Entrevista


Por más lunes felices


Por Alejandro Duchini.


Por más lunes felices
Después de una búsqueda personal, Diego Kerner pateó el tablero para vivir la vida que soñaba. El resultado es un libro en el que el reconocido consultor y coach aconseja cómo descubrir lo que nos apasiona y no sucumbir en el intento.

A poco de haber pasado la barrera de los 30 años, Diego Kerner (45) se sintió hecho profesional y económicamente. Importante referente argentino del mundo corporativo, vivió y se destacó en Inglaterra, donde llegó a ser integrante del directorio regional de Cadbury Adams. Digamos que había conquistado lugares que muchos desean, pero lo suyo estaba en otro lado. ¿Dónde? En las artes marciales, por ejemplo. También, en su formación como coach ontológico o en sus estudios de creatividad, facilitación de equipos de trabajo y psicología. Así las cosas, decidió patear el tablero y empezar de nuevo. 

Kerner, socio de la consultora Thebrandgym –una de las más importantes del planeta–, se animó a desprenderse de bienes y mandatos sociales, para trabajar en lo que le gusta. Ese proceso lo contó en el libro Lunes felices. Los siete pasos hacia una vida más auténtica: allí describe vivencias y brinda consejos, invitando al lector a intentar cambiar aquello que no encaja en su balance. “Andaba con muchas búsquedas personales. Me iba bien económicamente, pero siempre tuve una vida frugal que provocaba risas: dirigía una corporación, pero tenía un departamento sin cochera y un auto estándar. Eso me hacía sentir libre. Vivir sin tantas cosas materiales te hace sentir libre”, cuenta en su estudio del barrio porteño de Almagro, sentado al lado de un enorme cuadro con la imagen de un samurái, y cerquita de un grupo de libros de Filosofía. 

–Diego, ¿cómo es eso de las búsquedas personales?
–De chiquito sentía que me pesaba tener muchas cosas. A los 14 o 15 años leí la vida de San Francisco de Asís, y me partió la cabeza eso de despojarse y ser más libre. No hago una apología de lo no material, porque me encanta vivir bien y darme ciertos lujos, pero hay un punto en que lo material te empieza a poseer a vos. Y esto es literal, porque estás preocupado por seguir manteniendo lo que tenés, que te requiere tiempo y plata. Mitad intuición, mitad lógica: ese es uno de los pilares que cuento en el libro. Es el punto central si uno quiere tener una vida más ausera.

–En Lunes felices vas mucho más allá de lo estrictamente material…
–Sí. También pregunto por qué hay que tener tantos amigos, tantas relaciones, por qué tantos hobbies, por qué hacerse de tantas dependencias. Pareciera que, a veces, la identidad se arma mostrando el auto, la casa, la ropa, o la red de amigos o relaciones. Eso pasa porque, quizás, uno no quiere darse cuenta de su propio vacío existencial. A mí me gusta estar solo: me llevo bien conmigo. Y no necesito mucho más que tener tiempo libre para hacer lo que me gusta.

–El tiempo es todo un tema...
–No hay soluciones mágicas, pero si sabés lo que te gusta –algo que solemos desconocer–, ya tenés un paso dado. En cuanto al tiempo, pasamos un montón de horas en redes sociales o frente a la televisión. Si tomásemos conciencia de lo que nos demanda, entenderíamos que ese tiempo podríamos dedicárselo a tocar la guitarra, tomar café o leer. ¿Cuál es la clave? La energía, que se optimiza comiendo bien, manejando el estrés, escuchándonos. No es fácil abstraerse de los problemas, pero hay caminos. La meditación, por ejemplo, baja nuestros decibeles. También es bueno mirarse en ese espejo interno, conocerse y tener proyectos propios. A la mente hay que seducirla con aquello que nos atraiga. Así funcionará mejor.

–Ser más felices tiene que ver con el tiempo y el espacio que le dedicamos a hacer lo que nos gusta. 
–Sí, pero no es un tema menor. A veces, trabajo con gente que me dice que no tiene tiempo, pero si les digo que cuentan con seis horas libres, no saben qué hacer. Propongo volver a sentirnos chicos para conectarnos con nosotros mismos, ya que es algo que solemos olvidar, tal vez llevados por obligaciones o por mandatos sociales. En aquello que nos desvelaba de niños podemos encontrar una pista. 

“Si estoy pensando en el resultado, no le prestó atención al presente. Entonces, vivo con la mente volando en el futuro. ¡Pésima forma de disfrutar la vida!”

–Nos obsesionamos con lo que llamás “Las tres P”: plata, prestigio y poder.
–Nos habitan voces de otros, sin mala intención. Cuando terminé el secundario quería ser psicólogo, y mi mamá me dijo: “Fijate de qué vas a vivir”. La voz materna es poderosa: terminé siendo contador. Si uno registra su propia voz, puede dar una pelea interna. El concepto de “Las tres P” está relacionado con poner el carruaje antes que el caballo: perseguimos plata, prestigio y poder, pero cuando los tenemos, nos damos cuenta de que no nos hace felices. Hay estudios que confirman que la mente es adaptativa: a los tres o cuatro meses de haber ganado la lotería, la gente vuelve a estar y sentirse igual que antes. En materia económica, el único cambio significativo que hace más feliz es cuando se sale de la línea de pobreza. 

– ¿Por qué hay quienes deben remar mucho para llegar a la felicidad y otros la alcanzan de manera sencilla?
–Es lo que se conoce como “lotería genética”. Hay gente que nace optimista y otra no. Viví muchos domingos infelices porque no estaba donde quería ni hacía lo que me gustaba. Pero cuando encontrás un proyecto, las cosas se tornan más sencillas. Ahora, los domingos espero que sea lunes, ya que me gusta lo que hago.

–En el libro ahondás en la envidia…
–En el mundo actual se exacerba la competitividad: nos fijamos demasiado en lo que hace el otro. La envidia es retorcida y te hace sufrir cada vez que al prójimo le va bien. Aparece como una voz interna que nos dice: “Él lo tiene y yo nunca lo tendré”. A lo mejor, no queremos eso. Ocurre que no sabemos qué queremos: eso es porque estamos alejados de nuestros deseos. Quienes hacen lo que les gusta suelen envidiar menos, y la envidia se transforma en admiración. 

–La mejor comparación termina siendo con uno mismo. 
–Exacto. Es el ejemplo del samurái: la lucha de un guerrero es por ser cada vez mejor persona, más honorable, más leal a sí mismo y a sus valores. A veces se gana, y a veces se pierde. 

– ¿Por qué nos cuesta tanto arriesgar?
–Por miedo. Si alguien nos dice que todo saldrá bien, quizá nos animaríamos más. Pero estamos tan aferrados a las cosas que nos resulta difícil desprendernos de ellas. Nos sentimos vulnerables al soltar. El miedo es un lío grande porque es como un fantasma. El primer paso es mirar al miedo a los ojos y convivir con él. El riesgo es un costo a pagar por hacer lo que uno quiere. 

– ¿Por qué es tan importante combinar pasión y talento?
–El talento se descubre con más facilidad: es visible. La pasión, no tanto. No se sabe cómo desarrollarla, es inmanejable. Se enciende cuando encontrás lo que te gusta. Yo no soy una persona apasionada, sino una persona conectada con lo que le gusta, que no es lo mismo. Lo peligroso es cuando se privilegia el talento sobre la pasión. Ahora, cuando se combinan, ¡bingo! Mi propuesta es que es preferible seguir tu pasión o lo que te gusta, aunque no seas talentoso. Cuando hacés lo que te gusta, tenés más chances de mejorarlo. El problema es que, muchas veces, se persigue el talento y no la pasión, porque nos enseñaron que el talento es lo que nos dará plata.

– ¿Cuán fundamentales son el sacrificio y la disciplina?
–Todo cambio requiere ambos. Estudiaba para contador, pero odiaba la carrera y me encontré con el marketing. Trabajaba todo el día, y entendí que tenía que levantarme más temprano para ganar tiempo. Así que, durante dos años, me levanté a las cinco y media de la mañana para estudiar en una biblioteca. Así, le gané horas al día. Me sentí orgulloso y adquirí conocimientos. Vivimos en una sociedad muy relajada, y, para mi gusto, con demasiados placeres y comodidades. Pocas cosas se logran sin sacrificio ni disciplina. Y si las lográs sin eso, se disfrutan menos.

– ¿Por qué hacés tanto hincapié en la filosofía oriental?
–Es que las ideas occidentales toman alma, cuerpo y mente como elementos sueltos, mientras que las orientales lo asumen como un todo. Cuando pude incorporar esto último, tomé mejores decisiones, comprendí mejor el impacto de mis emociones en el cuerpo. 

– ¿Solemos pensar más en el resultado que en el camino?
–Somos una sociedad súper, súper, súper resultadista. Y si estoy pensando en el resultado, no le presto atención al presente. Entonces, vivo con la mente volando en el futuro. ¡Pésima forma de disfrutar la vida y conectarnos! Estar pendiente del proceso hace que estés todo el tiempo pensando en el aquí y ahora. Por eso, los japoneses eligen actividades que demandan concentración, como el aikido, que parece inofensivo, pero si te desconcentrás medio segundo, te ligaste una caída o un golpe. 

– ¿Cómo nos sacamos la idea de la producción ininterrumpida?
–Actividad no es acción. Que me esté moviendo todo el tiempo no significa que esté haciendo algo productivo. Somos seres más corredores de corta distancia que maratonistas. Lo ideal es que tengamos picos a nuestra máxima intensidad y períodos de reposo. La mente y el cuerpo necesitan del descanso para alcanzar el próximo pico.

– ¿Qué opinás de la autoexigencia?
–Hay que bajar un poquito la vara de la exigencia. No ser tan estrictos en el sentido de: “Lo hago perfecto o no lo hago”. En lo personal, prefiero hacer las cosas muy bien antes que excelentemente. Ese plus de exigencia no varía mucho el resultado y nos estresará.
Cultura oriental
Masafumi Sakanashi (1954-2012) fue un artista marcial japonés, que vivió en la Argentina. Fue fundador y director del Centro de Difusión del Aikido. En el libro El guerrero espiritual, Sakanashi invita a aceptarnos tal como somos, con defectos y virtudes. “Él sostiene que nuestra existencia en la Tierra es un choque constante de fuerzas. El camino de transformación pasa por despertar a la vida propia”, acota Diego Kerner, quien fue su alumno. En sus páginas, puede leerse: “Lo que estamos tratando de pensar es cómo el ser humano fue creando más y más artificios complejos en su civilización, y, en la misma medida en que avanzó, perdió lo esencial. Y, para colmo, se olvidó de que lo había perdido”.

¿Por qué las artes marciales?

“De chico, me volví loco con Bruce Lee. Y cuando me topé con un samurái, entendí que estaba ante una figura valiente, heroica, íntegra, leal, con códigos de conducta y valores”, admite Diego Kerner, a quien le interesa el costado filosófico de la cultura oriental. “El maestro Sakanashi decía que para incorporar algo hay que hacerlo cien mil veces. Existe la idea de que no podemos estar aburridos. Y practicar es aburrido. Tiene mala prensa el aburrimiento. Todo tiene que ser curioso y excitante, pero no siempre es así. A veces, hay que dedicarnos mucho a algo que no nos gusta porque, a la larga, nos servirá. La práctica es la única forma de aprender”.

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