Investigación


Yo opino


Por Carlos Adrián Maslaton.


Yo opino
Invertimos los papeles y los alumnos hablan sobre el rol de los docentes en su educación. Obvio, los profesores no se quedan atrás y también comparten su opinión sobre una tarea maravillosa que debe hacerse entre todos.

En una ocasión, el eminente psicoanalista Sigmund Freud se preguntó qué es lo que quiere una mujer. Al tiempo, admitió, acaso agotado y un poco desalentado, que no podía dar con la respuesta a esa interrogación. Afortunadamente, existen enigmas en apariencia más accesibles, como por ejemplo, tratar de dilucidar qué quieren alumnos y docentes de esa aventura compartida que se llama educación. No hay una sola respuesta ni una dirección única para una temática que asume complejidades de época, que siempre está sometida a cambios pedagógicos atados a los procesos políticos coyunturales y que varía de acuerdo con la óptica de cada persona, sean docentes o alumnos.

En un estudio realizado, entre 2014 y 2015, por el Consejo Económico y Social (CEyS), se encuestó a 848 alumnos de escuelas públicas y privadas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La idea central de este informe (que contó con la colaboración del Centro de Opinión Pública y Estudios Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y del Ministerio de Educación de la ciudad) fue detectar cómo perciben los jóvenes el ciclo secundario y el rol docente: el 57 % de los estudiantes marcó su preferencia por los docentes que combinan buena formación y exigencia, un 31 % destacó al docente que “sabe y no exige”, mientras que un 10 % asintió que el mejor profesor es el que permite “aprobar con poco esfuerzo”. 

Las encuestas muestran números, pero cifran personas reales. “Elijo a los que saben y exigen, porque sus materias son un desafío. No me gustan los que aprueban así porque sí, aunque como mi formación es técnica, admito que si se trata de una materia humanística, que no es necesaria para el mercado, prefiero una exigencia docente menor”, concede, algo contradictorio, Nicolás Verón (18), quien adeuda tres materias para recibirse de técnico en Computación en el colegio Otto Krause. 

“La función del colegio es formarnos intelectualmente y darnos herramientas para convertirnos en personas responsables e independientes.” Sol Bujan

El abecé de la enseñanza quizás puede condensarse en las palabras de Mónica Osorio, profesora de Biología en ocho divisiones de primer año de la porteña Escuela Técnica N.º 27 “Hipólito Yrigoyen”: “El primer objetivo que un docente debe plantearse no es dictar una serie de contenidos prefijados a principio de año, sino generar interés. Hay que vincular los contenidos con los conocimientos previos que los chicos tengan, generando un anclaje que los estimule y que contextualice su saber”.

Aunque la encuesta se limitó al área porteña, es interesante interiorizar sobre lo que sucede en el resto del país. Viviana Battaglini ejerce la docencia en el Instituto Amanecer, en Ezeiza, en la orientación Economía. Las materias que tiene a su cargo son Prácticas del Lenguaje de primer año, y Literatura y arte de sexto. Para Battaglini, hay una directriz clara: “Teóricamente, hoy los docentes tenemos que enseñar aquello que está en la currícula. Ni más ni menos. El tema es definir qué es un contenido. En lo personal, no puedo enseñar si no encuentro un vínculo entre lo que enseño y la cotidianeidad. Necesito atraer al espacio de aprendizaje a los alumnos para generar un vínculo virtuoso que justifique las horas que pasan en la escuela. Quiero decir: la currícula me dice que puedo enseñar el Cantar de mio Cid a los alumnos de tercer año, pero yo sé que si les doy un clásico, los voy a alejar de la Literatura. ¿Qué hago? Opto por textos modernos, de autores contemporáneos, de modo tal que se sientan identificados con lo que leen y eso les brinde herramientas para desenvolverse”.

Un ítem contemplado por la encuesta del CEyS fue si el alumnado apunta a aprender o si, sencillamente, prefiere limitarse a aprobar la materia, sin sobresaltos. Las estadísticas fueron contundentes: un 42,7 % escogió “aprender”, mientras que un 30,1 % sostuvo que “depende de la materia”, y un 22,9 % prefirió “aprobar con lo justo”. El 3,7 % dijo: “Depende del profesor”.

Para Battaglini, uno de los principales reclamos que recibe en el ámbito del aula deriva de lidiar con una generación acostumbrada más al estímulo audiovisual que a la tradición libresca. “Mi desafío es convertir a la Literatura en un universo atractivo –afirma–. Mis alumnos se sienten exigidos, pero no en términos convencionales. Mis clases no se reducen solo a evaluaciones escritas: aquí se pone en juego el cuerpo. Si bien son clases exigentes, terminan resultando un desafío para los chicos. Lo hacen por ellos, no por mí. Y los resultados son muy buenos. Por lo general, se van contentos. En todo caso, los saco de su desinterés”, afirma. Y agrega: “La educación excede el marco de los contenidos. En mi aula, lo que busco es educarlos para que sean buenas personas. Enseño Literatura y arte, pero desde los valores. La creciente ausencia de adultos referenciales convirtió a los chicos en autodidactas morales. Se comportan como mejor les parece”.

En la actualidad, con el acceso inmediato a diversas fuentes de información digital para contenidos vinculados con la educación, el docente cree que el lugar del maestro debe “reconfigurarse”. “Si hasta hace poco el docente era el que sabía más, hoy creo que ese lugar está perimido. Cualquiera que quiera conocer sobre algo no tiene más que entrar a Google. Si no le doy un plus a lo que transmito, tarde o temprano, una máquina podrá hacerlo mejor que yo”, alerta y vaticina Battaglini.

Para algunos alumnos, el objetivo central del sistema educativo que los cobija es bastante nítido. “Pienso que la función básica del colegio es formarnos intelectualmente y darnos herramientas para que luego podamos salir al mundo y convertirnos en personas responsables e independientes”, sostiene Sol Bujan (16), alumna que, en este 2016, cursará el quinto año en la especialidad Ciencias Naturales del Instituto Nordland de Lanús. 

Exigente consigo misma, gusta de ir a profesores particulares para sumar algunos conocimientos que la escuela no le proporciona. “Me gusta mucho el modo de enseñar de los docentes que tuve hasta ahora: son personas comprometidas con las materias, que explican muy bien, con sentimiento, y no solo con información. Me siento cómoda en clase, escucho y presto atención: tengo ganas de aprender”, reconoce Sol, quien, paralelamente, se queja cuando los docentes incluyen en los exámenes tópicos que, si bien figuran en el temario de la asignatura, no se enseñan en clase. 

“El primer objetivo que un docente debe plantearse no es dictar una serie de contenidos prefijados a principio de año, sino generar interés.” Mónica Osorio

El día después de mañana
Entre los principales objetivos que estableció la Ley Nacional de Educación (N.° 26 206), se destacan: asegurar una educación de calidad con igualdad de oportunidades y posibilidades –sin desequilibrios regionales ni inequidades sociales–; garantizar una educación integral que desarrolle todas las dimensiones de la persona –habilitándola tanto para el desempeño social y laboral como para el acceso a estudios superiores–, y brindar una formación ciudadana comprometida con los valores éticos y democráticos de participación, libertad, solidaridad, resolución pacífica de conflictos, respeto a los derechos humanos, responsabilidad, honestidad, y valoración y preservación del patrimonio natural y cultural.

Según la encuesta del centro CEyS, el 69,1 % de los jóvenes asegura que quiere trabajar y estudiar al finalizar el colegio, mientras que el 12,5 % responde que solo quiere seguir estudiando, el 11,7 % todavía no sabe, y el 6,7 % quiere trabajar. “Mi intención es continuar estudiando en la universidad, pero mis preocupaciones actuales son otras”, adelanta Sol. Y completa: “Mis dudas surgen cuando charlo con chicos de otras escuelas y noto que lo que estudiamos difiere notablemente. A lo sumo, podés encontrar algún tema en común en las materias, pero no más que eso”. 

Ahora bien, ¿el colegio los prepara para la competitiva vida que les espera fuera de las aulas? Los especialistas coinciden en que el contenido teórico tiene que ir de la mano de la práctica. La profesora Osorio plantea que una de las características de la educación técnica es formar jóvenes que experimenten, directamente, el enlace entre el conocimiento y la industria. “Un alumno que, por ejemplo, tuvo un buen desarrollo escolar en el área de Química tiene altas posibilidades de entrar a un laboratorio. El colegio y las industrias deben vincularse”, concluye Osorio.
Crítica y desafío*
Hay que repensar el colegio, el modo desintegrado en que se imparten las distintas materias. El resultado es un horror: un horror en el que los chicos son estadísticas a las que hay que reacomodar. Contenidos sin integración, sin razón de ser aprendidos. Como les digo siempre a mis alumnos, si quieren estudiar arte, no tienen más que hacer una búsqueda en Google. Allí tendrán todo más ordenado y explicado de lo que yo pueda hacer en una clase. El desafío es hacer que los chicos sean autónomos de pensamiento, que puedan elaborar, y no repetir como loros. Eso implica ser un docente diferente. 

Somos los adultos quienes debemos mejorar la calidad educativa. Insisto con el Cantar de mio Cid, que era literatura popular, oral en la época de su creación. Hoy es lejano, clásico, inabordable. Funciona un poco como metáfora de la educación actual: les queremos enseñar a los chicos del siglo XXI con pautas del siglo XI. Entonces, el sistema no funciona y la responsabilidad es del docente.

*Por Viviana Battaglini.
Dejar volar la imaginación
La profesora Mónica Osorio tiene una anécdota para aportar sobre los avatares de la Educación: “Siempre recuerdo el mismo caso: en un colegio de Buenos Aires, los docentes no conseguían que los alumnos se interesaran por las materias. Una profesora de Literatura decidió trabajar con un libro de Ray Bradbury y les dijo a los chicos que les iba a cambiar la vida. Para ello, utilizó distintas técnicas para que se ‘engancharan’ con la novela Fahrenheit 451. Consiguió que una locutora amiga le grabara los capítulos para enseñarles el tema de la cadencia en la lectura y la puntuación, y para mejorar su performance en lectoescritura. No logró que todos se entusiasmaran, pero fue una buena manera de no dejarse llevar por el desaliento y ofrecer algo novedoso, que es a lo que debemos apuntar los docentes. Es importante que nos pongamos en sintonía con esta generación de nativos digitales, porque los docentes somos inmigrantes digitales. Hoy, el profesor es una guía, un orientador en ese universo de conocimiento accesible a través de Internet”.



nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte