la vez, es importante evitar alejarse de los senderos marcados, no realizar fogatas y llevar con uno los residuos.

•En el Pucará de Tilcara: cuidar los senderos, la flora y la fauna. No arrojar basura ni levantar materiales del piso. Tampoco se puede subir a los techos ni paredes; así se evita el deterioro de las estructuras. Está abierto todos los días, de 9.00 a 18.00.

•En Salinas Grandes: si se desea, existe la posibilidad de que un guía acompañe nuestro vehículo durante una hora, para recorrer y explicar los secretos de las “piletas de cristalización” y los “ojos naturales”.

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